Miércoles, 8 de julio de 2009

Despierto de frío. Me asomo a la ventana buscando una referencia de la hora que puede ser y lo único que puedo ver es el cristal empañado. Es de noche, eso sí. Son las siete de la mañana. Las vacas siguen dormidas, aunque imagino que no tardarán en despertar. Bajo al piso inferior del autobús y me sirvo yo mismo el café («Sírvase usted mismo», reza el cartel). El autobús es muy cómodo y eso me ha permitido dormir de un tirón. No sé hasta qué hora estuve escribiendo anoche, pero fue hasta muy tarde, quizás las cuatro. Según se aclara el día, puedo comprobar que el paisaje sigue siendo argentino: sigue habiendo eternos llanos que desaparecen por la curvatura de la Tierra. Sigue habiendo vacas, ya despiertas y cabizbajas, sigue habiendo charcas y granjas de caballos, y pequeños bosques de quita y pon. El autobús sigue circulando por larguísimas rectas que hacen que sea fácil dormir y muy fácil mear.

Después del café me he tomado un par de manzanas, con lo que he acabado con la reserva que me traje de Córdoba. La fruta me dura horas; no puedo resistir las ganas de comérmela sabiendo que la tengo a mano y paso hambre. Las galletas del desayuno las he tirado. Después de los excesos en Córdoba, he decido retomar la senda de la comida sana, al menos dentro de lo posible. Se acabaron los dulces a todas horas, ahora me centraré en fruta, verdura, pescado y algo de carne. También quiero empezar a regular los horarios, no puedo andar comiendo cada vez que tengo oportunidad.

Llegamos a la terminal de autobuses a las diez y cuarto. Como me adelantó el tipo del autobús, llegamos con casi dos horas de retraso, pero no me preocupa, tengo tiempo de sobra. Cambio dinero y me aseo un poco en los mejores servicios que he visto en mi vida. Junto al bote de jabón hay otro bote de crema hidratante para las manos. Me gusta este sitio. Hay un tipo que está pendiente de ti y que te pasa una toalla cuando te estás lavando las manos. No te espera en la puerta, te la acerca y espera a que termines para quedarse con ella.

―Aquí tiene una toalla, amigo.

―Gracias. Tenga.

―No aceptamos propinas, amigo.

―Vaya, lo siento.

―No hay de qué, amigo.

―Gracias, hasta luego.

―Suerte, amigo.

Lo siguiente es acercarse a una oficina de información para saber cómo llegar al centro y luego al aeropuerto. Todo es sencillo; para el centro no tengo más que tomar un autobús que para en la puerta de la terminal y para ir al aeropuerto debo ir a la terminal que hay junto al Río de la Plata, a quince minutos caminando desde el centro. Tengo mi mapa en el bolsillo y unas preciosas horas por delante. Ya estoy lo suficientemente despierto e informado como para trazar un plan para el día de hoy. Es miércoles, ocho de julio y tengo que tomar el vuelo que cruza el Río de la Plata, de Montevideo a Buenos Aires, a las seis, así que tendré que estar en el aeropuerto unas tres horas antes; no seamos apretados, pongamos a las tres y media. Una vez llegue a Buenos Aires, a eso de las siete, empezará mi carrera por la ciudad. Aterrizaré en el aeroparque Jorge Newbery, pero mi avión a Nueva Zelanda sale desde el aeropuerto internacional Ezeiza. Solo tengo tres horas para ir de uno a otro porque el vuelo a Auckland sale a las diez. Siempre con prisa, así es mi viaje.

El día es jodidamente frío y ligeramente nublado, pero no hay riesgo de que llueva. El tráfico es horrible, lo que hace que el autobús llegue al centro a mediodía. Paso las siguientes horas caminando por el centro histórico, empezando en la plaza de la Independencia para ir bajando por las calles peatonales que la rodean. No es la ciudad más bonita del mundo y llega a resultar algo fría, más allá de la temperatura invernal. Tiene cierto aire de falsa y me recuerda a Bratislava. Compro unas postales y hojeo unos libros de segunda mano en el puestecillo de un viejo con el que charlo durante un buen rato.

No tengo ganas de problemas, así que cuando dan las dos y media, decido ponerme en marcha hacia el aeropuerto. Antes paro en una tienda de barrio y compro manzanas, mandarinas y un par de bocadillos de jamón york. Pregunto sobre cómo llegar a la terminal de autobuses y me indican un camino que no es directo pero es seguro. Montevideo no es una excepción y los alrededores de la estación de autobuses son zona apache. Con mis mochilas y mi bolsa de víveres me encamino por las calles que me han recomendado en la tienda.

