Sábado, 20 de junio de 2009

A pesar de ser un autobús cómodo, no pego ojo en toda la noche. Tampoco tengo ganas de escribir, ni de leer, ni de escuchar música. Me limito a cerrar los ojos y a dejar pasar las horas en un pesado dormitar que me hace perder la noción del tiempo. A medida que avanza la noche empiezo a sentir las primeras molestias estomacales. Era previsible que llegara este momento, sobre todo teniendo en cuenta que no me he cortado ni un pelo a la hora de comer o beber. Tengo que pasar por el baño del autobús un par de veces, pero confío en que no irá a más. Pasa la noche y ese amanecer que no llega; la niebla y la lluvia oscurecen el día. Tendré que ir acostumbrándome a las eternas lluvias tropicales.

El paisaje de la parte sur de México es radicalmente diferente al de la parte norte. Mientras allí viajábamos por autopistas de rectas kilométricas y rodeados de cactus, piedras y polvo, ahora el autobús avanza por una estrecha y serpenteante carretera, rodeada de espesa vegetación y salpicada de poblados de chabolas, vacas pastando, hombres trabajando el campo y gente seria, siempre seria. No he visto ni una sonrisa desde que entramos en Chiapas. Es como si el cielo aquí pesara más y tuviera que se soportado por los hombros desnudos y exhaustos de los hombres que aquí nacieron.

Antes de llegar a Tapachula, el ejército hace detenerse al autobús y durante diez minutos revisan el maletero. Son tres hombres armados con fusiles. Mientras uno de ellos habla con el conductor, los otros dos se dedican a ir revisando el equipaje. Debe de tratarse de un registro rutinario, porque no parece que estén inspeccionando las maletas. Ni siquiera las han abierto, se han conformado con echar un vistazo. Pasado el trago, llegamos a nuestro destino.

Como cualquier lugar fronterizo, Tapachula es un pueblo con mucha actividad, lleno de vida y de gente. Nada más bajar una azafata anuncia que está a punto de salir un autobús con destino a Ciudad de Guatemala. Acuerdo el precio con ella y le pido cinco minutos para asearme un poco.

―No se preocupe señor, aún tenemos tiempo de sobra. Le esperaremos.

Debo acostumbrarme a que por estas tierras los horarios no tienen mucho sentido. El autobús saldrá cuando tenga que salir, sin necesidad de encorsetarse en un horario implacable y mezquino.

En la sala de espera conozco a Dada, un budista japonés que se dedica a la meditación. Se trata de un anciano flaco y bajo, con una larga barba y pelo gris. Recuerda al maestro de las antiguas películas de kárate que solían poner en el cine de Álora. Huele mal, aunque imagino que mi olor no debe de ser mucho más agradable. Hace años que viaja por el mundo llevando su mensaje de meditación a todos los rincones. Como yo, viene de México y se dirige a Guatemala, donde debe encontrarse con un amigo. Allí pasará unos meses.

Me han sobrado algunos pesos mexicanos después de pagar el billete (para lo que he tenido que sacar dinero del cajero) y me ofrezco para invitar a Dada a algo de comer o a un café.

―No puedo, hoy es día de ayuno.

―¿Ni siquiera agua?

―Nada. Son solo cuatro días al mes. Ayuda a la meditación.

―Te acompaño entonces. Hoy ayuno yo también. Antes solía hacerlo, pero no me dedicaba a meditar.

Dada ríe. Empezamos a hablar de Japón. Le cuento que si todo va bien aterrizaré allí a mediados de julio. Me da una lista de sitios que debo visitar, pero le advierto de que no voy a estar mucho tiempo. Aun así, insiste en decirme lugares interesantes. Incluso me apunta en mi libreta de notas sus nombres en alfabeto japonés. También me apunta algunas frases que pueden serme de utilidad: «gracias», «por favor», «¿dónde está la estación de autobuses?». Subimos juntos al autobús.


