Miércoles, 5 de agosto de 2009

La habitación reunía todas las características requeridas para un buen descanso, que son las mismas que exige cualquier vampiro de bien: oscuridad absoluta (es subterránea y no tiene ventanas), silencio absoluto (es subterránea y no tiene ventanas), ambiente fresco (es subterránea y tiene ventilador) y un puntito de humedad (es subterránea). Todo ello hace que me despierte a las ocho de la mañana, aunque tengo que mirar el reloj varias veces antes de creérmelo. Mi primer impulso es levantarme de un salto y salir pitando, pero luego me lo pienso mejor.

Take it easy, dude.

Yeah, brother. I will.

Se acabaron las prisas si no son estrictamente necesarias, y para ir a pasear no lo son, no señor. Con toda tranquilidad me visto, recojo mis cosas y salgo con idea de coger un taxi que me lleve a la Ciudad Vieja. Sin embargo, pregunto en recepción y me dicen que no hace falta, que basta con caminar unos minutos siguiendo unas sencillas indicaciones.

Por más sencillas que fueron («sal por esta calle, gira a la derecha y sigue recto diez minutos»), me pierdo. En Damasco no hay calles rectas, así que nada de seguir recto. Tengo que improvisar y me acabo perdiendo. Menos mal que a estas alturas ya me las sé todas y he ido haciendo fotos cada vez que doblaba una esquina. Migas de pan del siglo XXI que me sirven para volver al punto de salida: el hotel.

El edificio tiene dos puertas. Mi primer intento ha sido por la puerta trasera, pero tras el umbral me esperaba un laberinto de callejuelas retorcidas y enojadas. Por ahí no.

Mi segundo intento es por la puerta delantera. Esta da a una gran avenida llena de coches, gente y calor. Hace un día horrible: soleado y caluroso de cojones. Voy a pasarlo mal. Echo un vistazo desde una esquina de sombra y descubro a lo lejos una oficina de turismo. Me dan un plano y me vienen a dar las mismas indicaciones que el tipo del hotel, pero aplicadas a la puerta delantera, claro. Sin embargo, antes de ir a la Ciudad Vieja, me intereso por el mercado de artesanía. Hay que desviarse un poco, pero con el mapa en la mano estoy a salvo. Además, el edificio de correos pilla de paso. Incluso con el plano en la mano y las anchas calles por delante, las paso canutas para encontrar el sitio. No sé qué me pasa, ando algo espeso últimamente.

El calor me obliga a hidratarme continuamente, así que paro a comprar una botella de agua grande (me duran dos sorbos). Me atiende un niño que, con mucho trabajo, me dice que la botella cuesta veinticinco libras (lo escribe en un papel con todo el esfuerzo del mundo. Debe de pensar que menudos signos tan raros emplean estos blancos). Tengo algunas monedas en el bolsillo pero están en árabe, por lo que incluso los números son diferentes; no tengo ni idea de cuántas darle. Las cojo todas (solo son tres e iguales) y se las muestro con la mano abierta con la idea de que se sirva él mismo. El niño reacciona inmediatamente cogiendo las tres. Las hace desaparecer en una fracción de segundo, tan rápidamente que solo tengo tiempo de ver su cara de ansia.

―OK ―me dice.

―¿OK? ―le respondo.

Me cuesta creer que tres monedas iguales sumen veinticinco, así que he de suponer que he pagado más por la botella. Nunca llegaré a saber lo que pagué, pero lo que sí sé es que me gustó el gesto del pájaro, dándome el palo in my face sin dudarlo un instante. Demasiada moral tenemos ya y hay que ganarse la vida como sea.

Salgo de la tienda con una sonrisa en la cara y llego al mercado de artesanía. No ofrece gran cosa y, de hecho, no ofrece nada que no haya visto ya en otros mercados de artesanía. La globalización nos está haciendo inmunes a casi todas las emociones que tienen que ver con el descubrimiento de lugares desconocidos. En fin. Lo que sí me sorprende es que haya muchos puestos que estén empezando a abrir y ya es medio día. Probablemente sea por mor del calor, que hace que se aprovechen las horas de tarde y noche y se descanse por la mañana. Me doy unas vueltas pero no compro nada, no puedo.

