Viernes, 26 de junio de 2009

Las cinco y media de la mañana y ya estoy vestido. Estoy demasiado excitado como para poder pegar ojo. Antes de salir del dormitorio miro a Valérie. Está dormida, envuelta en el edredón. Fuera hace calor, pero el aire acondicionado hace que la habitación semivacía sea un congelador. Incluso yo he dormido parte de mi corta noche arropado con una sábana. Puse el despertador a las seis y media, así que tengo una hora por delante antes de que Valérie se despierte.

En la recepción del hostel hay un ordenador con conexión a Internet, por lo que decido emplear todo el tiempo en leer correos y en charlar con los amigos del trabajo. Intentamos hacer una conferencia de vídeo, pero la conexión es pésima y no logramos ver más que algunas imágenes sueltas, aunque suficientes para descubrir que casi todos se han puesto delante del ordenador para charlar conmigo. Ha sido una sorpresa tal que han conseguido emocionarme. Agradezco que la comunicación no pueda establecerse; eso me ahorrará la vergüenza de que me vean emocionado. Hablamos unos minutos y cuando terminamos tengo la moral por las nubes.

Ya son las seis y media, así que entro a despertar a Valérie. Me la encuentro vestida y con la mochila lista.

―¿Desayunamos y repasamos el plan para hoy?

―Claro.

Vamos juntos a la cocina exterior donde dos parejas toman un café en silencio. Todo está en calma; huele a huevos revueltos, a zumo de papaya y a cereales. Huele a tierra mojada. Huele a temprano.

Nos sentamos a desayunar y en un par de minutos se incorpora Cameron. Mane y Gabriela no han madrugado tanto como nosotros. Pasamos el rato hablando de los planes que tenemos cada uno de nosotros para las próximas semanas y nos deseamos suerte. Cameron llevará a los brasileños hasta Perú, donde quizás puedan encontrarse con Valérie. Ya quedarán, están en contacto.

Es hora de irse y salimos. Allí nos cruzamos con Mane y Gabriela, así que tenemos el tiempo justo para hacernos una foto. El taxi solo necesita diez minutos para hacer un recorrido para el que habíamos calculado más de una hora, así que llegamos al aeropuerto con mucho adelanto.

―Bien, repasemos el plan una vez más, Valérie.

―Veamos. A las diez y diez sale el avión con destino a Tubualá. Allí debemos tomar una barca hasta Puerto Obaldía, donde nos sellarán la salida de Panamá. El siguiente punto es Capurganá, donde también deberemos llegar en barca. Este pueblo ya está al otro lado de la frontera, en territorio colombiano, y será allí donde deberemos tramitar la entrada al país. Finalmente, tomaremos un barco que nos llevará a Turbo y desde allí un autobús a Medellín.

Todo el plan lo hemos ido construyendo a base de preguntar a unos y a otros.

―¿A qué hora sale el último bus de Turbo a Medellín?

―A las once de la noche, creo.

―Entonces debemos llegar a Turbo antes de esa hora, ¿verdad?

Yes. Yo creo que todo va a salir bien.

Valérie seguirá repitiendo esa frase a lo largo de todo el día. Cada vez que cubrimos uno de los trayectos y alcanzamos uno de los checkpoints, Valérie levanta su mano y me dice: «give me five, Pedro»1. Yo respondo chocando mi mano contra la suya tan alto como podemos. Seguro que todo va a salir bien. Es encantadora.

Estamos en una pequeña y fresca sala de espera esperando un vuelo que se retrasa. A través de los cristales podemos ver varios aviones de hélices. Los hay de dos tamaños y, según nos han comentado, el nuestro es uno de los pequeños; es casi una avioneta, lo cual no resulta muy tranquilizador.

Subimos acompañados de tres pasajeros y dos pilotos. El avión es pequeño y viejo. Dentro, dos filas de asientos desgastados y al fondo la puerta que da acceso a la cabina de pilotaje. La puerta está abierta, atascada por una bolsa de plástico de la que sobresalen dos bocadillos y algunos dulces. Valérie se acomoda y yo me acerco a los pilotos para charlar con ellos. Tienen buen humor y eso me da seguridad.