―Buenas tardes señor. ¿Sería tan amable de decirme cómo se llama esta calle? ―pregunto a un tipo que amarra su bicicleta a una farola.

―Calle Rubinos. ¿Dónde vas? ―me pregunta sin darme tiempo a darle las gracias.

―A la terminal de autobuses. Según me han dicho tengo que seguir por aquí hasta cruzarme con la calle Orfeón y torcer a la izquierda.

―Ese camino es más largo, mejor te puedes ir por aquí y por acá ―me dice.

―¿Por aquí?

―Sí, sales directo a la estación.

―Gracias.

―No, por favor.

Decido hacer caso al tipo de la bicicleta y me meto por la calle que me ha dicho. No tardo en arrepentirme. Las dos aceras están ocupadas por sendos grupos de yonquis metiéndose farla y jaco. Ya no puedo darme la vuelta; «ni se te ocurra darte la vuelta», me dice una voz en la cabeza. «La has cagado metiéndote aquí, pero ya tienes que apechugar». Me lanzo directamente a la carretera, aprovechando que hay poco tráfico ―aunque suficiente para no poder separarme demasiado de la acera.

―¿Podemos ayudarte? ―oigo a mi lado, adonde no he querido mirar para evitar problemas.

―No, gracias ―digo mientras pienso que no deben darse las gracias en estas situaciones. Hubiera bastado un «no» o un «paso».

―¿Dónde vas, jefe?

―Voy a la estación.

―Te puedo acompañar si quieres.

―No hace falta, gracias ―le digo mientras me vuelvo hacia la voz.

Casi me caigo de espaldas cuando veo que no hay un tipo, sino dos. Uno de ellos, el que habla, está subido a la espalda del otro. Viendo las esmirriadas piernas del primero, deduzco que tiene algún problema y que probablemente ande en silla de ruedas. El otro se limita a llevarle a cuestas sin decir nada. La estampa es realmente surrealista: un tipo con otro colgado como si fuera una mochila. El paralítico se aferra al cuello de su caballo con ambas manos y me habla por encima del hombro de este. La imagen, tan grotesca, me trae a la memoria Basket case, una vieja y extraña película que iba de dos hermanos siameses. En un cálculo rápido, decido que el paralítico pesará al menos sesenta kilos y mi mochila apenas llega a veinte, así que aprieto el paso con la intención de dejarles atrás, de hacerles abandonar por agotamiento, como hacía Indurain con los italianos subiendo el col du Tourmalet. Funciona, y sus frases, cada vez menos sutiles y más amenazantes, van quedando atrás. Llego a avergonzarme un poco de aprovecharme de esa forma de su desgracia, pero qué coño, el colega quiere mi pasta. Que se joda. Solo espero que no lo pague con su mula, me cae bien porque no habla.

Llego a la estación a tiempo de tomar un autobús que estaba a punto de salir. Salen cada hora, así que si no llego a tomar ese, hubiese tenido problemas. Pensaba que iba con tiempo de sobra, pero no era así. En el momento en que uno depende de terceros nunca se puede confiar. Quizás lo aprenda algún día antes de terminar el viaje. Sea como sea, por suerte o por buena planificación, llego al aeropuerto y facturo la mochila con tiempo de sentarme a comer un poco. La chica de Pluna, la compañía con la que hago el primer vuelo me ha dicho que, al tener que cambiar de aeropuerto en Buenos Aires, me tengo que hacer cargo yo mismo de la mochila, es decir, a todos los efectos son dos vuelos independientes. Eso quiere decir que tendré que volver a facturar el equipaje en Ezeiza, o lo que es lo mismo, que deberé estar al menos un par de horas antes. Mis tres horas para cruzar Buenos Aires se han reducido a una. Tengo una puta hora para cruzar una ciudad de tres millones de habitantes. Ni se me ocurre la posibilidad de que alguien más haga ese mismo trayecto, así que lo único que puedo hacer es lamentarme y acordarme de la familia de quien impuso la norma que prohíbe tomar directamente el segundo vuelo desde Buenos Aires.

―Para mí sería más cómodo tomar el vuelo directamente en Buenos Aires, así tendría tiempo de llegar sin agobios ―trato de explicar a la señorita de la agencia.

