Sábado, 18 de julio de 2009

El metro de Seúl es radicalmente opuesto al de Tokio. A un occidental como yo le resulta complicado distinguir entre la cultura de Corea y la de Japón porque tiende uno a pensar en la cultura oriental como en un todo. Sin embargo, resulta evidente que no es así. El comportamiento en el metro es solo un ejemplo que ilustra las enormes diferencias entre Tokio y Seúl. Todo lo que en la capital japonesa era orden y concierto se convierte aquí en puro caos. La impresión que me llevé cuando entré en la primera estación de metro de Seúl es que era un estorbo en aquella colmena, que mi presencia alteraba una especie de equilibrio caótico que hacía que todo funcionara bien. En solo unos minutos sufrí, literalmente, tres atropellos por ninguno de los cuales recibí el más mínimo gesto de disculpa. A lo largo del día acabaría acostumbrándome a eso y a que la gente en Seúl no pide paso, sencillamente lo toma. Si para ello tiene que apartarte con el brazo, lo hará. Al principio pensé que no decían nada por culpa de la barrera del idioma, pero el tiempo me demostró que es pura cultura, que entre ellos tampoco se piden permiso. Creo que en su vocabulario no existen expresiones como «¿me permite un momento?» o «disculpe». He estado en muchos metros diferentes de muchos países y culturas diferentes, pero en ninguno me he sentido tan ignorado como en el de Seúl.

El refinado mecanismo japonés para optimizar las subidas y bajadas de los vagones se torna aquí alegre anarquía. Si estás dentro, tendrás que ganarte a codazos el derecho a salir. Si no andas despierto, la masa que demanda entrar no te permitirá poner un pie en el andén. El problema se multiplica si llevas una enorme mochila colgada de la espalda. (Creo que no hay ni un solo coreano del sur que no se haya tropezado con ella.) Con todo, en tan solo un día y medio me integré de tal forma que dejé de pedir permiso, perdón y de dar las gracias.

El sábado por la mañana, a las seis en punto, estoy duchado, vestido, conectado al ordenador del apartamento preparando los detalles de China y el transiberiano y admirando las vistas de un Seúl que se empieza a despertar. Los siguientes días van a ser claves para comprobar si me dará tiempo a terminar mi recorrido antes del diecisiete de agosto, fecha en la que volveré a incorporarme a la fila. Por el momento, tengo todo atado para llegar a China, a Weihai, aunque temo que puedan ponerme pegas en la entrada del país por el hecho de no tener ningún billete de vuelta. Después de China, mi próximo destino es Moscú, ciudad que espero alcanzar tras cruzar Asia en tren, en el transiberiano.

La información que he encontrado acerca del billete del legendario tren es bastante confusa, así que me resigno a la idea que tenía desde el principio: comprar el billete en la propia estación. Lo cierto es que el hecho de no tener el visado para cruzar Mongolia hace que comprar el billete con una fecha de salida sea muy arriesgado. Cualquier retraso en la concesión del permiso mongol puede hacerme perder el tren. Además del billete del transiberiano y el visado mongol, necesito reservar un hostel para pasar al menos una noche, saber la forma de llegar a la Gran Muralla (visita obligada) y, antes de todo, conocer los detalles del trayecto entre Weihai (la ciudad donde atraca el ferry) y Pequín. Esos son los obstáculos a los que me tendré que enfrentar en los próximos días. En el momento en que me suba al tren tendré por delante seis días de viaje, sin posibilidad de conectarme a Internet y sin otra cosa que hacer que relajarme y disfrutar.

Todo el mundo duerme mientras desayuno al tiempo que voy buscando información hasta aburrirme. No tengo nada claro y, como siempre, prefiero dejarlo para más tarde. Cuando llegue a Weihai, Dios proveerá. El único plan que tengo es para esa misma mañana. He estado revisando unos folletos y me he decidido por el distrito Euljiro, una zona de un radio de tres paradas de metro que incluye el Namsangol Hanok, un pueblo tradicional coreano, la catedral católica de Myeong-dong y el mercado de Namdaemun. Tengo especial interés en este último. Con un poco de suerte, quizás tenga tiempo de poder acercarme al estadio olímpico. No tengo ganas de ver templos, ya tuve bastantes en Kioto.