El vuelo transcurre sin más incidentes que la espectacular vista que tenemos durante todo el camino. Es un avión de poco peso, así que cuando entra en una nube se tambalea. Eso no parece importar lo más mínimo a los pilotos, así que no veo por qué debería importarme a mí. No ha pasado ni una hora cuando empiezo a notar que perdemos altura. Me asomo a la cabina de mando y puedo ver al fondo la pista de aterrizaje. No es más que un corto tramo de asfalto sobre una planicie verde yerba.

El aterrizaje es perfecto. Junto a la pista, la terminal consiste en una especie de toldo hecho con ramas de palmeras que se sujetan por cuatro troncos que hacen las veces de columnas. Bajo este toldo, varios militares negros armados hasta lo dientes y una familia de indígenas. El avión ni siquiera tiene tiempo de detenerse cuando ya hay dos hombres descargando las maletas. Se han subido al aparato en marcha, han abierto el maletero y van lanzando el equipaje al suelo. Cuando nos abren las puertas para salir, nuestras mochilas nos esperan esparcidas por el suelo; los mismos hombres mono que se subieron a vaciarlos se encargan ahora de llenar los maleteros con los fardos de los pasajeros que tomarán el vuelo de vuelta a Ciudad de Panamá.

La situación es desconcertante. Estoy rodeado de gente que se mueve a toda prisa, militares con caras de pocos amigos y fusiles listos para ser usados. De banda sonora tenemos el ruido de los motores del avión y de decorado de fondo, un pequeño embarcadero, un par de lanchas y el mar perfecto. Valérie, que está tan perdida como yo, me mira buscando algo de cordura, pero solo recibe a cambio un gesto de desconcierto.

―Es su primera vez, ¿verdad? ―nos pregunta un hombre que permanece sentado en uno de los bancos de madera que hay bajo el chambao.

―Es la primera vez que venimos. Estamos de paso ―respondo.

―Yo la primera vez estaba como ustedes, pero no se preocupen, enseguida sale el avión y se calma todo. ¿Adónde se dirigen?

―Queremos llegar a Turbo y de allí tomar un bus a Medellín.

―Yo también voy a Turbo. Si quieren podemos ir juntos ―nos dice con voz tranquila―. Me llamo Roberto, a su orden.

Roberto nos explica los pasos que debemos dar, que coinciden exactamente con los que planeamos esta mañana. Mientras hablamos, un hombre delgado, ennegrecido y mellado a quien casi no se le entiende hablando ha empezado a coger nuestras mochilas y a cargarlas en una vieja barca de madera. Cuando termina, las envuelve con unos plásticos que ata con unas cuerdas.


Una travesía por el Caribe

Nos explica que él nos llevará a Puerto Obaldía y nos esperará a que terminemos los trámites del visado. Luego nos llevará a Capurganá, donde nos dejará. A todos nos parece bien. En total somos seis pasajeros: Petra, una colombiana de cincuenta y tantos que tiene mucha prisa porque se dirige al entierro de su hermana; Miguel, colombiano de cuarenta y tantos, risueño, negro y calvo que vuelve a casa con su familia; Bibiana, una mulata de Carpuganá que no deja de hablar y que estaba en Panamá por trabajo. El singular sexteto lo completamos Roberto, Valérie y yo.

Nos ponemos los chalecos salvavidas y tratamos de acomodarnos en la barca sentados sobre unas tablas de madera. Yo estoy tan emocionado, tan lleno de sensaciones, que me entretengo haciendo algunas fotos y tengo que conformarme con el peor sitio ―aún hoy, días después, y mientras escribo estas líneas, siento dolor en el coxis―, pero eso no lo sabré hasta que no nos pongamos en marcha. El viejo trasto está equipado con un motor de hélices que hace que alcance una velocidad muy superior a la que se le podría suponer. Todo el peso está concentrado en la popa, por lo que que la proa se levanta y apunta al cielo.

Cuando alcanzamos la velocidad de crucero, la barca va dando saltos de ola en ola y, con cada salto, me llevo un golpe en el culo. Acumulo suficientes golpes como para poder enterrar las pirámides de Teotihuacán. El aire nos azota la cara y el agua salada del mar nos refresca. El entorno es mágico: vamos en una vieja barca surcando el mar Caribe en un territorio casi virgen en el que la presencia humana se limita a las canoas de los indígenas. En el horizonte, islas desiertas y recortadas llenas de vegetación salvaje. Me giro hacia atrás buscando la mirada cómplice de Valérie y la encuentro.

