Sábado, 11 de julio de 2009

Vuelo hacia Australia en un Airbus 340 lleno de gente. Voy cómodo. A mi derecha, con la cara pegada a la ventanilla, la boca abierta y la baba colgando del labio está Johnny, un nota a quien he conocido en la cola de la facturación. Tiene el pelo largo (la azafata le confundió con una mujer cuando estaba de espaldas), perilla descuidada, pendientes en las cejas, tatuaje en el cuello, pantalón corto colgando del culo y zapatillas negras. Apenas hemos hablado, pero se nota que tiene una resaca importante. No deja de quejarse por todo; le molesta hasta la almohada que nos dan dado. Desde que se ha sentado no ha parado de beber. Cada vez que pasa una azafata le pide un vaso de agua por favor y, mientras se lo bebe, le hace un gesto para que espere y le llene otro más, si es tan amable. No tiene problemas en eructar ruidosamente después de beber o de estirarse con un sonoro y contagioso bostezo. No ha querido desayunar y se ha enrollado conmigo pasándome su bocata en agradecimiento por el préstamo de un bolígrafo robado que le he hecho en varias ocasiones (en los aeropuertos se rellenan muchos formularios, necesitas un bolígrafo).

Viaja solo con un portátil y una pequeña mochila. Además de comer algo (el bocadillo de un avión no es gran cosa), he visto un par de películas aprovechando que el avión contaba con un sistema de entretenimiento personal (cada pasajero tiene su propio monitor y puede poner lo que quiera). He visto dos peliculones: Diario de un escándalo con una genial Judi Dench y El club de la lucha, todo un clásico.

Cuando aterrizamos en Australia, después de más de tres horas (pensaba que Australia y Nueva Zelanda estaban más cerca, pero las distancias en el Pacífico engañan) estoy tan animado que tengo la tentación de no irme al hostel, de no dormir. Tengo que obligarme a hacerlo porque este estado de ánimo es un tanto ficticio, porque dentro de poco volveré a estar cansado y porque si no lo hago no tardaré en arrepentirme. Es como poner a cargar un móvil descargado y empezar a usarlo después de tenerlo enchufado solo dos minutos; se cortará en la primera llamada.

El aeropuerto de Sidney es parecido al de Auckland, muy limpio y organizado. Son igual de cuidadosos con la entrada de elementos biológicos externos, hasta el punto que a la chica de delante le están revisando las suelas de las botas como a un jugador de fútbol, por si tiene restos de barro con entes vivos. A mí me hacen esperar hasta que termino de comerme la zanahoria que tengo entre manos. Son solo cinco minutos y continúo. A una funcionaria no le acaba de gustar que solo tenga pensado estar un día y me pide que pase a su despacho. Tiene gafas de pasta y por un instante me la imagino de rodillas delante de mí. En el despacho me entrevista sobre mi viaje. Respondo con tranquilidad a todas sus dudas y queda satisfecha; creo que le he caído bien.

Ya estoy dentro.

A partir de ahí, la rutina de cada día. Cambio dinero (esta vez cambio cien dólares americanos) y me dispongo a buscar cama para esta noche. Como ocurría en Nueva Zelanda, no hay wifi gratis. Todas son de pago, así que no me queda más remedio que buscar un método alternativo para buscar hostel (preguntar de puerta en puerta). Pregunto a una vieja cómo llegar al centro y me manda a la ventanilla de información turística. Por casualidad me topo con un panel lleno de luces y colores donde se anuncian gran cantidad de hoteles y hostels. El aeropuerto proporciona un servicio gratuito de llamadas, así que después de todo no voy a tener que ir puerta a puerta, sino teléfono a teléfono. Una buena oportunidad de volver a poner en práctica el inglés que había desactivado últimamente. Hago unas diez llamadas hasta que me decido por uno en concreto, principalmente porque me recogen en el aeropuerto y me llevan al hostel. Es justo lo que necesito, porque no tengo cuerpo para ponerme a buscar el metro, el bus o lo que sea con la mochila a cuestas.

