Viernes, 10 de julio de 2009

La noche se hace eterna, como tantas veces ha deseado y desea mi buen amigo Gustavo. Cuando se supone que tendrían que ser las ocho de la mañana, hemos de adelantar el reloj hasta que marca la medianoche de nuevo, así que vuelta a empezar. A pesar de no tener compañero, no he conseguido dormir mucho, y lo cierto es que me hubiera venido bien acumular horas de sueño porque no parece que vaya a gozar de muchas en los días siguientes. Desde luego, se me podrá acusar de cualquier cosa, pero nunca de no exprimir el tiempo al máximo, aunque exprimir las horas es exprimirme a mí.

Tomamos tierra al ritmo de So close to heaven, de The waterboys. Estoy destrozado; el vuelo ha resultado demoledor. El aeropuerto que nos recibe es un sitio cuidado y desierto. Son las tres de la mañana aquí, así que solo el mínimo personal de guardia nos atiende. Es agradable caminar por estos pasillos bien decorados y ambientados con sonidos de fauna autóctona. Las paredes están repletas de información turística en todos los idiomas. Me llama especialmente la atención la cantidad de advertencias acerca de la obligación de declarar cualquier producto biológico que se lleve encima, desde una mascota a una simple manzana o pieza de artesanía de madera.

Nueva Zelanda es una isla que vive apartada del resto del mundo, por lo que cualquier factor externo puede modificar gravemente su delicado ecosistema. Son muy estrictos en los controles; no quieren que entre nada que no deba, y es que el mayor encanto de Nueva Zelanda es la naturaleza. El resto del papeleo no difiere mucho de otras fronteras y en cuestión de una hora ya tengo mi mochila y estoy dispuesto a asearme.

Mientras busco el neceser descubro que me han robado. Los candados que compré no han servido de nada y no han supuesto ningún problema para alguien que ha conseguido abrirlos, tomar lo que ha querido y volver a cerrarlos. He perdido el móvil, el mp3 y una pequeña colección billetes representativos de cada uno de los países en los que he estado. El mp3 solo cuesta dinero, no me importa. La colección de billetes no era para mí, era para mi buen colega Juan Alfonso, así que lo siento mucho por él, aunque no dejan de ser recuperables (quizás en otro viaje). El móvil se lo pueden meter por el culo, no lo quiero. Lo único que quiero son los mensajes que guardaba y que he perdido para siempre. Un indigesto plato de realidad servido de madrugada.

Una vez aseado y oliendo a Floyd, lo siguiente es conseguir pasta. Decido cambiar cincuenta dólares, que estimo serán suficientes para pasar el día. Entre comisiones y un cambio bastante ajustado, el tipo me da cuarenta dólares neozelandeses. Que una botella de agua pequeña cueste cuatro dólares me sirve de advertencia de que Nueva Zelanda es un sitio caro; se acabaron las repúblicas bananeras en las que pasaba el día con seis euros, ya estoy en el primer mundo. Solo necesito unos minutos para gastar la mitad del presupuesto, y es que el billete de autobús de ida y vuelta que me lleva al centro cuesta veinte dólares, y eso después de aplicar el descuento para mochileros.

Con las ansias de conocer la ciudad, he tomado el primer autobús y me ha dejado en el centro a las seis de la mañana. Está oscuro, desierto y hace un frío terrible (no lo sé con exactitud, pero estoy seguro de que estamos por debajo de cero). Yo sigo con las chanclas que me puse para el vuelo, así que busco algún refugio donde poder cambiarme (a lo largo del día me arrepentiré de haber salido tan temprano del aeropuerto). Encuentro una cafetería con wifi gratis donde el tipo me permite enchufar mis baterías. Para hacerlo, tengo que pelar los hilos de un cable porque no tengo el adaptador para poder usar el enchufe de Oceanía. Comprarlo acabaría con mi pírrico presupuesto. El sitio tiene un ambiente muy agradable, con música chill-out, la calefacción a tope y un par de tertulias de sofá.