El trayecto nos lleva cerca de cuarenta minutos, pero a mí se me ha hecho muy corto. Me sentía como si estuviera en un parque de atracciones, subido a una atracción que acabara de comenzar. Los golpes en el culo no me importan; no puedo dejar de sonreír y cerrar los ojos con la idea de que así podré grabar estos momentos en mi cabeza para poder recordarlos con posterioridad. El atraque lo hacemos en un destartalado embarcadero donde nos recibe una pareja de militares.

Puerto Obaldía es una especie de cuartel militar donde un puñado de casas forman la única calle. El silencio es absoluto y hace un calor de mil demonios. El agua de mar que nos refrescaba la cara durante el trayecto en panga se ha evaporado y nos ha dejado rostros ásperos y llenos de sal.

Nos apeamos de la barca y nos dirigimos a solucionar el papeleo cuanto antes; todos tenemos prisa. Aún no lo sabemos, pero a partir del momento en que llegamos a Tubualá, el concepto del tiempo ha dejado de existir. Las vidas de las gentes que habitan en estos lugares no transcurren, simplemente están; son. Flotan en el aire ajenos al paso de las horas. Nada ocurre nunca y ningún factor externo puede cambiar esto. Llegar a Puerto Obaldía con prisa es tan inútil como tratar de atravesar la Gran Muralla china ayudados por una cucharilla de café.

Dos militares, encargados de tomar nota de nuestra entrada y sellarnos los pasaportes respectivamente, nos advierten con sus maneras pausadas que no conviene resistirse. Anotan nuestros datos en una hoja de papel con tanta parsimonia que por un momento pienso que lo que ocurre es que no saben escribir. Una raya horizontal, trazada con pulso firme y lento te indica que ha terminado contigo, y que pase el siguiente. Hasta las aspas llenas de mugre del ventilador han decidido que no tienen prisa por dar vueltas; la oficina es un horno donde se cocina, a fuego lento y húmedo, un enorme pastel de paciencia.

Cuando volvemos a la barca son más de las dos. Yo llevo encima algunas manzanas que compramos la noche anterior y las ofrezco por cortesía. Para mi sorpresa, todos aceptan y en un momento me quedo sin mi tesoro de fruta, pero no me importa. Estoy eufórico y no puedo explicarme el motivo que ha provocado que no me haya mareado en la barca. Cualquiera que me conozca sabe que ni siquiera puedo acercarme a un barco sin ponerme amarillo, aunque no siempre fue así. Todo viene de aquella vez que acompañé a mi padre a Ceuta. Era domingo y tomamos un barco desde Algeciras. El viaje fue horrible. Recuerdo perfectamente estar sentado en una sala y notar cómo el barco se movía para aquí y para allá. Recuerdo que la radio estaba puesta y que cantaban un gol del Cádiz en el Bernabéu. El partido quedó empate a uno. Era el primer partido de la segunda época de Leo Benhacker como entrenador del Real Madrid. Es curioso el funcionamiento del cerebro para los recuerdos. Puedo acordarme de los detalles que ocurrieron cuando tenía dieciséis años ―lo sé porque me molestó mucho que se suspendiera el trayecto de vuelta y como consecuencia de ello tener que faltar a clase con Carmen López, mi profesora de literatura en segundo de bachillerato, morbo máximo― y no puedo acordarme del nombre de aquella chica. De aquella chica recuerdo su olor.


Quiero morirme aquí (pero no ahora)

El trayecto entre Puerto Obaldía y Capurganá es corto y solo nos lleva unos minutos. Ya de lejos puedo observar que Capurganá es el sitio donde quiero morir.

El embarcadero no difiere mucho de los de Tubualá o Puerto Obaldía. Saltamos de la barca a la plataforma de maderas y recogemos nuestras bolsas. Manuel, el flaco y mellado capitán, se despide de nosotros mientras da la vuelta con su panga. A partir de ahora debemos sellar nuestros pasaportes y encontrar a quien quiera llevarnos a Turbo. Alguien dice que la última barca con destino Turbo ha salido ya y que hasta mañana a primera hora no se podrá hacer nada. Si se confirmara, truncaría todos los planes que tenemos en conjunto Valérie y yo. Nos retrasaría casi un día, y a estas alturas yo no puedo permitírmelo si quiero estar el día siete de julio en Montevideo para subirme a mi avión. Según nuestros planes, debemos llegar a Turbo esta misma noche y allí tomar el autobús a Medellín para estar en la ciudad colombiana a las seis de la mañana. Si hoy no podemos llegar a Turbo, mañana a las seis de la mañana estaremos aún en Capurganá.

