Viernes, 12 de junio de 2009

Exactamente a las seis y media de la mañana suena el despertador. Para entonces ya llevo algunos minutos con la mirada fija en esos enormes números verdes que marcan la hora.

6:24, 6:25, 6:26, 6:27, 6:28, 6:29, 6:30.

Me desperezo durante unos segundos y me pongo en marcha. De fondo, el comentarista de Radio Marca me anuncia que los Lakers y los Magic se van a la prórroga para decidir el resultado del cuarto partido de la final de la NBA.

Anoche no preparé la mochila. En casos como este me gusta dejarlo todo para el final. Lo hago conscientemente, no es cosa de dejadez; es más bien una forma de invitarme a mi mismo a huir de las planificaciones. Me gustaría que me saliera de forma natural, pero como no es así al menos me obligo a ello. A pesar de todo, ya tengo pensado todo lo que llevaré conmigo en los sesenta y cinco días que durará el viaje: unas cuantas camisetas, calcetines, ropa interior, un bañador, una chamarreta, un anorak, unas chanclas y algunas cosas más. No demasiadas. Solo necesito un rato para tenerlo todo listo, enfundarme la gorra y salir a la calle. Hace un buen día para comenzar a dar la vuelta al mundo.

Mi vuelo sale a la una menos diez desde el aeropuerto de Málaga, así que tengo tiempo de coger el coche, ir a casa de mis padres a imprimir todos los documentos relativos a reservas, localizadores y demás papeleo necesario y acercarme a la cafetería de mi hermano a despedirme. Allí me espera mi amigo Miguel Ángel, que se ofreció a llevarme al aeropuerto como hizo un año antes, cuando estuve de viaje por Europa. Estoy tan nervioso que ni siquiera puedo sentarme a desayunar, así que acelero los últimos besos a mis padres y le pido a Miguel Ángel que me saque de allí. Mi madre tiene la cara que tienen las madres cuando están tristes y no quieren que se les note. Yo debo de tener la cara que tienen los hijos cuando están asustados y no quieren que se les note.

En el aeropuerto me espera Pepe, un amigo de toda la vida. Trabaja allí, y siempre que tengo que volar se ofrece a hacer de anfitrión durante las horas que han de pasarse en las terminales antes de tomar el vuelo. Como he llegado pronto, nos vamos a un bar donde estamos tomando cervezas hablando de lo divino y lo humano.

Después del rato de charla, y aún con tiempo de sobra, nos ponemos en la cola de la facturación. Una ventanilla que se cierra hace que nos quedemos los últimos de la fila. Al llegar mi turno, la amabilísima (aunque algo angustiada) señorita me pide los datos de contacto del lugar donde voy a pernoctar en EE.UU.

―No tengo esos datos aquí.

―Pues sin esos datos no embarca.

―Pero si ya rellené todos los formularios necesarios por Internet. ¡Dos veces!

―El ordenador me pide esos datos. No puede pasar sin que los rellene.

―Está bien, me conectaré a Internet a buscarlos.

―No hay tiempo, el mostrador debería haber cerrado hace dos minutos.

―Pero el hecho es que aún está abierto, ¿no es cierto? Deme cinco minutos.

Mierda, no tengo el cable necesario, está en esa mochila precintada que duerme aburrida sobre la cinta transportadora.

―Lo siento señor, tengo que cerrar, no puede usted embarcar.

―Está bien, acabo de recordar la dirección y la persona de contacto. Se llama Jack Torrance, y la dirección es Fake Avenue número 123.

―Necesito un teléfono.

―Claro, apunte: 658839934.

―No tan rápido, ¿puede repetirlo por favor?

―Claro, apunte: 3056693453.

―¿Código postal?

―29001.

Mientras recito la sarta de datos falsos, el gesto de la señorita del mostrador se va torciendo hasta que sus ojos comienzan a echar fuego. Sé que no tengo más remedio que buscar otra alternativa y lo hago. En un instante encuentro la solución perfecta: Teresa.

(Ring, ring, ring…)

―Hola, ¿puedes pasarme con Teresa? Oye Teresa, ¿puedes ayudarme? ―Claro que puede―. Entra en esta página web. ―Suerte que recordaba el nombre del hostel, suerte que era fácil de recordar―. En plural. Guay. Busca la dirección por favor. A ver, repite. La tengo. Gracias apañá.

Ya está todo.

―¿Puedo pasar ya?

―Adelante, pase, pero deberá darse prisa porque ya han hecho la última llamada.

