Viernes, 17 de julio de 2009

Me despierta la última pareja de bips del reloj despertador. Las diecinueve anteriores fueron gloriosamente ignoradas. Es como si mi cerebro se hubiera rebelado contra mí y hubiera tomado las riendas para obligarme a dormir el máximo tiempo posible. He descansado bien; imagino que el hecho de tener una habitación para mí solo ha influido y es que, a pesar de ser cada vez más confiado y menos paranoico, inconscientemente sigo vigilando mis cosas con el rabillo del ojo mientras duermo. Esta mañana tengo tiempo de sobra porque ayer por la tarde lo dejé todo cerrado. Conozco la ubicación exacta del autobús que me llevará al puerto, conozco el camino hasta la estación de tren, conozco incluso el tiempo que tardaré en recorrerlo.

Cuando salgo del hostel me encuentro con que la recepción está cerrada y no abrirá hasta dos horas después. Perfecto, acabo de perder el dinero de la fianza. Otra consecuencia de mi falta de previsión, que por supuesto no me quita el sueño. Llego a la parada del autobús y descubro que, después de todo, no lo tenía todo tan controlado. La misma parada se usa para al menos diez autobuses, de los cuales solo soy capaz de conocer el número, porque el origen y el destino están escritos en japonés. No es ningún problema importante porque tengo la intención de parar a todos los autobuses que pasen y preguntar al conductor si es la línea que lleva al puerto.

Mientras espero y pregunto me fijo en una pareja de japoneses que esta sentada en la parada. Él lleva un gorro para la nieve (yo estoy sudando como un jugador de squash) y una ropa de colores estridentes combinados de forma imposible. Ella tiene una larga cabellera negra debajo de una gorra amarilla. Llevan unas mochilas que parecen muy pesadas. Son Mako y Takeo.

Speak English? ―les pregunto.

A little ―responden al unísono.

―¿Estáis esperando el autobús del puerto?

―Sí, pero el primero no pasa hasta las siete, aún faltan unos minutos.

―Yo también voy para allá, tengo que tomar un ferry a Busán, Corea.

―Nosotros también vamos a tomarlo.

―¿Os importa si vamos juntos? No quiero perderme.

―Claro, no hay problema.

A las siete y un minuto aparece el autobús de la línea ochenta y ocho y subimos. Yo me quedo el último para imitarles en todo lo que hagan. Desconozco si el billete se paga al entrar, como en España, o si hay que comprarlo en algún sitio, como en Italia; o sabe Dios qué han podido idear estos japoneses. Según parece, lo único que hay que hacer es recoger un ticket de una máquina, sin soltar un solo céntimo de yen.

―Hola, tienes que coger un billete de esta máquina ―me dice la chica que estaba detrás de mí en la cola.

―Sí, gracias, ya lo tengo ―le respondo con agradecimiento―. Gracias por la ayuda.

―¡Ah! Lo siento.

Mientras el autobús va dejando atrás paradas, me fijo en un panel luminoso que tengo justo enfrente. Es una matriz con treinta y dos casillas numeradas. En cada casilla se muestra una cifra. Pregunto a Mako por el panel y me explica que la cifra es el precio del billete. Dependiendo de la parada donde te subas y la parada donde te bajes, pagas más o menos. Se paga al bajar. En definitiva, se trata de una especie de taxímetro múltiple, que va aumentando el precio a medida que van pasando las paradas. Nosotros nos subimos en la parada doce, así que cuando llegamos al puerto debemos pagar doscientos veinte yenes, como marca la casilla doce.

La terminal está atestada, así que tenemos tiempo de improvisar un pequeño picnic entre los tres. Es agradable desayunar con gente, aunque sea sentado en el suelo de una terminal de barco. Se dirigen a Corea a pasar unos días de vacaciones. Han quedado en la estación de tren con unos amigos así que, además de tomar el autobús y el ferry, podremos hacer juntos el camino entre el puerto de destino y la estación de tren, donde yo encaminaré mis pasos hacia Seúl. Mako lo tiene todo previsto, incluyendo un mapa de Busán. Tres horas de navegación por el mar del Japón son suficientes para cruzar el estrecho de Corea. Esta vez no he corrido riesgos y me he tomado cuatro pastillas contra el mareo y un café para contrarrestar los efectos somníferos, aunque ha servido de bien poco. Lo único que he conseguido ha sido un estado de somnolencia que no me ha permitido ni escribir ni dormir. Gajes del oficio. Durante el trayecto han puesto una película de samuráis; imagino que es el equivalente a poner películas de Manolo Escobar en el ferry a Ceuta.