El sistema de recogida de pasajeros para llevarlos a los hostels funciona de una forma muy sencilla. Hay varios minibuses que se van llenando poco a poco, según el hostel que cada uno haya elegido y en función de si conviene o no a la ruta. En mi minibus nos juntamos un conductor indio que no tiene ni idea de conducir ―y del que sospecho que no tiene claro dónde está mi hostel―, una china de mediana edad (en Sidney hay aún más orientales que en Auckland), una alemana pureta con pinta de moderna, una mochilera pija ―que me miraba por encima del hombro y que confirmó serlo cuando se bajó en el hotel Sheraton―, una parejita empalagosa (yo te quiero más; no, yo te quiero más) y un par de japoneses, uno con pinta de ejecutivo y otro con pinta de artista. El grupo lo completo yo. El indio va conduciendo a tirones y va dejando a cada uno en su sitio. Desde hoteles de cuatro estrellas a antros que ni siquiera abren la puerta. A mí me deja el último, pero al menos estaba equivocado con respecto a los conocimientos del conductor.

El sitio se llama Sydney Central Backpacker y no está mal. No es el de Nueva York, pero hay buen ambiente. Mientras hago el check in me fijo en que por la noche se celebra una barbacoa en la azotea. Por cinco dólares, una cerveza fresca y toda la carne que quieras. Empieza a las seis de la tarde y es que cada vez cenan antes estos forasteros. Más tarde, entrada y barra libre en un club donde celebran un homenaje a Michael Jackson. Para mí es perfecto porque tengo pensado acostarme inmediatamente para despertarme a eso de las cuatro. Me servirá de almuerzo y de cena al mismo tiempo, lo pasaré bien, practicaré el inglés. El hostel no tiene sala social, así que servirá la azotea para conocer gente. El día amenaza lluvia, espero que no se concrete.

Solucionado el papeleo, me subo a mi habitación. Lo primero que pienso al entrar es que algún espía ha estado buscando un microfilm oculto en algún fondo de cajón falso. Hay ropa por todos lados, camisetas colgadas de las camas, en el suelo, encima de mochilas y cajas. Lo mismo ocurre con libros, aparatos electrónicos y cables. Es un perfecto caos que tengo que desordenar para buscar donde dormir. Después de desenterrar mi cama de ropa sucia, me desnudo y me acuesto sin sábanas. Con el paso del tiempo he ido perdiendo escrúpulos y miedo a que me roben, así que me quedo dormido como un bebé. En la habitación duermen dos personas más.

Me despierta el ruido de un secador. Abro los ojos y lo primero que veo es una enorme pareja de tetas a una canadiense pegadas. Dos tetas superlativas, dos tetas sayón y escriba. Están tan cerca que tan solo tendría que alargar mi mano para poder tocarlas y sentir el glorioso tacto de ese par de melones de pelo de melocotón. El pelo se lo está secando otra canadiense desnuda frente al espejo. Miro el reloj y, a pesar de lo tentador de la situación (no se ve uno en muchas como esta), lo que necesito es seguir durmiendo y no babear detrás de un culo. Consigo llegar hasta las tres de la tarde. Me ducho, me visto y bajo a dar un paseo para hacer tiempo hasta las seis. Un paseo muy light, en chanclas y sin mochilas, solo un par de horas tomando el fresco y mirando una ciudad que me recuerda a Auckland en su parte comercial.

Mientras paseo me acuerdo de un asunto que debí resolver hace tiempo pero que he ido dejando como un capullo: el Japan Rail Pass. Es un billete único que te permite tomar, durante una semana, todos lo trenes japoneses que necesites. También permite coger ferries y algunos autobuses. Cuesta unos doscientos cincuenta euros, que viene a ser lo que cuesta el billete de Tokio a la costa oeste, donde se toma el ferry a Corea del sur. El problema de este billete es que no se puede comprar dentro de Japón, solo lo venden fuera del país. Consulto la web y encuentro varios puntos de venta en Sidney, pero a esta hora ya están todos cerrados. Mañana es domingo y mi avión a Tokio sale el lunes a las siete de la mañana. Salvo milagro, no tendré forma de comprarlo. Soy un capullo incapaz de preparar nada. Me gusta.