―Claro, me voy corriendo. Pero antes necesito que haga una cosa más por mi. Sonría por favor. Es usted la mujer más amable y más guapa que he visto en lo que llevamos de año. ¡Exacto, eso es justo lo que quería, gracias!

(Corre, corre, corre, corre…)

Dios, la policía. Necesita mi pasaporte.

―Aquí lo tiene. ¿Adónde me dirijo? A Dublín. Bueno en realidad a Nueva York, pero vía Dublín. Quiero decir, haciendo trasbordo en Dublín, en Irlanda.

¿Por qué coño tartamudeo? El policía no sonríe, su bigote blanco no se mueve ni un pelo. Pero ni uno. Lee y lee el pasaporte.

―¿Y qué va a hacer un perote tan lejos de su pueblo? ―me suelta.

―Santo cielo, ¡nada bueno!

Su bigote se estira.

―Anda corre que lo pierdes.

(Corre, corre, corre, corre…)

Mierda, mi libro, lo olvidé en el banco. Joder.

Ya estoy sentado y rodeado de pelirrojos. Me relajo y cabeceo adormecido. Rugen los motores, estamos a punto de despegar. Subo el volumen del reproductor de mp3, paso de desconectarlo. Que les den. Elijo a Rufus Wainwright.

I’m not ready to love until I’m ready to love you the way you should be loved.

Respiro. Ya estamos en camino. Ya ha comenzado mi vuelta al mundo. Gracias Pepe por las cervezas. Gracias Teresa por salvar mi viaje. Me encanta que los planes salgan bien.


Mi reino por unas gafas de sol

Conozco al dedillo los síntomas que se derivan de la falta de sueño. Cuando comienzo a tenerlos me siento como en mitad de un dejá vù perenne, que no se te escurre. Uno de esos síntomas, quizás el más físico, es el picor de ojos. En este momento me pican tanto que estoy pensando en sacármelos, meterlos debajo de un chorro de agua bien fría y dejarlos en hielo durante unos minutos. Luego echarles un par de cucharadas de aceite de oliva virgen extra, frotarlos con un paño bien limpio y volvérmelos a poner en sus cuencas. Lo haría si pudiera levantarme del asiento, pero la azafata de ojos más claros que jamás haya visto no me lo permite. Estamos pasando por una zona de turbulencias y el avión no deja de dar tumbos. Antes, una de esas violentas sacudidas ha dado con el culo de una de las azafatas ―morena de nariz larga larga―, en el brazo de mi asiento. Milagrosamente he logrado apartar mi mano a tiempo para evitar que quedara aplastada entre las nalgas de la señorita.

I’m so sorry sir.1

It’s O.K. It was an accident, don’t worry.2

Otro de los síntomas que suelen acompañar a la falta de sueño es la instalación de una especie de dispositivo de seguridad anti sueño. Es como si mi cerebro, una vez llegado a un punto de falta de descanso, decidiera que ya no necesita más reposo y se negara a desconectar: ¿querías caldo? pues toma dos tazas. Ese mecanismo se manifiesta de muchas maneras, casi siempre en forma de pesadillas horribles. La última vez consistió en ser atropellado sistemáticamente por un Cadillac blanco cada vez que cerraba los ojos. Así de sencillo, cada vez que empezaba a sumergirme en el deseado sueño, mi cerebro me mandaba un Cadillac blanco a toda velocidad que impactaba directamente en mi cara. Nada podía hacer para evitar que mis sesos terminaran desparramados por el suelo. Chof. Podría recordar hasta la matrícula del cabrón asesino.

El mecanismo de hoy es un poco más sofisticado, pero igualmente efectivo: cada vez que empiezo a dormirme noto cómo se me descuelga la cara. El pellejo de mi cara se vuelve terriblemente viscoso y empieza a descolgarse como si fuera Blandi Blub. La nariz se me estira tanto que me llega al pecho, y el labio inferior me chorrea como si fuese una fuente de chocolate. Es extremadamente desagradable, así que inmediatamente doy un respingo y miro a mi alrededor durante unos segundos para descubrir que estoy aquí, en mi sillón verde, rodeado de gente extraña y a unos pocos miles de metros de altitud, volando hacia la ciudad que nunca duerme.

