Viernes, 14 de agosto de 2009

Alguien me da una patada en la boca del estómago y me despierto sobresaltado. Por suerte no ha sido más que un sueño, pero el dolor sigue ahí. Mis tripas están dando guerra de nuevo. Ni siquiera sé qué hora es, pero tengo que levantarme de un salto y salir corriendo en busca del baño. No está lejos, pero está cerrado. Abren a las cinco de la mañana. Me pregunto qué hora será.

Tengo que dar algunas vueltas para hacer tiempo a que abran los baños. No puedo quedarme parado o algo malo va a pasar. Corro de aquí para allá por la estación dormida hasta que por fin es la hora y consigo superar esta segunda crisis. Aprovecho para asearme y darme por despierto definitivamente. En total he dormido dos horas.

Cuando salgo del baño, la estación ya parece otra. Ha abierto las puertas de la calle y empieza a haber movimiento. Las cafeterías ya tienen colas de adictos a la cafeína y huele a café, pan y pasteles. Aprovecho para acercarme a la oficina de tickets a reservar mi siguiente tren, el que debe llevarme a Narbona, en el sur de Francia y cerca de la frontera con España. Después de esperar una larga cola, me encuentro con que todos los trenes que llegan hasta Narbona están llenos. Hoy no se puede llegar allí. Ya es la tercera vez y hoy hace mucho daño. No puedo quedarme en Roma, tengo que salir como sea.

―¿Qué me dice de un tren a Ventimiglia? ―le pregunto a la amable ragazza.

―A Ventimiglia hay un tren a las cuatro menos cuarto. Según dice el ordenador, está lleno, pero quizá puedas subirte. No dice por ningún sitio que sea obligatorio reservar, así que en teoría puedes subirte con tu billete de Interrail. Eso sí, tendrás que buscarte un asiento por tu cuenta.

―No importa, me sentaré en el pasillo si es necesario. ¡Grazie!

Ventimiglia es un pueblo italiano justo al lado de la frontera con Francia. Lo recuerdo porque el verano pasado, cuando hice el viaje por Europa, tuve que visitarlo para cambiar de tren en el trayecto de Marsella a Florencia. Es una especie de estación clave, que sirve de puente entre los dos países. Mi idea es llegar allí, tomar un cercanías para llegar a Francia y, una vez en Francia, moverme con trenes de corta distancia, en los cuales no es necesario hacer reserva. Renuncio a los cómodos coches cama que te llevan directos al destino, no me queda otra opción. Tendré que construirme el viaje yo mismo a trozos. Será divertido.

Con la información bien anotada, vuelvo al campamento base. Allí todos están despiertos y preparando sus mochilas. Las lituanas se van a desayunar, los argentinos van a intentar llegar al hostel ahora que las líneas deben de estar abiertas y los turcos se van con los argentinos. Me despido de todos y me largo. Solo tengo unas horas en Roma y tengo muchas cuentas pendientes con esta ciudad. Me voy directo a la oficina de turismo a por un plano, dejo la mochila en la consigna de la estación y de ahí me zambullo en el calor romano de las ocho de la mañana.

El día me cunde más de lo que esperaba. Salir tan temprano ayuda a no encontrarme con las hordas de turistas que tomarán las calles a lo largo del día. El Coliseo (mi primer destino, sin duda), el Palatino, foro romano (desafortunadamente en obras), la fontana di Trevi, la plaza de San Pedro, la plaza de España… Nada ha cambiado desde la última vez que estuve, hace más de quince años.

Roma me recuerda a Julia.

Vuelvo a la estación con tiempo suficiente de tomar el tren con tranquilidad. Busco un asiento, pero no tardan en reclamarlo, así que me siento directamente en uno de los asientos plegables que hay en el pasillo. Es jodidamente incómodo, pero no tengo otra opción. Trato de escribir un rato, pero tengo que dejarlo porque la gente no para de pasar por allí. El tren tiene overbooking y los pasillos están llenos de gente con maletas que busca desesperadamente un sitio. Después de todo, tengo suerte por haber encontrado al menos un asiento plegable.

