Viernes, 3 de julio de 2009

El cambio de hora y el hecho de que estemos más al sur hace que el amanecer llegue tarde. Son algo más de las seis y paso de seguir durmiendo, ya he tenido bastante. Enderezo los sillones, guardo los bártulos que uso para dormir y me siento junto a mi ventana. El cielo está completamente negro y lleno de estrellas. Creo que nunca he visto un cielo tan estrellado, ni siquiera el toscano. Me acuerdo de mi amigo Fali, exiliado en Italia por amor; me gustaría tenerle sentado a mi lado ayudándome a distinguir entre la Estrella Polar y Marte.

Los minutos pasan y todo va cambiando de color casi imperceptiblemente. Me he quitado los zapatos y he apoyado mis pies sobre la rejilla de la calefacción. Casi quema, pero me gusta la sensación. Las estrellas y Marte se van quitando de en medio cuando notan que se acerca el Sol. El cielo se va aclarando. De negro a azul, de azul a rojo, de rojo a naranja y de naranja a blanco puro. El perfil de las cientos de montañas que forman los Andes se dibuja cada vez más claramente. El Sol debe de estar a punto de aparecer, pero aguanta un poco más. Es un amante caprichoso que retrasa con maldad el orgasmo de su pareja y el suyo propio, un instante más, hasta lograr hacerla enfadar de pura rabia.

Ahí está, un orgasmo naranja se eleva por encima de las voluptuosas colinas redondeadas, senos chilenos, mientras en mi cabeza suena Wish you were here1 de Pink Floyd. Todo se baña de colores rojizos. El valle por el que avanza el autobús, desierto lleno de piedras y tierra roja; estoy en Marte. Las cunetas están llenas de tumbas y santuarios: Rosario, Javi, Jorge, Manuel, Pedro, Iván, César, María, te amaré siempre. Cruzamos nubes.

El día se hace largo. El viaje va a tomar casi treinta horas y apenas hemos parado dos veces para estirar las piernas. Comemos en marcha y ya he perdido la cuenta de las películas que han puesto, todas malas. El paisaje apenas cambia a mi izquierda, al este. Al oeste a veces se asoma a saludarnos el majestuoso Pacífico. Nos acompaña durante algunos kilómetros, como dándome ánimos y aliento para que no desfallezca y se vuelve a alejar, escondiéndose detrás de un biombo de montañas peladas, secas, áridas, viejas y mudas. Tengo hambre y lo poco que ponen no me da ni para empezar. La bolsa de comida que suelo llevar para emergencias solo tiene una lata de atún y un paquete de pasta china que me dejó Valérie.

―Lleva siempre contigo uno de estos paquetes. Basta llenar una taza con agua caliente, sumergirlos unos minutos y tendrás un nutritivo plato que te sacará de más de un apuro ―me dice con maneras maternales―. No te subas al transiberiano sin haberte comprado una taza. Cada mañana llegarán al vagón y repartirán agua caliente. Cada uno debe llevar un recipiente donde guardarla, y si no tienes taza, no tienes nada. Aprenderás que esa ración de agua caliente es uno de los bienes más preciados del viaje. Con él tomarás té, pasta, te calentarás. Es muy importante. ¿Sabes?, de todo tu viaje, lo que más envidio es el transiberiano. Me encantaría volver a hacerlo.

―Algún día lo haremos juntos ―digo mientras pienso en una amiga que odia la expresión «algún día».

He tenido que robar un par de paquetes de galletas de la caja de provisiones que guarda en conductor del autobús en el portamaletas que hay encima de mí.

Durante todo el día he tenido molestias en la oreja. Creo que es el momento de quitarme el pendiente provisional que me pusieron hace unos días ―es demasiado esfuerzo tratar de saber cuándo fue exactamente― y ponerme uno definitivo. He seguido los consejos que me dio el tipo: lo he lavado asiduamente y lo he movido para evitar que se crearan postillas. No sé si sabré ponerme un pendiente, nunca lo he hecho. Eso me recuerda la primera vez que tuve que enfrentarme a quitar un sujetador. Lo hice bien; creo que ella no notó que era la primera vez, y eso que lo hice con una mano y sin mirar ―me negaba a mirar otra cosa que no fuesen tus ojos, ¿lo recuerdas?―. Lo hice por pura intuición.