―Lo siento señor, eso no es posible. Tiene que tomar el vuelo en Montevideo ―concluye la señorita.

Por fortuna, todo marcha sobre ruedas. El vuelo sale con puntualidad suiza y el buen tiempo hace que incluso lleguemos con un par de minutos de adelanto.


En Buenos Aires brilla el sol

Es increíble la cantidad de gente que tiene que revisar mi pasaporte antes de poder pisar suelo argentino. Todos quieren ver mi careto. Con la paciencia de un monje meditador he conseguido salir del laberinto de pasillos y ya estoy buscando medio de cambiar de aeropuerto. En el autobús que nos ha llevado de la terminal al aparato he conocido a un chico argentino que me ha dicho que hay una línea de autobuses, Manuel Tienda León, que une ambos aeropuertos. Echo un vistazo y encuentro fácilmente su taquilla gracias a un enorme luminoso de color blanco.

―Buenas tardes. Necesito ir al aeropuerto Ezeiza, es urgente.

―Acaba de salir uno hace un minuto, deberá esperar al siguiente, dentro de una hora.

―¿Una hora? ―pregunto revisando el reloj para comprobar que son las siete y un minuto. Tengo que estar allí dentro de una hora. ¿Cuánto dura el trayecto?

―Unos ochenta minutos.

―¡No me diga eso! ¡Voy a perder el vuelo! ¡No puedo creerlo! ¿Tienen alguna otra forma de llegar?

―Podemos ofrecerle un viaje exprés.

―¿Cuándo sale?

―Ahora mismo, si así lo desea.

―¿Cuánto tarda?

―Unos cuarenta minutos.

―Perfecto, me lo quedo. ¿Cuánto va a costarme?

―Ciento cuarenta y un pesos.

―No sé ni en que país estoy. ¿Puede traducírmelo a dólares americanos?

―Treinta y siete dólares.

―¡Treinta y siete pavos! Madre mía. No me haga caso… ¿puedo pagar con tarjeta?

―Por supuesto. Espere un segundo, enseguida vienen a recogerle.

Un puto minuto va a costarme treinta y siente dólares. Mientras espero, repaso el tiempo que ha pasado desde que aterricé hasta que llegué al mostrador de Manuel Tienda León y trato de acortar el trayecto en un minuto. Ya lo tengo, la payasada de sacar la lengua me ha costado treinta y siete pavos. Al aterrizar, nos han hecho ponernos en cola e ir pasando uno a uno para hacernos una foto, imagino que por temas de seguridad. Cuando ha sido mi turno no he podido evitar la tentación de sacar la lengua, así que el policía encargado se ha enfadado, me ha reñido como si fuera un niño y me dejado para el último. Yo estaba tan cansado que ni siquiera le he escuchado. He esperado mi turno, he vuelto a posar con mi lengua escondida y en paz. Ahí tengo el minuto.

La llegada de un tipo vestido con pulcritud, de riguroso negro, chaqueta, corbata y chaleco, interrumpe mis pensamientos.

―Cuando desee el señor. Su coche está listo ―me dice con voz de melocotón.

―Vámonos, que tengo mucha prisa.

Me conduce a la calle, hacia un coche negro, de lunas tintadas. Brilla como si lo acabaran de encerar. La tapicería es de piel y huele de maravilla. Tengo la impresión de que he contratado un servicio de lujo. Joder, voy en un coche negro con chófer trajeado de arriba a abajo. Soy un tipo importante.

―¿Cuánto tardaremos en llegar? ―pregunto nervioso.

―En condiciones normales no serían más de cuarenta minutos, pero hoy no es un día normal. Mañana es nueve de julio, el día de la independencia de Argentina, y el viernes es puente, así que hay mucho tráfico y más teniendo en cuenta que es hora punta.

Tiene puesta en la radio una emisora que cada diez minutos informa sobre el estado del tráfico. Justo cuando salimos enumera una infinita lista de accesos que están colapsados. Más que la sección de tráfico, parece la sección de necrológicas.

―Pues vaya, resulta que la autopista por donde tenía pensado ir está colapsada. Tendré que cambiar la ruta. Creo que lo mejor es cruzar por el centro. Así al menos tendremos posibilidad de cambiar de ruta si fuera necesario. Si nos metemos en la autopista y nos encontramos con un tapón, no podremos hacer nada.