Sea como sea, debemos pasar el trámite de la aduana, así que nos dirigimos a las oficinas del DAS2. Seguimos a un muchacho muy moreno, atlético, brazos depilados, enormes gafas de sol y gorra blanca calada. Alguien le ha pedido que nos guíe hasta las oficinas y lo hace con paso calmo. Viste bien, y no tiene el aspecto de ser alguien que al final del camino vaya a pedirnos una propina. Me pregunto quién es mientras me acerco a hablar con él.

―Hola, me llamo Pedro ―me presento.

―Yo soy Fausto, para servirle ―me responde con voz profunda y palabras separadas y arrastradas.

―¿Eres de aquí?

―No, pero vengo todos los años por vacaciones.

―¿Ahora es verano aquí verdad?

―Aquí siempre es verano, nunca es invierno ―me responde algo ausente.

En Capurganá nunca es invierno.

Mientras hablamos vamos andando por una estrecha calle empedrada. A un lado, el mar se pega con la tierra en pequeñas playitas de chinos. El agua es de color esmeralda y pueden distinguirse las algas del fondo. Al otro lado de la calle, pequeñas y silenciosas casas blancas de marcos azules. La calle está desierta y solo se oye la voz hipnótica de Fausto hablándonos del lugar. El calor húmedo sigue abrazado a nuestras espaldas; avanzamos arrastrando los pies. Nadie se queja.

Cuando llegamos a la oficina de inmigración nos encontramos con que está cerrada. Un burro espera en la puerta. Son algo más de las dos de la tarde y temo que ya no abran hasta el día siguiente, pero es algo que cada vez me preocupa menos. Uruguay queda lejos y tengo poco tiempo, sí, pero el lugar tiene algo que hace que los problemas con las prisas parezcan evaporarse al sol caribeño.

Mientras, sigo admirando el paisaje de playas donde nadan niños, selva a lo lejos, la montaña, sol, gentes y casas claras. Roberto ha llamado por teléfono al funcionario que debe encargarse de nuestros papeles. Según nos cuenta, le ha dicho que viene de camino, que a qué tanta prisa, que la oficina no abre hasta las dos.

―Es que hace ya un buen rato que dieron las dos ―se queja Roberto, que no se deja seducir por el espíritu de Capurganá.

Finalmente nos anuncia que tardará unos quince minutos. Automáticamente multiplico por dos esa cifra; creo que el resto han hecho lo mismo, excepto Valérie, que como suiza jamás será capaz de alcanzar a comprender el sentido del tiempo que tienen en el Caribe.

Decido que esperaré dándome un baño y animo al resto a hacer lo mismo. Nadie se atreve, pero yo estoy dispuesto de todas formas. Empiezo a desnudarme, pero antes pregunto si alguien se va a sentir ofendido si me quito los pantalones. Mi pregunta lo único que hace es provocar risas que interpreto como un permiso para hacerlo. Me desnudo por completo y me meto en el agua sin pensarlo. El fondo está lleno de piedras resbaladizas, así que tengo que nadar por más que la profundidad no llegue ni a medio metro. El agua está tan caliente como la atmósfera que lo envuelve todo. Durante un rato sigo chapoteando hasta perder la noción del tiempo. Me siento en un anuncio de piña colada.

Alguien me despierta del sueño avisándome de que ya llegó el comisionado de la aduana. Le veo llegar señalando hacia donde yo estoy y refunfuñando. Más tarde, alguien me diría las palabras exactas que pronunció y que yo no pude entender desde mi posición:

―Como al encuerao ese se le ocurra entrar así a mi oficina, le meto en el calabozo.

Por fortuna, tuve la ocurrencia de vestirme antes de presentarme ante él. Tengo tiempo de sobra, porque somos seis visados y cada uno requiere su buen rato. Mientras espero, ya vestido, Fausto me sigue contando las maravillas de Capurganá.

