Sábado, 27 de junio de 2009

Medellín me recuerda a Málaga. El autobús nos deja en la terminal del norte, aunque el conductor nos dice que si queremos ir a Ecuador ―nuestro próximo destino―, deberemos tomar el autobús de la empresa Bolivariano, que tiene sus instalaciones en la terminal del sur.

Son las seis y pico de la mañana, pero la ciudad ya funciona a plena actividad. Preguntamos en información y nos indican dónde debemos tomar el autobús urbano que nos lleva a la terminal del sur. Por el camino pasamos por lugares muy parecidos a calles de Málaga: la avenida de Juan XXIII, la calle de la Unión, la carretera de Cádiz…

La terminal del sur está integrada en un gran centro comercial con cines, franquicias y muchos sitios donde comer basura. Es sábado por la mañana, poco a poco va llegando gente y hay mucho personal de seguridad.

Valérie idea una forma de tratar de dormir un poco. Me dice que podemos sentarnos en el suelo con las mochilas, dejándonos ver y esperando que no nos echen. Si lo conseguimos, después de un rato podemos ir acomodándonos más y más hasta lograr dar una cabezadita.

El intento se traduce en un rotundo fracaso. El primer amago de echarnos a dormir es abortado con mucha educación y una invitación a que nos sentemos en una mesa donde podremos disfrutar de un enchufe elećtrico y una wifi.

Nos mudamos, revisamos el correo y probamos el plato típico de Colombia: la arepa. Aprovecho para intentar enviar una postal a España pero en la oficina me dicen que tardará entre veinticinco y cuarenta días en llegar, así que lo olvido. Estamos esperando a que abran los bancos para cambiar dinero e irnos al centro a dar un paseo.

Al centro volvemos a ir en el autobús urbano, que nos deja en una calle llena de comercios y de actividad. Esto ya no se parece en nada a Málaga. Las aceras están llenas de puestos callejeros. La gran mayoría vende fruta muy barata y los dependientes gritan sus precios en dura competencia. Compramos toda la fruta que podemos. Hace calor y la fruta nos refresca e hidrata: piña, sandía, guayabas, plátanos. Tenemos hambre y poco dinero, así que apuro los plátanos hasta comerme el culo.

Me gustan estos puestos callejeros porque no están pensados para turistas, sino para la propia gente de la ciudad. El tráfico, como va siendo habitual en las ciudades sudamericanas, tiene un punto de caos. Apenas hay coches particulares; la mayoría son autobuses urbanos, taxis y muchas motos. Las tiendas anuncian sus ofertas por megafonías que se solapan unas a otras.

Vamos buscando el parque Berrio, el lugar que nos ha recomendado la chica de información. Esperamos encontrarnos un bonito parque con césped y fresca sombra de árboles donde poder dar una cabezada, pero nos llevamos una decepción cuando vemos que el parque Berrio es una sencilla plaza con suelo de piedra y unos pocos y enjutos árboles rociados.

Nos sentamos a oír a un grupo de músicos que tocan canciones autóctonas cuando se nos acerca un hombre bajo, de camisa azul y cara maltratada por la vida. Su pelo está impecablemente peinado, aunque sucio. Huele bien y habla muy rápido, tanto que Valérie no puede entenderle y no tarda en pasar de él. Yo le escucho. Me habla de todos los problemas que tiene Colombia, que no son muy diferentes de los problemas que tienen el resto de países de Centroamérica o del resto del mundo. Me habla de la incultura, me cuenta que en su país no hay dinero pero florecen los lugares de apuestas, que a sus paisanos les gusta demasiado beber, y como prueba tengo que solo en su barrio hay veinticuatro asociaciones de alcohólicos anónimos. Me habla de la herencia que dejó Colón, de los horrores de la iglesia católica. Me dice que está dispuesto a inmolarse si se lleva por delante a unos cuantos y que no cree en el islam, aunque lo conoce.

Me dice esto y cien cosas más que no tengo tiempo de digerir. No me deja hablar porque creo que todo lo que dice lo tiene memorizado. Lo dice con pasión, pero no me oye y se molesta cada vez que trato de intervenir. Creo que solo quiere impresionarme. Al final me rindo y hago lo que quiere que haga: escuchar y asombrarme de lo que dice.

Cuando termina nos estrecha la mano y desaparece entre la gente mirando para los lados con desconfianza, como el que piensa que le siguen. Se llama Jorge. Me pregunto por qué me busca siempre este tipo de gente. Me gusta que así sea, porque yo también les busco a ellos.

Continuamos el paseo entre vendedores de avena, mujeres de caderas imposibles, conductores de autobús dementes, niños adictos al pegamento y mucha policía.

Hay una cosa que me llama mucho la atención y que decidimos investigar. Se trata de gente, en su mayoría jóvenes, que llevan un peto negro en el que puede leerse:

MINUTO CELULAR A 200$

Están por todos lados, de pie, inmóviles y mirando aquí y allá. No tratan de venderte nada.

Seguimos con la curiosidad hasta que vemos a alguien que se acerca a uno de ellos y descubrimos que se trata de cabinas de teléfono humanas. La chica del peto le presta un teléfono móvil ―debidamente asegurado con un cable que lo une a su dueña― al señor que se ha acercado. Este marca y habla. Durante la conversación telefónica, la chica del peto trata de darse la vuelta de forma discreta para que el hablante pueda mantener cierta sensación de intimidad. Resulta divertido ver por la plaza a las parejas unidas por un cable y un contrato de diez centavos de dólar el minuto.

Estamos cansados. El día anterior fue un día durísimo, no solo por la duración del viaje, sino por el estrés y el sol. Valérie es de tez blanca y sufrió demasiado los rigores del sol caribeño, así que tiene la piel enrojecida. Eso le ha provocado una pequeña bajada de tensión que la deja casi sin fuerzas. Preocupado, sugiero que volvamos a la estación donde aprovechamos los últimos minutos para comer algo, beber mucho y, sobre todo, resguardarnos del tremendo calor. En nuestra mesa se está fresco y podemos disfrutar de un rato de compañía y charla con dos mochileras alemanas con las que compartiremos camino.

Subimos al fin al bus. Ni siquiera hemos arrancado cuando Valérie ya se ha dormido. Cuando nos ponemos en movimiento busco un asiento libre y me cambio de sitio para que ella esté más cómoda. Después de cinco minutos, descubro con horror que el autobús comienza a subir la carretera del infierno que nos trajo de Turbo. Sé que no voy a conseguir dormir, pero no estoy preparado para ello.

El viaje avanza y la noche es aún peor que la anterior. Tengo un sitio al final del autobús, cerca de los servicios, y puedo comprobar cómo la gente no para de acudir a vomitar. El ambiente se vuelve casi irrespirable, añadiendo aún más leña al fuego del averno sobre ruedas en el que voy subido. No puedo creerlo. Consulto el atlas. El camino hasta la frontera con Ecuador se dibuja sobre el macizo central de Colombia. Mañana será otro día.