Sábado, 4 de julio de 2009

Me puesto el despertador a las siete para darme una ducha, recoger todo y estar en la estación a las ocho, con tiempo de comprar el billete y tomarme un café, pero a las cinco ya estoy en pie; no puedo dormir más. La recepcionista me alegra la mañana diciéndome que la estación abre a las seis, así que tendré un par de horas para conectarme a Internet y enfrentarme al tema del vuelo suspendido.

Acudo temblando de miedo y frío al baño. Estamos a menos de cero grados y no quiero ni pensar en la posibilidad de que no tengan agua caliente. Me asomo a la ducha y veo dos grifos, aunque después de la última vez, no me fío.

Abro uno.

Fría.

Espero.

Fría.

Abro otro.

Fría.

Espero.

Fría.

Hace casi una semana que no me ducho; necesito esa ducha, por el amor de mi dios.

Dentro del cuartucho que hace de baño hay un pequeño ventanuco por el que me asomo y a través del cual veo un calentador de gas apagado. Una llama de esperanza se enciende dentro de mí, dándome un poco del calor que necesito. Busco a la recepcionista para pedirle que lo encienda, pero no aparece por ningún lado. Estoy desnudo, pelado de frío y voy descalzo por el hotel buscando a la señorita nocturna. En estas condiciones, no pasa mucho tiempo antes de que me canse de perseguirla y decida encender yo mismo el termo.

Vuelvo volando a la ducha donde compruebo inexpresivo cómo cae un hilillo de agua caliente. Se necesitaría una década para llenar un dedal con semejante caudal de agua. En todo caso, es suficiente para darme un homenaje de media hora. Necesito enjabonarme tres veces la cabeza y otras tantas el resto del cuerpo.

No tengo ropa limpia, así que tengo que volver a ponerme los mismos calzoncillos y calcetines que he llevado los dos días anteriores. La camiseta la llevo desde hace cuatro días. El pantalón, desde hace tres semanas.

La mañana hiela. La terminal de autobuses ha abierto hace unos minutos, pero ya está llena de gente con maletas y todo tipo de bártulos. Busco el teléfono de la agencia y les llamo.

―Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

―Soy Pedro y este es mi problema.

―Efectivamente, Aerolíneas Argentinas ha cancelado el vuelo Buenos Aires-Auckland, que era parte del vuelo que usted tiene contratado. Tiene dos opciones: le devolvemos el dinero de su reserva o toma otro vuelo.

―Señorita, necesito tomar el avión. Dos días después, tomo el vuelo Auckland-Sidney; y dos días más tarde el Sidney-Tokio. Como comprenderá, si pierdo uno de ellos, pierdo los demás.

―Le entiendo señor, deje que mire las alternativas.

(Diez minutos de música a ochenta céntimos el minuto.)

―Disculpe la espera. Hay un vuelo el día siguiente, el ocho de julio a las seis de la tarde. Mismo itinerario. Le envío los detalles por correo electrónico. ¿Desea que le gestionemos el cambio?

―Sí, por favor ―suspiro.

Tendría que revisar los horarios, pero creo que saliendo el miércoles ocho a las seis de la tarde llego a tiempo de coger el vuelo de Nueva Zelanda a Australia. Por supuesto, ya me han jodido mi par de días en el paraíso oceánico. Gracias Aerolíneas Argentinas.

Me confunde el hecho de volar hacia el oeste; creo que pierdo un día, pero no lo tengo nada claro. Ya lo pensaré, ahora no tengo la capacidad de concentración necesaria para estas cosas. Por lo pronto me conformo con tener un vuelo a una hora concreta de un día concreto.

―Está bien, ya está dada la orden ―oigo a través del auricular―. El departamento de cambios no trabaja el fin de semana, así que ya se encargarán el próximo lunes.

―Pero no debería haber problemas ¿no? Quiero decir que el billete está pagado y, si tienen plazas, la cosa está hecha ¿verdad?