―Yo aquí hago un poco de todo, pero sobre todo lo que hago es olvidarme de todo. Aquí el tiempo no tiene sentido. Todos los días son iguales; no se distingue entre lunes y domingo, ni agosto y diciembre. Entrar aquí es como bajarte del mundo. Unos días me voy con la bicicleta, otros juego al Frisbee, otros nado, agarro un kayak, hago submarinismo, me voy a la montaña a caminar, o me siento a ver cómo amanece y cómo atardece.

Capurganá no es un sitio virgen, pero es lo suficientemente desconocido como para que no tengas la sensación de estar haciendo turismo. En el tiempo en que estuvimos no nos cruzamos con ningún turista. De haberlos, están tan integrados con los nativos que yo fui incapaz de distinguirlos.

―¿Hay muchos turistas?

―No hay muchos, pero sí viene a veces gente de todo el mundo, sobre todo de Australia y Estados Unidos. También vienen españoles, pero no demasiados.

El camino de regreso al embarcadero lo hacemos por otra calle.

―Os voy a llevar por otro camino que da a parar al mismo sitio ―nos dice Fausto.

Capurganá no tiene más que unas pocas calles en las que sería imposible perderse. Fausto nos lleva por la «calle comercial». Es la calle principal de la villa y tiene un par de bares, unas cuantas tiendas de llamativos escaparates y una iglesia color de rosa. La calle está semidesierta; un par de carretas tiradas por burros se cruzan saludándose en silencio.

―Aquí no hay motocicletas ni coches ni nada de motor. Es todo natural ―nos explica Fausto.

Cuando llegamos al embarcadero, alguien nos dice que van a flotar una panga para nosotros. Nos costará un poco más, pero todos estamos de acuerdo en que queremos salir ese día. «Malditas prisas», pienso.

―Gracias a Dios. Desde que murió mi hermana he estado pidiendo a Dios que este viaje saliera bien para que me diera tiempo de llegar a su entierro y al final parece que voy a poder. Gracias a Dios ―solloza Petra entre lágrimas.

Mientras lo preparan todo, Fausto nos invita a sentarnos en un restaurante que está justo al lado ―todo está justo al lado en Capurganá― y a probar la sopa de pescado con leche de coco. Nos sentamos Fausto, Valérie y yo y la disfrutamos al cobijo de una sombrilla mientras oímos el mar, las cigarras y la voz baja de revoluciones de Fausto que sigue contando maravillas del lugar.

―Me quedaría aquí a vivir para siempre. Dejaría mi trabajo y me dedicaría a vender libros. ¿Conoces a alguien que viniera de vacaciones y se quedara para siempre? ―pregunto a Fausto.

―Sí, un francés que anda por ahí. Es jubilado y tiene negocios. Vino y dijo que se quedaba. Se consiguió una casa y una mujer y desde entonces siempre está por aquí.

―¿Cuánto cuesta una casa normal por aquí? Ni buena ni mala, una normal, para mí por ejemplo.

―Unos cuarenta millones.

―¡Joder! ¡Como en España! ―bromeo.

―«Joder», me gusta esa palabra ―me responde sonriendo con picardía.

―¿Cuánto es eso en dólares?

―Unos veinte mil, al cambio actual.

―Unos dieciocho mil euros entonces. Diez veces menos de lo que me costó mi piso.

Aún seguimos charlando cuando nos llaman para embarcar. En todo el tiempo no he podido dejar de mirar el mar, las playas.

―Quiero morirme aquí ―pienso en voz alta.

―Pero no ahora, jefe ―me responde Fausto riendo.

Subimos a la nueva panga y salimos despidiéndonos de nuestro nuevo amigo.

―Ya tienen mi correo electrónico y mi celular. No dejen de escribirme.

―Lo haremos Fausto. Adiós.

Mi «adiós» no ha podido oírlo, porque la panga ya peina las crestas de las olas rumbo a Turbo.


Rumbo a Turbo

La panga que nos saca de Capurganá es más grande que la que nos trajo. Agradezco las viejas colchonetas que se usan como cojines como si fueran almohadas de plumas; mi maltrecho culo es quien lo agradece. Nos sentamos en tres filas de dos en el centro de la embarcación. Cada fila está pensada para seis personas, así que quedo lejos del borde exterior, donde me hubiera gustado estar para poder meter la mano en el agua.