El Namsangol Hanok resulta bastante decepcionante; es sábado por la mañana y hay más turistas de los que me hubiera gustado, la mayoría coreanos o al menos orientales. Solo me he cruzado con una pareja de occidentales a los que he saludado con una sonrisa. A pesar de todo, ya que estoy allí aprovecho para sentarme un rato en un banco a mirar y dejar pasar el tiempo. Creo que no hacía algo así desde Perú, y resulta relajante la sensación de no tener nada que hacer. Es sábado por la mañana y por tanto suena Molotov en mi mp3. Mi momento de relax dura lo que duran un par de canciones. El cielo ha pasado de blanco a gris y se sigue oscureciendo por momentos. Tengo que ponerme en marcha antes de que rompa a llover.

El mercado está a unos veinte minutos andando, parte de los cuales los hago por debajo de la superficie, cruzando el centro comercial subterráneo de Hoehyeon, un lugar lleno de tiendas de música de segunda mano, vinilos, sellos de coleccionista y rarezas. Curioseo un poco y aprovecho para comprar algunas postales. Cuando salgo a la superficie llueve a mares, aunque por suerte estoy justo al comienzo del mercado de Namdaemun. La lluvia no parece importarle a nadie porque el lugar está lleno de gente que se mueve arriba y abajo, con paraguas, impermeables o bolsas de plástico en la cabeza. Una vez más, me resulta impactante el ruido. Desde que llegué a Seúl tengo la sensación de que alguien debería bajar el volumen de esta ciudad.

Me coloco mi impermeable de la mejor manera que puedo y me zambullo en la corriente de gente haciendo uso de los codos. Ya conozco las reglas del juego y estoy preparado para enfrentarme a la turba.

El día gris y oscuro hace que destaquen los neones y carteles luminosos de las calles. La penumbra le da un encanto especial al lugar, que recuerda a películas y a persecuciones que acaban con carros de fruta por lo suelos. Me muevo entre puestos ambulantes de ropa, de bisutería, verduras, carne, dulces y humeantes chambaos donde la gente hace cola para obtener un plato de Dios sabe qué. Eso me recuerda la hora y me pone alerta. No me queda mucho tiempo antes de tener que ponerme en marcha. Aún tengo que volver al apartamento a por la mochila y llegar al puerto a tiempo de tomar el ferry. Pero todavía puedo seguir paseando por el mercado y empaparme de sus colores, olores y sabores. La lluvia ha aflojado y eso me permite librarme del incómodo impermeable, aun a costa de mojarme con la fina ducha que continuará durante todo el día. Quitarme el chubasquero también me proporciona un poco de discreción que no tenía con la enorme capa de color rojo.

El paseo me ha llevado a una calle formada por puestos de comida. El olor es agradable, aunque no soy capaz de distinguir nada conocido. Ni mirando soy capaz de saber lo que ofrecen. La mayoría de la gente se muestra molesta cuando trato de grabar con la cámara o hacerles una foto. Son poco sociables estos coreanos.

Decido comer en uno de los puestos que dispone de un comedor donde poder sentarse. La muchacha es simpática y trato de hacerle entender con gestos que quiero comer, pero que no tengo ni idea de qué. Creo que me ha entendido, porque me está señalando un plato a modo de recomendación. Me siento y me pongo en sus manos. En unos minutos tengo delante media docena de platos, una botella de agua y unos palillos metálicos. A excepción de un huevo, no soy capaz de distinguir nada de lo que veo y se supone que voy a comerme. Me pregunto si estaré comiendo perro mientras echo de menos una barra de pan para mojar y un cortado con leche fría y sacarina para cerrar mi última comida en el país.

Termino de comer y tengo la lengua dormida de tantas especias. Creo que mi estómago se está acostumbrando a la comida oriental, pero mi lengua se resiste. Desde que llegué a Japón, la base de mi comida la forman los noodles, unos vasos que contienen pasta seca y unos sobres de especias. Basta añadir agua caliente y esperar unos minutos para tener listo el plato. Todo el mundo come noodles aquí. Tomarme un par de platos cada día ha conseguido que adquiera una hasta entonces desconocida habilidad para manejar los palillos. Creo que sería capaz de cazar una mosca al vuelo si me lo propusiera.

Son las tres de la tarde, por lo que ya es hora de volver al apartamento. Allí me despido de David, que acaba de despertarse y está pagando los excesos de anoche.

―Suerte en tu viaje ―me dice con voz bífida.