―De eso se encarga el departamento de cambios, que no trabaja hasta el lunes.

―Pero… es que ahora es sábado por la mañana. En estos dos días podrían agotarse las plazas. ¿Puedo ponerme en contacto con Aerolíneas Argentinas yo directamente?

―Lo siento señor, hasta el lunes no podemos hacer nada.

―Sí pueden; pueden dejar que yo haga las gestiones. Ustedes ya han cobrado su comisión, no me importa, pero necesito ese vuelo.

―No puedo ayudarle.

―Puede ayudarme pasándome con alguien que sea… no sé cómo decirle esto sin ofenderle… que sea más humana. Que no se ciña tanto a los procedimientos, que sepa buscar una solución excepcional a un caso excepcional.

―Lo siento señor, no puedo hacer nada más.

―No se enfade, no es personal. Es solo que me parece que estoy hablando con un autómata; necesito que alguien me diga que no me preocupe, solo eso.

―Le enviaremos un correo electrónico para confirmarle si el cambio se pudo hacer o no. Le llegará el lunes por la tarde.

―Por favor, llamen a mi móvil o envíen un SMS; no tengo garantías de tener acceso a Internet en los próximos días.

―No podemos hacer eso señor.

―¿No pueden llamarme? ¿No pueden enviarme un SMS?

―Lo siento señor.

―Entiendo, está fuera del procedimiento ¿no?

―Somos una empresa de reserva de vuelos on line. Trabajamos a través de Internet.

―Pero ahora estamos hablando por teléfono, ¿no es cierto? Quiero decir… tienen teléfono ¿verdad? Da igual, olvídelo. Esperaré su correo ―respondo resignado a no tener otra opción que esperar.

Me tomo unos minutos de reflexión y finalmente decido actuar como si tuviera confirmado el vuelo para el miércoles ocho a las seis de la tarde. Enfocándolo así, se trata de una buena noticia: tengo un día más para intentar llegar a Montevideo, y un día más para estar con mi familia argentina. Eso contando con que con este nuevo vuelo me dé tiempo a coger el avión a Sidney.

Mi buena estrella se encargará de todo.

Mientras hago todas estas cuentas mentales, estoy revisando el correo. Todo pierde importancia de golpe cuando leo el mensaje de un amigo que me dice que está orgulloso de mí. Todo pierde trascendencia cuando leo el mensaje de otro amigo que me dice que me quiere. Ninguno de los dos está borracho.

―Malditos cabrones, malditos hijos de puta ―murmullo con los ojos de cristal.


Insisto

Tengo que centrarme en el próximo objetivo: sacar el billete de autobús a Mendoza, el primer pueblo al otro lado de la frontera, el primero de Argentina. Cruzo los dedos para que acepten tarjetas de crédito y funciona. Tengo mi billete y media hora de margen. Reviso mentalmente la lista de cosas que tengo que hacer y no encuentro nada. No puede ser, tiene que haber un error. No puede ser que cuente con media hora de margen para hacer lo que quiera y relajarme en este viaje de locura.

―Tranquilízate chaval, sube al autobús y ponte algo de música ambiental, relájate un rato ―me digo a mi mismo tratando de calmarme.

Le doy la mochila al mozo que se encarga de acomodarlas en el maletero, que me pide la voluntad. Después de tres semanas cogiendo autobuses, es el primero que hace algo así. Recuerdo que me quedan dos monedas en el bolsillo y se las doy.

―Siento no poder darte más. No sé cuánto dinero llevas encima, pero te aseguro que tienes más que yo. Me quedo a cero ―le digo con guasa.

―Español ¿no?

