Rania

―Hola señor ―me dice, en inglés, una voz de confitura.

La oigo de milagro, porque llevo los auriculares puestos. Ha coincidido en el silencio de un cambio de canción. Me vuelvo y veo delante de mí a una niña que no tendrá más de ocho años. Lleva una camiseta naranja sin mangas sobre otra verde de manga larga. Está llena de polvo y sobre su cabeza, una raída gorra azul. Le cuesta andar sobre el pavimento de la calle de las columnas, enormes piedras entre cuyas grietas cabe perfectamente el pie de una criatura como la que tengo delante.

―Hola ―le respondo quitándome los auriculares.

Sale de detrás de su puestecillo de venta ambulante (una tabla tirada en el suelo con algunas postales, piedras y collares polvorientos) y se acerca a mí con una moneda en la mano. Cuando llega a mi altura se detiene, toma aire y vuelve a hablar.

―¿Cuántos dinares? ―pregunta mientras me muestra un euro.

―Un dinar.

Parece decepcionada con mi respuesta, pero no se deja abatir y reclama una confirmación.

―¿Un dinar?

―Sí.

―El hombre que me la dio me dijo dos dinares ―casi susurra mientras agacha la cabeza. Se ha dejado abatir.

―¿Quién te ha dicho eso? ―respondo sin dar crédito.

―Un hombre. Se llevó uno ―señala un collar― por dos dinares y me dio esta moneda.

Mientras hablamos, y desde el momento en que oí su voz, se activó en mi cabeza ―queriendo o sin querer, que más da― el modo seguridad. Veo a una niña de media docena de años como un posible enemigo y la olisqueo para tratar de descubrir si viene en son de paz. Oyéndola hablar y, sobre todo, viendo su cara, el mecanismo se apaga automáticamente por falsa alarma. Creo lo que dice, por más que me resulte increíble que un tipo haya timado a una criatura como la que me mira con ojos tímidos.

―¿Cuándo ha sido? ¿Está el hombre por aquí? ¿Puedes verle?

―No, ya se ha ido.

Lo siento, pero sigue sin entrarme en la cabeza que haya alguien tan miserable y europeo que pueda llegar al extremo de robar a una niña de seis años que se ve obligada a partirse la espalda currando para ganar algo con lo que ayudar a sacar adelante a la familia. No es posible que pueda existir alguien así. La otra opción es que la niña esté mintiendo, pero viéndola me parece una posibilidad exactamente igual de inverosímil.

―¿Qué vendes?

―Postales y más cosas. ¿Quiere comprar algo?

―A ver, déjame echar un vistazo.

La acompaño a su negocio y me pongo en cuclillas para estar a su altura mientras simulo interés por las chatarrillas que tiene colocadas de forma ordenada sobre la tabla.

―Compre un collar ―me dice.

―Pero si son de chica. No me sirven. ¿No tienes pulseras como estas?

―No. Compre un collar para su novia.

―No tengo novia.

―Pues para su mujer.

―No tengo mujer.

―Pues para su madre.

Ahí me ha pillado.

―Ahí me has pillado. ¿Cuánto cuestan?

―Elija uno y le digo cuánto cuesta. ¿Le gusta este?

―Algo recargado ¿no crees?

―¿Y este? Ayer vendí uno igual, pero blanco.

―¿Cuánto cuesta?

―Cinco dinares.

―Es demasiado, no tengo tanto dinero.

Estoy regateando con una niña de seis años que probablemente me lleve al huerto.

―Cuatro dinares. Ayer vendí uno por cinco dinares.

―No puedo, lo siento. Tengo que irme.

―Dos dinares.

―¿Dos dinares? Me parece justo. Me lo quedo.

Cojo el collar y lo sujeto entre mis manos unos segundos mientras espero estúpidamente que saque una bolsa de debajo de su mostrador de tabla y polvo.

―Ten ―le digo mientras le acerco los dos billetes.

Con un gesto casi mecánico, la niña levanta una piedra y saca de debajo un cajita de plástico con forma esférica. Es una de esas cajitas de chicles que venden en los supermercados. Recuerdo que en el trabajo, Teresa las usa para guardar el dinero de la lotería. La niña también la usa para guardar los dos billetes que le he dado. De paso, guarda el euro después de echarle un último vistazo, como buscando algún sitio donde diga que vale dos dinares.

―¿Quieres que te cambie la moneda? Me la das y te doy un dinar.

―Vale.

―Aquí tienes.

―Gracias ―me dice mientras cierra su cajita y la vuelve a colocar debajo de la piedra―. El collar es muy bonito, su madre se va a poner muy contenta.

―¿Te gusta? Te lo regalo.

―¿Cómo?

―Si te gusta, te lo regalo. Para ti.

Se lo acerco, pero se muestra reacia a cogerlo. Esconde sus manos detrás de la espalda.

―Pero es un regalo para su madre.

―Sí, pero mi madre ya tiene muchos collares. No necesita ninguno más.

Sigue dudando. Creo que la he pillado con el paso cambiado. Finalmente, cede y agarra el collar.

―Es muy bonito.

―Es un regalo para ti.

―Gracias.

―Pero no vuelvas a venderlo. Es tuyo, te lo he regalado yo. ¿Vas a volver a venderlo?

―Sí.

Risas.

―No lo hagas, por favor. Los regalos no se venden ―le pido con suavidad y de corazón. Creo que ha leído mi rostro.

―No lo voy a volver a vender, puede estar seguro.

―Gracias. ¿No te lo pones?

―Es que…

Empieza a dudar, pone cara de asustada y mira hacia los lados. Basta un instante para deducir que sus padres no le dejan aceptar regalos de extranjeros. Probablemente ni siquiera le permitan hablar con ellos más de lo estrictamente necesario para venderles alguna cosa. Aun así, sigue adelante.

―Está bien ―me responde mientras trata de ajustarse el broche detrás de la cabeza.

―¿Necesitas ayuda?

―No, ya está.

―Estás muy guapa.

Sonrisa tímida. Miradas desconfiadas a uno y a otro lado.

―¿Cómo te llamas? ―le pregunto.

―Rania.

―Adiós Rania, tengo que irme ―le digo mientras me incorporo y noto calambres en todos los músculos de las piernas.

―¿De dónde eres?

―De España.

―Bienvenido ―añade en español de forma mecánica.

Horas más tarde, de vuelta ya al autobús, vuelvo a cruzar la calle de las columnas. Allí sigue el puestecito de Rania.

―Adiós Rania.

Al oír mi voz, se levanta y me hace un gesto con la mano. En su cara, una sonrisita. En su cuello, un bonito collar.