La calle comienza a animarse a partir de las ocho. Sigue haciendo el mismo e intenso frío, aunque ya no es de noche. La cafetería está bastante ambientada de gente que entra y sale; casi todo el mundo lleva prisas y toman el café en vasos de papel sin sentarse siquiera. Espero que esta costumbre tan norteamericana nunca llegue a España (lo hará). Yo ya me he cambiado: tengo las zapatillas, la camiseta interior y el gorro, así que salgo a dar una vuelta para hacer tiempo hasta que abran la oficina de información turística. Estoy en la calle Queen, una de las más céntricas y comerciales de Auckland, y son las ocho de la mañana de un viernes cualquiera de invierno, así que el único turista soy yo. El resto son hombres grises que van a trabajar con caras de frío y sueño. Me sorprende ver la cantidad personas con rasgos orientales que hay. Muchos de los negocios y galerías que forman parte del paisaje tienen sus carteles en lenguaje oriental, vaya usted a saber cuál. Hoy me gusta la idea de que no haya muchos turistas en la ciudad; creo que tengo empacho de conocer gente y hoy no quiero saber nada de nadie.

En la oficina de turismo me atiende una chica de Chile que me habla en español. Lo cierto es que apenas he notado el cambio de idioma, y ha sido ella la que me ha pedido que pasemos del inglés. Me recomienda unos cuantos sitios, suficientes para un día que voy a estar. Lo primero que tengo que comprar es un bono de transportes que me dura todo el día. Me sirve para autobuses, trenes y ferries. Vuelan trece pavos, más otros tres de postales. No son ni las diez y solo tengo cuatro dólares neozelandeses en el bolsillo. Aun así, creo que será suficiente para llegar a Australia, basta con no comer ni beber en todo el día.

El primer punto que visito es Devonport, una especie de pueblo pequeñito al que se llega cruzando la bahía en ferry. El trayecto dura exactamente once minutos, tal y como me dijo el vendedor de billetes. La puntualidad se lleva a rajatabla en esta ciudad, desde los autobuses a los ferries, pasando por las agencias de información al turista y otros negocios de atención al público. Todo es puntual en Auckland.

He pasado todo el trayecto en la cubierta superior. A pesar del frío, no puedo resistirme a las vistas que pueden disfrutarse desde aquí. El sol ha salido y hace mucho más soportables las bajas temperaturas. Devonport es como un pueblo de película, como el barrio de Mujeres desesperadas. Todo es repelentemente perfecto: las calles están más limpias que en Suiza, el único ruido que suena es el cantar de los pájaros, las casas parecen decorados de cine, los niños juegan en los parques y los coches paran en los pasos de peatones (gracias al cielo, porque el hecho de que circulen por la izquierda ha podido costarme la vida un par de veces mientras cruzaba la calle).

Callejeo un buen rato, buscando siempre la acera soleada. Es un sitio turístico, lleno de preciosas tiendas de regalos de agradable olor y ambiente. A pesar de ir con los auriculares, la gente se muestra muy amable conmigo y me dan la bienvenida al lugar, esperando que tenga un buen día. Igualmente. Lo más destacado de Devonport, además del pueblo en sí, lleno de casas victorianas de finales del siglo XVIII, es la vista que puede apreciarse desde lo alto del monte Victoria, así que me encamino hacia allá. No dejo de hacer fotos y tomar vídeos, porque cada rincón de este maldito pueblo me parece perfecto. Incluso paro en la biblioteca pública para perderme un rato entre sus estanterías y de paso imprimir el visado necesario para entrar en Australia, cuyo PDF llevaba en el pendrive. Tengo todo el tiempo del mundo y un jetlag que te cagas.