Subo al autobús, me voy directo a la última fila, me quito los zapatos, me ajusto los auriculares y me pongo la canción. Alea jacta est.1

Empieza a aclarar el día, pero se muestra nublado, blanco y gris. Salimos de la ciudad y encaramos una empinada cuesta que nos anuncia el comienzo de la subida. Debemos cruzar los Andes de un lado a otro, de oeste a este, y no tardan en mostrarse desafiantes, con sus cimas plateadas por las nieves del tiempo. La carretera es estrecha y se agarra a la montaña con las uñas. A un lado, barrancos. Las vistas son espectaculares y me niego a hacer cualquier cosa que no sea mirar y escuchar música. Tengo ganas de escribir, y lo hago mentalmente, pero nada va a despegarme del cristal. No señor. Vivo uno de esos momentos de euforia que suelen nacer con el día. Me subiría al techo del autobús para surfear por los Andes. Nunca bebo café, pero daría cualquier cosa por tomarme uno bien caliente. Dentro del autobús no hace frío y sin embargo tengo las manos entumecidas. Me busco la vida y me hago con un vaso de corcho con el que acudo al termo de café y que lleno hasta el borde. Está rico, me cae bien. Ya estoy listo para empezar a escribir.

No llevo ni media hora escribiendo cuando noto que el autobús se para. El conductor nos anuncia con aspereza que la frontera está cortada.

―Tienen nieve y niebla allá arriba, nadie puede pasar ―anuncia con voz firme―. Por ahora nos paramos a esperar. Puede ser una hora, dos o tres, no se sabe. Solo nos moveremos cuando tengamos el permiso de la policía para subir o cuando me ordenen volver. Por ahora no puedo decirles nada más.

―¿Podemos salir? Me gustaría tomar unas fotos.

―No. Quédense en el autobús.

Un buen rato más tarde, hartos de esperar, salimos. Hace fresco pero merece la pena: el lugar es precioso. Estamos rodeados de montañas blancas y la nieve, sucia, llega hasta los márgenes de la carretera vacía. Me uno a un grupo de pasajeros que hacen un corro y cuentan hasta qué punto es una putada que no nos dejen pasar.

―A mí me caduca hoy el visado de turista, mirad ―nos dice Javier, madrileño, mientras nos enseña el sello de su pasaporte.

―A mí me espera mi novia al otro lado de la frontera ―nos dice Marco, chileno con cara de chileno.

―A nosotros nos estropea el sábado, pero nada más ―dicen Benjamín y Thea, pareja de rubios franceses.

―Yo tengo que coger un vuelo en Montevideo dentro de tres días ―digo cuando es mi turno.

Todos coincidimos en que el más jodido es Marco.

―Las consecuencias de no llegar a tiempo a ver a tu novia son mucho peores que cualquiera de las de los demás. Ni la suma de todas podrían hacerle sombra ―dice alguien con guasa.

Javier es ingeniero de minas. Probó suerte en Australia, pero la falta de acuerdos de este país con España lo hace demasiado complicado. Ha probado en Chile, el segundo país más minero del mundo. Lleva exactamente seis meses buscando trabajo, pero aún no ha encontrado nada. Cada tres meses tiene que salir del país y volver a entrar con pase de turista. Hoy le toca renovación, pero lo va a tener complicado como siga así. Está tranquilo porque le han dicho que pueden hacerle un justificante que le sirva de prórroga por algunos días.

―Según me dicen, en España no está la cosa como para volver a por trabajo. Por el contrario, dentro de la crisis mundial, Chile está bastante bien. Aquí hay trabajo de sobra, así que creo que aguantaré algunos meses más ―resume Javier.

Aprovechando la necesidad de salir del país para renovar el visado, los franceses y Javier iban a pasar el fin de semana en Mendoza.

La historia de Marco es diferente, no vienen juntos. Marco debería haber estado en Mendoza ayer, en eso quedó con su novia. Ella vive en el norte de Argentina y él en el sur de Chile, así que quedan en Mendoza por ser una ciudad que está bien comunicada y junto a la frontera. Si no está ahora allí con ella es porque ayer salió a tomar unas cervezas con los amigos.

―Me liaron. Yo solo iba a tomarme un vino, pero empezamos a beber y acabé sin poder tenerme en pie. Llevo toda la mañana bebiendo líquido, pero no hay forma de quitarse este dolor de cabeza ―se justifica.