Un ejército de desheredados

Las azafatas nos explican que, en breve, llegaremos a la frontera con Guatemala y nos advierten de que cada uno de nosotros tendrá que tramitar la documentación de la aduana por su cuenta. La cosa va así: el autobús nos deja en la parte norte de la frontera, aún en México, y nos espera en la parte sur, ya en Guatemala. La gestión del papeleo es cosa nuestra. Pone especial énfasis en que solo esperará veinticinco minutos.

―Si alguno de ustedes sufre un retraso por algún problema administrativo, lamentablemente no podremos esperarle ―advierte la azafata sin cambiar el gesto.

Le traduzco al inglés a Dada lo que nos han contado. Chapurrea algo de español, pero no lo suficiente para entender lo que estaba diciendo la muchacha.

El autobús se detiene al fin, abriéndonos las puertas del infierno del tercer mundo.

Nada más cruzar el umbral, la confusión.

Decenas de personas nos rodean y nos hablan sin parar. Lo hacen muy rápido y casi a gritos, repitiendo las mismas frases ininteligibles una y otra vez. Algunos se atreven a hacerlo en inglés. Dada y yo avanzamos con paso firme. Le propongo que no se separe de mí y que vigile bien el pasaporte.

―Si perdemos el pasaporte tendremos problemas, Dada.

―Sí, problemas grandes ―responde asintiendo con la sonrisa que nunca pierde.

A pesar del caos, se diría que existe cierta organización entre la masa de gente que nos rodea. Una especie de ejército donde cada uno desempeña un papel y cuya jerarquía va en función de la edad. Así, niños de rostros apagados suplican por una moneda. Son la mayoría y son los que más se acercan, llegando a perder el miedo a tirarte de la camisa para que les hagas caso. Yo no saco las manos de los bolsillos, donde protejo los pocos billetes que llevo encima. El resto de cosas valiosas ya han debido de cruzar la frontera en el autobús. El pasaporte va seguro en la bolsa que llevo pegada al pecho debajo de la camiseta.

En el siguiente nivel de jerarquía se encuentran los adolescentes y muchachos que se ofrecen a ayudarte a gestionar el papeleo. Te indican, sin que les preguntes, el camino que debes tomar. Se ponen delante de nosotros y no dejan de hacernos gestos para que les sigamos. Dada y yo avanzamos por inercia, sin saber bien dónde vamos, pero esperando encontrar una indicación, un cartel. Yo voy delante; el resto de pasajeros del autobús se ha perdido entre la muchedumbre.

Finalmente, los generales de este ejército de desheredados lo forman hombres que sostienen fajos de billetes y que se ofrecen para cambiar pesos mexicanos por quetzales guatemaltecos. No dejan de decir cifras en una especie de regateo sin respuesta. Yo permanezco en silencio y trato de dar imagen de seguridad avanzando con paso lento. Intento no mirar a los lados para dar a entender que conozco el camino. Decido que no hablaré o lo haré en inglés, pensando que eso puede serme de ayuda a la hora de soportar el asedio.

Al fin llegamos a la primera oficina, la mexicana. Entramos y guardamos cola. La tropa espera fuera, como vampiros que no han sido invitados a entrar en casa. En pocos minutos hemos resuelto el trámite, que consiste en entregar el permiso que nos dieron a la entrada de país. Hago de intérprete a Dada mientras veo cómo el funcionario mexicano imprime un sello en mi pasaporte.

Salimos y de nuevo nos encontramos rodeados. Ni uno solo de los peones ceja en su empeño, no pueden permitírselo si quieren ganarse una moneda con la que poder comer. Cruzamos el puente que hace de línea de separación entre los dos países y llegamos al lado guatemalteco. En esta ocasión no hay oficina en la que podamos protegernos, puesto que la ventanilla de la aduana da directamente a la calle. Entrego mi pasaporte.

―Son veinte quetzales o dos dólares americanos, señor.

