Sábado, 13 de junio de 2009

Me despierto muy temprano; son las seis de la mañana. Por suerte, ahora puedo decir que me equivocaba: el vikingo no intentó matarme, aunque estoy seguro de que se le pasó por la cabeza. Tengo la sensación de no haber dormido casi nada, porque recuerdo todo lo que ha ocurrido durante la noche. Recuerdo oír llegar a Dolce y Gabbana dando gritos, y contar cada una de las veces que entraron al baño antes de irse a la cama. Recuerdo cómo Christina despertaba a Alex para pedirle que bajara a por una botella de agua, que tenía sed, y recuerdo cómo Alex le respondía con amabilidad que si quería agua que moviera su propio culo. También recuerdo sirenas y luces azules y rojas. No pasaban más de diez minutos sin que se oyera algún coche de la policía pasar a toda velocidad. Recuerdo salir por la ventana que queda a la altura de mi cama, y acomodarme en la escalera de incendios a mirar la calle. Recuerdo el calor y las voces negras infestadas de «fuckings» y de «niggers» que llegaban de abajo. En las escaleras de acceso al portal de al lado están apostados cinco negros que beben de botellas ocultas en bolsas de papel marrón. Tienen un reproductor de CD donde suena música funk. Me siento como en una película de Spike Lee.

Me decido a dar una vuelta por el hostel. El ambiente es excelente, lleno de gente joven y guapa de todos los países. La recepción hace las veces de sala para wifi y desayunos. Un grafiti anuncia que el desayuno es gratis de lunes a viernes. Hoy es sábado, pero el muchacho que hace de recepcionista me ha dicho que no tengo que pagar el café, que invita la casa. A la derecha de la recepción hay montada una sala de juegos. Una mesa de ping-pong en la que juegan dos policías, una mesa de billar y algunas mesas con barajas de cartas, monopolis y trivials. Al fondo de la sala, un sofá de cuero negro y una estantería con libros. «Coge uno, deja uno». Echo un vistazo para comprobar que casi todos los ejemplares son best seller en inglés, nada interesante. Una guía de Nueva York en chino y, finalmente y casi oculta, una obra maestra de la literatura en castellano: Rayuela de Julio Cortázar. La cojo inmediatamente. Perdí El libro de la selva en el aeropuerto de Málaga y, desde entonces, me encontraba huérfano de lectura. Rayuela es perfecta para llenar ese hueco. «Coge uno, deja uno». Esta tarde compraré cualquier libro en cualquier librería y lo dejaré aquí. Me siento en el sofá unos segundos mientras recuerdo la época de la universidad en la que no paraba de leer literatura sudamericana. Leí algunas cosas de Cortázar, sobre todo cuentos, pero por suerte nunca le hinqué el diente a Rayuela.

Bajando unas escaleras llego a un semisótano donde se encuentran la cocina y la sala de televisión. La sala de televisión es un cuarto con paredes de espejo que hacen que parezca mucho más grande de lo que en realidad es. El suelo está forrado de alfombras de colores y salteado de cojines y pufs. Tres enormes televisores de plasma centran toda la atención de un par de muchachas que ni siquiera me miran cuando saludo. Afuera, un cartel recuerda que no es la sala de dormir, sino la sala de televisión. Pienso que si alguna vez tuviera que organizar una orgía elegiría una habitación como esa: espejos, alfombras, cojines y televisores de plasma; es perfecto.

Aunque a primera vista pueda dar la impresión de caos, la cocina está perfectamente limpia y ordenada. Una enorme estantería con forma de colmena está llena de bolsas y cajas de todos los colores. A su lado, un frigorífico gris de dos puertas en el que no cabe ni un cartón de leche. En una de las puertas, una bolsa llena de etiquetas adhesivas y un cartel que amenaza, en español y en inglés, con que cualquier alimento que no esté etiquetado con el nombre del dueño y la fecha será fulminantemente ajusticiado. En el centro de la cocina, una encimera con dos fregaderos, dos escurreplatos llenos de cacharros limpios y secos y un microondas. En la esquina un horno y sobre él cuatro fogones de gas. Por su aspecto se diría que hace tiempo que nadie los usa.

