Viernes, 7 de agosto de 2009

Despertar espontáneo. Cuando eso me ocurre es que algo va mal. Miro el reloj y son las seis y diez. Según mi recién estrenado plan, debí haberme despertado a las cinco, haberme duchado, desayunado tranquilamente y haber tomado un taxi a la estación de autobuses para, finalmente, tomar el autobús a Petra. Sale a las seis y media, dentro de veinte minutos. Me visto en quince segundos y salgo pitando a la recepción. Anoche pedí al recepcionista que me despertara a las cinco.

―¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no me has despertado?

―He golpeado la puerta a las cinco.

―¿En serio? Pues no te he oído. Pero ¿te he respondido?

―No.

Vale, no tengo ni un segundo que perder en un diálogo para besugos. Vuelvo a la habitación, me lavo la cara, me cepillo los dientes, agarro la mochila y me largo por patas. Las calles están desiertas, aunque no es por la hora, es por el día festivo. Un taxi aparece enseguida… ¡y para! Le acerco el papelito y asiente.

Quickly, please.1

Risas y acelerador a fondo. He dado con el taxista más loco de la ciudad y casi me arrepiento de haberle dicho que corriera. Sin casi. Diez minutos y un dinar jordano después, estoy en la estación. Es pequeña y mi autobús, de la empresa Jetservice, está justo en la puerta. Hay una pequeña cola de chinos que me tranquiliza. El viaje a Petra son unas cuatro horas, por lo que llegaremos a casi las once (nos ponemos en marcha a las siete finalmente). Pasaré allí todo el día y regresaré a Ammán. Anoche decidí que pernoctar en Petra no tiene sentido, porque mi destino en Israel es Jerusalén, que está muy cerca de Ammán. Ya que estoy instalado en Ammán, me parece mejor idea ir y volver a Petra en el mismo día, y así el sábado amaneceré en Ammán, desde donde puedo tomar el autobús a la frontera (no se puede decir que voy de Ammán a Jerusalén, sino que voy de Ammán a la frontera; la gente es muy susceptible con este tema).

El viaje trascurre sin incidentes, a excepción del mosqueo que se agarra el conductor cuando le ponen una multa por exceso de velocidad. Llegamos a Petra a la hora prevista y me encuentro con algo que no me esperaba: un pueblo tan turístico como Torremolinos. Si bien era consciente de que me iba a encontrar a muchos turistas (voy rodeado de chinos en el autobús, sin ir más lejos), no me esperaba tantos hoteles, restaurantes, cafeterías… ¡y mucho menos un Pizza Hut!

El autobús nos deja en el aparcamiento del acceso a la ciudad de piedra y nos cita seis horas después, tiempo algo justo pero suficiente para patearse todo lo interesante. Los más de veinte pavos que cuesta la entrada me han descuadrado las cuentas totalmente. Ayer saqué algo de dinero del cajero y calculé que con sesenta euros tendría suficiente para el tiempo que me quedaba por estar en Jordania, pero no contaba con una entrada de veintiún dinares (aunque después de sacarla creo recordar que Paco me lo comentó). No voy a pensar en eso ahora, desde luego. Estoy a las puertas de uno de los puntos más atractivos de mi viaje (y casi de cualquier viaje). Me encuentro delante de una auténtica maravilla del mundo, antiguo y moderno. Ya, como concepto, una ciudad tallada en piedra es algo insólito.

Las maravillas que vi en este sitio tan extraordinario no las voy a poder contar: me declaro incompetente para hacer algo así. Con cada paso que daba y con cada vistazo que echaba encontraba cosas más asombrosas que las anteriores. Todo el mundo debería visitar este sitio que, aunque infestado de turistas, es realmente inolvidable. La garganta de entrada a la ciudad, el Al-khazneh, la calle de las fachadas, las tumbas, la calle de las columnas, el monasterio… todos lugares dignos de ser visitados. ¡Una ciudad tallada en piedra!

Después de estar todo el día caminando, con la cara llena de polvo y los pies de arena, más necesitado de una ducha que después de un concierto de Soziedad Alkoholika, cansado, muerto de sed y hambre pero más ancho que alto, me subo al autobús de vuelta. Regresar desde el punto más alejado de la ciudad (un mirador donde ondea la bandera de Jordania), hasta el aparcamiento de la puerta del recinto, donde espera el autobús, me lleva exactamente cien minutos de camino sin descanso. Pueden anotar eso.

El viaje de vuelta se hace mucho más pesado que el de ida, ya se sabe cómo son estas cosas. Cuando por fin llego a casa (desde la estación he vuelto a tomar un taxi que me ha dejado en la puerta de la concurrida mezquita que hay junto al hostel), me encuentro una recepción ambientadísima. Es viernes y hay mucha gente que ha llegado a la ciudad. Me gusta entrar y ver el sitio lleno de gente, me alegro por la dueña, es buena chica. Después de dos días, me saludan por mi nombre.

―Hola Pedro, ¿qué tal por Petra?

―Genial.

Una ducha tan larga que cuenta como dos, algo para cenar (he comprado un par de shawarmas por cincuenta céntimos en el kiosco de Hadi) y estoy dispuesto para irme a la cama. Sin embargo, antes de eso, bajo a comprar una botella de agua y oigo música que sale de la sala de televisión. Están celebrando la fiesta del té. Según me cuenta la dueña, lo hacen todos los viernes. Todo el mundo está sentado alrededor del músico, que toca el Oud (una especie de laúd típico de Jordania), tomando té y tarta. Me uno a la fiesta, donde incluso un par de espontáneas salen a bailar.

Mientras tomo mi té y pienso en irme a la cama a descansar con idea de madrugar al día siguiente para irme a Israel, se sienta a mi lado un tipo. Se llama Patrick y es de Londres.

―Hola.

―Hola.

―¿Tú vas mañana a Israel? ―me pregunta.

―Sí, quiero llegar a Jerusalén ―le respondo.

―Yo tengo pensado irme por la mañana temprano. He hablado con un taxi que vendrá a recogerme a las siete. Si quieres podemos compartirlo.

―Genial. Lo cierto es que tenía pensado irme temprano, pero no tenía ningún plan. Ni siquiera sabía qué autobús había que tomar.

―El taxi me cuesta veinte dinares. Si compartimos serían diez cada uno, un poco más caro que el autobús, pero creo que merece la pena.

―Estoy de acuerdo. Por mí, estupendo.

―Quizás sea un poco temprano, pero mañana es sábado y cierran la frontera a las dos, así que habrá mucha gente por la mañana.

―A las siete está bien. Dicen que los trámites de la frontera pueden llevarnos horas, así que mientras antes lleguemos, mejor.

―Perfecto entonces. Nos vemos a las siete en la recepción, ¿te parece?

―Allí estaré.

―Ahora me voy a la cama a descansar. Hasta mañana.

―Hasta mañana.

Ya tengo plan para mañana y suena bien. Si consigo llegar a Jerusalén antes de la hora de comer, podré estar allí toda la tarde y parte de la mañana del domingo. Tengo mi reserva de hostel, así que en teoría debería ser un día tranquilo. A estas alturas de viaje, necesito días tranquilos. Y ahora, lo que necesito es irme a la cama.

1 Rápido, por favor.