―Subirse a un autobús con resaca es lo peor del mundo ―le advierto.

―Ya lo sé. Ni siquiera sé qué hago aquí. Debí coger un avión. Todo el mundo me dice que coja un avión, que por cincuenta dólares estoy en Mendoza en un rato, pero yo he preferido venir en autobús, y ahora mira.

―Vas a tener que aguantar un montón de te lo dije ―le digo con cariño.

Definitivamente, el más perjudicado por el corte de la frontera es Marco.

Pasan las horas y nadie sabe nada. Pregunto a la policía chilena, pregunto a los contados camioneros que llegan de la parte Argentina, pero nada hay claro. La frontera está abierta, pero el tiempo no es bueno. Ni Argentina ni Chile quieren cargar con la responsabilidad de una posible desgracia, así que no dejan pasar a nadie. Según me cuentan los conductores de los muchos autobuses que se van acumulando y con quienes hablo, en estas fechas es lo normal. Unas veces les mandan volver y otras les dejan pasar, no se sabe, no hay patrón.

Mientras esperamos, seguimos charlando sobre comida chilena, sobre todo marisco. Al menos estamos de buen humor. Mi viaje se ha empezado a torcer en el momento más delicado, pero no me preocupa. Al contrario, me produce cierta excitación la posibilidad de que dé un giro inesperado, o que al menos corra el riesgo de darlo.

―¿Dónde te quedas a dormir en Santiago? ―se interesa Javier.

―Llegué anoche, así que me busqué un garito de mala muerte donde he pasado la noche. Si no podemos pasar, tendré que buscar algo para esta noche.

―Te quedas en mi casa. Bueno, es compartida, pero hay muy buen rollo. Hay gente de todos los países, gente interesante; seguro que te podemos buscar un colchón y acoplarte en cualquier sitio.

―Eso sería genial. Lo mejor del viaje es conocer gente.

―Pues hecho. Y esta tarde nos vamos a dar una gira culinaria por Santiago. Vas a probar todo lo típico, que no te puedes ir sin haber catado un curanto.

―¿Qué es eso?

―Ya lo verás, pero en resumen es marisco cocido en vino blanco. Para chuparse los dedos.

―Genial.

Me siento culpable porque mi familia me espera, pero el plan que se presenta si no se abre la frontera no está nada mal.

Tres horas más tarde nos dicen que tenemos que darnos la vuelta.

Bajamos la misma carretera estrecha que hemos subido poco antes, ahora con las cunetas sembradas de coches y camiones. Llegamos a la estación donde nos sellan el billete para poder volver a usarlo otro día.

Yo aún no he pensado en lo que voy a hacer, no tengo ni un minuto para reflexionar. Marco va a intentar tomar un avión para cruzar y el resto tomamos un metro a casa de Javier. Es una casa enorme, de dos plantas, situada en uno de los barrios más antiguos de Santiago. El acceso se hace por una puertecita estrecha y tímida. Unas escaleras de madera que se quejan al sentirnos pasar y un ecléctico laberinto de pasillos llenos de adornos imposibles. Javier me explica que son dos casas juntas, y que en total viven allí unas dieciocho personas. Todo es de madera vieja; todo es viejo.

Después de saludar a las muchas personas con las que nos cruzamos, llegamos a un salón que da acceso a las habitaciones. Es un sitio espacioso, rodeado de puertas y presidido por una oxidada estufa de gas.

―No tenemos calefacción. La estufa es lo más parecido, así que se convierte en el centro de reunión ―me comenta Javier.

Varios sofás rodean una mesa baja hecha con un tablón y varios ladrillos como patas. Una pareja juega a las cartas y nos saluda al vernos llegar. A excepción de la casera, que también vive allí, son todos jóvenes. La mayoría estudiantes. La casa es vieja, ruidosa, algo raída, oscura, húmeda y fría, pero está viva. Muy viva. La veo como una especie de casa okupa a doscientos dólares el mes. Tertulia de té, póquer y fotos para planear el resto de la tarde.


