Mis motivos

Todo lo hice por una mujer. Planeé dar la vuelta al mundo para hacer sonreír a una mujer.


Cuando Televisión Española emitió por primera vez La vuelta al mundo de Willy Fog, una serie de dibujos animados basada en la obra La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne, yo tenía siete años. Imagino que aquella época se escribió con lápiz en mi cabeza, porque hoy día está tan borrosa y decolorada que apenas recuerdo nada. Sin embargo, hay varias cosas que no se me han borrado: la angustia que sentía cada vez que Willy Fog se encontraba con algún problema que le complicaba el viaje o el momento exacto en que decreté que quería dar la vuelta al mundo. Fue durante el giro definitivo que se produce en el último episodio, cuando los protagonistas descubren que han ganado un día por viajar en el sentido de la rotación de la Tierra.

Con el paso de los años, el sueño de dar la vuelta al mundo, como tantos otros, quedó enterrado, aplastado por la adolescencia y sobre todo por la perversa ―y eludible― transición al mundo adulto. Las indeseables comodidades de la vida en pareja me convirtieron en un hombre gris que se olvidó de las absurdas fantasías de un niño.

Tuve que sufrir una tormenta que se llevó mi vida por delante para poder asistir en primera persona a un renacimiento, a un amanecer de sol de ojos marrones cuyos rayos secaron el fondo fangoso del pozo donde me hallaba, donde aceptaba mi destino con sumisión y oscuridad.

Fue un día de verano cuando conocí a C…

Un inocente cruce de miradas provocó esa chispa que reactivó el cadáver en que me había convertido. Pasé, en un instante de tiempo, de la nada al todo, del infierno al cielo, del crujir de dientes al suspiro. Decidí entregarme a ella. Dado que me había acostumbrado a no vivir, me pareció que lo justo era regalarle mi recién estrenada existencia. Me transformé en un autómata, en una especie de monstruo del Dr. Frankenstein movido únicamente por la esperanza de poder satisfacer todos sus deseos.

Todo lo que hacía tenía como objetivo conseguir que se sintiera bien.

Quería tener un cuerpo perfecto, un alma perfecta. Le entregué mi vida. Renuncié a mí y hubiera renunciado a todo si ella me lo hubiera pedido. Pero todo era insuficiente. Ella nunca me pidió nada; eran mis propios complejos los que se encargaban de que cualquier cosa que pudiera hacer para complacerla me pareciera insignificante.

Fue entonces cuando conocí la historia de Mallory, su obsesión por escalar el monte más alto de la Tierra por el simple motivo de estar ahí y su intención de dejar la foto de su mujer en la cima del mundo. En ese momento decidí que yo coronaría mi particular Everest, que haría eso que nunca me atreví a hacer, que llegaría más lejos de lo que nunca había llegado, que daría el paso que superara la frontera de mis limitaciones. Convertí en obsesión mi sueño de niño: dar la vuelta al mundo. Una pequeñez, quizás, para alguno de ustedes, pero un verdadero jalón para mí.

Desde ese mismo día comencé con impaciencia los preparativos. Quería irme cuanto antes porque el paso de los días y la insatisfacción que me producía mi incapacidad para venerar a C… lo suficiente estaban haciéndome sentir que la perdía poco a poco.

Sin embargo, el día antes de la partida recibí una llamada que lo cambió todo. Era C… Me pidió que buscara mi felicidad dejándola al margen. Después de eso, todo dejó de tener sentido.

Estaba perdido y comencé, cabizbajo, un recorrido de vuelta a la oscuridad de la cual ella misma me rescató. Pensé en anular el viaje, en anularme a mí, pero no podía hacerlo. En vez de eso, modifiqué el objetivo de la aventura: ya no lo haría por impresionar a nadie, lo haría para encontrarme a mí mismo, para recuperar definitivamente a aquel tipo que fui años atrás, independiente y libre, para volver a ser el protagonista de mi propia vida.