Viernes, 19 de junio de 2009

Mi cerebro se activa a las seis de la mañana. No me permite dormir ni un minuto más. Ni siquiera hago el intento de estirar un poco las horas de sueño y salto de la litera. Una ducha rápida y bajo a la cocina del hostel con el ordenador debajo del brazo. Ocupo el mismo sitio en que estuve escribiendo la noche anterior hasta casi las dos; lo elijo por ser el único sitio en todo el hostel donde puedo estar sentado escribiendo con un enchufe a mano. Saco mi libro de notas y me pongo a leerlas y a rememorar los instantes que he inmortalizado con decenas de temblorosos garabatos.

Estoy solo, por supuesto. La lluvia azota el cristal y ya a esa hora empieza a hacer el suficiente calor como para provocar que mi frente se siembre de perlas de sudor. Escribo sin parar. Tengo tantas cosas que decir que el teclado del ordenador se convierte en mi enemigo por no permitirme teclear tan rápido como necesitaría. Como siempre, acabo rindiéndome y dejando libres algunas historias. Tengo intención de seguir escribiendo hasta las ocho, momento en que comienzan a servir el desayuno. Luego desayunaré fuerte, cogeré la mochila y me largaré a patear la ciudad durante toda la mañana.

A eso de las siete y media llega la cocinera. Carga una enorme pila de cartones de huevos. En cuestión de minutos tiene en el fuego dos sartenes, una con bacon y otra con el revuelto de un centenar de huevos. El olor del bacon y los huevos despierta mi apetito; anoche no cené. La cocinera se llama Rosa.

―Rosa, eso huele muy bien. No sé si voy a poder esperar a las ocho para empezar a desayunar.

―Puedes ir comiendo fruta fresca mientras termina de hacerse.

―¿Todas las mañanas cocinas tantos huevos?

―Siempre ponemos dos huevos por cada uno de ustedes.

―Pues yo hoy pienso comerme seis, así que habrá dos que no los van a probar ―bromeo.

Vuelvo a mi sitio con un plato colmado de sandía fresca y sigo escribiendo.

―¿No has dormido en toda la noche? ―dice una voz a mi espalda.

Me giro y veo a una chica joven, pelo largo y enredado, cara limpísima y ojos pegados por el sueño.

―Anoche, cuando me fui a la cama, estabas exactamente en la misma posición que ahora ―añade.

―Bueno, he dormido un par de horas ―le respondo sonriendo.

Al principio no caigo en la cuenta, pero luego recuerdo que la noche antes había en la cocina una chica leyendo. No la he reconocido porque usaba gafas de pasta negra para leer.

―¿Eres español?

―Sí, soy de Málaga. ¿De dónde eres tú?

―Soy de Inglaterra, de un pueblo cerca de Londres.

―Hablas muy bien español.

―Estuve un año trabajando en Zaragoza, luego seis meses en Bolivia y ahora llevo otros seis meses aquí en México, aunque estoy pensando en irme a Perú por una temporada. Y tú ¿qué haces en la ciudad?

―Estoy de vacaciones.

La conversación se trivializa hasta que me animo a preguntarle.

―¿Cómo decide alguien llevar esa vida? Es decir, ¿en qué momento tienes la certeza de que quieres dejar tu país e irte a buscarte la vida por el mundo? ¿Qué se necesita?

―No sé si te entiendo. Yo siempre tuve el sueño de aprender idiomas, así que me busqué un trabajo en España y allí estuve durante el tiempo necesario para aprenderlo. Luego me salió la oportunidad de viajar a América y me vine. Nada más.

―Ni siquiera has tenido que tomar una decisión porque ni siquiera te has enfrentado a un dilema. Es extraordinario. Yo hace tiempo que busco acumular el valor suficiente para dar el paso de cambiar de vida, pero no lo consigo.

―No sé, me imagino que será cuestión de saber lo que quieres.

―¿Cómo te llamas?

―Mary.

―Yo soy Pedro.

―Encantada. Oye, tengo que irme.

Mientras hablábamos, un chico cargado de bolsos y mochilas, con una guitarra cruzada a la espalda se nos ha acercado y, con un gesto casi imperceptible, le ha indicado a Mary que tienen que irse.

―Que tengas suerte, Pedro.

―Lo mismo, Mary. Ciao.