Valérie empieza a dormitar, como nos advirtió Fausto que ocurriría después de comernos la sopa de pescado con leche de coco. Se tumba en la colchoneta mientras le sujeto los pies. Aprovecho para poner un poco de música, lo que añade aún mayor dosis de irrealidad a todo lo que me está ocurriendo. Hace un día magnífico y estoy cruzando la frontera de Panamá con Colombia en una pequeña lancha a través del mar Caribe.

El capitán de la panga reduce la marcha y nos dice que tiene que hacer una parada para echar combustible. Hace un rato que navegamos a pocos metros de la costa, donde la vegetación ocupa hasta el último centímetro de tierra. No hay playas, solo hay selva.

Viramos a estribor y entramos en una pequeña cala. Al fondo pueden verse varias cabañas de madera ocultas entre los árboles y una playa de arenas blancas. A medida que nos acercamos podemos apreciar el sonido de unos timbales. Un grupo de jóvenes hacen un corro en el que tocan tambores, cantan y bailan. Es una especie de terraza que da a parar directamente a la playa. En las verdes aguas, varios niños juegan.

Atracamos y nos bajamos para estirar las piernas mientras se llena el depósito. Avanzamos a través de las tablas del embarcadero, que dan a parar a la arena y de ahí a un camino que sube una colina. Está marcado con piedras en el suelo y rodeado de palmeras y árboles frutales. Todo el suelo es césped, que junto a la sombra proyectada por toda la vegetación, hace que se esté fresquito allí. Entre las cabañas, que ya tenemos a tiro de piedra, una red de voleibol desgastada por el uso, unos columpios y unos bancos de madera. De fondo, el eco de los timbales.

Me acuerdo de mi amigo Sergio pensando en las hermosas fotografías que podría hacer en este lugar irreal, y sonrío al pensar en las fotos que me regalaron Iria y él para que las llevara conmigo en esta locura de viaje. Les echo de menos un montón.

El lugar se llama Triganá y hace que Valérie y yo nos miremos boquiabiertos.

It’s so cool!3 ¿Cómo dices esto en español? ―me pregunta.

―Está to perita en verdá ―le respondo.

―¿Toperita? ―dice a duras penas frunciendo el ceño en un gesto de desconfianza.

Río a carcajadas.

La visita es corta y tenemos que seguir. La lancha se pone en marcha y en cuestión de media hora avistamos Turbo. Se trata de una ciudad más grande, con un puerto mucho más movido. Después de pasar un breve control del ejército colombiano, arribamos al puerto comercial de Turbo. Nuevamente, Valérie y yo no podemos evitar mirarnos con las caras de asombro.

To perita ―le digo.

To perita ―responde.

Turbo no tiene nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora, es todo lo contrario. El primer pensamiento que me viene a la cabeza al ver el puerto es que estoy en el puerto de Génova de los dibujos animados de Marco. El segundo, es que estoy en el puerto de El Cairo de los años cuarenta y que soy Indiana Jones buscando alguna joya arqueológica.

Antes de salir de la panga ya podemos ver una fila de puestos ambulantes que flanquean la calle llena de gente. El murmullo llega aunque aún no hayamos atracado y el motor siga en marcha.

Al fin llegamos, bajamos y recogemos nuestros bártulos. Salimos a la calle principal siguiendo a Roberto, que nos pide que no nos separemos de él. Estamos en medio de un hervidero de gente. Una calle llena de tiendas y puestos a uno y otro lado, llena de peatones que suben y bajan, de tipos en bicicleta, motos, coches, camiones, autobuses, caballos y cualquier otro medio que cualquiera pudiera imaginar.

A simple vista todo parece caótico, nadie respeta normas de tráfico, y así la gente anda por medio de la calzada, las motos andan por las aceras y nadie cede el paso en los cruces; sencillamente hacen sonar el claxon y esquivan cualquier obstáculo. A simple vista, digo, todo parece caótico pero la realidad es que funciona.

El paseo es de solo cinco minutos, pero suficiente para que vuelva a zambullirme en esa burbuja de irrealidad que tanto visito en los últimos días. Llegamos al terminal de la empresa de autobuses que nos llevará a Medellín. Durante todo el camino nos han venido acosando dos niños que se empeñan en buscarnos sitio donde dormir, taxi o cualquier servicio que necesitemos ―o no― y que les reporte una propina. Roberto nos ayuda a regatear el precio del billete, puesto que no tenemos pesos suficientes y no aceptan dólares ni tarjetas de crédito. El trato se cierra con una propina al niño que ha intermediado a nuestro favor.