Creo que necesito un tiempo muerto, necesito que cese la lluvia de emociones que me produce viajar a mil por hora. Es tanto que no tengo tiempo de escribirlo todo; ni siquiera tengo tiempo de recordar las caras de las gentes con las que me he cruzado, o situar los cielos en los países donde los vi. Creo que necesito una parada; dos días en una habitación sin ventanas y en silencio. Necesito que la curva de excitación baje un poco y se estabilice dentro de unos márgenes que no resulten tan agotadores como en los que está ahora mismo. O quizás lo único que necesite sea darme un paseo, que el aire invernal de Chile me refresque la cara, las orejas y las ideas. Quizás solo necesite dormir en una cama. La última vez fue en Panamá y solo logré hacerlo durante unas horas. Quizás solo necesite una ducha, o mejor un baño caliente y sin hora de caducidad. No necesito espuma, solo agua tan caliente que se me ponga la piel de gallina cuando meta el pie. Un baño solo, hace mucho tiempo que no tomo un baño solo.

El mismo sol que apareció, tímido y perezoso, a mi izquierda tras las montañas hace unas horas, empieza a esconderse ahora, remolón, a mi derecha, en el dormido Pacífico, manchando de naranja las nubes que se acercan a ver cómo se baña el astro. En Chile siempre se viaja al sur o al norte, nunca al este o al oeste. Hace ya casi treinta horas que empezamos a surfear sobre la cresta de los Andes chilenos y debemos de estar a punto de llegar

En el autobús he conocido a Claudio. Creo que ni él ni yo tenemos muchas ganas de charlar, pero aun así lo hemos hecho. Me ha pedido fuego para encenderse un canuto, pero le he dicho que no fumo. A pesar de ello, creo que sería bueno llevar encima un mechero. Espero comprar uno en el primer mercadillo que pueda, junto al pendiente y a la taza. Claudio se ha apresurado a decirme que no fuma, que solo fuma canutos de marihuana que él mismo cultiva en casa.

―Todo natural.

Es como si se avergonzara de que pudiera pensar que fuma tabaco, pero no de que fuma maría. Tiene aspecto de fumador de maría, desde luego. Lleva una sudadera de cuadros con el gorro puesto, unos pantalones anchos y varias rastas le caen por el pecho. Apenas puedo verle la cara porque no se ha quitado el gorro en todo el viaje y el autobús está en penumbra cuando charlamos. Es un comerciante que se dedica a trapichear con ropa de segunda mano. La importa de Estados Unidos aprovechando que los países vecinos no permiten la entrada de ropa de segunda mano o defectuosa. Vive en Arica, el pueblo al norte que linda con Perú. Allí recibe la mercancía todos los primeros de mes y desde allí baja hasta Santiago. En Santiago tiene un puesto en un mercadillo que deja a cargo de un colega. Me asegura que el margen de beneficio es muy alto, en torno al mil por ciento. La ropa que recibe es casi regalada y los precios en Santiago de Chile no son bajos. Importa todo tipo de marcas, no le dice que no a nada, aunque en el futuro le gustaría especializarse en ropa rollo skate. Él patina y sueña con poder ir algún día a Barcelona, donde dice que hay una zona de patinadores de la que se habla en todo el mundo.

―Me encantaría poder ir algún día allí a patinar. Tiene que ser increíble.

Yo no tengo muchas ganas de contarle nada de mí, así que voy aportando lo mínimo necesario para que la conversación continúe. Prefiero oírle hablar de Arica, su ciudad. Me habla de Isla Alacrán, un sitio surfista conocido en la zona.

―Cameron Diaz estuvo allí una vez haciendo surf.

Mi desgana hace que la conversación se apague como una vela a la que le falta el oxígeno, pero no voy a hacer nada por evitarlo. A lo más que llego es a pedirle ayuda para tomar el autobús a Córdoba desde Santiago. Es una locura, el ritmo que llevo va a acabar conmigo. Menos mal que el día siete ya está ahí, para bien o para mal. Me dice que tendré que cambiarme de terminal de autobuses, porque nosotros llegamos a la que lleva los trayectos nacionales y yo debo ir la de los trayectos internacionales. Se ofrece a ayudarme, porque su colega va a recogerle a la estación, aunque luego duda que quepa en el coche: lleva varios fardos de ropa y andará justa la cosa.