A mi lado duerme un viejo. Lleva todo el viaje bebiendo agua. Se acerca el vaso a los labios, pero no lo suficiente como para tocarlos, por lo que tiene que estirarlos como si fuera un oso hormiguero que tratara de sujetar un cigarro en el bigote. Se diría que no tiene dientes. Tiene el pelo blanco y unas gafas que sobresalen dos metros por encima de sus cejas peludas y despeinadas. Viste una camisa azul impecablemente arrugada y unos pantalones negros de rayas grises. Se ha quitado los zapatos y he podido descubrir que lleva los calcetines del revés. Me ha recordado a una película de Sean Connery en la que hacía de una especie de genio de la literatura. Su personaje llevaba los calcetines del revés porque prefería que las costuras quedaran por fuera y de esa forma no le molestaran. No creo que el viejo lo haga por eso. Tampoco creo que sea un genio de la literatura, aunque quién sabe. No es algo que me quite el sueño, desde luego. Está arropado con una manta de viaje de color azul marino en la que hay un nombre bordado, que bien podría ser el suyo o, sencillamente, la marca. Mathews, eso pone.

Si he tenido que presenciar tantas veces el desagradable espectáculo del viejo besando su vaso de agua ha sido simplemente porque se encuentra justo entre mi sitio y el sitio de una chica a la que me gusta mirar. Me he pasado todo el viaje girando la cabeza para mirarla mientras rellenaba sudoku. Hemos coincidido varias veces, pero nunca hemos sonreído ni hecho gesto alguno. Tampoco hemos apartado las miradas. No es guapa, aunque la forma en la que muerde el lápiz y se concentra en su pasatiempo me resulta muy atractiva. Lleva el pelo lacio, raya en medio. Viste una sudadera Adidas de color verde oliva y tiene unos pequeños pendientes de plata con forma de ballenas (o quizás sean delfines). A su lado duerme un gorila con perilla cuyos brazos son tan anchos como mis piernas. A ratos utiliza uno de esos enormes brazos para rodearla por el cuello y apretujarla contra sí mientras ella se queja.

Tengo sueño. Espero poder dormir esta noche. Daría cualquier cosa por no haber olvidado mis gafas de sol. Tiene gracia que el reloj del portátil me diga que es medianoche cuando volamos debajo de un cielo de color celeste cielo. Sonrío. Necesito esas gafas.


La ciudad que nunca duerme

El avión llega con una hora de retraso. Bueno, en realidad el avión llegó a tiempo, pero tardamos una hora en encontrar aparcamiento. Por lo visto, los retrasos en algunas salidas han provocado que estén ocupadas todas las plazas. Después de mucho buscar, al final hemos tenido que dejarlo en zona azul, así que ha habido que poner un bote para financiarlo.

El papeleo para entrar en EE.UU. es un poco pesado. A mí no me han puesto muchos problemas, más allá de hacerme rellenar por tercera vez un par de formularios. Ya lo hice por Internet, donde decían expresamente que era suficiente, y que ni siquiera necesitaba imprimirlo porque lo tenían todo informatizado. Seguro que, precisamente por eso, ha fallado y me han hecho volver a rellenarlo con papel y bolígrafo. Llevo diez minutos en EE.UU. y ya he visto un montón de tópicos, empezando por el policía gordo, la policía negra borde, el policía que acojona, la policía china con el guante de látex…

No llevar la dirección del hostel me ha vuelto a dar problemas. Aunque parezca increíble, después del incidente del mostrador de facturación del aeropuerto de Málaga, no anoté la dirección cuando Teresa me la pasó por teléfono, así que me presento en la aduana sin la dirección de contacto y, lo que es peor, ¡sin saber dónde tengo que ir! He estado sobrevolando el océano durante cien horas y no me he parado a planear ni siquiera qué iba a hacer justo después de aterrizar. Menudo plan. ¿Solución?, preguntar a todo el mundo si tienen conexión a Internet en el móvil, porque de wifi nada de nada. Al final he dado con un muchacho, un policía chicano muy enrollado que ha desenfundado su flamante iPhone y me ha sacado del apuro.

No pasará mucho tiempo antes de que vuelva a pifiarla. Me voy feliz con mi dirección al fly-train ―el tren que te lleva de las terminales del aeropuerto a una estación con conexión con el metro―, me subo, me bajo, me subo en el metro y cuando me siento cómodamente descubro dos cosas: la primera es que dentro del vagón no hay ningún plano de las paradas y la segunda es que no tengo ni puta idea de la estación en la que tengo que bajarme. ¡Ups! Según recuerdo, Fran ―que ha preparado su viaje ¡y el mío! mucho mejor que yo―, me comentó que se tardaba más o menos una hora en llegar desde el aeropuerto a la zona de Central Park. Cuento hasta diez y trato de centrarme. A todo esto, ya son casi las diez, o, lo que es lo mismo, las cuatro de la mañana en España.