Tras el paseo, bajo a la tienda de la esquina a comprar unos cereales y leche para desayunar. Los negros aún siguen bebiendo y paso entre ellos dándome aires de duro. No quiero que piensen (descubran) que soy un europeo de fino culito blanco y manos blandas, así que endurezco el gesto y doy a mis pasos una cadencia que denote seguridad. Quiero dar la impresión de ser capaz de matar a un hombre con mis propias manos. Una vez en la tienda me relajo, charlo un momento con el dependiente ―que es mexicano―, agarro mis cereales, leche y algo de fruta y vuelvo al hostel. Suerte que la bolsa es negra y no puede verse mi compra. No puedo permitirme que los chicos del barrio sepan que un tipo duro como yo bebe leche caliente por las mañanas.

Después de desayunar subo a la sala wifi; quiero revisar el correo y escribir un rato. Aún no son ni las ocho de la mañana, pero ya hay bastante gente. Me dirijo a sentarme en un sitio libre y paso por detrás de una chica que se toma un café mientras consulta un plano de Manhattan. Me excuso al pasar por su espalda y ella piensa que le estoy pidiendo permiso para sentarme a su lado, por lo que empieza a apartar sus cosas de la mesa con la intención de dejarme un hueco. Aprovecho la confusión y me siento junto a ella, cuidando de que parezca que esa había sido mi intención desde el principio. Nos presentamos y damos juntos los primeros pasos que se dan en este tipo de conversaciones. Miriam es alemana y está en Nueva York visitando a unos amigos. Me cuenta que hace siete años, en la zona de fumadores de una estación de tren, conoció a un grupo de estudiantes de Texas, y que desde entonces todos los años viaja al menos una vez a EE.UU.

―Cada año voy a Texas, pero antes aprovecho para visitar alguna otra ciudad. El año pasado fue Las Vegas, y este año toca Nueva York ―me explica con orgullo de quien ha tenido una gran idea que a nadie se le había ocurrido antes.

Yo le cuento que soy de Málaga.

―Yo, como todos los alemanes, veraneaba en Torre del Mar de pequeñita. Me gusta España ―me dice.

―A mí también.

―Aunque he de decir que odio a Iberia.

―Yo solo he volado una vez con Iberia y me dieron un bocadillo de queso que estaba muy rico. Incluso me dejaron repetir. Me comí dos estupendos bocadillos de queso mientras volaba a Valencia. Con pan de chapata.

Miriam trabaja en un aeropuerto, y odia a Iberia porque son muy informales. Me cuenta que su compañero de trabajo, cada vez que se las tiene que ver con Iberia, se pone a gritar: «Iberia es una mierda». Esto último lo dice varias veces, en Español y entre carcajadas.

―Vaya, ¿sabes hablar español?

―Solo sé decir «Iberia es una mierda».

Ahora me toca a mi contarle mi historia. Estoy inspirado, así que le suelto el rollo de que quiero ser escritor. Le cuento que estoy cansado de mi rutinario trabajo sentado delante de un ordenador, y que quiero darle un giro a mi existencia, retomar el viejo sueño de ganarme la vida escribiendo. Le digo que quiero hacer un viaje a través de los cinco continentes para acumular las suficientes experiencias como para poder escribir y publicar un libro, esperando que eso pueda cambiar el rumbo de esta vida prestada que llevo.

―Precisamente estaba a punto de escribir unas notas ―le digo con cierto desinterés forzado.

―¡Qué mono es tu ordenador!

―Gracias, es perfecto para escribir.

―¿Sabes?, eres distinto al resto de gente que suelo conocer en los viajes. Casi todos viajan para comer, beber y follar, pero tú viajas para escribir.

―Ya, bueno. No todos somos iguales ―le digo mientras me la imagino apoyada boca abajo contra la mesa, arañando la superficie con sus largas uñas de color azul turquesa, al tiempo que yo estoy detrás subiéndole la falda y arrancándole las bragas con la brutalidad de un cromañón sin que ella oponga la más mínima resistencia.

―Vayamos a tomarnos un café con donuts, ¿qué dices? Por aquí cerca hay un Dunkin’ Donuts ―dice mirándome a los ojos.

―Acepto, pero solo si me prometes que vas a proporcionarme una experiencia sobre la que merezca la pena escribir, ya sabes.

Afuera el cielo es blanco.


Ann, Ralph y las demás

Siguiendo las instrucciones de Roberto, el bedel del hostel, con quien estuve fumando un pitillo a escondidas, bajo por el bulevar Malcolm X que me lleva directamente al lado norte de Central Park. Es sábado por la mañana, el cielo está blanco y el parque está lleno de deportistas. Viendo a aquella gente de cuerpos perfectos corriendo de aquí para allá, no puede uno por menos que desterrar el mito de que en Estados Unidos la gente está gorda. Aunque probablemente la muestra no sea válida, lo que veo es una prueba irrefutable, desde un punto de vista estadístico, de que los neoyorkinos tienen todos un cuerpo diez.