―¿Tienes mucho equipaje? ―me pregunta.

―No te preocupes, en Santiago hay metro. Habiendo metro no tengo problema.

―El metro no es muy seguro en la noche.

―No te preocupes, sabré moverme bien, ya verás. Solo quiero cambiar de terminal.

Me advierte de que de la frontera entre Chile y Argentina cierra a veces por el mal tiempo. Estuvo mirando la previsión y anunciaban sol para hoy viernes, pero lluvia para mañana sábado. Yo no sé ni a qué hora sale el autobús, ni siquiera sé lo que tarda, aunque tengo la esperanza de poder cogerlo esta misma noche para así poder viajar durante la madrugada. Se supone que llegaremos a Santiago a las ocho de la noche, así que no tengo mucho margen de maniobra, pero no puedo permitirme pasar una noche entera en Chile, porque entonces no voy a tener tiempo ni de saludar a mi familia. Como siempre, lo dejaré a la improvisación y a mi buena estrella; seguro que todo sale bien.


La frialdad y la calidez

Llegamos a la terminal a las nueve en punto. Ayudo a Claudio con sus fardos, que maneja con destreza con la ayuda de su monopatín. Nos despedimos con un «tal vez volvamos a vernos», deseándonos suerte. Me ha indicado cómo llegar a la terminal internacional y no parece demasiado difícil. Las calles están animadas a pesar de la hora y el mucho frío con el que me ha recibido Santiago. Tengo aproximadamente cuarenta y cinco minutos para cruzar unas cuantas manzanas, buscar la ventanilla adecuada y subirme al bus. Tiempo de sobra, si no fuera porque se han suspendido todas las salidas nocturnas hacia Argentina. De esto me informa un tipejo con aspecto de actor porno de los ochenta.

―El puesto fronterizo entre Santiago y Mendoza está cerrado por mal tiempo. Se han suspendido todos los autobuses ―me dice con cara de quiero largarme a mi casa.

No me resigno y pregunto en varias ventanillas más ―hay más de veinte empresas que hacen el trayecto― obteniendo la mismas respuestas de los mismos actores porno con las mismas ganas de irse a casa. Está bien, necesito unos minutos. Son las diez de la noche, estoy en la estación de autobuses de Santiago de Chile y necesito pasar la noche para tomar el primer autobús de la mañana, que sale a las ocho y media. Mi primera idea es buscarme un hueco en algún cajero, así que pregunto a un guardia de seguridad si durante la noche se cierra la estación.

―Cerramos a las once, señor ―responde con mirada gélida, como la noche.

Creo que me ha calado, así que pregunto a otras dos personas que me confirman la hora de cierre. Estupendo. Descarto la opción de dormir en la calle porque hace realmente frío y no quiero pensar cómo estará la noche a las cuatro de la madrugada. No quiero despertarme como Jack Torrance en el laberinto del hotel Overlook. La única opción que me queda es la más lógica: buscar dónde dormir. No puedo dejar de pensar en el retraso que va a ocasionarme todo esto y en que las opciones de perder el avión son cada vez más serias.

Recuerdo que cuando Valérie y yo hicimos un calendario, optimista, contaba con dos días de margen para llegar a Córdoba con tiempo de estar un día con mi familia. Esos dos días ya se han esfumado, se han encargado los retrasos en los autobuses, los trámites fronterizos y la puta nieve de los Andes. Ahora estoy justo. Pero no quiero pensar en eso ahora, no sirve de nada. Estoy cansado y apenas puedo pensar, así que trato de centrarme en encontrar un lugar donde pasar la noche. Como suele ocurrir, la zona que rodea el terminal de la estación es de lo peor de la ciudad. Eso significa que debe de ser barato. Salgo a las calles mal iluminadas de la parte de atrás, con las mochilas colgadas, y doy unas vueltas. A simple vista he podido encontrar tres carteles luminosos de hoteles, pero sigo buscando. Necesito algo menos luminoso, con menos aires. Solo tengo cinco mil pesos, diez dólares y unas monedas en el bolsillo.