Me dirijo a la Ciudad Vieja, cuidándome mucho de cruzar las calles, porque aquí le tienen tanto respeto a un paso de peatones como en España a un semáforo en ámbar. Después de unos minutos llego ante sus puertas. Toda la ciudad, se dice que la más vieja del mundo, está rodeada por muros y el acceso se hace por alguna de sus entradas. El momento de cruzar esas cancelas por primera vez (en realidad es por segunda vez, pero eso aún no lo sabía) es una de las fotos que tengo grabadas en la cabeza y que probablemente nunca olvidaré. Vuelvo a acordarme de Sergio, de su cámara y de sus exposiciones de minutos. No entiendo mucho de fotografía (no tengo ni idea), pero creo que sé apreciar cuando un sitio tiene una iluminación diferente a lo habitual y la entrada a la Ciudad Vieja la tiene. Se trata de una galería abovedada, con agujeros en el techo que dejan pasar tubos de luz que tratan de llegar al suelo, pero que son interceptados por las cientos de personas que suben y bajan las calles.

Más allá de la luz, la foto que quedará grabada en mi cabeza es una foto de olores. Siempre he detestado el olor a especias. Siempre evité la esquina del mercado del Carmen donde el tipo sin piernas vendía especias; nunca abría el cajón de la cocina donde las guardaba mi madre. Sin embargo, en la Ciudad Vieja es diferente ―o probablemente el diferente sea yo y mi predisposición a disfrutar de lo que estoy viendo, oliendo y sintiendo―. Eso es así. Guardo el mapa en un bolsillo bajo siete llaves, me quito los auriculares y me preparo a pasar las siguientes horas de aquí para allá, vagabundeando, curioseando, olisqueando. Estoy tentado de hacer una lista mental de las cosas que veo, pero son tantas que temo por mi cordura (esa que pende de un hilo) y la pereza de escribir puede conmigo.

―Paso.

A ratos paro a descansar. En una de estas, cuando estoy en un escalón decidiendo que es hora de comer, se acerca un limpiabotas. Es un niño que no tendrá diez años.


Faluya, el limpiabotas

―¿Limpia señor? ―me dice en árabe.

―¿Qué vas a limpiarme? ―le respondo enseñándole mis chanclas.

―Soy iraquí, de Faluya. No tengo familia, ni padre, ni madre ni hermanos. Estoy solo ―esto lo dice en perfecto y ensayado inglés―. ¿De dónde eres tú?

Me cuesta responder porque se me ha hecho un nudo en la garganta. No entiendo por qué, porque a estas alturas uno ya está de vuelta de todo y no debería verse afectado por la historia de un niño huérfano y limpiabotas de Iraq que quiere limpiarle las chanclas.

―De España ―escupo al fin.

―Buen equipo de fútbol. Fernando Torres.

―Sí, equipazo. Oye, estaba a punto de comer ¿Te apuntas? ―le pregunto con el gesto universal de llevarse un manojo de dedos a la boca.

―Vale ―responde agitando su cabeza de pelo sucísimo.

―¿Te gusta la fruta?

Se encoje de hombros, así que me levanto y le digo que me siga. Justo enfrente hay una frutería que regenta un viejo y que tiene de todo. Yo elijo algunas manzanas (que el viejo completa hasta llegar al kilo, puesto que tiene una báscula que funciona con pesas de hierro y la más pequeña que tiene es de un kilo), un enorme racimo de uvas (un kilo exactamente) y dos plátanos (que tiene a bien venderme sueltos). Faluya elige melocotones (que comerá con piel) e higos.

―¿En serio te gustan los higos, tío? Qué fuerte.

Ríe. El viejo nos lava la fruta en un roñoso grifo y me cobra. Le pido que se quede las monedas sueltas que quiere devolverme (no las quiero para nada, no sé ni lo que valen) pero no consiente, no acepta. Le insisto pero nada. Trato de explicarle que no las quiero y que se las doy por habernos lavado la fruta, pero nones.

―Vale, ya lo tengo.

Cojo algunas de sus uvas y me las meto en la boca apresuradamente. Mastico y le acerco las monedas. El viejo ríe, pero las monedas te las quedas, chaval.

―La madre que te trajo al mundo.

