Viernes, 24 de julio de 2009

Me despierto al notar que el tren se detiene. Tras unos segundos de aturdimiento, me visto y salgo al pasillo. Está desierto. Es extraño porque por estas latitudes amanece a las cinco de la mañana, así que a las ocho ya está todo el mundo en marcha. Doy un paseo por otros vagones y no consigo encontrar a nadie, a excepción de los encargados, vestidos con sus camisas azules y sus gorras oscuras.

Al llegar al vagón de primera me encuentro con los dos americanos. Les conocí el primer día en el vagón restaurante, pero apenas hablamos, no fue más que una presentación más o menos formal.

―¿Qué pasa?

―¿Qué tal?

―¿Dónde se ha metido la gente? ―les pregunto.

―Eso mismo estábamos diciendo nosotros. El vagón restaurante está cerrado y por aquí no se ve a nadie.

―Por los vagones de allí atrás no hay nadie, desde luego. Creo que estamos solos.

Charlamos un rato y vuelvo a mi compartimento para desayunar algo. Desde que decidí organizar mis horarios de comida y aumentar las tomas de hidratos de carbono, soy muy estricto. Ya no me quedan cereales, así que tendré que arreglármelas con un paquete de galletas que me dejaron Paul y Helen antes de irse. Acompaño con algo de fruta y yogur.

Cuando termino de comer salgo a buscar al encargado de mi vagón, Sacarino. Es un buen tipo y, aunque solo nos comunicamos por señas (ni siquiera sé si es chino, mongol o ruso; tiene una cara que podría ser cualquiera de las tres cosas), nos llevamos bien. Creo que le caigo simpático porque tengo en el compartimento una bolsa donde voy echando la basura. El resto de pasajeros de tren no se molesta en esas tonterías y tira las cosas al suelo. Sacarino se encarga de mantener limpio el vagón número seis, así que todas las tardes pasa con su bolsa de basura recogiendo los desperdicios de los pasajeros. Cuando llega a mi compartimento, me sonríe dándome las gracias por tener el sitio limpio, vacía mi bolsa y vuelve a dejarla donde estaba. Después de terminar de recoger la basura, pasa una vieja aspiradora asmática con tan poca potencia que tiene problemas para recoger los insectos muertos de la alfombra del pasillo.

Le pregunto dónde está el resto de la gente y me dice que no hay nadie más, al menos en nuestro vagón. Solo estamos él y yo. Le pido que me diga por dónde vamos y me responde que estamos cerca de Irkutsk. Me asomo a la ventana y el paisaje confirma lo que me ha dicho Sacarino. Frente a mí se muestra el magnífico lago Baikal, a orillas del cual se encuentra Irkutsk. Hace un día claro y soleado, aunque no hace calor. Aun así, para la gente de este lugar es suficiente para animarse a acercarse a la playa del lago.

Me quedo un rato más admirando el paisaje, pero pronto me canso y vuelvo a mi sitio a escribir un rato. Tras eso, sin saber muy bien qué hacer (no puedo permitirme ponerme a ver películas en el ordenador como me gustaría, porque la electricidad es un bien escaso aquí), me tumbo a escuchar música. No tardo ni dos canciones en quedarme dormido, para despertar horas más tarde por mor del olor a comida que me llega de la pequeña cocina de Sacarino. Deben de ser las doce, hora a la que suelen almorzar aquí. Busco en mi arcón y decido comerme un noodle y unas naranjas. Luego me vuelvo a tumbar hasta dormirme de nuevo.

Pasaré el resto del día durmiendo, levantándome de vez en cuando solo para ir al baño y comerme alguna manzana. Al fin logro pasar un día sin hacer absolutamente nada. Llevaba semanas, incluso antes de empezar el viaje, buscando un día de estos pero, por unas cosas o por otras, no logré encontrar el momento. Ahora al fin lo he logrado. Duermo y duermo sin sentirme culpable por ello, sin tener la sensación de estar desperdiciando el tiempo. Al contrario, me siento como si estuviera cargándome poco a poco, conectado a uno de los enchufes de cuarenta y ocho voltios que hay repartidos por los pasillos del tren, mientras escucho música y pienso en cosas que debiera enterrar.

Do I love you? Yes, I do.