Vagón restaurante

Si se quiere conocer a gente durante un viaje en tren, se debe ir al vagón restaurante. Durante mi viaje por Europa cogí aproximadamente dos millones de trenes, y ni una sola vez lo hice. Por entonces vivía secuestrado por mi mp3, que me gritaba al oído que no necesitaba a nadie más que a él. Esta vez es diferente. Aunque no concibo un viaje sin escuchar música, ahora ya no lo hago veinticuatro horas al día; lo reservo para los momentos más especiales: el momento en que el tren entra en la ciudad y me deja ver el cinturón exterior, lo barrios reales, «la cara b de la opulencia» y durante los paseos sin rumbo y sin noción del tiempo.

Este viaje es diferente, y es que me he convertido en un asiduo a los vagones donde sirven cerveza. En EE.UU. está todo tan organizado que hasta se hacen turnos para usar el vagón restaurante. No puedo imaginarme algo parecido en España, pero aquí la mentalidad es tan diferente en ciertos aspectos, que ya casi no me sorprendo de nada.

La cosa va así: al subirte al tren te anuncian las horas durante las cuales permanecerá abierto el restaurante. El tiempo está dividido en tres bloques: desayuno, almuerzo y cena. Media hora antes de cada bloque, se anuncia por los altavoces que se abre el plazo de reserva, momento en el cual la gente empieza a pujar por un sitio. En los pasillos de los vagones se sitúan los revisores, libreta en mano, y van apuntando a la gente según hacen ver que quieren reservar. Se trata de una especie de subasta ―un tanto surrealista―, porque mientras se produce, por los altavoces se anima a la gente de una forma que recuerda mucho a un vendedor de turrones de las ferias de pueblo. No se trata de una voz neutra, como uno espera de los altavoces de un tren, se trata de un auténtico speaker que bien podría dedicarse a animar partidos de la NBA.

―Señoras y señores, por favor préstenme un poco de atención. A continuación se va a abrir el plazo de reserva del vagón restaurante para el desayuno. ¡Adelante! ¿Quién quiere desayunar? Un buen desayuno es la clave de una buena alimentación. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Desayunen con nosotros! ¡Desayunen! ¡Desayunen! ¡Es hora de despertar y venir al vagón de los desayunos!

Escuchar esto a las seis de la mañana, medio dormido, con la espalda molida por haber pasado toda la noche bailando break dance en un asiento de tren, es una experiencia que puede poner a cualquiera al límite de su paciencia, aunque no es tan grave que no pueda solucionarse con un par de auriculares y una canción cualquiera.

Mis visitas al vagón restaurantes son en la hora golfa. La gente canalla y crápula nos reunimos a horas canallas y crápulas ―nunca antes de las siete de la tarde― mientras el resto del pasaje descansa tranquilo y ajeno a todo. A esas horas locas el ambiente es mucho más distendido. La gente lee, juega con su ordenador o, sencillamente, charla. Si alguien acude al vagón restaurante es porque se aburre de viajar solo y quiere un poco de conversación. Así fue como conocí a Rachel, Rachel y Rachel, abuela, madre e hija.

Éramos los únicos que quedábamos, y nos sentíamos como los estudiantes que se sientan en la última fila del autobús que les lleva de excursión.

―¿Dónde te diriges? ―preguntó la pequeña Rachel, nueve años, ojos clarísimos y pelo liso y rubio.

―Lo siento, no te he entendido. No hablo muy bien inglés; si quieres que te entienda necesito que me hables más despacio ―respondí sonriendo.

―Te ha preguntado adónde te diriges ―tradujo la vieja Rachel, sesenta años, pelo gris y largo, gafas de grueso cristal.

―Voy a Houston, aunque solo estoy de paso. Pretendo llegar a México mañana.

―¿De dónde eres?

―De España, en Europa.

―¡Vaya! España es un sitio muy bonito. Yo estuve en Barcelona hace muchos años ―dijo la vieja Rachel haciendo una pausa justo antes de decir «Barcelona», descubriendo con ello su miedo al ridículo de pronunciar mal el nombre de una ciudad española―. Estuvimos viendo el trabajo de Gaudí. Mi marido era arquitecto.

―Barcelona es una ciudad muy bonita, aunque yo siempre he preferido Madrid. ¿Has estado en Madrid?

―No, nunca.

―¿Eres escritor? ―inquirió la pequeña con curiosidad.

―Hoy sí, pero no me dedico a ello. Es solo una afición.

―¿Qué estudias? ―quiso saber la vieja Rachel.

―No estudio; trabajo. Me dedico a la informática.

―¿No eres estudiante? ¿Qué edad tienes?

―Pronto cumpliré treinta y cinco.

―Vaya, no te hubiera echado más de veintiséis.

―Ole ahí. Es lo más bonito que me han dicho en lo que va de día. ¡Y son ya más de las ocho!

―Seguro que no ―intervino con gracia Rachel, ojos azules, cara clara, grandes tetas, mirada cansada.

Todos reímos. La conversación se alargó hasta las diez, momento en que el speaker anunció que era hora de cerrar el vagón y tuvimos que volver a nuestros grises butacas solitarias.