Son las seis de la tarde pero hemos elegido el autobús de las diez de la noche. No queremos llegar a Medellín antes de que amanezca. Las cuatro horas de espera las empleamos en comer algo, revisar el correo y charlar con José, un empleado de la empresa de autobuses que nos ha permitido usar su oficina para descansar.

Mientras estoy escribiendo un correo, Valérie me dice que va a salir a dar una vuelta y que regresará en quince minutos. Es curioso, pero me preocupa que lo haga. Hace dos días no sabía ni que existía y hoy me preocupo porque sale sola a dar una vuelta. Es absurdo, entre otras cosas porque lleva sola en Nicaragua más de un año, pero es así. Cuando vuelve siento alivio. Se planta delante de mí.

―Ten ―dice mientras me da un lápiz.

Ese mismo día he perdido mi lápiz y apenas he podido tomar notas. Ella sabe que lo he perdido porque le he pedido prestado su bolígrafo un par de veces.

―Creo que si has empezado las notas con lápiz, deberías seguir escribiéndolas con lápiz ¿no crees?―me dice con una sonrisa.

Agradezco el detalle. Lo agradezco mucho. Hace tiempo que nadie se porta así conmigo y es muy agradable sentirse mimado.

Hemos conseguido cruzar la frontera evitando el tapón de Darién.

―¡Give me five4, rojita! ―grito levantando mi mano al cielo.

En este momento no somos conscientes, pero estamos a punto de subirnos a le bus de la mort5.


Le bus de la mort

Esperamos a que el autobús arranque con destino a Medellín y Valérie se acomoda en su asiento. Nos sentamos juntos, pero acordamos que yo me cambiaré de sitio si encuentro otra plaza vacía, de forma que ambos tengamos más espacio para descansar. Mientras la gente va llenando poco a poco el autobús, me pongo a pensar en el cúmulo de casualidades que se han tenido que producir para que yo esté ahora y aquí en Turbo con ella; desde luego, de haber estado solo, la aventura del Darién hubiese sido totalmente diferente, e incluso pongo en duda que lo hubiese conseguido sin ella.

Cuando finalmente partimos, el autobús tiene varios sitios libres en la parte de atrás, así que agarro mi ordenador y me traslado.

―Te dejo sola, Valérie. Me voy allí atrás a escribir un rato. Descansa.

Merci ―me dice medio dormida.

A veces, sin darse cuenta, Valérie me habla en francés. Más tarde me confesaría que le cuesta hablar en inglés o español cuando está muy cansada, y esta aventura ha sido larga e intensa. El hostel de Panamá y el desayuno con Cameron quedan lejísimos. Han sido muchas horas de ajetreo continuo, de incertidumbre y de borrachera de sensaciones. Ambos tenemos la piel quemada por el sol caribeño. No podemos más.

El autobús parece cómodo, y el hecho de que haya sitios libres hace presagiar un viaje confortable en el que poder recuperar fuerzas para lo que tenemos por delante. Sin embargo, no tardaremos mucho tiempo en darnos cuenta de que se trata de una ilusión. Solo se necesitan diez minutos de camino, unos cuantos kilómetros, para darnos cuenta de que el tramo que une Turbo con Medellín es una carretera al infierno.

El camino atraviesa el eje cafetero, en la cordillera central de los Andes colombianos, por lo que se trata de una travesía serpenteante y estrecha. El piso está en un pésimo estado, lleno de boquetes y zanjas que el conductor trata de evitar invadiendo el carril contrario. Continuamente puedo ver desprendimientos de tierra sobre el carril derecho, el cual, al carecer de arcén, se ve expuesto al resultado de la erosión de la lluvia en las paredes horadadas de la montaña. También es habitual ver caídas algunas ramas de los muchísimos árboles que rodean el camino, que parece un arañazo a la montaña.

El conductor, un tipo menudo de fino bigote con el que hemos estado charlando antes de salir, es un piloto experimentado, así que no tiene ningún problema en ir a mucha más velocidad de la que, dadas las circunstancias, sería conveniente. Fuerza el motor del autobús al máximo en las continuas subidas y bajadas, apurando las curvas hasta el último instante, volando por encima de los baches y adelantando a camiones sin pensarlo dos veces.