―Me pongo en sus manos. Lo único que le pido es que me ayude a no perder el vuelo, es importante. Sale a las diez, así que debería llegar a las ocho.

―Va a estar justo, pero lo intentaremos.

Con la charla que hemos tenido, creo que he conseguido que Armando se implique. Cada diez minutos, la radio informa sobre las cada vez más colapsadas carreteras de salida de Buenos Aires y Armando me cuenta cómo afecta eso a nuestro camino. Al caos propio de la tarde que precede a un puente se han unido un accidente y una manifestación de la hinchada de Huracán, un equipo de fútbol, harto ya de malos arbitrajes.

―Esto es increíble. ¡No me diga que puedo llegar a perder el vuelo por culpa de una manifestación de la hinchada de Huracán! ―digo sin salir de mi asombro pero sin poder evitar una risa sincera.

―Señor, debería haber visto usted los últimos arbitrajes ―me responde Armando con impavidez exquisita.

Avanzamos muy lentamente por las anchas calles bonaerenses, llenas de coches, de cruces y de semáforos. El tiempo pasa y no me atrevo a preguntar cuánto nos queda. Ya son más de las ocho cuando nos incorporamos, por fin, a la autopista.

―El accidente y la manifestación han quedado atrás, ya podemos incorporarnos a la autopista ―me explica Armando.

―Menos mal que usted lleva puesta esa emisora, porque si no ahora mismo estaríamos metidos en una ratonera.

―Una ratonera de dieciocho kilómetros de retención ―añade satisfecho de haberla sabido evitar.

En la autopista, Armando se afloja el nudo de la corbata.

―Si a usted le parece bien, aquí podría arriesgar un poco más. Entiéndame; cuando digo arriesgar, me refiero sencillamente a hacer cosas que no están del todo bien, pero que no pasa nada por una vez.

―Me pongo en tus manos Armando. Como dicen en mi país: «dale caña Torete».

―Creo que le entiendo, señor.

Armando es tan flemático como Anthony Hopkins en Lo que queda del día, pero sabe conducir, y sabe acelerar. Adelanta a todo coche que se le pone por delante, por la derecha, por la izquierda o por encima. Con cada uno de esos adelantamientos «arriesgados», se disculpa. Yo le animo a seguir. Son las ocho y media y aún no hemos llegado. Empiezo a plantearme seriamente la posibilidad de perder el vuelo. Hasta ahora había estado convencido de llegar, e incluso me divertía todo el asunto de la conducción arriesgada de Armando, pero ahora no lo veo nada claro. Los vuelos internacionales tienen mucho papeleo, y más aún con el asunto de la influenza.

―No creo que lleguemos, Armando.

―Seguro que sí, señor, yo soy positivo. ¿Vuela en Aerolíneas Argentinas verdad?

―Sí.

―Si fuera otra compañía, una europea, le digo yo que no le dejaban subirse al avión a esta hora, pero tratándose de Aerolíneas, estoy seguro de que sí. Ellos funcionan de otra forma, no son tan estrictos.

―Ojalá sea así.

Tratando de buscar un consuelo, vuelvo a repasar las últimas horas y me alegro de haber sacado la lengua. Si no la llego a sacar y no llego a perder el minuto, ahora mismo estaría en un autobús, probablemente encerrado en un atasco de dieciocho kilómetros y maldiciendo mi suerte. Mi lengua es otra prueba de mi buena estrella. Creo que estoy agotando todo el buen karma acumulado a lo largo de siglos y siglos de reencarnaciones.

―Ya llegamos, señor. En cuanto pare el vehículo, agarre las mochilas y entre por esa puerta. Siga adelante y los tres primeros mostradores que va a encontrar son de Aerolíneas Argentinas.

―Deséame suerte, Armando.

―Mucha suerte, y buen viaje ―me dice con una sonrisa.

―Gracias por todo ―le digo apretándole la mano.

Sus explicaciones han sido precisas y en diez segundos estoy frente a una señorita de Aerolíneas Argentinas. Me señala el mostrador donde tengo que ir. Las piernas se me aflojan como a un burrito falso cuando veo que no hay nadie allí. Aporreo el mostrador y aparece una chica.

―Hola, ¿se hace aquí la facturación del vuelo a Auckland? ―pregunto con cara de agobiado y fingiendo que me falta el aire.

―Hemos cerrado la facturación hace unos minutos ―me responde con tono de disculpa sincero.