Busán

Una vez en Busán empezamos a tratar de interpretar el mapa. Ir con ellos me da mucha seguridad porque sé que cuento con alguien que conoce el idioma. Sin embargo, esa sensación de seguridad es ficticia en este caso porque, a pesar de tener los ojos rasgados, ni Mako ni Takeo tienen ni puta idea de coreano. Para ellos también es la primera vez en el ferry, así que en realidad estamos los tres igual. Cuando salimos de la terminal de llegada se unen a la curiosa expedición Henrick y Amy, una pareja de suecos altos, rubios y guapos. Ya somos cinco perdidos a la búsqueda de la estación de tren de Busán.

Supuestamente, la estación está a diez minutos de la terminal del puerto, pero después de media hora aún no hemos avanzado nada. Nos da igual porque lo estamos pasando bien. Yo me desentiendo totalmente de la responsabilidad de llevar el grupo y me pongo a charlar con mis paisanos europeos. Mako y Takeo discuten con discreción, pero al final consiguen llevarnos a la tierra prometida, donde nos despedimos.

Durante el camino me he dado cuenta de que Busán es una ciudad grande (más tarde descubriría que es de las más importantes del país), así que la comunicación con Seúl es muy fluida. Salen trenes cada pocos minutos, con lo que puedo permitirme elegir el horario que mejor me viene. Subiré al KTX, el tren de alta velocidad coreano. En menos de tres horas estoy en Seúl. El plan es exactamente el mismo que el día anterior: tratar de tomar un ferry lo antes posible, esta vez a China. En la oficina de información al viajero me topo con una mujer extraordinariamente amable que resuelve todas mis dudas. Desde Seúl salen ferries a diferentes ciudades de China. El que mejor me viene sale mañana sábado a las ocho de la tarde y me dejará en Weihai, una ciudad cercana a Pequín ―o al menos eso parecía en el mapa, aunque más tarde descubriré que está a más de mil kilómetros―. Además de informarme, Igeko, que así se llama la chica, se encarga de llamar a la empresa del ferry para obtener todos los detalles. Al final, el plan que me elabora es el siguiente:

Tomar el ferry desde Incheon (puerto de Seúl) a Weihai (en China) a las ocho de la tarde de mañana. Debo estar allí tres horas antes. Para llegar, debo tomar la línea uno del metro y bajarme en la última parada, lo que supone una hora de viaje. Una vez en la última parada, debo tomar un taxi que me lleve a la terminal internacional, la número dos. Remarca varias veces que ha de ser la número dos. El ferry tarda quince horas en llegar a China, así que estaré allí por la mañana. Va a costarme once mil won, más impuestos y tasas portuarias. No necesito reservar ticket, hay plazas de sobra. En definitiva, tengo todo lo que resta de tarde y la mañana siguiente para visitar Seúl, pero antes debo terminar de hacer los deberes y buscar sitio donde dormir. La estación cuenta con wifi gratis, así que reservo y listo. El lugar está cerca de un parada de metro, con lo que no tendré problemas en llegar. Todo va como la seda, mal asunto.