Llueve a mares y los continuos relámpagos hacen que pueda admirar las espectaculares vistas de las montañas colombianas. Pienso en los escaladores que dio al ciclismo este país en los ochenta y noventa.

Desde luego, me resulta imposible usar el ordenador. Ni siquiera puedo mantenerlo sobre mis rodillas porque a cada bache, a cada tumbo, a cada curva sale disparado buscando el techo del autobús.

La noche transcurre y no pierdo la esperanza de que sea algo temporal, de que las montañas solo supongan la primera parte del viaje, pero no es así. Estoy sentado en la última fila del autobús, junto al pestilente baño que no deja de ser visitado por una chica. Hasta ocho ocasiones he podido contarle. Ahora entiendo por qué el conductor nos repartió pequeñas bolsitas de papel al subirnos. Entonces me extrañó porque era la primera vez que lo veía desde que empezó mi aventura, pero ahora queda aclarado.

No consigo dormir. Desde hace dos días tengo los tobillos tremendamente inflamados y me arden. Valérie me explica que es acumulación de líquidos en los vasos linfáticos.

―Ocurre cuando pasas mucho tiempo sentado, sin ejercitar los gemelos. La gravedad hace que los líquidos se queden en los pies. La solución es ponerlos en alto o andar.

Apoyo los pies en la cabecera del asiento de delante, pero la postura es incómoda. No obstante, sigo así porque me preocupa que la hinchazón pueda traerme problemas, y aún tenemos muchas horas por delante. Quiero solucionar la cuestión cuanto antes, aunque sea a costa de mi sueño.

Tengo frío. Desde que llegué a Centroamérica he podido comprobar que el aire acondicionado de los autobuses siempre está demasiado alto. En las líneas de lujo incluso reparten mantas. Yo he perdido mi vieja chamarreta, compañera de viajes. La dejé olvidada en una de las muchas fronteras que he cruzado y solo llevo encima una camiseta. Empiezo a tiritar, mientras sigo en la incómoda posición y el autobús sigue dando tumbos de un lado a otro.

Por el pasillo, varias botellas van y vienen totalmente fuera de control. Algunos pasajeros viven su particular odisea para alcanzar el baño. El conductor hace sonar el claxon continuamente, dando a entender que no tiene intención de apartarse si se viera en una situación comprometida. En el techo lleva unas cegadoras luces blancas e intermitentes (de esas que se usan en las discotecas) que le sirven para ser fácilmente reconocido. Las usa cuando está adelantando para avisar que ha invadido el carril contrario. Yo no sé qué hacer para entrar en calor. En un intento desesperado, enciendo las luces de lectura de los asientos de alrededor pero, lógicamente, eso no sirve de nada.

Pienso en ir a sentarme con Valérie, que duerme calentita debajo de su saco de dormir, pero decido no molestarla; necesita descansar. Me pongo de pie en el pasillo, agarrado con ambas manos a las barras que hay a lo largo del portaequipajes para poder mantener mínimamente la verticalidad, cosa que consigo a duras penas. Doy saltitos con los que espero empezar a ganar algo de calor, pero no tardo en darme cuenta ―bastan un par de golpes en la cabeza― de que es demasiado peligroso.

Necesito ir a baño, pero en estas circunstancias es impensable mantenerse de pie sujetándose con una sola mano, y ni se me ocurre sentarme en la taza del váter, no tengo vacunas suficientes. La música pachanguera de fondo no deja de sonar y está cada vez más alta, lo que añade aún más delirio a la situación. Me encuentro totalmente desbordado y vuelvo a sentarme a pedir que se acabe el viaje cuando antes.

Después de ocho horas, al fin entramos en Medellín. Son las seis de la mañana y todo ha pasado. Doy gracias a Dios por el atasco de entrada a la ciudad, que obliga al conductor a levantar el pie del acelerador. Está nublado y estoy molido, pero estamos donde planeamos hace ahora un siglo.

―Lo logramos, Valérie.

―Hemos sobrevivido a le bus de la mort. Si no te mata de mareo, te mata de sueño y, si no, te mata de un golpe cuando estás en el baño ―me responde Valérie.

Give me five!

1 Choca esos cinco, Pedro.

2 Departamento Administrativo de Seguridad.

3 ¡Qué chulo!

4 ¡Choca esos cinco!

5 El autobús de la muerte.