Me decido por el hotel Oceanía. Calle oscura, rejas en la puerta, camellos en los alrededores, nombre sugerente, suite económica. Me piden nueve mil pesos por pasar la noche, pero regateo hasta dejarlo en siete mil. Aun así, no tengo suficiente.

―¿Puedo pagarte con tarjeta? ―le pregunto con poca fe.

―No.

―Solo tengo cinco mil pesos, ¿puedo darte el resto en dólares? Te daré cuatro.

Es un buen trato para ella, le estoy vendiendo dólares a quinientos pesos cuando en realidad están a quinientos ochenta.

―Solo pesos ―me espeta inflexible.

―Está bien. ¿Conoce algún sitio donde pueda cambiar? ―le pregunto tratando de parecer desesperado para que cambie de opinión.

―En la estación pueden cambiarte, pero cierran a las diez ―responde mirando su reloj que marca, como el mío, las diez y diez.

―Voy a intentarlo. Ahora vuelvo.

Cruzo un par de calles, sigo con las mochilas a cuestas, pero ni siquiera me doy cuenta de ello. Pregunto a un par de personas que me van guiando hasta la persiana bajada del local de cambio de moneda. Bajada, pero no completamente. Cincuenta centímetros la separan del suelo, cincuenta centímetros de esperanza. Dentro hay luz. Golpeo la chapa.

―¿Hola? ―grito con timidez.

―Está cerrado señor ―responde una voz desde dentro.

―Por favor, necesito cambiar unos pesos para pagar un hotel donde pasar la noche.

Le cuento todo esto porque creo que toda esa información puede jugar en mi favor, pero no sirve de nada.

―Lo siento señor, la caja está cerrada.

―Por favor ―pido.

―Lo siento, no podemos hacer nada.

―Por favor ―ruego.

―Lo siento señor.

―Por favor ―suplico.

La conversación se cierra con el ruido de la persiana al bajarse por completo. Tengo cero centímetros de esperanza ahora.

―¿A qué hora abren mañana? ―grito sin timidez.

―A las diez de la mañana.

Vuelvo al hotel, donde trato de razonar con la chica de la recepción, pero es imposible, no hay forma. Necesito esos dos mil pesos. Le ofrezco pagarle al día siguiente, cuando abran la casa de cambios. Eso significa, en la práctica, no poder tomar el primer autobús de la mañana. La idea no me gusta, pero no me quedan muchas opciones ya. De todas formas da igual, la chica quiere que le pague por adelantado o me vaya. Empieza a impacientarse, así que salgo del local y pregunto en otros dos hoteles, todos más caros. Mi olfato me guió directamente al más barato. Ofrezco cinco mil pesos porque me dejen quedarme en la recepción, en un sillón o donde sea, pero nadie accede. No puedo creerlo. Estoy en la calle, son las diez y media y el frío aprieta. Vuelvo al primer hotel, no sé muy bien por qué; probablemente porque me encuentre más cómodo en un sitio que ya conozco. Creo que lo tengo.

―Hola ―digo con voz ronca y cara de chungo.

―¿Si? ―responde el camello como si con él no fuera la cosa.

―Necesito cambiar dólares por pesos.

―La casa de cambios está cruzando la calle.

―Está cerrada, y los necesito ya, no tengo donde quedarme a dormir ―le explico con la sensación de que, al contrario que la otra vez, esta información va a jugar en mi contra.

―¿Cuánto necesitas?

―Diez dólares americanos.

―No tengo tanto, lo siento.

―¿Cuánto tienes?

―Puedo darte tres mil pesos.

―Pero no tengo cambio de dólares, solo tengo un billete de diez.

―Pues te daré tres mil por esos diez.

En un banco me darían casi el doble. Él lo sabe, yo lo sé, pero no voy a tomarme la molestia de quejarme. Los tipos duros como yo no se quejan, ni aun cuando les están engañando.

―Trato hecho ―le digo sin cambiar el gesto.

