Viernes, 31 de julio de 2009

En tren a veces ocurre que te acuestas con unos compañeros de viaje y te despiertas con otros. Cosas de dormir en una cama que salta de ciudad en ciudad. Son las cinco y pico de la mañana y a mi lado (en la litera que hay junto a la mía, quiero decir) ronca un tipo cuya barriga está rozando con el techo. Debajo de mi catre, una viejita, arrugada y envuelta en un enorme pañuelo, está sentada mirando por la ventana. Mi primer pensamiento, antes incluso de la reflexión del cambiazo en los compañeros de camastro, es tomar un café, así que bajo de un salto y busco a la encargada del vagón. Mientras el tren me zarandea en el pasillo, pienso que lo más lógico es que esté dormida (todo el tren menos la vieja y yo está durmiendo), así que me doy la vuelta sin siquiera intentarlo. Esperaré.

Dos horas tienen que pasar. El tren se empieza a detener, así que la encargada no tiene más remedio que estar despierta. Me lanzo a su compartimento y vuelvo con un humeante café. Le he dado todo el dinero que tenía, unos cuantos billetes cuya suma probablemente no llegue ni a medio euro. Suficiente en cualquier caso.

Cuando entro en el compartimento me recibe un olor pestilente. El tipo gordo se ha largado (necesitó media hora para desperezarse, media hora para bajar de la litera con movimientos torpes y otra media para sacar su media docena de maletas de los maleteros. No me explico cómo consiguió subirse, y aún más, no me explico como lo hizo de forma que ni siquiera me despertase), y el compartimento está ocupado ahora por la vieja, un niñato y yo. El olor proviene de las zapatillas del niñato, que está tumbado en uno de los catres inferiores. Está descalzo y no tiene camiseta. Su única prenda es un pantalón de los Utah Jazz con el número de Kirilenko. Sus apestosas zapatillas (unas Nike blancas con el logotipo en verde; siempre hay gente con mal gusto) están plantadas en medio del compartimento. Me cae mal desde el principio, probablemente porque su presentación ha sido por vía olfativa. Además, me ha quitado el sitio que tenía pensado ocupar yo para tomarme el café y escribir durante toda la mañana.

Aparto las zapatillas dándoles empujoncitos con los pies, hasta dejarlas debajo de su litera, perfectamente alineadas. Le saludo y me responde con un gruñido con acento ruso. Ni siquiera levanta la vista de su iPod. Me cae realmente mal, sí señor. Miro a la vieja, que me devuelve una mirada de resignación.

El viaje transcurre sin que nada ocurra. Kirilenko sale a fumar de vez en cuando. Se pasea por el tren descalzo y sin camiseta, con aires de superioridad aria. Se permite encenderse los cigarrillos en el compartimento y dar un par de caladas antes de levantarse para ir al espacio entre vagones, lugar de reunión de los fumadores. En base a la observación llego a varias conclusiones. A saber:

1. Kirilenko no sabe estar sentado. Solo está tumbado o de pie.

2. Kirilenko duerme siempre que está tumbado y está despierto cuando está de pie.

3. Kirilenko siempre va descalzo, a excepción de las ocasiones en las que va al baño. Es el único momento en que se pone las zapatillas. Cuando vuelve, se tumba y se las quita agitando violentamente las piernas, de manera que las zapatillas salen despedidas a sabe Dios qué impensables lugares. Tengo que ser yo quien las coloque debajo de su litera. (Digo yo que cuando se las pone debe de pensar que tiene tan dominada la técnica de la agitación de las piernas que las zapatillas siempre acaban debajo de su catre, en perfecta formación.)