Le pido ayuda a la chica de recepción, Ivonne, que se vuelca conmigo. Llama a todos los números de teléfono de agencias de viajes que venden el Japan Rail Pass pero nadie contesta. Busca la forma de hacerlo on line, pero no es posible, se necesita el recibo de papel, aunque no sea propio de un país tan avanzado tecnológicamente como Japón. Lo máximo que ha conseguido es encontrar un sitio donde se solicita on line, pero que luego envía el papel físicamente. Ese papel es necesario para canjearlo en Japón por el billete. No tengo tiempo para envíos. No es un problema grande, pero sí va a suponerme un gasto extra, unos quinientos pavos según mis primeros cálculos. Con el billete, además de tener cubierto el trayecto hacia Corea, también tenía la posibilidad de hacer un poco de turismo por el norte de la isla. Con Shinkansen1, en dos horas puedes llegar muy lejos. Otra vez será, aunque no pierdo la esperanza de hallar alguna agencia autorizada abierta mañana domingo. Ivonne sigue buscando una solución aun cuando yo ya me he rendido. También me ha invitado, con una sonrisa tímida, a conectarme gratis a la wifi, ahorrándome algunos dólares.

―Muchas gracias por todo, me estás ayudando mucho ―le digo.

―No es nada.

―¿Te gustan los bombones? ―le pregunto sabiendo la respuesta.

―Claro.

Mañana le compraré una caja como agradecimiento.

La barbacoa es genial. A pesar de la hora, ya hace tiempo que es de noche. El cielo se ha aclarado y hace frío, pero se está bien al calor de las estufas que hay desperdigadas entre las mesas de madera. Engullo como una bestia, no dejo nada sin probar y repito. Pan, ensalada, pasta, todas las salsas, salchichas, hamburguesas, pollo, maíz, champiñones, patatas fritas, cerveza y mucha fruta. Un gran menú para la cena de un mochilero exhausto y hambriento. Haciéndome el despistado me siento en una mesa llena de chicas, aunque pronto descubro que he patinado. Son todas muy guapas y arregladas, pero son francesas y no tienen ni idea de inglés ―y menos de español― así que después de unos escarceos iniciales, desisto y me limito a sonreír y masticar. Cuando terminamos de cenar, alterno con el resto de gente que ya se ha levantado de las mesas. De una vieja radio sale música de Michael Jackson, y es que luego es el homenaje en el club The Gaff.

A las nueve ya está todo el mundo medio ciego. Yo no he tomado más que un par de botellines de cerveza, así que estoy bien. La gente empieza a irse y yo bajo a tratar de conectarme un rato. Cuando paso por la recepción oigo a Ivonne peleándose con alguien por el tema de mi pase de tren.

―No puedo creer que a estas alturas tengan que mandar el ticket por correo ordinario. ¿No pueden usar el fax o el correo electrónico?

Su tono es de enfado. No puedo oír la respuesta del otro lado del teléfono, pero qué más da. Lo que he oído me conmueve, así que me quedo con ella un rato buscando más soluciones, googleando y haciendo algunas llamadas, agudizando el ingenio. La gente empieza a salir camino del club, vestidos con camisas blancas, calcetines a juego y sombreros negros. Paso del club. Prefiero quedarme con Ivonne charlando un rato y así descanso. Las resacas me duran cada vez más tiempo y no está bien irse de parranda mientras la recepcionista del hostel donde te alojas se preocupa por buscar la forma de que puedas conseguir un pase de tren japonés. Eso y que las francesitas no me han dado bola.

Después de un par de horas, Ivonne termina su turno. Me dice que mañana continuaremos buscando, que no me preocupe, que encontraremos la forma. Mañana será complicado, porque quiero aprovechar para patear la ciudad y buscar un canguro con el que hacerme una foto, pero no obstante habrá que intentarlo. Mi avión sale el lunes temprano, así que haré noche en el aeropuerto (no hay transporte barato hasta allí durante la madrugada). El último tren sale a las diez de la noche, lo que hará que llegue a las once y me toque esperar hasta las cuatro que empiece la facturación. Pero todo eso será mañana. Hoy es sábado, casi medianoche y me llega el sonido de la música de la fiesta que están haciendo en la azotea. Creo que subiré a tomar la penúltima.