La conversación se ha desarrollado de pie, frente a la tostadora, y ha durado lo que han tardado en tostarse las dos rebanadas de pan de Mary y las dos mías. Las agarro, las cubro de mermelada de fresa y vuelvo a mi sitio. Estoy tratando de digerir las palabras de Mary cuando se planta delante de mí un chico alto, de pelo rubio y barba descuidada. Lleva un plato con huevos en una mano y un vaso de café en la otra.

―¿Te importa si me siento aquí contigo?

―Al contrario, adelante.

La mañana ha ido avanzando y cada vez hay más movimiento en la cocina. Compartimos el desayuno. Se llama Nico y es francés. Vive en México desde hace unos ocho meses, pero no consigue encontrar trabajo estable. Se dedica a la construcción. Según me dice, su sueño es irse a Colombia; le gustaría vivir en la selva, pero no está seguro de estar preparado.

―Vivir en la selva es duro ―acordamos.

Mientras nos tomamos el café, se nos une Roberto, un italiano del norte, de cerca de los Alpes. La historia de Roberto es diferente a las que he oído esta mañana. Él está en México por una mujer. Lleva cinco meses buscando trabajo, pero lo tiene muy complicado porque no tiene papeles. Para conseguirlos necesita que alguien le haga un precontrato y esperar a que la burocracia decida expedirle el permiso. Será entonces cuando pueda trabajar.

―Ninguna empresa hace eso. Si quieres contratar a alguien, no puedes estar esperando a que inmigración te dé un permiso. Puede tardar meses, incluso años. Es una locura ―se queja Roberto―. Pronto se me acaba el permiso de turista y no sé qué hacer.

Roberto es cocinero y se interesa por las posibilidades que tendría en España. También fantasea con montar por su cuenta un restaurante italiano en México. Nos intercambiamos los correos electrónicos y nos deseamos suerte.

Ya son casi las diez y sigo sentado delante del ordenador. A ratos escribo y a ratos me desconecto y me pongo a darle vueltas a las historias de estas personas que no hacen más que dejar en evidencia mi cobardía al enfrentarme a la vida. Trato de reflexionar sobre esto cuando me interrumpe la caricia de un hilillo de voz rubio.

-¡Eh!

-¡Eh! ¡Qué tal! Al final encontraste hostel ¿no? ―me intereso.

―Sí; quería pedirte disculpas por lo de anoche. Estaba un poco confusa con tanta gente, tanto ruido, y los nervios de no tener dónde dormir y todo eso ―dice la chica rubia.

―No te preocupes, te entiendo perfectamente.

La noche antes, mientras estaba con Igor en la recepción de su hostel, la vi entrar. Enseguida me fijé en ella por su pelo rubio, su cara de perdida, su mochilita azul y su forma de andar. Se fue directa al mostrador a preguntar por un sitio donde pasar la noche. Yo ya sabía que no tenían ni una cama libre, porque yo mismo tuve que cambiarme de hostel ese mismo día, así que me levanté y la abordé cuando salía.

―¿Si necesitas un sitio donde pasar la noche puedo ayudarte?

Me miró con cara de miedo, me hizo un gesto con la mano para que la dejara en paz y aceleró el paso. A la mañana siguiente tuvo el bonito gesto de disculparse.

―Siéntate, desayunemos juntos ―le digo señalando una silla vacía.

―¿Tú no has desayunado ya? ―me pregunta mirando los restos de comida que hay sobre la mesa.

―Suelo desayunar varias veces ―respondo con una sonrisa.

Bastan unas cuantas frases para que ambos nos demos cuenta de que hemos conectado. Se llamaba Lena, alemana de Hamburgo, muy rubia y muy atractiva. Joven, despierta, risa fácil y graciosa, mirada de cristal azul. La conversación fluye sola, mitad en inglés mitad en español ―Lena tiene algunos amigos españoles, e incluso estuvo una vez en la Semana Santa de Málaga; me gustó la forma en la que suena la palabra «trono» al salir de sus labios―.

―Lena, ¿qué crees que tiene que ocurrir para que alguien se decida a cambiar de vida?

―No lo sé, imagino que tiene que darse cuenta de que su vida no le gusta. ¿Es que no te gusta la tuya?

―No lo sé; en parte sí, me gusta mucho, pero hay una parte que no me encaja y no sé si aguantarme o rebelarme.

―No creo que pueda ayudarte. Yo estoy contenta con mi vida.

―Ya sé que no puedes ayudarme, solo me desahogo contigo. Es que esta mañana he conocido a gente a la que le ha resultado muy fácil llevar una vida con la que yo suelo fantasear. Pero en fin ―doy por finalizada la conversación.