4. Kirilenko sale a fumar aproximadamente cada media hora y acude al servicio a intervalos irregulares.

5. Kirilenko va a Sofía.

6. Kirilenko no tiene ni el más mínimo respeto por los demás.

Paso la mitad del tiempo fuera del compartimento porque no puedo soportar el olor. La pobre vieja no se ha movido del sitio, como si temiera que haciéndolo estuviera incumpliendo alguna ley o cometiendo algún pecado. En uno de los regresos de Kirilenko del servicio, se ha tumbado y se ha descalzado de tal suerte que una de las zapatillas ha ido a dar en la cubierta cabeza de la viejita. Esta casi no se ha movido, pero no ha podido evitar soltar un quejido apenas audible. Luego ha completado con una risita. Kirilenko ni se ha dignado a mirar, así que me levanto y le digo que tenga cuidado, que le ha dado a la pobre mujer. Pasa de mí, no sé si porque no sabe inglés o porque es gilipollas (o por las dos cosas), pero el caso es que consigue ponerme de muy mal humor. No me gusta la gente que quema la sangre, y estoy delante de un ejemplar etiqueta negra. Vuelvo a increparle, esta vez lo suficientemente cerca como para que pueda oler mi aliento. Sigue pasando de mí, pero esta vez se permite apartarme de un manotazo.

―Payaso ―le grito en español mientras vuelvo a mi sitio.

Durante las horas que transcurren desde el incidente hasta que paramos en la frontera, no puedo pensar en otra cosa. Sin embargo, la presencia de la policía ucraniana requiere toda mi atención. El control esta vez va en serio. Además de los militares que se encargan de registrarlo todo en busca de inmigrantes ilegales, hoy traen a un grupo especial de antiestupefacientes, incluyendo un enorme perro clavado a Rex. El militar que lo lleva chasquea los dedos, indicándole al perro que busque droga, pero parece que no hay de qué preocuparse. Con él viene la señorita Rotenmeyer, que nos reparte los formularios por si tenemos algo que declarar en la aduana. Cuando me da el mío, me guiña y dice:

Narcotics?

Lo dice en plan: sé que llevas chocolate pero no te preocupes porque a mí puedes contármelo sin problemas.

Narcotics? ―repite al ver mi cara de incredulidad.

Estoy tan tentado de responder «of course», que casi me da miedo.

No!

(Risas de la señorita Rotenmeyer, que se larga sin decir ni adiós y preguntándose cómo diablos le ha fallado la estrategia.)

Esta vez, la tipa que se encarga de la identificación necesita que le dé otro documento en que venga una foto mía. Le doy mi DNI, y ahí anda buscando las siete diferencias entre el pasaporte, el DNI y mi careto. Tengo que aguantar la risa, pero esas cosas se notan y me riñe. Me riñe por llevar las barbas (se frota su cara con el exterior de los dedos y dice algo que suena a borde). No respondo, ¿para qué? Al rato se larga llevándose nuestros pasaportes, que nos devolverá al cabo de un par de horas. El compartimento sigue apestando.

Seguimos devorando kilómetros y al fin llegamos a la estación de Bucarest. El tren reduce la marcha para poder manejarse por el entramado de vías que le llevarán al andén que corresponda. Aprovecho para bajar mis mochilas del maletero. Kirilenko duerme y la vieja sigue donde ha estado siempre. Recojo todo y bajo del tren, guiñando un ojo a la vieja que responde con una risa nerviosa y un ademán de dar palmas. Hemos llegado a las siete y media. El tren estará detenido hasta las ocho y pico, momento en el que saldrá en dirección a Sofía. Lo sé porque es el mismo tren que tendré que tomar yo mañana. Me siento en uno de los descoloridos bancos del andén y espero. Tengo todo el tiempo del mundo, así que puedo dedicar media hora a esperar para ver cómo se va el tren. Hace un calor asfixiante.

A las ocho y cuatro minutos en punto, un ruido anuncia que el tren va a ponerse en marcha. En ese momento, hago un gesto a la vieja, que está asomada a la ventana, indicándole que despierte a Kirilenko. La vieja se mueve por primera vez y zarandea el cuerpo semidesnudo del niñato que, sin saber muy bien lo que está pasando, se asoma a la ventana. Allí estoy yo con sus zapatillas en mi mano. Voy andando, acompañando al tren que ya está en marcha, pero aún se mueve muy despacio, lo suficiente como para que pueda seguirlo sin siquiera echar a correr. La cara de Kirilenko cambia de qué coño pasa aquí a qué coño haces con mis zapatillas. El tren sigue acelerando y yo con él. Tiene un buen perder y se resigna rápidamente. Se limita a bajar el cristal.