No tengo quetzales, lo único que tengo son euros, algunas monedas mexicanas y un billete de diez dólares que conservo desde el primer día. Le entrego el billete.

―Aquí tiene.

―Lo siento señor, pero no puedo darle cambio, necesito que me dé la cantidad exacta.

Los generales aprovechan la ocasión para lanzar una última ofensiva, pero he construido una armadura blindada que hace que los ignore sin pararme a pensar que realmente pueden serme de ayuda. Estoy totalmente confundido, y pienso en qué ocurriría si no pudiera pasar a Guatemala ni volver a México.

Después de unos segundos en blanco, me doy la vuelta en un gesto con el que trato de buscar inspiración y veo la fea cara de Dada sonriendo.

―Dada, ¿tienes cambio?

―¿Qué necesitas?

―Hay que pagar dos dólares, pero no tienen cambio de diez.

―No es problema ―dice mientras saca dos dólares de su riñonera.

―Pero ¿tienes más para ti?

―Sí, tengo más.

―En cuanto lleguemos a la ciudad te los devuelvo ¿vale?

―No es problema.

Pagamos las tasas, nos sellan los pasaportes y seguimos nuestro camino buscando el autobús. Me maldigo por no haber memorizado la matrícula o, al menos, algún rasgo que haga que pueda distinguirlo, aunque eso no va a ser un problema puesto que solo hay un autobús esperando. El acoso por parte del ejército sigue hasta la misma puerta, pero se desvanece como por arte de magia en el justo momento en que pisamos la escalera de acceso.

Me siento en mi plaza y me asomo a la ventana con la cabeza apoyada en el cristal mientras pienso en todo lo que ha pasado. Poco a poco voy desmontando la coraza que he construido para la batalla que acaba de terminar; me relajo y reflexiono. Sigo teniendo las monedas mexicanas en el bolsillo y me pregunto por qué no las he repartido entre los niños. En total no suman más de tres miserables euros al cambio. Supongo que no dar monedas formaba parte del mecanismo de defensa que se activó en el momento en que me sentí asediado por tanta gente y ruido.

Trato de excusarme a mí mismo pensando que si no repartí el dinero fue porque eso podría haber sido interpretado como una muestra de debilidad, como enseñar una hebra tirando de la cual se desharía una prenda. Definitivamente, si quiero mantener el jersey bien tejido, he de tener cuidado con las hebras sueltas.

Pasan unos minutos. Puedo ver como un hombre escuálido, negro y seco, con un esfuerzo titánico, carga a sus hombros un bulto de veinte sillas de colores apiladas las unas sobre las otras. Dos taxistas pelean a gritos por un sitio en la cola, una furgoneta de turistas cruza con cinco niños colgados de las ventanillas y otros tantos corriendo alrededor. Puedo ver a los cambiadores agitando sus fajos de billetes para llamar la atención de los visitantes. Puedo ver a la policía y al ejército, armados hasta los dientes, patrullando en jeeps destartalados. Puedo ver niños vendiendo cinturones, vendiendo helados. Veo perros flacos por todos sitios.

Sentencio que no tengo excusa para no haberle dado las monedas a los niños, así que bajo del autobús y busco con la mirada, pero ningún niño se acerca a los aparcamientos donde me encuentro. Me adentro en la zona de guerra hasta llegar a la altura de dos niños a quienes llamo.

―Toma ―le digo a uno de ellos mientras le enseño la moneda.

El niño la agarra y sale corriendo dando saltos. El otro le sigue sin darme tiempo siguiera de decirle que tengo otra para él. Le doy un grito que es ignorado. Decido acabar cuanto antes, porque todo esto está empezando a afectarme demasiado, así que me adentro más, hasta que vuelvo a estar rodeado de niños. Le doy el resto de monedas a uno de ellos, mientras les digo a los demás que el dinero es para todos, que se lo repartan como quieran. El niño que tiene las monedas da un empujón al primero que le pide su parte y sale corriendo. El resto salen corriendo en su persecución. Creo que he metido al chaval en problemas. Es la ley de la selva.