Pasear por Central Park es agradable aun en un día nublado, así que decido pasar toda la mañana dando vueltas por allí. Corre una brisa fresca que invita a pasear y a disfrutar de unas horas de contemplación. El aire es limpio y huele bien, a verano, a hierba.

Me acomodo en un banco a tomar un poco de agua y a recuperarme de la larga caminata y es entonces cuando me fijo en cuatro mujeres sentadas con gracia sobre una manta; decido acercarme para decirles que juntas forman una postal tan hermosa que no he podido resistirme a declarárselo. Ríen.

―Es muy galante de tu parte.

―Es la pura verdad, lo juro por Dios.

―¿No será que quieres que te invitemos a desayunar un poco de fruta?

―¡Oh Dios!, me han descubierto ―les respondo entre risas.

―Anda, siéntate con nosotras.

Lo cierto es que no tengo la menor intención de que me inviten a desayunar, pero me parece una broma amable y no puedo resistirme, así que me siento junto a ellas a comerme una manzana verde. Cuatro señoras y yo sentados sobre una enorme manta blanca a rayas y alrededor de una mesa de pequeñas patas que soporta sin queja el peso de un millón de botellas de agua y un bol lleno de fruta troceada. Empezamos a hablar de Nueva York; les comento que acabo de llegar la noche antes, pero que no consigo quitarme de encima la sensación de que estoy en un lugar conocido.

―Eso es por las películas ―dice Rosalind mientras el resto asentimos dándole la razón.

Me cuentan que Nueva York es mucho más de lo que sale en las películas. Como cualquiera que esté orgulloso de pertenecer a un sitio ―sentimiento que me cuesta entender pero que respeto profundamente―, las cuatro señoras quieren dar al forastero una buena impresión de su ciudad. Yo me dejo impresionar fácilmente, atendiendo a todo lo que dicen con aire de interés, así que siguen contando y contando cosas interesantísimas.

Les pregunto si suelen ir a Central Park a desayunar fruta y me cuentan que están celebrando un acontecimiento muy especial: el aniversario de la muerte de Ralph, el marido de Ann.

―Hoy hace ocho años que nos dejó. Antes de morir me hizo jurarle dos cosas: que no lloraría y que no le olvidaría nunca, que se iría más tranquilo sabiendo que iba a seguir acordándome de que él existió, de que pasó conmigo más de treinta años, de que me pidió matrimonio durante un picnic en el que olvidamos los bocadillos y solo pudimos comernos el postre, que no era otra cosa que fruta troceada y yogur natural. Y que recordaría todas las veces que me contó que estuvo a punto de no pedirme que me casara con él porque lo tenía todo ensayado y el hecho de que faltaran los bocadillos hacía que tuviera que improvisar, y prefería no improvisar porque Ralph era de esos hombres que abren los regalos sin romper el papel y que nunca se olvidan de tapar el bote de champú cuando se están duchando. Me hizo prometer que nunca olvidaría las palabras exactas que usó en la declaración y yo le hice la promesa, pero solo cumplo la mitad ―dice con unos ojos que se han ido cargando de lágrimas hasta no poder más―. Perdóname muchacho; vas a pensar que soy una vieja que solo dice tonterías. Rose, déjame las gafas anda; sí esas, están ahí debajo. Gracias.

―Ojalá hablara mejor inglés, porque entonces diría algo gracioso que te hiciera reír.

Sonríe, aunque es una sonrisa de agradecimiento por el intento. Me pregunta si yo estoy casado y le digo que no, que nunca lo he estado. Entonces quiere saber por qué y le cuento que no lo recuerdo, pero que supongo que ha sido porque nunca he querido a nadie tanto como para saltarme mis principios (que eso es, que no me he casado por principios), y que no sé bien si eso es bueno o malo, pero que sospecho que es malo, aunque solo se trata de una sospecha, y que dependiendo de si llueve o hace sol llego a la conclusión de que lo que quiero es estar solo o que lo que quiero es encontrar a una Julieta por la que poder brindar con un frasquito de veneno.

―¿Y a qué conclusión has llegado hoy?

―Bueno, hoy el cielo está blanco. ¿Nos hacemos una foto?


