Sábado, 25 de julio de 2009

Me despierto con la luz que entra por la ventana. Anoche olvidé bajar la persiana, así que las primeras luces del alba me dan directamente en la cara, en los ojos, y me despiertan inevitablemente. Consulto el reloj, que trata de engañarme diciendo que son las dos de la mañana. No puede ser.

Me incorporo, enciendo las luces y vuelvo a mirarlo. Insiste en que son las dos y pico. Debe de haberse parado, así que acudo al bolsillo de mi pantalón para consultar el reloj que tengo con la hora de España. Allí es medianoche, y en Rusia son dos horas más, así que tendré que creerme que son las dos de la mañana. El territorio ruso es tan grande que abarca varios husos horarios. En la última parada que hicimos sincronicé mi reloj con la hora que marcaba el de la fachada de la estación. Imagino que será la hora en Moscú, pero aún estamos a miles de kilómetros al este de la capital. El caso es que aquí amanece a las dos. Es para volverse locos; mi cuerpo está totalmente descontrolado, ya no sabe si tiene que estar despierto o dormido, así que tengo que ser yo quien decida que a las dos de la mañana es de noche y hay que dormir. Bajo la persiana hasta el fondo y vuelvo a la cama. A partir de ahora me convertiré en Apolo: yo ordenaré cuándo es de día y cuándo de noche. Yo conduciré la carroza del sol.

Vuelvo a despertarme a las cuatro y a las seis. Ya es buena hora para levantarse, coger algo de agua caliente del termo y asearme. No tengo absolutamente nada que hacer, así que estoy tentado de volver a leer a Cortázar. Lo tengo ahí, al alcance de la mano, pero sé que zambullirme en el universo de Rayuela va a hacer que se me quiten las ganas de escribir.

―Dejarás de escribir ―me dice Natalia en mi cabeza.

No quiero dejar de hacerlo, pero tengo que abrir ese libro y seguir leyéndolo. Lo hago. Paso dos horas devorando con ansiedad las finas páginas del libro antes de parar para desayunar algo. Solo lo hago por mantener cierto orden en mi alimentación, pero no tengo hambre. ¡Cómo habría de tenerla si lo único que hago es dormir! Me como exactamente seis uvas. Seis, como el número de mi vagón, como el número de mi compartimento, como el número de días que dura el viaje. Seis uvas seis, ese es mi desayuno. Seis uvas y seis sorbos de agua china del botellín de los all blacks que me compré en Nueva Zelanda. Tengo sueño, creo que dormiré un rato.

Dormir, despertar, leer, escuchar música, dormir, despertar, asomarme a la ventana, dormir, despertar, escribir, dormir, despertar, asomarme a la ventana, leer, escribir, oír música, llorar, dormir, despertar, subir la persiana, bajar la persiana, dormir, despertar, matar insectos, hacer la cama, deshacer la cama, leer, beber agua china, andar por el pasillo, mirar el paisaje, sacar la cabeza por la ventana, sacar medio cuerpo por la ventana, gritar, leer, dormir, despertar, matar insectos, dar saltos sobre mi catre, oír música, leer, dormir, soñar. Llueve.

Estar a solas conmigo es muy duro.