Vuelvo al autobús a petición de la azafata, que me dice que no es seguro. Al cabo de media hora volvemos a ponernos en carretera. Mientras ponen una película, me acomodo en mi sitio y dormito escuchando música. Hace frío, el aire acondicionado del autobús está demasiado alto.


Vino el miedo

Pasado el trago de la frontera, y sintiéndome un poco más miserable que un rato antes, el resto del camino transcurre con tranquilidad hasta entrar en la ciudad. Después de unos segundos de paisaje industrial, el autobús se adentra en las calles de Ciudad de Guatemala; son estrechas y llenas de autobuses, lo que hace que apenas podamos avanzar. Cada cruce de calles es un pequeño caos donde nadie parece hacer caso al semáforo. Las aceras están llenas de quioscos y vendedores ambulantes de todo tipo de frutas y comida. Aun desde el autobús puedo apreciar los olores a frito y al maíz de las tortas. Las tiendas están todas abiertas y hay un continuo hormigueo de gente; la mayoría de los negocios son talleres de reparación de pinchazos y llantas atestados de viejos neumáticos. A pesar de estar abiertos, todos los locales sin excepción están enrejados de arriba a abajo. La gente tiene que arreglárselas para comprar a través de los barrotes. Trato de grabar con la cámara, pero solo recibo miradas de desaprobación de los guardias de seguridad que se apostan en las puertas. Son pocos los negocios que no cuentan con alguien armado esperando en la entrada. Las terrazas de los edificios están rodeadas por alambre de espino; la percepción de inseguridad es total, jamás había sentido un miedo parecido. En conjunto, la calle ofrece un aspecto que no debe de diferir mucho de un campo de refugiados.

Estoy pensando en qué haría si el autobús me dejara en alguna de estas calles cuando la azafata anuncia por los altavoces que estamos llegando al destino, que tengamos cuidado de no dejarnos nada porque, según advierte, la empresa no se responsabiliza de las pérdidas. Yo he perdido mi repelente de mosquitos; antes he oído que algo ha caído al suelo en uno de los muchos vaivenes del autobús, pero ni me he molestado en ir a buscarlo, hay demasiada gente. De todas formas, nunca confié en su eficacia.

Unos minutos después del anuncio de la azafata, el autobús me deja en tierra. Es un solar embarrado y lleno de charcos que tiene una pequeña puerta de acceso a una terminal de autobuses. Me acerco a recoger mi maleta. A diferencia de como funciona en España, en los países centroamericanos no te dejan coger tu maleta del autobús, tienes que pedírsela a la persona encargada.

―La mochila azul es mía ―le pido.

―La contraseña por favor ―me responde y espera.

―No conozco ninguna contraseña.

―Sin la contraseña no puedo darle su mochila, señor.

―¿Está de broma? No me han dicho ninguna contraseña ―respondo tratando de disimular mi nerviosismo.

―¿Tiene usted su boleto? ―me dice con resignación.

―Sí, aquí lo tiene.

―Pues aquí tiene usted la contraseña, señor ―me responde con aire paternalista mientras me muestra un recibo que hay grapado al billete de autobús.

―¡Ah!, no sabía que eso era la contraseña, perdone.

―¿Pues qué va a ser entonces, señor? ―me dice finalmente con tono están locos estos romanos.

Dada ha estado todo el tiempo a mi lado, así que me imita y le entrega su billete. Recogemos nuestros bártulos y entramos en la estación. Cuatro taxistas se ofrecen para llevarnos mientras me acerco al mostrador a preguntar por el autobús que debo tomar para ir a San Salvador (acabo de llegar y ya tengo que estar pensando en mi próximo destino). El señor que atiende en el mostrador me dice que ya es tarde, que solo hay un viaje al día, a las cuatro de la tarde. Tarda nueve horas en llegar y cuesta doscientos veinte quetzales.