El monte Victoria resulta ser una pequeña colina a la que se sube por unas empinadas calles que la van rodeando como si fuera un sacacorchos. Cargo con las dos mochilas, que han aumentado considerablemente de peso después de incorporar los libros que tomé de Córdoba, así que cuando llego arriba estoy ahogado y busco asiento. Desde luego, merece la pena porque las vistas desde aquí arriba son capaces de quitarte el aliento (a aquel que consiga llegar con algo de aire en los pulmones). A un lado se aprecia un perfecto skyline de Auckland, donde destaca la Sky tower. A otro lado, las casas de Monopoly dibujando las calles de Devonport. El resto es océano Pacífico, lleno islotes y blancos barquitos. La sensación de grandeza es muy intensa, y casi se diría que es lo único que debe sentirse allí.

En la cima del monte he coincidido con tres turistas más: dos maduritas canadienses con pinta de lesbianas, Elizabeth y Cinthia y un joven alemán, Jürguen. Nos contamos nuestras historias mientras nos hacemos algunas fotos. Entre la subida y la emoción de estar allí moviéndose de un lado a otro, el frío es historia y me sobra hasta el gorro. No será más que un espejismo, por supuesto. La sensación de que en Auckland y alrededores hay tantas cosas que ver que no me va a dar tiempo hace que baje pronto de la montaña, lo que es un gran error. Después de hoy aprenderé que no se puede pretender emplear todas las horas del día en ver cosas nuevas, es demasiado, no es asimilable. Acaba uno por emborracharse de sensaciones, provocando que se mezclen y confundan. Eso por no hablar del cansancio del vuelo, el cambio de horario y las cuatro semanas pateando América. Sea como sea, bajo en busca de mi siguiente objetivo: Takapuna.

Para llegar a Takapuna es necesario coger un autobús. La parada está justo enfrente del embarcadero donde me ha dejado el ferry y en tan solo cuarenta minutos he llegado al centro. Para entonces son las tres de la tarde y el hambre empieza a apretar. Lo único que he tomado en todo el día ha sido el desayuno del avión, hace más de doce horas. Eso, unido al lastre de las mochilas y a la larga caminata, ha hecho que haya tenido problemas para mantenerme despierto. Por consejo de una amable señora, me he sentado en el lado derecho del autobús, donde me ha prometido que podré gozar de unas vistas excelentes. Así es. Takapuna es un pueblo muy parecido a Devonport, con la diferencia de que cuenta con unas bonitas playas que bien podrían ser gaditanas, llenas de gente haciendo deporte a pesar del frío (se ha nublando y, en consecuencia, se ha terminado el calor confortable que estaba dando el sol durante todo el día). Paso un buen rato paseando y admirando el Pacífico, aunque sin atreverme a darme un baño como tenía previsto antes de llegar. Me alegra tener un día tranquilo, sin sobresaltos. Un larguísimo día que debería haber terminado cuando aún son las cinco de la tarde.

Vuelvo a Devonport en el mismo autobús, aunque esta vez no puedo evitar dormirme y darme algunos cabezazos contra el cristal. En Devonport encuentro una frutería regentada por un chino que tiene unos precios realmente bajos; lo suficientemente bajos como para poder seguir estirando aquellos lejanísimos cuarenta dólares con los que empecé el día hace un siglo. Compro un kilo de manzanas y otro de zanahorias. Serán mi almuerzo y mi cena.

Con la mochila con dos kilos más, y arrastrando los pies de forma penosa, regreso a Auckland donde quiero pasar el resto de la tarde. Antes, vuelvo a la oficina de turismo con la única intención de sentarme un rato en un sitio cómodo y caliente. Creo que no puedo más y pienso seriamente en volver al aeropuerto a tumbarme en un banco unas horas. El último shuttle sale de Auckland a las nueve de la noche y apenas son las seis. Ha anochecido y la ciudad parece muy animada, llena de luces y gente que cruza los semáforos en marabunta. Me doy un paseo por la calle comercial, mirando escaparates y rascacielos, evitando las empinadas cuestas que tiene la ciudad; estoy realmente bajo mínimos de fuerza. Solo pienso en que mañana, nada más llegar a Sidney voy a buscar un hostel donde pasar durmiendo todo el día. En Australia estaré dos días completos, y ya tenía previsto usarlos para hacer una pausa en mitad del camino. Llevo aproximadamente la mitad de días del total del viaje y estoy exactamente en la mitad física del trayecto: Auckland y alrededores constituyen las antípodas de Málaga. Estoy en el punto del planeta más alejado de casa y de ella.