La Piojera, un terremoto y la chica del sofá

Entre charlas y risas, la noche se nos echa encima, así que empezamos por ir a comer algo. Eligen un lugar realmente autóctono, un local de barrio y comida grasienta donde los franceses, Javier y yo damos buena cuenta de una chorrillana para cuatro (un plato lleno de patatas, salchichas, cebolla y huevos, todo frito y todo mezclado en una fuente de la que pinchamos todos). Son cerca de las ocho de la tarde y es un buen momento para ir a tomar una copa, aunque antes nos pasamos por la plaza de Armas ―uno de los puntos más típicos de la ciudad― a hacer algo de turismo. Unas fotos, unos vídeos y un paseo por los alrededores para acabar en la Piojera.

La Piojera es un local que mantiene el espíritu del Santiago de hace cincuenta años, de antes de la globalización y la modernidad. Se accede a través de una gran puerta de madera que te lleva a un pasillo, un patio interior y una gran sala sembrada de mesas. Está lleno hasta la bandera. El ambiente me recuerda a los bares por donde Marco se buscaba la vida con la familia Peppino. Una nube de humo lo recubre todo y la música que sale de una bandurria y las gargantas de un puñado de borrachos me da la bienvenida.

Casi todo el mundo es joven, incluyendo a los camareros, que se afanan detrás de una atestada barra de madera. Al fondo de la sala, una escalera de cuatro peldaños y una puertecita dan acceso a otra sala de paredes pintarrajeadas. Las mesas se encuentran apiladas en una esquina, junto a taburetes oscuros y pegajosos, sillas y bancas. Se diría que alguien las ha puesto ahí para quemar a una bruja. Nos instalamos en una mesa que hemos logrado extraer de la montaña de madera. Vamos a pedir.

―Aquí lo normal es pedir un terremoto y luego un maremoto. Después de eso, sea lo que sea lo que te tomes, acabarás tirado en el suelo. Al día siguiente no recordarás nada ―me advierte Javier.

―Seamos ortodoxos, bebamos un terremoto ―respondo consecuente.

Un gesto de Javier y el camarero ya está preparando cuatro terremotos. Agarra un gran vaso donde pone dos bolas de helado de piña, rellena con una bebida casera de color marrón que guarda en unas garrafas de cristal y pone la guinda de un chorrito de licor. (Más tarde comprobaría que el maremoto es lo mismo, con la diferencia del chorrito de licor, menta en este caso.) La pajilla que añade a la bebida es clave a la hora de ir disolviendo la bola de helado. Con paciencia, se mezcla y mezcla hasta que queda una bebida blanca, uniforme, riquísima y altamente alcohólica. Mientras bebemos terremotos y maremotos, la mesa ha ido llenándose de gente que no conozco. Más compañeros de piso de Javier, algunos amigos de estos, novias y un par de busconas que se han acercado a la luz de un guiño de Javier, atractivo, ligón, golfo de noche.

Empiezo a estar borracho, al punto que le sigo el grotesco juego de tonteo a Estela, que así se llama. La facilidad con que se ríe de mis imbecilidades y las insinuaciones tan poco sutiles que utiliza hace que pierda interés al instante. Es muy atractiva. Morena, delgada, de estrechas caderas, culo brasileño y vientre duro y llano que exhibe y que baja y baja hasta superar sin pudor los límites de su rasurado pubis. Tiene una camiseta estrecha con el molde de sus pezones y un cuello largo. Un pelo negro recogido y unas cejas como bigotes de Dalí. Su sonrisa es agradable, no así su voz.

―Me pone cachonda tu acento español ―me dice al oído empañándome la oreja con su aliento a terremoto.

