Sábado, 1 de agosto de 2009

Para no cambiar las costumbres, me despierto antes que nadie. No son ni las seis y los mosquitos me están acribillando, así que paso de seguir en la cama. Me levanto, me ducho y bajo a la cocina del sótano. Tengo mono de cereales. Después de mucho tiempo sin probarlos, el atracón que me di ayer ha vuelto a reactivar mi adicción. Suerte que el hostel tiene barra libre de cereales y leche. Cuando llego a la cocina son las siete (el desayuno no comienza hasta las ocho) y me encuentro a cuatro tipos tirados por el suelo o durmiendo en los sillones. Son los portugueses con quienes estuve charlando un rato ayer, menuda panda. Me hago un hueco y me pongo a buscar trenes. A pesar de todo, sigo confiando en la página de la Bahn. Lo del tren a Bucarest tiene que haber sido algún lamentable error. Ahora que he decidido volver a España atravesando los Balcanes, tengo que calcular cuánto tiempo va a llevarme y decidir en qué ciudades quiero parar. Un lío.

Mientras busco y rebusco, intentando que me cuadren los días (no me salen las cuentas ni de lejos), va pasando el tiempo y la cocina se va llenando de gente. Todos pasan por la mesa en la que estoy y con todos charlo un rato. Creo que lo de buscar hostels con desayuno incluido es una cuestión más de carácter social y que nada tiene que ver con tener algo que comer por la mañana. Por la mesa desfilan todo tipo de personajes, pero la protagonista absoluta es Camille. Es francesa y su cara es una mezcla entre la de Brigitte Bardot y la de Inma del Moral, incluyendo el aire ingenuo de esta última. Después de hablar con ella tengo ganas de cambiar todos los planes, y como que Dios no existe que lo voy a intentar.

Camille está en su último día de viaje (de hecho, después de estar charlando largamente, más allá de la hora en la que ha terminado el desayuno, se levanta de un salto al recordar que tiene que tomar el avión de regreso a Francia). Ha estado dos meses por toda Rumanía, haciendo una especie de guía de lugares pintorescos. Cuando le he contado mis planes, me ha preguntado si pensaba estar muchos días en el sur de Francia.

―¿Cuántos días piensas estar en el sur de Francia?

―Depende del tiempo que me lleve llegar hasta allí, pero creo que no será demasiado. Llevo algunos días de retraso.

―Es una pena, podría recomendarte algunos sitios bonitos.

―Estaría bien. Empiezo a cansarme de grandes ciudades llenas (o vacías) de turistas.

―Podrías venir a mi pueblo. Soy de T…, es un pueblo muy pequeñito, cerca de Carcassonne.

Consultamos juntos el mapa de Interrail, pero no viene. Es demasiado pequeño.

―Es un sitio encantador, aunque no es fácil llegar hasta allí. No hay tren y tampoco ninguna línea regular de autobuses. La última parte, desde Carcassonne, tendrás que hacerla en auto-stop. Parte del encanto está ahí, en que no hay forasteros. Pero es un lugar que merece la pena ser visitado.

―Me están entrando ganas de irme directamente hacia allí.

―Yo me vuelvo hoy ―me dicen los labios de la Bardot.

Según las cuentas que estaba haciendo antes, llegaría a Francia el sábado por la noche, y el lunes tengo que incorporarme al trabajo (según esas cuentas, llegaría a Málaga el lunes a las ocho y media de la mañana, lo que significaría llegar tarde al trabajo, cosa que no me puedo permitir, por lo que el plan es inaceptable). Eso significa que sería imposible visitar a Camille en T…. Sin embargo, ha logrado despertar mi interés y despertarme el espíritu aventurero, que se estaba durmiendo un poco en el este. Me prometo a mí mismo volver a darle una vuelta a los planes para tratar de llegar antes a Francia. Aunque no tengo mucho margen de maniobra (seguir viajando al sur hasta llegar a Egipto es una parte que no voy a cambiar; necesito pisar África), creo que podría sacar algún día si me salto un par de países. Sea como sea, hoy estoy en Bucarest y ya tengo el billete para Sofía, así que vayamos a patear la ciudad.

―Tengo tu dirección de correo electrónico. Si veo que tengo alguna posibilidad de llegar a tu pueblo, te envío un correo ¿te parece?

―Genial. ¿Te gusta el vino?

―¡Sí!

―Mi madre tiene bodegas. Hacemos nuestro propio vino. Si vienes, te invito a una copa.

―¡Genial!

―Si consigues llegar al pueblo, mi casa es fácil de encontrar. Es una casa grande que está justo al lado de la iglesia. Es la única que está al lado, tiene una gran puerta verde. No puedes confundirte.

―Dios, ¡qué ganas tengo de ir! ―respondo riendo.

El plan para hoy es muy sencillo. Mi tren sale a las ocho, así que tengo toda la mañana para pasear por la ciudad. Quiero volver al hostel a eso de las seis para darme una ducha, merendar y llegar a la estación con al menos una hora de adelanto. Son las once, así que al lío.