Solo me queda buscar un sitio donde pasar la noche. Me dice que lo mejor que puedo hacer es irme al centro, donde hay otra terminal de autobuses dentro de la cual hay un hotel.

―Desde allí salen autobuses cada hora, y además son más baratos. Estos son de lujo y por eso cuestan el doble. Con lo que va a costarte comprar acá el boleto, puedes pagarte un taxi a la estación, la noche de hotel y aún te queda para comprar el boleto allá.

Agradezco los consejos del señor, que debe de haberme visto pinta de no tener un chavo. Le explico a Dada mis planes y le pregunto por los suyos. Ha quedado en llamar a un amigo para que venga a recogerle, pero no sabe desde donde hacerlo. Vuelvo a hacerle de intérprete. Conseguimos algunas monedas y nos dirigimos al teléfono público que hay en la calle.

Al cabo de una hora llega un muchacho joven y oscuro con un viejo Ford familiar. Conoció a Dada a través de la meditación budista, y se presenta a mí como Yuktatman, su nombre espiritual (más tarde me confesaría que su nombre terrenal es Julio). Se ofrece a llevarme a la estación, porque ir en taxi no es seguro. Se disculpa por no poder ofrecerme alojamiento, pero es que no tiene sitio, ni siquiera para Dada, que no se va a quedar con él, sino con un amigo común.

―No te preocupes. Con que me lleves a la estación tengo más que suficiente. Me quedaré en el hotel.

Por el camino charlamos de la situación actual de Guatemala, el nivel de pobreza, la corrupción de los diferentes gobiernos, el potencial de una región rica en petróleo, uranio, fruta… La conversación es agradable. Dada calla. En diez minutos estamos en la estación. Hemos recorrido calles por las que no me hubiese atrevido a caminar solo y me alegro de la suerte que he tenido al conocer a Dada y Julio.

La terminal donde me bajo está llena de antiguos autobuses escolares norteamericanos decorados como arco iris de colores estridentes. Nos despedimos y me voy directo a la recepción del hotel, donde consigo rápidamente una habitación.

Estoy deseando descansar, pero antes aprovecho que tengo tiempo para poner en orden mi mochila y lavar la ropa. Compruebo que la habitación no tiene agua caliente, así que me doy una gloriosa ducha de agua fría. Hace un calor asfixiante y una humedad del noventa por ciento. Tal es así que al salir de la ducha me encuentro más mojado que cuando estaba dentro. Me visto y decido salir a dar un paseo, pero antes vacío todos los bolsillos; no llevo absolutamente nada, ni siquiera el pasaporte, que dejo escondido bajo las sábanas de la cama.

Bajo las escaleras y me dispongo a salir a la calle cuando la recepcionista, una guapa muchacha aunque con buena parte del rostro desfigurado por una quemadura, me dice que no puedo salir, que no es seguro. No es un consejo, es una orden. No puedo salir del hotel solo, debo quedarme dentro, es por mi propia seguridad. Le explico que no llevo nada de valor y que solo quiero dar una vuelta por los alrededores, comprar algo de comer.

―No es seguro señor. Nadie sabe si lleva algo de valor o no. Si alguien decide atracarle, puede que sea peor no llevar nada.

Ignoro la orden y salgo, tratando de tranquilizarla con ese aire mío de invulnerabilidad. El paseo no dura mucho porque no consigo quitarme de encima la sensación de inseguridad. Estoy cagado de miedo, nunca lo estuve tanto.

De vuelta a la habitación, me tumbo en la cama aún vestido. De vez en cuando se oye el atronador ruido de un avión al pasar, por lo que deduzco que estoy cerca de un aeropuerto. De fondo se oye música de verbena, y es que es sábado por la noche.

―Si pensáis que vais a impedirme dormir con esos ruiditos, estáis muy equivocados. Ni una bomba de hidrógeno podrá alterar mi descanso ―pienso de forma absurda mientras me quedo dormido.