Corea es gentil después de todo

Cuando salgo de la boca de metro, me encuentro con el diluvio universal. Debe de haber empezado de pronto, porque la gente corre como loca por la calle tratando de buscar refugio. Yo me armo con mi chubasquero y me encamino a la dirección del hostel. En teoría no puedo equivocarme porque está a solo dos minutos de la parada. Aun así, ha pasado una hora y no he dado con el sitio. En todo ese tiempo no ha dejado de llover, así que ya estoy empapado de rodillas para abajo, incluyendo mis desnudos pies. El chubasquero se ha rajado al tratar de ponérmelo por encima de la mochila y el agua entra por el cuello y resbala por mi espalda. No puedo entenderlo, miro y remiro el mapa y no logro entenderlo. Estoy en la calle, en el número, pero allí no hay más que un portal de un edificio de apartamentos. Tengo un humor de perros y empiezo a desesperarme. ¿Dónde coño está el puto hostel de los cojones? Mientras escupo sapos y culebras se ha acercado un chico coreano.

―¿Puedo ayudarte? ―me pregunta en inglés―. Te he visto pasar varias veces calle arriba y calle abajo y he deducido que te has perdido.

―Estoy muy perdido ―le respondo en un suspiro―. El problema es que la dirección que tengo es exactamente esta.

―Déjame ver.

Coincidimos en que el lugar se corresponde con el mapa.

―¿Tienes algún número de teléfono?

―Sí, tengo estos dos.

―Llamemos.

No hay suerte, ninguno de los dos responde. Empiezo a pensar que me han engañado, pero no tiene ningún sentido. Solo he tenido que pagar un adelanto del diez por ciento del precio de la noche. Menos de un euro. Seguimos dando vueltas a la manzana en busca de una pista.

―Eres muy amable, pero no te preocupes. Seguro que tienes cosas que hacer ―le digo tratando de liberarle.

―No te preocupes, he quedado aquí cerca con mi mujer. La llamo y le digo que venga aquí.

En la dirección hay algo que no cuadra, el número. El 1301 es demasiado grande para una calle que apenas tiene cincuenta metros. A Yong se le ocurre la idea de entrar en el portal y echar un vistazo a los buzones. Ahí lo tenemos. El 1301 es el número de un apartamento. Planta 13, puerta 1. Subimos y, al final de un largo pasillo, nos encontramos con una puerta blindada de la que cuelga un póster que promociona el turismo en Corea. Debe de ser aquí. Llamamos pero nadie responde. ¿Qué clase de hostel he reservado? Yong sigue insistiendo en llamar por teléfono a pesar de que le digo que no se preocupe y que se largue con su mujer, que lo mejor que hago es reservar otro hostel, y que bastante me ha ayudado ya, que me basta con encontrar un sitio donde conectarme a Internet y en media hora tengo hostel nuevo, que gracias. No me hace caso y sigue llamando. Al final su cabezonería da frutos; responden al teléfono y me lo pasa.

―Hola, ¿es el hostel Sky dorm backpackers? ―pregunto temiendo que me respondan que me he equivocado.

―Sí.

―Verás, es que estoy en la puerta, y no sé si me he equivocado o qué, pero aquí no hay nadie.

―Es que estoy fuera en este momento. ¿Eres Pedro?

―Sí, acabo de hacer la reserva hace una hora.

―Pero no te esperaba hasta el martes que viene. La reserva es para el día veintiuno de julio.

―No me digas. Es un error, debo de haberme equivocado al ponerla. Solo voy a estar esta noche.

―No te preocupes. Me has pillado cenando, pero estoy allí en media hora.

―Gracias.

Le explico la confusión a Yong y le digo que ya está todo solucionado. Aun así, se niega a irse antes de que llegue el tipo del hostel. Entretanto, ha llegado su mujer, que también espera. Esperamos los tres mientras charlamos de España, toros, flamenco y olé. El tipo aparece, así que Yong ya se queda más tranquilo y se va. Antes, me da su tarjeta y unas monedas por si las necesito para llamarle por teléfono si me hiciera falta. De nada me sirve tratar de no aceptarlas, porque Yong es cabezón de cojones.

―No sé cómo agradecértelo. No esperaba que nadie pudiera hacer esto por mí.

―Te he visto un poco perdido, empapado y he pensado que podía echarte una mano, solo es eso.

―Muchas gracias. Desde este momento estáis invitados a venir a España cuando queráis. Contad con un sitio donde quedaros.

La suerte me vuelve a sonreír.