Volvemos a cruzar la calle para acomodarnos en el campamento base y empezamos a comer tranquilamente y en silencio. No tenemos muchas cosas de las que hablar, entre otras cosas porque el único inglés que sabe es recitar su tragedia en un acto y tres frases:

1. Soy de Faluya.

2. No tengo familia, ni padre, ni madre ni hermanos.

3. Estoy solo.

Estoy solo.

―Fernando Torres good ―dice para romper el silencio.

―Butragueño mejor ―le respondo.

―Casillas.

―Paco Buyo.

Risas.

Creo que hemos descubierto una forma de comunicarnos, un juego. Es divertido.

―David Villa.

―Basty.

―Raúl.

―Juanito.

―Xavi.

―Stielike.

Más risas.

El pequeño Faluya se sabe la alineación completa de la selección española, incluyendo a Albiol y otros a quienes casi no conozco ni yo. Pasamos un buen rato, pero yo me tengo que ir y él tiene que seguir currando.

―Encantado Faluya. Nos vemos, buena suerte.

―Limpia.

―¡Cómo vas a limpiarme las chanclas!

―Limpia.

―¡Que noooo!

―Limpia.

Se tira al suelo y me quita una de las chanclas. La frota con un trapo con energía y me la devuelve. Le doy la otra y hace lo propio.

―Ahora limpio.

―Gracias Faluya. Shukran1.

Faluya no quiere limosnas, quiere ganarse el pan con su trabajo. No tiene familia y está solo, pero el orgullo lo tiene intacto el pequeño cabrón. Imagino que llegará a viejo y seguirá teniéndolo, como el frutero.


Una curiosa ciudad

Tomamos caminos diferentes y yo voy perdiendo interés. La ciudad es grande y es fácil distinguir entre las zonas más turísticas, llenas de cazadores de fotografías, y las menos, con rincones de basura y miradas. Trato de refugiarme en las últimas porque no me gusta oír que alguien habla español cerca de mí.

―Amigo ―grita un nota.

―Hola ―respondo.

Es un tipo flaco y con bigote que ha salido de una pequeña tiendecilla de artesanía.

Tea?

No money.

No money, no money. Tea?

Sorry, no money.

No money! Tea!

―OK.

Acepto el té, ya que parece que no quiere sacarme nada a cambio (maldita desconfianza que se pega a mí como la camiseta empapada, como la sal del sudor). Paso a su minúscula tienda y me sirve un té.

Sugar?

―No. Shukran.

Charlamos unos minutos. Sabe algo de inglés y me dice que España es bonita y que le gustaría ir a Barcelona, a Madrid y a Valencia. Yo le suelto algunas chorradas por el estilo y echamos el rato, aunque no tardo en querer quitarme de en medio. Se llama Brahim y cuando me levanto para irme me da la mano y me planta tres besos. Le pregunto si quiere hacerse una foto conmigo y acepta.

―Bueno Brahim, me largo que tengo que llegar a Jordania antes de que anochezca ―le digo antes de plantarle tres besos en su cara flaca y áspera.

―Buena suerte, amigo.

Esta gente es curiosa, es realmente curiosa.

De vuelta al hotel, donde tengo que recoger la mochila, hago una última parada para tomarme otro té tranquilamente y pensar en todo lo que me queda por delante. Hoy el día tendrá veintiocho horas. Es una cafetería grande, una especie de patio cubierto, donde la gente fuma en cachimbas y conversa tranquilamente. Estando allí echo de menos tener un compañero de viaje. Me gusta viajar solo porque no tengo que compartir las decisiones, ni tengo que meter a nadie en berenjenales que yo mismo me busco. Sobre todo es esto último: si viajara con alguien, no entraría en la mitad de los sitios en los que suelo entrar, no hablaría con la mitad de la gente con la que hablo y no haría la mitad de las cosas que hago. Pero en determinados momentos, en los muy buenos y en los muy malos principalmente, echo de menos tener al lado a alguien con quien compartirlos. Alguien que me diga: este té lo pago yo. No se puede tener todo.

―Basta de mariconismos y levanta el culo que tenemos que irnos a Jordania.

Según el plan, tengo que ir al hotel, recoger la mochila, pillar un taxi que me lleve a la estación de Somarie, buscarme allí la vida para meterme en un taxi colectivo que me lleve a Ammán, buscar el hostel y darme una ducha. Sí, darme una ducha, por el amor de Alá. Potito a poto.