A las ocho, después de haberme permitido el lujo de bailar un rato con un grupo hare krisnna con el que me he cruzado, decido volver a la parada donde me dejó, catorce horas antes, el shuttle. Hace más frío que esta mañana y por primera vez en todo el viaje necesito hacer uso del anorak. Es sorprendente ver a gente en chanclas y bermudas. Pienso que Cayetano estaría a gusto aquí.

El autobús tarda casi una hora en dejarme en la terminal. Me arrastro hacia los paneles para comprobar que en la lista de vuelos hay un salto entre las once de la noche y las siete de la mañana del día siguiente. Mi vuelo sale, teóricamente, a las cinco y media, así que empiezo a preocuparme. Pregunto y me dicen que no pueden ayudarme, pero que el aeropuerto cierra a medianoche y vuelve a abrir a las seis. No puedo creer lo que oigo. ¿Qué pasa con mi vuelo? Lo cierto es que es el vuelo en el que menos interés he mostrado. El hecho de ser un vuelo corto y frecuente ha hecho que no me preocupe en absoluto, pero llega el día de tomarlo y ahora todo son dudas. Reviso el papel que imprimí en San José con todos los horarios, y veo que no dice nada del número de vuelo. Tan solo la compañía aérea y la hora: las seis menos diez. Debo de tener una cara de agobio importante, tirado allí en mitad de la terminal sin saber qué hacer, derrotado, porque se acerca una mujer a ofrecerme ayuda.

―¿Necesitas ayuda? ―me pregunta la vieja.

―No encuentro mi vuelo en el panel ―le digo sin esperanza de que pueda ayudarme.

―¿Qué vuelo es?

―No sé el número.

―¿Adónde vuelas?

―A Sidney.

―Esta es la terminal doméstica, solo para vuelos nacionales. Para vuelos internacionales debes cambiar de terminal.

―¡Joder! Eso lo explica todo. ¿Cómo puedo llegar a la otra terminal?

―Puedes tomar un autobús que va y viene continuamente. Pasa cada diez minutos y es gratuito. La otra terminal está ahí al lado.

―Gracias señora, ha sido muy amable.

Definitivamente no se puede ir por la vida sin dormir y sin comer. Queda uno expuesto a cometer errores tontos que pueden joderte. Intentaré que eso cambie a partir de ahora. Llego a la terminal internacional, localizo mi vuelo y me tumbo en uno de los sillones de la sala de espera. Elijo la zona de llegadas, donde cada vez que hay movimiento es de abrazos de alegría. He dormido a intervalos de cuarenta y cinco minutos, despertándome aterrado cada vez, como me suele ocurrir cuando estoy demasiado cansado o duermo en un sitio público: hoy se dan los dos factores, así que el terror ha sido doble. He vuelto a perder el lápiz, así que me he visto obligado a robar un bolígrafo (mi último dólar lo gasté en un Chupa Chups). He buscado en cada uno de las decenas de mostradores de facturación desiertos hasta que he encontrado uno que he guardado en mi bolsillo. Espero que sea el último de este viaje, ya está bien de perder.

En contra de lo que pensaba, el avión que me cruzará la acera hasta Sidney es enorme. Está lleno de equipos de softball, con sus chándals de colores, que irán a alguna competición internacional. La compañía es chilena, así que imagino que lo de Sidney será solo un trasbordo de un trayecto mayor, probablemente hasta América del sur. El avión cuenta con todo tipo de detalles, pero para este viaje no hacen falta alforjas. Espero aprovecharme y que repartan algo de desayunar. Sigo hambriento.