Mi primera impresión de Bucarest es que se trata de una ciudad sucia. No tiene nada que ver con la mayoría de ciudades en las que he estado, todas preparadas para el visitante. Bucarest es una ciudad con jardines descuidados, coches que no se ven en España desde hace veinte años, perros por las calles (esto no ocurre en Corea), colillas en las aceras y paredes pintarrajeadas. Las zonas que visito me recuerdan a determinadas zonas de Madrid, una de mis ciudades preferidas. Todo esto, más allá de suponer una decepción, supone todo lo contrario. Me alegro de estar en una ciudad que no se lava la cara por las mañanas. Bucarest no es otra ciudad plana, no es una ciudad parque de atracciones como Krakovia o Bratislava, y me gusta, tiene estilo.

Mientras paseo no puedo evitar fijarme en las pintadas de las paredes. No hay un solo trozo que no esté pintado, lo mismo da que sea en una valla de una obra o en la fachada de mármol del banco Central. Obviando las pintadas que se limitan a ser firmas de ellas mismas, Bucarest está lleno de reivindicaciones; no en vano se trata de una ciudad que ha vivido una revolución hace tan solo veinte años. Una revolución que terminó con un cambio de régimen y la ejecución de su máximo líder, nada menos. Hace menos de veinte años. Yo empezaba a tomar mis primeros tequilas en Sidecar y los universitarios de Rumanía se echaban a las calles para pedir un cambio. No es que encuentre pintadas en contra de Ceauşescu, pero creo que el espíritu revolucionario está presente, y los universitarios de hoy día sienten la necesidad de expresarse (nada de esto noté en otras ciudades del este u oriente, cuyos estudiantes aceptan que el gobierno decida qué páginas de Internet pueden visitar y cuáles no).

Me muevo por los alrededores de la zona universitaria. Está llena de calles interesantes, de puestos de libros de segunda mano y de parques donde la gente juega al ajedrez y al backgammon. El día es caluroso, pero se lleva bien parando a descansar de vez en cuanto. Me he propuesto dejar de darme esas palizas de caminatas de seis horas y me obligo a sentarme a descansar aun antes de estar cansado. Cuestión de método (a la larga me alegraré). Por lo demás, más allá de las paredes y el ambiente en los alrededores de la universidad, Bucarest no tiene mucho que ofrecer en cuanto a monumentos, y menos a un tipo cansado ya de iglesias y catedrales.

Las calles del centro histórico están completamente levantadas por unas obras, lo cual las hace casi intransitables. Aun así, doy tantas vueltas que creo que no me queda ninguna calle, por escondida que esté, por visitar. Consigo dar con esos barrios por donde no debería ir un turista y, en definitiva, me pierdo durante horas.

Para terminar la visita, me doy un homenaje en un restaurante típico (llevo mucho tiempo comiendo en supermercados y puestos callejeros, o simplemente no comiendo), donde como sentado en una mesa con cuchillo y tenedor. Incluso me pido postre. Por supuesto, tomo la cerveza del país, la Timisoarana.

De regreso al hostel me encuentro con Iñaki y Ritxi, dos vascos, del mismo Bilbao, con quienes coincidí ayer en las taquillas de la estación. Charlamos un rato y me aconsejan sitios que visitar en la parte de la antigua Yugoslavia. Son dos adictos a los viajes que se dirigen al norte. Han cambiado su ruta para ir a Suiza a ver jugar al Athletic. Eso es afición, sí señor. Intercambiamos correos y quedamos para vernos algún día, por qué no. Al fin y al cabo, ni yo he estado nunca en Bilbao ni ellos han estado en Málaga.

Regreso al hostel, me quito el calor pegajoso de encima, preparo la mochila… todo va como la seda. Llego a la estación con una hora de adelanto, lo que me permite ir a un supermercado a comprar un par de cosas para el camino, dando tiempo a que llegue mi tren al andén donde se le esperaba. Me subo, accedo a mi asiento, dejo las mochilas en el portamaletas; no hay rastro de Kirilenko. Todo es perfecto. Todo en Bucarest ha salido a pedir de boca. Ni un solo sobresalto. Me preocupa.

―¿Este billete es de alguno de ustedes? ―pregunta un tipo que ha subido al tren. Tiene un billete de Interrail en su mano.

No me lo puedo creer. Busco en mi bolsillo y no encuentro nada.

―Creo que es mío. ¿Está a nombre de Pedro Galán?

―No lo sé, míralo tú mismo. Estaba ahí en el andén.

―Sí, es mi billete. Gracias, me has salvado la vida. No quiero ni pensar lo que hubiera pasado si arranca el tren y me dejo el billete en el andén. Dios, ha estado cerca.

―Ten cuidado.

―Lo tendré, lo tendré. Mult’umesc foarte mult1 ―le respondo mirando la chuleta de mi antebrazo izquierdo.

Vuelvo a mi sitio y me pongo algo de música para que mi corazón vuelva a latir a su ritmo normal. «Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor». Me pregunto por qué dejé de escuchar música mientras vivía con ella.

1 Muchas gracias.