Alguien ha decidido que es el momento de irse. Levantarme hace que tome verdadera conciencia del estado en que me encuentro: totalmente borracho. Tengo la tentación de ponerme a analizar la situación: el viaje, la suspensión del vuelo, la necesidad de cruzar a Argentina, la visita a mis tíos y todo lo demás, pero no me dejo; paso. Cuando salimos de la Piojera somos un grupo de más de diez personas que caminan por la calle no se sabe muy bien hacia donde. Yo, desde luego, no sé nada. Mientras camino, me entretengo hablando con unos y otros, tratando de evitar a Estela, que ya susurra al oído de otro, un tipo rubio cuyo acento francés estoy seguro de que la pone cachonda. Alguien me pide algo de dinero para comprar algunas bebidas; nos dirigimos a una fiesta.

Tenemos que subir tres pisos por una oxidada escalera para llegar al apartamento donde se celebra la fiesta. Nos recibe una muchacha rubia de gafas de pasta que se limita a abrir la puerta y dejarnos pasar. El piso es pequeño y oscuro y está lleno de humo, gente, sudor, alcohol y música. Estoy a gusto, con el punto de borrachera que hace que todo el mundo sea maravilloso. En mi mano pronto aparece un vaso lleno de alguna bebida típica santiagueña que alguien ha decidido que debo probar. La fiesta es estupenda y me paseo por las habitaciones llenas de ambiente y gente fumando y bebiendo. Me encuentro con todo tipo de fauna urbana, aunque toda la gente tiene en común el puntito de buen rollo neohippie. Es agradable charlar con unos y otros, preguntarles sobre su país de origen, sobre el motivo que les ha llevado a Chile, a Santiago, a esa fiesta. Es agradable intercambiar direcciones de correo electrónico, abrazos y besos con gente flipada y rara. El grupo es tan heterogéneo que no encuentro a nadie que conozca a más de dos o tres personas. Casi todos somos desconocidos allí, aunque unidos por tres o cuatro grados de separación.

Estela está cada vez más borracha.

Pasan las horas y sigo poniendo a prueba mi tolerancia al alcohol. No dejo de beber, de comer canapés y patatas fritas y de charlar con unos y con otros. La puerta del piso se abre cada dos por tres para dejar pasar a nuevos grupos de desconocidos que portan bolsas con bebidas y que me saludan como si me conocieran de toda la vida. Nunca he estado en una fiesta así, con gente así, tan llena de acentos, tan llena de excesos, que me hiciera sentir así, que me hiciera hacer las cosas que hago.

Pero con todo, más allá de las cosas que hiciera o dejara de hacer en esa fiesta, lo que la convierte en realmente especial es la chica del sofá.

«Podría dibujar su cara, creo que es la única cara del mundo que podría dibujar». Eso fue lo que pensé cuando la vi allí sentada, en medio del sofá. Mira a la gente como si buscara algo en cada uno de ellos. Basta verla para darse cuenta de que es diferente al resto, aunque no necesita resplandecer para destacar en la oscuridad humeante y cargada de la fiesta. Basta su gesto de serenidad, de todo va bien. A diferencia de con toda la gente con la que he hablado hasta el momento, con ella me corto y preparo algo que decir, algo elaborado, directo, poco pretencioso, que suena a sincero, a interés.

―Hola ―digo.

Así nace una conversación que vive a lo largo de toda la noche, a lo largo de pasillos, habitaciones y sofás, que se alimenta de cosas que nunca debí decirle ―pero que volvería a confesarle―, de cosas que nunca debió decirme; una conversación que se fragmenta por mor de fugas escurridizas y juguetonas, de desaires interesados, de desinterés fingido, pero que se yergue firme, sujeta con las cuerdas del intenso magnetismo de su gesto perfecto. Todas las conversaciones que he tenido hasta ese momento me parecen ahora banales y torpes. Todas las conversaciones que tengo en los ratos en los que nos separamos ―para dejar claro nuestro interés mutuo e inconfesable― son vacías, insípidas, mojadas e inservibles. Hablar con la chica del sofá es enfrentarse a la certeza de que cualquier cosa que diga encierra un misterio que quiero desvelar, que quiero conocer por encima de todo.