Después de un rato, vuelvo a la habitación con cinco cervezas más, la barriga de un pez globo y la sensación de que debería empezar a controlar lo que bebo. Abro y me encuentro la pocilga vacía, y me alegro porque eso me permite preparar las sábanas, desnudarme tranquilamente con la luz encendida y dejar listas mis cosas para salir volando mañana temprano. Pongo la alarma del reloj a las siete y media, aunque no tengo mucha fe en que el tímido sonido que sale de mi viejo Casio vaya a conseguir despertarme llegado el caso (probablemente me despierte antes de forma natural). Me meto en la cama con los auriculares puestos y me duermo sorprendentemente pronto si se tiene en cuenta la madre siesta que me he dado un rato antes.

Me despierto sobresaltado por un ruido. Es la puerta que se ha abierto; la luz del pasillo me ha dado directamente en la cara. Una de mis compañeras de dormitorio ha entrado. No puedo verle la cara, pero su silueta se dibuja sobre el trozo de puerta abierta. Distingo con claridad su graciosa cola de caballo y una minifalda.

Hi.

Hi.

Detrás de ella, un tipo flaco entra de puntillas y cierra tras de sí. Hablan en susurros y comienzan a desnudarse en silencio absoluto. No es habitual este respeto en los hostels en los que he pasado noches, y me gusta. Ya estoy despierto y será difícil que vuelva a dormirme (o eso creo), pero eso ellos no lo saben y en consecuencia actúan con delicadeza. Se meten en la cama juntos y me pregunto si van a follar. Ella no tarda en responderme con un gemido al que siguen más. Se comunican con «mmhs» y son tan silenciosos que no despertarían ni a una mosca. El problema es que yo estoy despierto y desvelado. Creo que no voy a poder darme el atraco de sueño que tenía pensado. Me pongo los auriculares, pero se han acabado las pilas. Antes me dormí sin parar la música y se agotó la energía (no puedo olvidar comprar pilas, no quiero ni imaginarme un vuelo de ocho horas a Japón sin Triana).

Uno tras otro van cayendo los orgasmos. Según mis cuentas, él consigue correrse siete veces y ella solo dos. El tipo es rápido para irse, pero igualmente rápido para recuperarse; todo un crack. Le cuento hasta cinco sorries, pero sigue y sigue hasta conseguir hacer que ella rompa el voto de silencio que han adoptado de forma voluntaria con un dramático gemido ahogado. Follan sin parar durante más de tres horas. Solo se detienen un par de veces para que ella tome aliento, porque el tipo es una auténtica máquina con el depósito lleno, engrasada y perfecta. En esas pausas susurran «iloveyous» y se ríen de forma nerviosa. No oigo ni un solo beso. No entraba entre mis planes pasar la noche contando los orgasmos de un nota, aunque puestos a elegir me quedo con esto antes que con el negro de doscientos kilos que durmió encima de mi cama en Amsterdam y que no paró de tirarse pedos en toda la noche. Hago un amago de levantarme, vestirme y subir a la azotea a escribir un rato (¡viva la inspiración!), pero paso, tengo que intentar dormir como sea.

La salvación viene de la mano de mi otra compañera de dormitorio, la canadiense de enormes pechos. Con esos argumentos no tiene problemas para venir acompañada, claro. No quiero ni imaginarme lo que podría ocurrir si ellos también vienen con ganas de entrar en calor. Desde luego, no son tan cuidadosos. Miss Canadá trae agarrada por el cuello una botella de champán y bebe a sorbos largos mientras sus risas cortan el rollo de la pareja susurros. Se desnudan y se suben al catre que hay encima de los amantes tímidos. Empiezan a suspirar. No puedo creerlo. Tengo frente a mí una litera con cuatro amantes; seis metros cúbicos de sexo de sábado por la noche con sabor a champán. Me visto y me largo preguntándome hasta dónde podría haber llegado el tipo flaco. Su récord debe de ser estratosférico.

1 Tren de alta velocidad japonés.