Gracias al cielo, el policía geek me apuntó, además de la dirección, el teléfono del hostel. Justo cuando me dispongo a llamar me asalta la sospecha de que no tengo batería en el móvil. Por suerte, tengo un glorioso palito de carga que me mira con los labios temblorosos a punto de romper a llorar. Bien hecho chaval, con dos cojones ahí; aunque vivas en el culo de la pila sabes perfectamente que eres el palo clave ¡eres el puto chosen one! ¡Crack! Debo darme prisa en llamar ahora que el metro aún va por la superficie.

(Ring, ring, ring…)

―Buenas. Verá, que voy para allí y no sé llegar.

I beg your pardon!?3

(Tono de batería baja.)

―Ostras, perdona, me explico. Verás, tengo reserva para esta noche, y no sé cómo llegar. Acabo de aterrizar en el JFK, he cogido el metro, línea A, pero no tengo ni idea de la parada en la que tengo que bajarme.

―116th Street.

(Tono de batería baja.)

―No no, si la dirección la tengo apuntada, necesito el nombre de la parada.

―116th Street.

(Tono de batería baja.)

Er… perdona, pero es que mi inglés es muy malo. ¿Cómo puedo saber qué parada corresponde a esa calle?

―116th Street.

(Tono de batería baja.)

―Vale, es que no tengo ningún plano, entonces no puedo ubicarme. Eso está al norte de Central Park ¿verdad? ¿No hay ninguna parada North Central Park o algo así? No me importa caminar un rato, de verdad.

―116th Street.

(Tono de batería baja.)

―Vale chata. See u.

Bye sir.

Cuelgo y se me queda cara de pardillo. Tengo que buscar una solución, pero en cambio me pongo a dar cabezadas. El vagón se ha llenado de gente, casi todos negros. Están todas las caricaturas, como en el aeropuerto. Subo la música y trato de centrarme, pero me cuesta un montón. El metro para cada cinco minutos más o menos, y decido que voy a pararme justo cuando se cumpla una hora desde que me subí al metro. Un buen plan, si es que hubiese tomado la precaución de fijarme en la hora en la que me subí. Ya lo tengo, miraré en el móvil y restaré cinco minutos. Vaya, mi amigo el palo se ha largado, esto no hay quien lo encienda. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Ni puta idea, me he pasado el viaje dando cabezadas. He perdido la noción del tiempo. A mi lado hay una señora de cara encalada y labios arados pintados de rojo bombero. Ni siquiera me he dado cuenta. Me mira y alza las cejas. Sonrío. Sonríe.

Que le den, me bajo en la próxima. Justo en ese momento, la megafonía anuncia que la siguiente parada es 118th Street. Caigo en la cuenta. Estos neoyorkinos son unos genios. Llaman a las paradas de metro con el nombre de la calle en la que está. Menudos figuras. Estoy tentado de bajarme y caminar, aunque finalmente prefiero arriesgarme a esperar a la siguiente. La suerte sonríe a los audaces. Confío en que detrás de esta venga la 116th. Al tiempo que la megafonía anuncia que la siguiente parada es la 135th Street.

Vale, he vuelto a meter la pata, me bajo aquí mismo, buena es. Se abren las puertas y bajamos Mrs. Encalada y yo. El andén esta lleno de gente y hace mucho calor. Salgo y pregunto a un policía por la dirección. La lee y se ríe; pregunta a su colega y ambos se ríen. Señalan una avenida muy ancha, y deduzco que debo ir por allí. No me hablan. Thx a lot. Ando y ando, pero no sé bien dónde voy. Hay gente en la calle, pero no pregunto a nadie. Se supone que si las calles están tan ordenadas como dicen, acabará apareciendo la puta 116th. Me impaciento y pregunto a un hombre mayor, calvo y negro. Es muy amable, aunque habla tan rápido que apenas le entiendo. Por suerte, la costumbre de repetir una y otra vez el camino a algún sitio cuando alguien te pregunta no es exclusiva de España. A la tercera lo pillo. Bajar la avenida, y en el tercer cruce girar a la izquierda. Andar durante un buen rato y voilà.

―Buena suerte. ―Me dice al tiempo que brilla su dentadura blanca.

Se me erizan los pelos de la nuca por la forma en que lo ha dicho. Esto es Harlem y aquí hay que mamar.