Para llegar a la línea uno necesito hacer dos trasbordos, lo que me retrasa un poco. Cuando al fin me subo al tren compruebo que faltan veintinueve paradas hasta llegar a la última, que es donde debo bajarme. Empiezo a ponerme nervioso, pero trato de no pensar en ello. Busco un sitio para sentarme y me pongo a observar a la gente. Frente a mí, una chica permanece de pie junto a una enorme maleta y me pregunto si ella también irá al puerto. Pienso en preguntarle, pero no lo hago. He recibido ya demasiados gestos de desaire cuando he tratado de hablar con la gente de esta ciudad. La mayoría ni siquiera permiten que me acerque y mucho menos que les haga una pregunta. Ni se te ocurra intentar pedirles que te hagan una foto porque podrían partirte la cara. Las paradas se suceden y voy con un poco de retraso, pero no me preocupa. Estoy seguro de que no pasará nada si llego con dos horas de antelación en vez de con tres.

Tan solo nos quedan cuatro paradas para llegar y el vagón se ha quedado casi desierto. Es curiosa la forma en que la gente se va recolocando a medida que se van quedando asientos libres. Es como si nadie quisiera estar sentado junto a nadie, de forma que, en cuanto tienen una oportunidad, se cambian de sitio para dejar un espacio por medio. La chica de la maleta lleva un rato sentada a mi lado (solo un asiento nos separa), así que al final decido preguntarle. Apenas habla inglés, aunque es suficiente para decirme que sí, que ella también va al puerto a tomar un ferry para China. Trato de hacerle entender que me gustaría que fuésemos juntos, que me serviría de mucha ayuda. Tengo que recurrir a hacer dibujos en mi libreta, pero me entiende y está de acuerdo. Compartiremos el taxi cuando lleguemos a la estación. Se llama Ennmee, es coreana y me alegro mucho de haberme decidido a preguntarle, porque cuando llegamos a la penúltima parada, me dice que debemos bajarnos. Por algún motivo que no recuerdo ―probablemente porque así me lo dijera la chica de información al viajero― yo tenía la intención de bajarme en la última. Por los pelos.

Subimos al taxi y Ennmee se encarga de todo. Habla con el taxista en un tono que podría confundirse con una discusión. Estoy acostumbrado a ver cine coreano y sé que el tono suele ser un poco agresivo a oídos de un europeo, pero juraría que están discutiendo. Me preocupo y le pregunto si todo va bien. Todo va bien. En solo unos minutos estamos en la terminal de puerto, donde saco mi billete. El barco se ha retrasado y saldrá finalmente a las diez de la noche y no son ni las cinco. Para variar, tengo tiempo de sobra.


I am sad but I am laughing

La terminal está llena de gente, de maletas, de cajas y de aburrimiento. Hay gente tirada por el suelo, durmiendo sobre su equipaje, hay gente jugando a las cartas, niños corriendo, mujeres charlando a gritos y esa sensación de caos que me acompaña desde que pisé suelo coreano. La enorme sala es un gallinero, lleno de gente sencilla, comerciantes y familias enteras. Nunca he estado en Algeciras a principios del verano, pero imagino que debe de ser algo muy parecido a esto. Me encargo de buscar unos asientos y nos acomodamos a esperar. Ennmee no toma el mismo ferry que yo porque ella va a otra ciudad, pero también tiene que esperar un rato. A falta de poder comunicarnos hablando (ella conoce tres palabras en inglés y yo otras tres y ni siquiera son las mismas), lo hacemos a base de gestos amables. Ella me trae un café, yo le invito a unas chocolatinas. Yo le enseño algunos vídeos que he tomado y ella hace lo propio con su cámara de fotos.

Tengo suerte y encuentro una wifi abierta en la sala de espera. Por algún motivo siento la necesidad de llamar a casa. Es la primera vez que me pasa desde que empecé el viaje; hace semanas que no hablo con nadie. Uso Skype para llamar a Málaga y me alegro cuando en mis auriculares suena la voz tomada de Tania, mi cuñada superfashion. En unos minutos mi hermano enciende su ordenador y montamos una videoconferencia que me proporciona un chute de optimismo. Cuando terminamos, Ennmee me dice que tiene que irse, así que nos despedimos hasta la próxima. Le muestro todo mi agradecimiento en todos los idiomas que conozco.

En cuanto la pierdo de vista me inunda una increíble sensación de soledad y desamparo. Es muy curioso, pero cada vez que me despido de alguien con quien he compartido un buen rato, me invade esa sensación. Me pasó con Valérie, con Javier y ahora con Ennmee. Hace una hora ni la conocía y ahora creo que si no es por ella, no estaría aquí ahora mismo. Es una sensación curiosa que me lleva a una serie de reflexiones de garrafón acerca de las casualidades que van marcando el destino de un hombre. ¿Dónde estaría ahora si llego a perder el vuelo de Buenos Aires? ¿Y si llego a tomar el de Cairns a la primera? ¿Dónde estaría si no hubiese hablado con Ennmee y me hubiese bajado en la parada equivocada? La mayor parte del viaje lo he hecho solo, buscándome la vida por mi cuenta, pero solo pienso en las personas que me han ayudado y tengo dudas que pueda lograr llegar a Málaga el día diecisiete. Me doy cuenta de que estoy expuesto a un millón de circunstancias que pueden hacer que fracase en mi intento. El chute de moral de la videoconferencia se convierte en bajón.