Me gusta bucear en sus frases para tratar de encontrar su verdadero sentido más allá de la suma de las palabras. Me gusta descubrir que tengo la capacidad de dejar de ser un borracho eufórico en los ratos en que la tengo frente a mí, o a mi lado; me gusta convertirme en un tipo sereno que escucha ópera de sus labios.

―Eres muy tierno ―me dice.

―Eso es porque estoy borracho ―le respondo esperando que no me crea.

―No te creo.

No quiero dejar de hablar con ella nunca, así que le pido su dirección de correo. Si no lo he hecho antes ha sido porque me gusta la sensación que me empapa cuando ella se pierde entre la gente y pienso que quizás sea esa la última vez que la vea. Apunto su dirección de correo electrónico en la última página de mi libreta de notas, apartada de todas las demás que he ido apuntando a lo largo del viaje. No parece gustarle que lo haga.

―¿Por qué me pones al final? ¿Qué significa?

Creo que finge, creo que le ha gustado que le haya dado un trato especial.

―Pedro… ¿cómo me llamo? ―me espeta.

―No lo recuerdo ―confieso.

Pienso en soltarle un discurso acerca de que el hecho de no recordar su nombre no significa nada en absoluto y que no es más que una tontería, pero enseguida entiendo que no es necesario, que eso habría que haberlo hecho con cualquier otra, pero no con ella. Está claro que esas mierdas no son necesarias aquí.

―Sabías que no iba a acordarme, por eso lo has preguntado ¿verdad? ―le digo sonriendo―. ¿Cómo te llamas?

―No te lo voy a decir ―me responde.

―Puedo descubrir tu nombre en un momento si quiero. He visto a gente que te conoce, podría preguntarles.

―Yo no te lo voy a volver a decir, tendrás que descubrirlo.

A ratos necesito alejarme de ella porque necesito guardar en algún sitio todo esto que me está ocurriendo. Necesito escribirlo, así que cojo mi libreta y el lápiz que me regaló Valérie y me bajo a la escalera helada, por donde desfilan todo tipo de personajes de colores.

―¡Viva la inspiración! ―grita un borracho que me ve escribiendo.

La gente va abandonando la fiesta; van saliendo de la casa abrigados. Algunos a quienes ni siquiera reconozco me desean suerte en mi viaje y me dan besos a los que respondo con gusto. Son casi las siete de la mañana y la casa es un reducto de borrachos que fuman marihuana. Una pareja baila al ritmo de Manu Chao. La chica del sofá se arropa con su bufanda roja; se larga acompañada de un tipo alto y rubio que apenas se mantiene en pie. Pienso en proponerle una foto juntos, pero me parece ordinario pedirle a ella una cosa así.

Nos despedimos con un abrazo puro.

Me encuentro con Javier y las dos chicas de la Piojera. Estela está aún más borracha que la última vez y gruñe ofuscada. Se queja por qué sé yo. Discute con Javier, así que acabamos por irnos a casa los cuatro en un paseo helado de diez minutos. Cuando llegamos e improvisamos una cama amontonando unos colchones en la habitación de Javier, lo único que quiero es un tiempo muerto. Necesito sentarme a pensar un rato. Va todo demasiado rápido. Durante las últimas veinticuatro horas me han pasado tantas cosas que me ha sido imposible digerirlas. Estoy borracho y muy cansado, aturdido por el alcohol y la falta de sueño. Huelo a rayos, mi ropa huele a rayos, mi pelo huele a rayos, la boca me sabe a rayos. No tengo ganas de follarme a Estela, como correspondería.

Antes de eso tengo una cosa que hacer. Enciendo el ordenador, me conecto y encuentro el nombre de la chica del sofá con una simple búsqueda en Google. Ahora ya puedo sentarme a pensar en la manera de salir del país.

1 La suerte está echada.