La habitación es la más pequeña que haya visto en mi vida. Es como la habitación de Harry Potter. Se encuentra debajo de una escalera, y no es más que una caja con paredes de madera donde cabe exactamente una cama estrecha. La cabecera está apoyada en una pared y el pie en otra, no hay ni un centímetro de margen. En uno de los laterales hay un hueco de unos treinta centímetros hasta la pared ―menos de dos cuartas, como me encargaría de comprobar luego, entre risas―, que es lo mínimo necesario para que la puerta pueda abrirse de forma que quepa una persona ―flaca, eso sí―. No puedo entrar con la mochila a cuestas, no cabe. Tengo que vaciarla para conseguir que entre. Es lo más parecido a una tumba que he visto nunca. Ni siquiera puedo ver el suelo. Las sábanas huelen a rancio y están amarillentas, no sé si por la suciedad o por el desgaste, pero me da igual. El baño es compartido y ni siquiera quiero ir a mirarlo.

Faltan unos minutos para las once y decido volver a la estación para buscar una wifi y descargar el correo. Tengo un hilo de batería pero lo suficiente para descargar la correspondencia. Me he fijado en varios puestos de artesanía y bisutería y creo que es el momento perfecto de buscar un pendiente que sustituya al terapéutico que llevo desde hace días. Después de dar algunas vueltas, no encuentro ningún sitio fiable. Sé que me mienten cuando me dicen que los pendientes que me ofrecen son de plata. Al final, tengo suerte y encuentro una joyería, donde negocio el precio de un pendiente de plata.

―Son dos mil pesos ―me dice el amable joyero.

―Solo necesito uno, ¿puede vendérmelo suelto?

―Lo siento señor, se venden juntos.

―No tengo más que mil pesos.

―Espere un segundo, creo que tengo dos sin pareja por aquí. Aquí están. Le dejo uno de los dos en mil pesos.

―¿Esto es un corazón? Mejor me quedo con el otro.

―Está bien, como quiera. Son mil pesos.

―Una cosa más ―añado antes de darle la pasta―. Jamás he usado un pendiente. Quiero quitarme el que llevo y ponerme este, pero no sé cómo se hace. ¿Sería tan amable de ayudarme?

―Yo te ayudaré ―dice una chica que ha salido de la trastienda.

―Estupendo.

―Espera, voy a lavarme las manos.

Tras unos minutos, aparece con las manos limpias y frotándose los dedos con un algodón empapado en alcohol. Empieza a sacarme el pendiente terapéutico que se resiste. Necesita varios minutos tirando hasta que lo logra. Duele. Ahora intenta poner el nuevo, pero no puede. Entra una parte, pero no sale por el otro lado de la oreja. Busca y rebusca, pero no puede. Empiezo a marearme, empiezan a sudarme las manos, empiezo a pesar más de la cuenta, el color se me cae al suelo, se me hunden los ojos en la cara, me desmayo, pero es solo un segundo.

Me despierto sentado en una silla, me abanican y me dan agua aunque no tengo sed. Se llaman David y Denisse y son dos cielos que compensan toda la mierda de gente de la ciudad que he conocido hasta ahora. Me gusta que sea así, no quiero llevarme una mala impresión de una ciudad. Charlamos un rato grande, mientras recupero las fuerzas. Nos caemos bien y nos despedimos hasta otra. Denisse me regala un llavero para que recuerde Chile. Yo no tengo nada que regalar ―dejé todo en el hotel― así que a la mañana siguiente les dejaría por debajo de la puerta una postal con unas líneas de agradecimiento. El pendiente está en un sobre de papel.

Vuelvo al hotel. Pongo los aparatos a cargar y me pongo a leer los correos tranquilamente. Uno de ellos eclipsa al resto. Viene de la agencia de viajes y me dice que mi vuelo a Nueva Zelanda se ha suspendido. No quiero seguir leyendo, ya solo quiero descansar y que amanezca.

Me quedo dormido escuchando ¿Dónde estás corazón?, el programa de chismes de Antena 3, en la tele de la recepción, que está separada de mi nicho por una pared de madera de cinco milímetros de grosor. Es medianoche.

1 Ojalá estuvieras aquí.