El alimento del alma de la ciudad

Nunca he ocultado que el verdadero motivo por el cual decidí comenzar el viaje en Nueva York fue el dinero. Volar a esa ciudad es muy barato, probablemente la forma más barata de cruzar el Atlántico. Si el dinero no hubiese sido un problema, seguramente el primer vuelo me hubiera llevado directamente a Canadá, lo más cerca posible de las cataratas del Niágara (donde no estoy seguro de haber podido resistirme a la tentación de lanzarme en un barril de madera río abajo). Así pues, la visita a los Estados Unidos es más bien una cuestión práctica. Lo cierto es que nunca he tenido mucho interés en visitar Nueva York, pero ya que lo había decidido así, tengo la obligación de aprovechar la ocasión para pasear por el lugar que me parece más atractivo: la biblioteca pública.

Antes de llegar a la gran manzana revisé en un mapa el lugar exacto donde se encuentra el edificio. Por lo general, suelo tener el sentido de la orientación bien afilado, pero en el caso de Nueva York no tiene ningún merito. Toda la isla de Manhattan está perfectamente cuadriculada, de manera que señalar cualquier punto del mapa es como jugar a los barquitos. De norte a sur se extienden las avenidas y de oeste a este las calles. Tanto unas como otras carecen de nombre y se identifican por su número: las avenidas empiezan a numerarse de este a oeste y las calles de sur a norte. En definitiva, encontrar cualquier lugar consiste en conocer el cruce de una avenida con una calle (mi hostel se encuentra en la 7th Ave con la 116th Street). Sin embargo, una vez allí me encuentro con el problema de las distancias. Lo que en el mapa parecía una manzana (o una cuadra como dicen aquí), a la hora de la verdad son cinco, separadas por calles tan estrechas que no merecen el honor de salir en el plano. Eso hace que, a la hora de la verdad, las distancias se multipliquen por cinco. Desde luego, eso no supone mayor problema para alguien acostumbrado a patear las calles como yo. Con todo esto, encontrar la biblioteca pública me lleva mi tiempo. El plano que uso para moverme es terriblemente inexacto, aunque eso no debería extrañarme teniendo en cuenta que se trata de un plano de transporte que tiende a simplificar y centrarse en las líneas de autobuses y metro más que en las calles.

Sea como sea, después de preguntar a varios policías de cuyos gestos deduje que ni siquiera sabían que existía una biblioteca pública en Nueva York (de uno llegué a pensar que no sabía lo que era una biblioteca), al final es un amable señor quien me da las indicaciones precisas que me llevan a plantarme delante de la fachada de los leones y las columnas.

La primera impresión es de cierta decepción, puesto que la mitad de la fachada se encuentran cubierta de plásticos por mor de unas obras. Aun así no me preocupo demasiado, porque lo que yo quiero hacer no es admirar la fachada; lo que yo he venido a hacer a la biblioteca pública de Nueva York es sentarme a leer unos párrafos de Moby Dick en su idioma original.

Viendo la entrada, todo hace suponer que no voy a poder acceder a la parte útil, a las salas reales de la biblioteca. Temo que solo me dejen hacer un circuito para turistas en el que pueda admirar los bonitos techos y alguna exposición de portadas de periódicos viejos. Todo lo hace sospechar, digo, porque nada más entrar me prohíben usar la cámara de fotos (todo un gesto de desafío directo al turista al uso). A continuación, un portero ―que, por el tamaño de su espalda, bien podrían ser tres― revisa los bolsos y mochilas con tanta desgana que estoy seguro de que si yo hubiera llevado la mía llena de serpientes venenosas no habría sufrido ni una simple picadura. El caso es que ya estoy dentro y lo primero que hago es desmarcarme del resto de circunstanciales compañeros y lanzarme a buscar la biblioteca dentro de la biblioteca.

Después de un buen rato dando vueltas, yendo en contra de las flechas que tratan de reunir el redil de ovejas, empiezo a sentirme como si estuviera en el laberinto de la biblioteca de La abadía del crimen sin la vela. Sin embargo, no desespero y sigo buscando hasta que al fin aparece. A veces los prejuicios hacen que compliques innecesariamente lo fácil, comportamiento muy propio de mujeres y entrenadores de fútbol ―del que no quedan libres el resto de especímenes humanos―. El caso es que si hubiera seguido desde el principio con el grupo de gente que entró conmigo, me habría ahorrado un buen paseo y ciertas dosis de ansiedad.

La sala principal está repleta de gente. Se trata de una enorme habitación cuyas paredes se llenan de estanterías que se elevan media docena de metros por encima del suelo. De lado a lado se sitúan, alineadas en dos columnas, unas buenas decenas de mesas de madera, cada una de las cuales está rodeada por exactamente diez sillas. Sobre cada mesa, cinco lámparas de cobre, todas idénticas y que, para mi decepción, no son de cristal verde como esperaba. La sala está muy bien iluminada, por lo que dudo que sean necesarias esas lámparas, aunque cualquiera que haya estudiado sabe agradecer un bonita lámpara cerca de los libros.