En el hotel me dicen que un taxi a la estación debe cobrarme unas doscientas libras. Siempre pregunto estas cosas para tener una referencia de regateo. El recepcionista me pregunta si quiere que me consiga uno, pero me advierte de que me costará más caro.

―Pijadas.

Salgo a la calle y empiezo a preguntar a los taxistas que hay en los alrededores del hotel. Me piden de cuatrocientas a quinientas, así que me lanzo a las calles. No para ni Cristo. De cada diez coches, siete son taxis, pero no para ni Cristo, da igual que vayan llenos o vacíos. Ni Cristo. Delante de mí hay un tipo que también busca taxi, así que me acerco y le pregunto. Nunca se sabe, quizás vaya a la estación.

―Yo voy a la estación de Somarie, ¿y usted?

―Yo a nosedónde.

―¡Hum!

―Estos malditos cabrones no paran ni a la de tres, y los que paran se permiten decirte que no. Son como autobuses, son peores que autobuses. Maldita ciudad.

Mientras se queja, ha parado un viejo a soltar a un pasajero que llega al hotel. El tipo habla con el viejo, pero este pasa de llevarlo. Dice que no con la cabeza. El tipo insiste, aunque ahora distingo claramente la palabra «Somarie». El viejo asiente.

―Todo tuyo el taxi, te llevará a Somarie.

―¡Muchas gracias! Shukran.

Meto las mochilas en el maletero y le pregunto al viejo cuánto va a cobrarme.

―Ciento cincuenta libras.

―De puta madre.

Paso de regatear, ya está por debajo de mi referencia.

La estación de autobuses está lejos y tardamos un buen rato en llegar. Voy acumulando cierto retraso, pero en general voy bien, tengo tiempo.

―¿Vas a Jordania?

―Sí, a Ammán.

―Ajá. En autobús o en taxi.

―En taxi compartido.

―Sí, es la mejor opción. La más barata. El autobús tarda demasiado.

―¿Cuánto puede costarme un taxi colectivo?

―No lo sé, hace tiempo que no sé cuánto llevan, pero quizás quinientas libras. No estoy seguro.

Me apunto la cifra mentalmente y la uso para conseguir una plaza por seiscientas. No he andado muy fino, pero al menos he bajado de las ochocientas que me pedían al principio. El sistema es exactamente igual que el sudamericano. En la estación hay un montón de taxistas que pelean por conseguir juntar a cuatro personas. Cuando las tienen, hacen el trayecto. Mientras antes se consigan, más trayectos hacen, pero la competencia es dura. Yo elijo (o acaso sea él quien me elija a mí, qué carajo importará) a un tipo bajo, calvo, bigote y gafas apoyadas en la frente. Soy el segundo. Me pide el pasaporte pero paso de dárselo. Insiste. Lo quiere para asegurarse de que no me cambie de taxi y le joda su colecta. Me parece justo y se lo doy. Quiero empezar a fiarme un poco más de la gente.

―Este tipo es un currante, coño. Se harta de hacer kilómetros. También tendrá su orgullo y estará hasta los cojones de que los forasteros le prejuzguen y le consideren un ladrón o qué se yo. Dale el pasaporte y relájate, joder. Tómate un cafelito turco. Date una vuelta entre toda esta gente que espera o busca clientes. ¡Que estás en Damasco! Te cagas.

En veinte minutos ya estamos todos. Ando algo torpe, muy torpe y, a pesar de ser el segundo recluta, me quedo con el peor sitio, el único sin ventanilla.

―Novato.

Bueno, tampoco es para tanto. Solo son un par de horas de viaje, qué más da. Además, el coche tiene aire acondicionado. Mis compañeros son dos jordanos, uno que no abre la boca y otro que no la cierra, y un sirio de aspecto borde, de maneras bordes. Emprendemos el viaje y a los diez minutos hacemos una parada en un restaurante. El resto de pasajeros aprovecha para pagar al taxista y yo hago lo propio. El tipo que no cierra la boca me invita a un botellín de agua; es simpático. El borde ni me mira, creo que no le caigo bien.