Sigo mi camino, y cada vez hay menos movimiento. Se empieza a ver gente de barrio. Grupos de negros sentados en las escaleras de sus edificios. Coches con música rap a todo trapo. Está todo bastante oscuro. Bajo y bajo la calle, busco el número 1916, pero no aparece. Cuando al fin encuentro el 1917, cruzo la calle para comprobar que el número 1916 es una iglesia baptista. Una funeral church concretamente. Sin saber bien por qué, pienso en mi buen amigo y singular Gustavo. Le imagino riéndose de mí a limpias carcajadas.

Son casi las doce (hora de la costa este) y según mis notas debería pasar la noche en una iglesia baptista para funerales. Empiezo a desesperarme y tengo principio de hiperventilación. Un momento… ¿según mis notas o según mi cabeza? Reviso el papel donde pone, bien claro, que el hostel está en el 1961. ¿El 1961? Vaya, se ve que antes lo leí mal.

Me doy la vuelta, cruzo la calle y desando mis pasos. Al cabo de unos minutos, ante mi se muestra una hermosa fachada iluminada por una celestial luz blanca perfecta y pura. Una «L» de tres metros de alto la preside.

―Bien podría ser así la puerta del cielo ―pienso.

Empujo la puerta, y todo cambia. Un ángel de pelo negro y ojos grises me recibe.

Check in?4

I love you.5


El mayor placer es el descanso

La habitación tiene seis camas, un baño y una cocina inútil porque está prohibido subir comida. Mis compañeros son dos típicos italianos casanovas ―con un pésimo gusto para vestir y con gran afición a pasearse marcando paquete con sus boxers CK―, un enorme vikingo de pelo corto y larga barba albina que gruñe en vez de hablar, y una joven pareja de londinenses, Alex y Christina.

Los ingleses acaban de terminar el instituto y se han regalado un año sabático antes de empezar sus estudios de arquitectura. Llevan seis meses viajando por el mundo, y han visitado todo el sur de Asia, desde La India a las islas filipinas. Alex es capaz de recitarme de memoria todos los sitios que han visitado, pero Christina apenas recuerda unos cuantos, o eso dice con sus gestos. Su última parada es precisamente Nueva York. Christina se jacta de que fue idea suya terminar en Nueva York porque de esa manera puede pasarse tres días yendo de compras. Piensa arrasar la Apple store. Salta a la vista que tienen pasta. La conversación transcurre mientras Alex no deja de jugar al Mario Kart en la Nintendo DS.

―¿Quieres jugar una partida? ―me dice sin levantar la vista.

―Yo juego a veces en la Wii, pero en DS no controlo. Creo que paso.

―Se pasa el día así ―me dice Christina con un suspiro de resignación.

Les cuento mi plan y les pido algún consejo. Alex me sugiere que tenga preparados los visados de todos los países que voy a visitar, sobre todo en Asia. Ambos hablan al mismo tiempo, y me cuesta mucho entenderles porque lo hacen muy rápido. Me cuentan que tuvieron que pasar cinco días esperando para el visado de Corea del sur. Yo no llevo visado para Corea del sur, porque pienso que no es necesario; quizás sea diferente para ciudadanos españoles que para ciudadanos británicos.

Mientras hablamos, Dolce y Gabbana no dejan de gritar. Ambos son el estereotipo de turista italiano cuyo principal objetivo es follarse a cuantas más mejor. No es un mal objetivo, desde luego. Hace más de media hora que he llegado y aún no han desocupado el baño. Entran y salen sin parar, intercambiándose potingues y ropa. Se están preparando para quemar Nueva York (más tarde, cuando al fin pude entrar en el baño conté hasta seis cuchillas de depilación diferentes y una docena de cremas).

El vikingo no hace nada. Se limita a estar tumbado en la cama y atender la conversación, aunque dudo que se haya enterado de algo. Tiene los ojos inyectados en sangre, y su mirada contrasta con su sonrisa. Son como dos piezas de un rompecabezas que, a pesar de no encajar, se han forzado para que queden una junto a la otra. De repente me llega el convencimiento de que el vikingo intentará matarme esa misma noche. Más tarde, ese disparate haría que me despertara sobresaltado cada cinco minutos. Un cerebro cansado tiene esas cosas, al menos mi cerebro cansado. La razón no sirve de mucho en estos casos, solo el descanso vale.

1 Lo siento mucho, señor.

2 No se preocupe, ha sido un accidente.

3 ¿Perdón?.

4 ¿Desea alojarse?.

5 Te amo.