―Hijo de puta ―me dice en ruso. Ni siquiera lo grita.

No respondo, me limito a seguir andando (a paso ligero ya) y a dejar las zapatillas en una papelera. Sigo andando.

―Hijo de puta ―repite.

Sigo sin responder, pero esta vez voy a darle un buen golpe. Voy a soltarle un gancho que va a dejarle sin aire. Del bolsillo trasero de mi pantalón saco su pasaporte y se lo muestro. Su cara pasa de voy a matarte hijo de puta a ¡ qué coño ! Ya voy a la carrera y el andén está a punto de acabarse, así que me paro, sin dejar de mirar la ventana y sin bajar la mano que sostiene su pasaporte. Kirilenko no dice nada. Yo tampoco. Estoy tentado de enseñarle mi dedo corazón en toda su extensión, pero decido que queda más elegante seguir allí sin hacer nada.

El plan de venganza se me ocurrió cuando nos devolvieron los pasaportes y Kirilenko dejó el suyo sobre la mesita del compartimento.

―Como el pasaporte siga ahí cuando lleguemos a Bucarest, te vas a cagar, niñato ―pensé.

Cuando se le pase el espanto, hará lo que cualquiera haría. Llamará a la estación y preguntará por objetos perdidos. Allí le dirán que sí, que tienen su pasaporte y que solo tiene que venir a buscarlo. Pasará la noche en alguna estación de la frontera y volverá a Bucarest en el primer tren de la mañana. Allí le darán su pasaporte y podrá seguir su viaje. En cuanto a sus zapatillas, no creo que sigan en la papelera, aunque todo puede ocurrir.

O puede que nada suceda así.

Después de dejar el pasaporte a una taquillera sin dar más explicaciones, me dirijo directo a las taquillas internacionales. El decorado ha cambiado radicalmente respecto a los últimos días. En Bucarest vuelve a haber caracteres latinos y subtítulos en inglés. El rumano me parece la lengua más fácil del mundo (incluso me recuerda al italiano) y manejarse por la estación es un juego de niños. Estoy en la taquilla y es el momento de tomar una decisión que marcará lo que resta de viaje. Decido renunciar al norte de África, por imposibilidad de obtener el visado de Libia. En los últimos días he cruzado un par de correos electrónicos con la embajada y me han dicho que ni hablar, que qué se me ha perdido a mí en Libia y que para tonterías y caprichos de niñato occidental que se aburre en su país no está la cosa. La nueva ruta que he trazado respeta la anterior hasta llegar a Egipto (y de esa forma asegurarme los cinco continentes), pero a partir de ahí, volveré a Europa (tomando un avión o ferry a Grecia) y seguiré subiendo por la península de los Balcanes hasta el norte de Italia, donde viraré al oeste para recorrer todo el sur de Francia hasta Montpellier. Por allí entraré a España, para cruzarla de punta a punta hasta Málaga.

―Necesito comprar un billete de Interrail. ¿Es posible?

―Por supuesto. ¿Qué modalidad necesita?

Todo marcha sobre ruedas en este lugar. Ya tengo mi billete de Interrail (que puedo usar durante diez días, suficientes para cruzar Europa) y mi reserva para el tren de mañana a Sofía (espero que a Kirilenko no se le ocurra tomar el mismo). La siguiente prueba es encontrar el hostel, pero las indicaciones de la web son tan precisas que tardo diez minutos. El sitio está muy chulo (tienen cereales y leche gratis para los huéspedes, no puedo creerlo). Allí me inscribo sin ningún problema (el tipo es realmente amable y me regala un plano del centro de la ciudad), me conecto a Internet sin ninguna dificultad, me río un buen rato leyendo los comentarios del blog (¡qué bien me sientan!), voy al súper a comprar algo para cenar (¡un Carrefour! ¡Con productos cuyas etiquetas entiendo!), ceno, me ducho, chateo hasta cerca de las tres de la mañana (tener contactos de todas partes del mundo supone un problema con los horarios) y me voy a la cama. Ni un solo amago de cagarla. Ni una sola fisura en el sólido plan semiimprovisado. Todo es perfecto y acaso aburrido.

Mañana veremos.