El cruce de la frontera de Siria no tiene mayor historia que pagar trescientas libras (no quiero ni echar las cuentas de lo que me ha costado entrar y salir del país, entre pitos y flautas; el visado me resultó carísimo). En la entrada a Jordania tengo problemas porque carezco de visado y tengo que pagarlo. La pega está en que solo me dejan pagar en dinares jordanos y no tengo ni uno solo. Por suerte, el tipo borde puede echarme una mano. Él sí tiene, así que me saca del apuro cambiándome algunas libras sirias. Le doy las gracias, pero ni siquiera se inmuta. Un tipo duro. Cuando volvemos al coche, habla con el conductor, que le da una moneda que a su vez me da a mí. Está ajustando la cuenta del cambio que hemos hecho antes y me está dando medio dinar (medio euro). No lo acepto, claro, y le digo que se lo quede, pero no hay tutía. Por cojones tengo que aceptar la moneda. No la quiere. Igual que el frutero, igual que Faluya. A cada uno lo suyo.

Mientras yo me peleaba con el visado, el conductor ha estado trapicheando en la tienda libre de impuestos. Ha comprado un montón de cartones de tabaco y anda camuflándolos como puede entre los equipajes de los compañeros (con su consentimiento, claro). Aun así le sobran algunos. Uno de ellos lo abre y va colocando paquetes sueltos por todo el coche: en la guantera un par de ellos, debajo de las viseras, en la caja de los CD, en las puertas, en la bandeja de atrás. No es suficiente: todavía le sobran dos cartones y discute con los demás. Parece que se ha colado comprando. Como esta ya me la conozco, me ofrezco para que metan un cartón en mi mochila. No sé bien cómo son las leyes de Jordania y Siria respecto a estas cosas, pero como mínimo deben de permitir un cartón. Si fuese de otra forma, no tendría sentido que los vendieran en la frontera (en definitiva, ni siquiera revisaron mi mochila). El trapicheo nos roba una hora. Anochece y en Jordania todo es color desierto, no hay nada que altere el beige.

Cuando cruzamos la frontera (creo que preparar los visados con antelación es más complicado que hacerlo en la propia frontera) ya solo nos faltan cincuenta kilómetros, pero aún hacemos otra parada. Es el primer barrio que nos encontramos al salir, uno de esos barrios de calles sin aceras, de tierra, polvo y meadas. Paramos en un taller de coches donde el conductor descarga toda la mercancía, incluyendo el cartón de mi mochila que yo mismo me encargo de sacar y echar al saco. Allí estoy yo, entre trapicheos de moros y tabaco en Jordania. Te cagas.

El tipo borde se queda en el barrio. Poco a poco van bajándose todos hasta que me quedo solo con el conductor. Le pregunto que si me puede dejar en el centro, que mi hostel está en la parte antigua.

―¿Te importa dejarme en el centro? Ya me busco yo la vida.

―Vale ―me dice mientras para el vehículo en medio de la autovía.

No sé qué ha entendido, pero me dice que me baje. Es de noche, hemos tardado más tiempo del previsto y el tipo quiere volverse a Siria cuanto antes. Saca mi mochila del maletero y la deja en el arcén. Discutimos, pero me arrasa. Pilla su trasto y se larga a toda leche. Yo me quedo con cara de gilipollas, con mis mochilas y sin saber muy bien qué hacer. Al fondo se ven edificios, así que al menos estoy cerca de la ciudad. Será cuestión de empezar a andar a ver adónde llegamos. Mientas avanzo, trato de parar un taxi, pero ni los locos de los árabes pararían en mitad de la autovía a recoger a un mochilero. Dadas las circunstancias, debería estar preocupado, pero no lo estoy. Cuestión de hormonas o qué se yo, pero el caso es que estoy de un excelente humor. Con la noche se ha ido el calor, corre una fresca brisa y ni siquiera me pesan las mochilas. Pongo Extremoduro en mi mp3 y por mí que Ammán esté a cincuenta kilómetros, que me los como en un tris.