Ese tono era todo lo que necesitaba. Tengo delante de mí a Coral, una chica atractiva, como todas las de Aerolíneas Argentinas. No me importa su atractivo, solo me interesa la forma en la que me ha dicho que han cerrado la facturación. Sé que no estoy delante de una fría azafata de gran ciudad, estoy delante de una chica sensible, al menos lo suficiente.

―No me digas eso por favor, no me digas que no ha servido de nada todo lo que he hecho ―me lamento como un cachorro.

―Le convocamos tres horas antes, señor, y faltan menos de noventa minutos para despegar. De veras lo siento.

―Por favor, necesito facturar esta mochila. Estoy en mitad de un viaje; aún me quedan muchos kilómetros que hacer y llevo aquí cosas que necesito.

Le cuento la película del español aventurero que ha cruzado las Américas con un mensaje de paz y buen rollo, acompañado únicamente de su mochila. Estoy sembrado. Le hablo de lo bien que me ha tratado todo el mundo en América del sur, de que me he prometido a mí mismo volver. Le hablo del blog y del cachondeo del que voy a ser víctima por todo el mundo. Le lloro por los treinta y siete pavos que he tenido que pagar, le cuento la historia del atasco del siglo, de los adelantamientos de Armando. Le lleno las orejas de caramelos de Winnie the Pooh y cede como un delicado candado de diario de primera comunión en manos de Arsenio Lupin.

―Voy a intentarlo, no se mueva de aquí ―me dice con una gloriosa sonrisa que la convierte en la mujer de mis sueños.

Dos horas después, tras pasar por cien controles aduaneros y médicos, después de haber rellenado medio millón de formularios, me encuentro sentado en mi asiento, rodeado de gilipollas con máscaras de cirujano. Me coloco los auriculares metiendo el cable por mi espalda, me calo el gorro de lana hasta que me cubre las orejas y me apoyo en el respaldo del asiento para ocultar cualquier pista. No estoy dispuesto a despegar si no es escuchando a Extremoduro, me da igual lo que diga el comandante Castillo.

Se acabó; el odio me arrolló la razón,
de mi época estoy comprometido.
Y el amor, se fue volando por el balcón
adonde no tuviera enemigos.

Y ahora estoy en guerra contra mi alrededor,
no me hace falta ningún motivo.
Y es que soy maestro de la contradicción
y experto de romper lo prohibido.

Mientras suena Extremoduro pienso en lo que he hecho: he cruzado América de norte a sur en tres semanas y media. He cruzado cien fronteras, he tomado mil autobuses, barcas, aviones, motos, taxis, colectivos. He caminado, madrugado, trasnochado, me he emborrachado. Me he saltado comidas, me han engañado, he recibido la ayuda de la gente adecuada en el momento adecuado, y cada uno de los pasos que he dado en estos días, adelante o en falso, ha sido necesario para poder llegar justo a tiempo a tomar un avión cuya fecha decidí meses antes en Málaga en mitad de una madrugada, tirando un dado, y que el destino se encargó de rectificar para que pudiera lograrlo.

Sin patria ni bandera, ahora vivo a mi manera.
Y es que me siento extranjero fuera de tus agujeros.
Miente el carné de identidad: tu culo es mi localidad.
Miente el destino para hacer que no te vuelva a ver.

¡Miente! Si dice «no», me miente,
si dice «sí», me miente
y si calla también miente.

Dice que yo ya no te espero.
¡Un cabrón embustero!
¡Tu corazón te miente!

Mañana, nueve de julio, día de la independencia de Argentina, será un día extraño en mi vida. Será tan extraño que ni siquiera existirá. He tomado un vuelo en Buenos Aires el día ocho de julio que, después de trece horas de vuelo, aterrizará el día diez en Auckland, Nueva Zelanda, Oceanía.

Viento, devuélveme el momento,
quiero pasar las horas nadando mar adentro.

Y qué voy a hacer, si vivo a cada hora
esclavo de la intensidad;
vivo de la necesidad.

Hace ya horas que sobrevolamos el Pacífico y aquí todo el mundo duerme. El único rayo de luz artificial del avión alumbra mi teclado y mis manos de uñas sucias.

Y rebusco en la memoria el rincón donde perdí la razón,
y la encuentro donde se me perdió cuando dijiste que no.

¡Ay del desánimo!, que no puede conmigo.
¡Ay del destino!, que no juegue conmigo.
Hay un brillo mágico que alumbra mi camino.

Después de arder, el fuego ya es solo humo.