Nada más entrar tomo la decisión de pasar allí la tarde, que por mi le pueden ir dando a la Estatua de la Libertad, al Empire State Building, al Soho y a todo lo demás. Busco un sitio, instalo mis cosas y me dispongo inmediatamente para comenzar la búsqueda de la ballena blanca. Después de un buen rato cedo a la evidencia de que jamás lograré dar con ella (¡qué decepción se hubiese llevado Ahab!) y resuelvo ser más práctico y quedarme con otra obra maestra de la literatura norteamericana que tuvo a bien cruzarse en mi camino: Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Agarro mi libro, y con la ilusión de un niño con móvil nuevo me siento a leer. Aquí estoy yo, sentado en medio de una de las salas de la biblioteca pública de Nueva York leyendo la obra maestra de uno de mis autores americanos favoritos. La vida puede ser maravillosa.

Después de darme el gusto durante unos sabrosos minutos, devuelvo el libro a su sitio con una reverencia y vuelvo a tratar de escribir. Es curioso, pero siempre que leo pierdo las ganas de escribir. Bueno, en realidad no es tan curioso, es más bien una consecuencia lógica. Cuando leo a Twain, o a cualquier otro de tantos genios de la pluma que ha parido la historia, no puedo sorprenderme al descubrir que la aportación a la literatura que yo pudiera hacer sería la equivalente a echar un grano de sal al océano, y aún menos: si se hiciera polvo ese grano la aportación no sería mayor que cualquiera de las motas de ese polvo. A pesar de todo, como quiera que lo que yo voy a escribir no es más que una carta a unos amigos, determino no dejarme intimidar por lo dicho, las circunstancias ni el lugar, y escribo.


Brad

Brad es veterano de la guerra de Vietnam. Hace tres años y medio que duerme en la calle, y sobrevive a base de limosnas. Me cruzo con él cuando me dirijo al norte camino del hostel después de haber pasado el día entero visitando la ciudad. Está sentado en el escalón de un portal, rodeado de meadas. Sostiene entre sus manos un cartón en el que, si te acercas lo suficiente, puedes leer:

8 YRS U.S. MARINE
PLEASE HELP
HOMELESS
VIETNAM VETERAN 1

A pesar de todo, Brad no tiene mal aspecto. Viste una chaqueta de chándal gris, cremallera subida hasta el cuello. Pantalones caqui, pelo gris, pronunciadas entradas, ojos de color turquesa, transparentes como una playa de catálogo de agencia de viajes. Apenas aguanta algunos dientes, lo que le proporciona un gesto amable de anciano apacible.

Tengo tiempo de sobra (tengo todo el tiempo del mundo), así que me acerco, le doy un par de dólares que esconde en su puño cerrado y charlo con él un rato. Me habla de sus compañeros muertos en la batalla de bloody hills2 y me pregunta si la recuerdo, como si pensara que yo debía conocer un hecho así. Para él, la guerra de Vietnam supone el epicentro de su vida y probablemente jamás logrará llegar a entender que todas las vidas que se perdieron en esa cruzada no sirvieron de nada.

Brad me cuenta con desgana la historia de la vez que le dispararon, la historia de los dos tipos a los que mató, lo dura que es la calle ―tanto como la guerra― y se queja del gobierno cuando le pregunto si recibe alguna ayuda (sé que no la recibe).

―Son todos unos gilipollas.

―¿A qué te dedicabas antes de alistarte?

―Era guardia de seguridad. Espera, deja que te muestre.

Con un esfuerzo enorme, Brad consigue incorporarse para dejarme ver que mide cerca de dos metros y que se mantiene en forma.

―¿Cómo me ves, chaval?

―Estás fantástico.

―Sí señor, lo estoy.

Durante el rato que ha durado nuestra conversación, un par de personas le han dejado unas monedas en el vaso de cartón que usa para recoger limosna. Me despido de él.

―Tengo que irme. Buena suerte.

―Espera, no te vayas aún. ¿De dónde eres?

―De España.

―Gracias ―me dice en español.

Good luck, man3 ―le correspondo en inglés.

1 Ocho años en el ejército de Estados Unidos. Por favor ayuda. Vagabundo. Veterano de Vietnam.

2 Colinas sangrientas.

3 Buena suerte, tío.