Por megafonía empiezan a anunciar algo que debe de ser importante, porque la gente ha comenzado a levantarse y a recoger sus maletas. Lo que hasta ahora era un sitio ruidoso, un gallinero, se convierte en un auténtico infierno de gente que grita y se empuja, que pierde los papeles por obtener un mejor sitio en una cola que comienza a formarse de manera desordenada. Me pone muy nervioso toda la situación porque soy consciente de que la barrera del idioma va a ser un duro obstáculo en las próximas semanas: China, Mongolia, Rusia y Ucrania son zona roja.

Me pregunto que estará diciendo el tipo de la megafonía.

Trato de apartarme, porque estoy hasta los cojones de que me empujen sin pudor. Me sitúo en una esquina, junto a una chica a quien pregunto si esa cola se corresponde con el ferry a Weihai de las diez (la pregunta consiste en mostrarle mi ticket). Me confirma que sí y añade que ella también va a tomarlo, así que decido quedarme a su lado discretamente a comprobar cómo la gente se amontona alrededor del mostrador de facturación. Me preocupa que crezca esta semilla de necesidad de ayuda que acabo de descubrir, esta inapropiada sensación de inseguridad, así que decido no establecer ningún vínculo con la chica (he estado tentado de preguntarle por la forma de llegar desde el puerto de Weihai a la estación de tren).

En un intento algo desesperado, me pongo los auriculares y de pronto toda la situación caótica se torna en casi cómica. Alanis Morissette me dice que todo irá bien.

I’m broke but I’m happy.
I’m poor but I’m kind.
I’m sane but I’m overwhelmed.
I’m lost but I’m hopeful.
I feel drunk but I’m sober.
I’m tired but I’m working.
I’m here but I’m really gone.
I’m wrong and I’m sorry.
I’m green but I’m wise.
I’m shy but I’m friendly.
I’m sad but I’m laughing.
I’m brave but I’m chicken shit.
What it all comes down to?
Is that everything is gonna be fine, fine, fine. 1

Creo que he superado mi primera crisis importante.

El ferry al que estoy a punto de subir es un enorme barco bautizado como Golden Bridge II. Nunca me he subido a un barco como este, así que todo me parece nuevo. Tiene una recepción como la de un hotel donde desembocan cuatro pasillos que dan acceso a los camarotes y zonas comunes. Yo voy en el camarote trescientos uno, junto con otras cincuenta personas que han decidido comprar el billete más barato. Mi cama consiste en una pequeña litera con forma de nicho y protegida con una cortinilla azul. Me tumbo a probarla y pienso en Edgar Allan Poe y en su miedo obsesivo a ser enterrado vivo. En otras circunstancias no creo que hubiera logrado dormir, pero el cansancio acumulado ya me ha demostrado en muchas ocasiones que puede con cualquier remilgo que pueda tener. Además, en la recepción tenían una cesta llena de pastillas para el mareo y me he tomado un puñado de ellas. En unas horas estaré knock-out.

Mientras sigue entrando gente, me doy una vuelta por la cubierta y las zonas comunes. Tienen sala de karaoke, sala de ordenadores, sala de televisión, un comedor, un par de tiendas.

―Si el barco fuese español tendría al menos un bar ―pienso.

Todo está vacío, porque todo el mundo está tratando de acomodarse en sus nichos. Me siento a escribir en la esquina del comedor, junto al único enchufe que he sido capaz de encontrar. Cenaré un noodle en compañía de un montón de chinos desconocidos que me miran a mí y a mi ordenador con cara de curiosidad y sin ningún pudor. Dentro de quince horas arribaremos a Weihai, República Popular China.

1 Estoy arruinada pero soy feliz. Soy pobre pero amable. No estoy loca pero ando agobiada. Estoy perdida pero tengo esperanza. Me siento borracha pero estoy sobria. Estoy cansada pero sigo trabajando. Estoy aquí pero estoy muy lejos. Estoy equivocada y lo siento. Soy ingenua pero sabia. Soy tímida pero simpática. Estoy triste pero me río. Soy valiente pero estoy cagada de miedo. ¿A qué se reduce todo? A que todo va a salir bien, bien, bien.