Intercambio de correos electrónicos y direcciones. Proyectos de viajes juntos. Le prometo el primer ejemplar del libro, le prometo visitarla en Hamburgo, me promete visitarme en Málaga. Un tierno abrazo, un tierno beso.

Son casi las once y después de tantos desayunos con diamantes apenas tengo ganas de salir a visitar la ciudad.


Glen, el hijo hippie

How do you say snake in Spanish?1 ―grita un viejo de largo pelo blanco.

Levanto la vista para ver si me está preguntando a mí y me repite la pregunta.

―¿Cómo tú dices snake?

―Culebra.

―¿Culebrrá?

Culééééébra.

Culééééébrra.

―Eso es.

Culééééébrra. Gracias amigo.

Decido salir, así que comienzo a recoger mis cosas al tiempo que el viejo greñudo llega a la cocina con varias bolsas de tomates, cebollas y otras verduras. Me acerco.

―¿Vas a cocinar una culebra? ―le digo son sorna.

―¡No! ―me responde riendo.

Se llama Glen, es de Estados Unidos y hippie. Me cuenta que lo es desde 1969, cuando tenía quince años. Desde entonces ha vivido de acuerdo al espíritu del movimiento hippie. Me cuenta que su filosofía de vida es: «si respetas a la Tierra, la Tierra te respetará a ti».

―Yo siempre la he respetado, así que ella me trata bien ―añade.

La conversación es muy interesante. Además, Glen habla despacio y con una pronunciación excelente, lo cual hace que capte toda mi atención. Le escucho boquiabierto decir que jamás ha tenido una tarjeta de crédito y que, de hecho, no tiene cuenta de banco. Me cuenta que siempre fue la oveja negra de su familia, que nunca le entendieron, que siempre se rigieron por los convencionalismos y que nunca pudieron superar tener un hijo hippie.

―Ahora están todos muertos. Yo soy el único miembro de mi familia, estoy solo. La realidad es que siempre he estado solo, pero eso no quiere decir que no les eche de menos. Eran mi familia y les quería ―comenta sin perder la sonrisa de la boca.

Estamos casi una hora charlando, aunque la mayor parte del tiempo es Glen quien habla. Me cuenta todos los sitios en los que ha estado, me retrata de forma certera la sociedad norteamericana en la actualidad o, sencillamente, me da la receta de las ancas de rana que probó en India una vez. Es un tipo realmente interesante. Antes de despedirme de él me pide que respete a la Tierra.

―Mucha gente está viva, pero es como si no lo estuviera. Están aquí en la Tierra pensando en que cuando mueran irán al cielo y no se dan cuenta de que el cielo es esto, que ya están en el cielo.

Bajo a la calle con la moral tocada y con la intención de dar un paseo. En recepción me dicen que Igor ha dejado un recado para mí, que me espera en su hostel. Me acerco, le encuentro.

Propone que nos demos una vuelta en bici por la ciudad, cosa que me parece una excelente idea para terminar mis dos días de turista en México. Agarramos las bicis y pasamos el resto de la mañana jugándonos la vida en las carreteras de una de las ciudades con mayor caos circulatorio del mundo. A las dos volvemos porque el autobús que me llevará a Tapachula, en la frontera con Guatemala, sale a las tres y media.

Nos despedimos con un abrazo y me lanzo a la locura del metro atestado de gente. Ni siquiera tengo tiempo de comer, pero consigo llegar a la estación con un par de minutos de adelanto. Aun así tengo que esperar media hora porque el autobús va con retraso. La espera se me hace larga; el andén huele a estiércol y tengo ganas de vomitar.

Antes de subir al autobús soy sometido a un cacheo por parte de una policía baja, gorda y borde. No sé para qué lo hacen; llevo una pequeña mochila pegada al pecho, debajo de la camiseta, llevo una cámara de fotos en un bolsillo, una cámara de vídeo en otro, un aparato repelente de mosquitos del tamaño de un mechero en otro bolsillo en la pernera del pantalón; llevo una libreta de notas en la otra pernera. Llevo a la espalda una mochila en la que cabría un F-16 y llevo colgada del pecho otra mochila de mano. Me cachea y me dice que muy bien, que pase.

Subo al bus. Me acomodo y me pongo a leer mientras ponen una película cuyas voces recuerdan a Scoobie Doo. Por delante, dieciocho horas hasta llegar a Tapachula, en el estado de Chiapas, pueblo fronterizo con Guatemala y mi próximo destino.

1 ¿Cómo se dice serpiente en español?