El tipo del hostel me pide perdón por el retraso y entramos. Estamos en un apartamento pequeño pero muy bien decorado. En vez de paredes tiene cristaleras que proporcionan una vistas espectaculares de la ciudad; no en vano estamos en el piso trece. Es un sitio realmente encantador. El suelo es de madera y solo lo pisamos cuando nos hemos quitado los zapatos. Tiene una pequeña cocina, tres literas de colores, unas cuantas sillas y una mesa. Un baño con ducha y encima de este una especie de desván, que no tendrá de alto más de un metro, y al que se accede por una escalera enmoquetada. No es un hostel, es un apartamento compartido. Me gusta la idea, es un cambio. Nada más entrar me he enamorado de las vistas. Seúl por la noche tiene un colorido digno de verse y desde esa altura se ve mucho. El tipo me explica que él vive ahí y que ahora mismo se alojan dos personas más. En total somos cuatro. Me pide que me acomode, me da la clave para abrir la puerta blindada y me ruega que le disculpe, pues se marcha a terminar de cenar.

Una vez instalado y seco, aprovecho para bajar a buscar algo de comer. Ha dejado de llover y pasear es agradable. Tengo intención de ir a un supermercado, pero no puedo resistir la tentación de meterme por una oscura calle al final de la cual de vislumbra un poco de luz roja. Callejeo un poco y doy a parar a un mercado callejero. A pesar de la hora, aún hay muchos puestos funcionando (más tarde descubriría que en Corea se sigue un horario más parecido al español que al resto de países asiáticos), sobre todo de fruta, verduras y pescado. El suelo está sembrado de charcos de agua sucia y huele a tierra mojada y a pescado. Recorro de arriba a abajo los puestos y compro unas manzanas y unos melocotones. Cada vez es más complicado comunicarse ya que cada vez encuentro a menos gente que hable inglés. Para saber lo que tengo que pagar tengo que pedir que escriban la cifra en un papel.

Cuando me vuelvo al apartamento, me fijo en una señora que está cocinando pescado a la plancha en una especie de merendero de callejón. Junto a ella, varias personas sentadas alrededor de unas pequeñas mesas comen platos que parecen exquisitos. La mujer se afana en cocinar pescado, carne y verduras a las que añade todo tipo de salsas. Me acerco y le digo con un gesto que tengo hambre y que me gustaría comer. La mujer ríe y me invita a que me siente entre los hombres que tiene frente a ella. Ellos me dejan un hueco entre risas. En un instante ya tengo delante un plato con pescado y un vaso con una bebida que tiene aspecto de leche. Todos ríen y me invitan a que coma.

―Nunca me he comido una sardina con palillos ―me quejo entre risas.

De entre todos ellos, solo uno sabe algo de inglés, aunque demasiado poco como para mantener una conversación. A lo más que llegamos es a intercambiar algunas palabras sueltas, celebrando con risas cuando uno ha logrado entender al otro. Aun así, seguimos hablando, yo a ellos en español y ellos a mi en coreano, y tan felices.

Después de un buen rato, unas botellas de la bebida lechosa y varios intentos de despedida, les anuncio que debo irme. Intento pagar, pero no consienten ni que me meta las manos en los bolsillos. Estoy invitado a todo. Me despido con todo tipo de reverencias y con la satisfacción de haber cenado (no sé bien qué) con buena gente.

Cuando vuelvo al apartamento ya están allí mis dos compañeros. Ella se llama Johana y es holandesa. Debe de medir dos metros, es joven y está cuajada. Él se llama David, tiene los rizos de Bisbal, la cara llena de granos y maneras afrancesadas. Habla cuatro idiomas, aunque lo hace silbando como una serpiente. David está a punto de arreglarse para salir de marcha. Ha quedado con unos amigos y me invita a que vaya con ellos. En principio le digo que no porque ya tenía planeado escribir un rato e irme a la cama temprano, pero luego cambio de idea. Al viajar solo, vivir la noche de las ciudades es una de las cosas que menos hago. No puedo desaprovechar la oportunidad de ver el Seúl golfo. Me doy una ducha y me voy con él.

Ha sido un día largo y será una larga noche.