El tren es uno de esos que efectúa muchas paradas, así que tardaremos bastante en llegar a Ventimiglia (con el retraso acumulado terminaremos llegando a las once y media). En cada parada sube más y más gente, hasta llegar a un punto en que el pasillo queda totalmente colapsado. El tipo que se gana la vida vendiendo cafés y chocolatinas se queja de que no puede pasar con su carrito. Grita y gesticula con esa gracia tan propia de los italianos. Después de un par de horas se queda un asiento libre, uno de los de verdad, y puedo hacerme con él. Eso me permite, en primer lugar, escribir un rato y, en segundo lugar, terminar de leer Rayuela con toda la pena de mi corazón. El resto del tiempo lo paso dormitando. Las dos últimas noches las he pasado durmiendo en el suelo unas pocas horas, así que no he descansado desde que dormí en Grecia.

Las tripas me están respetando, pero estoy realmente débil. Por supuesto, estoy hambriento y trato de engañar a mi cuerpo dándole de vez en cuando un par de sorbos de Gatorade de naranja. El final del viaje está siendo agónico, y aún me queda la parte de Francia y España. Espero poder empezar a comer algo consistente esta noche, pero por ahora prefiero esperar; quiero estar al menos veinticuatro horas sin tomar alimentos sólidos.

Finalmente llegamos a Ventimiglia con media hora de retraso, así que creo que lo mejor será quedarse a hacer noche allí. Mi intención inicial era cruzar la frontera y hacer noche en Niza, pero a esas horas ya no hay trenes, o eso creo.

―¿Oye, vas a dormir aquí? ―oigo en inglés a mi espalda.

―No lo tengo claro, pero creo que sí ―respondo al tipo, un muchacho rubio de barba de una semana y una pequeña mochila.

―Mi idea era llegar a Niza, pero el retraso me ha jodido.

―Yo estoy igual. ¿Dónde te diriges?

―A Barcelona. ¿Y tú?

―Pues si te digo la verdad, no lo tengo claro (no tengo nada claro). Tenía pensado ir a Narbona para luego buscar un pueblo de una amiga (una larga historia), pero no creo estar en condiciones, así que quizás sería buena idea irme contigo a Barcelona. ¿Te parece si hacemos juntos el viaje?

―Claro, genial.

Mientras hablamos, un tipo con la camiseta de la Sampdoria nos dice en italiano que el tren a Niza no ha salido aún, que está esperando en el andén a que suba todo el que quiera hacer trasbordo. Se lo explico a Matt, que así se llama mi nuevo compañero de viaje.

―Genial, pues no perdamos tiempo.

Nos subimos al tren a la carrera y en una hora más estamos en Niza. Haremos noche allí. Es curioso, pero el año pasado empecé mi viaje haciendo noche en la puerta de la estación de tren de Niza. Este año vuelvo a hacer noche en el mismo sitio, aunque en esta ocasión cuando ya estoy de vuelta. Está exactamente igual que el verano pasado: las mismas putas, los mismos yonquis, los travelos, los negros, los moros, los mochileros. Es una copia de aquella noche en que lo pasé tan mal. Ahora es diferente, tengo mucha más experiencia (aquella fue la primera noche y no sabía ni donde tenía la cara) y lo veo todo desde una perspectiva diferente. Además, ahora somos dos, lo que hace que pueda dormir mucho más tranquilo.

Antes de eso, hemos ido al McDonald’s para consultar el trayecto que tenemos que hacer hasta llegar a Barcelona. En total tenemos que tomar cuatro trenes más: de Niza a Marsella, de Marsella a Narbona, de Narbona a Port Bou y de Port Bou a Barcelona. Si todo va bien, no hay retrasos y no perdemos ninguno, llegaremos a la capital catalana mañana por la tarde, a eso de las seis. No es mal plan, pasar un sábado por la noche en Barcelona.

Mientras buscábamos el McDonald’s, hemos encontrado un supermercado y he comprado un par de manzanas que he lavado como si la vida me fuera en ello. Las he comido en dos bocados y he acompañado con una botella de litro y medio de agua. Espero que no me caiga mal. Después de la crisis de esta mañana no he vuelto a tener problemas. La fiebre ha desaparecido y en las tripas no he tenido más que leves molestias sin importancia. Veremos cómo se pasa la noche.

Nos acoplamos en la misma sucia acera en la que estuve el año pasado, en las puertas de la estación. Está igual de caliente y corre la misma brisa fresca. Se oyen las mismas peleas de negros, los mismos gritos, la misma música alta de los mismos coches, los mismos camiones de la basura, los mismos tipos regando con las mismas mangueras.

Mientras recuerdo aquella noche, me duermo apoyado en la bolsa de la ropa sucia.