La ciudad de las siete colinas

Por suerte, solo necesito una hora para llegar al carril de salida de la autovía que lleva al centro y en poco más estoy en una calle con semáforos. Ya ha pasado lo peor (cruce de carriles de autovía incluido), y estoy cerca, lo presiento. Tanto que paso de seguir buscando taxis, ahora que son más asequibles. Voy a llegar al hostel andando. Trato de preguntar a un par jordanos, pero no hablan inglés. En el tercer intento tengo suerte: doy con un buen tipo, que habla small English, pero que pone interés, suficiente en cualquier caso (y viceversa). Se llama Nadir y, además de indicarme el camino (y de escribirme en árabe las señas del hostel en un papelito que no tengo más que enseñar), me lleva a su negocio (una tienda de ordenadores) y me invita a sentarme y a tomar un té. Me habla de su mujer, inglesa con la que lleva casado tan solo unos días. Incluso me invita a cenar al día siguiente, si aún estoy en Ammán (no puede presentarse en su casa con un invitado esa misma noche sin avisar, claro). Me da su correo, su teléfono y me pide que le visite. Me da la bienvenida y me desea una bonita estancia en la ciudad. Ciertamente un buen tipo, sí señor.

Ya casi estoy, pero aun tengo que dar algunas vueltas para encontrar el hostel. Bajo un nombre un tanto pretencioso, Abbasi Palace Hotel, se esconde un hostel que no está mal, pero que no deja de ser un hostel, cuya entrada es una pequeña puerta de un callejón, difícil de encontrar. Tengo que preguntar a mucha gente hasta dar con él. Mi instinto me hace descartar las indicaciones falsas, porque cuando preguntas a tanta gente, se juntan consejos contradictorios. Si tienes un reloj, sabes la hora que es. Si tienes dos, ya no estás seguro. Sea como sea, llego al hostel y me registro sin problemas.

―Nombre, por favor.

―Pedro.

Al oírme, un tipo alto, pelo largo, piel morena que se encuentra en la recepción charlando con un chino, se dirige a mí.

―¿Eres español?

―Sí.

―Yo también.

Es Paco, un profesor que aprovecha las largas vacaciones de funcionario para conocer el mundo. Viaja con su chica, Laura, madrileños ambos, aventureros. Yo estoy cansadísimo (mi cuerpo se relajó al encontrar el hostel) y en lo único que pienso es en sacarme de encima la mochila, la ropa y la piel, darme una ducha helada y ponerme a escribir. Sin embargo, la charla con Paco, a la que se incorpora Laura, se hace tan interesante que me olvido de todo.

―Lástima que no tengan unas cervezas.

―Yo trato de probar una cerveza en cada país que visito.

―¡Yo también! La china es horrible.

Paco y Laura han visitado medio mundo, aunque de todas las cosas que me cuentan de lugares interesantes, me quedo, sin duda, con África. Saber que han estado en el centro del continente africano, que han dormido en tiendas de campaña junto a un río lleno de hipopótamos o que se han cepillado los dientes delante de un espejo donde un chimpancé jugaba con su reflejo me produce tal envidia que casi reviento. Mientras me siguen contando cosas de África, me van despertando las ganas de dedicar un viaje exclusivamente al continente negro.

Hablamos de los planes de cada uno y cuando les comento que me gustaría ir a Jerusalén me advierten de que cruzar la frontera con Israel es jodido, sobre todo viniendo de países árabes.

―Te tienen horas interrogándote y tratando de encontrar contradicciones entre lo que dices. Te revisan la mochila de arriba a abajo, te la deshacen completamente. Pasas por un detector de metales tan sensible que te localiza hasta la última cosa que lleves. Te hacen vaciar todos los bolsillos. Es una putada, es pesadísimo y te hacen perder mucho tiempo.

―En algún lugar había leído algo sobre los interrogatorios del Mosad, pero nadie me lo había confirmado en persona.

―Y con esas barbas, tío, seguro que te investigan a fondo. Yo me afeité.

―Joder. Lo cierto es que tengo pinta de árabe.

Me alegra mucho haberme encontrado a Paco y Laura en la recepción. Además de la agradable charla que se alargó horas, los consejos que me dieron y el chute de buen rollo y ganas de dejarlo todo y largarme a vivir a Malasia, el encuentro me sirve para darme cuenta a tiempo de una enorme cagada que iba a cometer. La cosa fue así: charlábamos de mi viaje, de lo pesado de la mochila de la cantidad de cosas prescindibles que llevaba encima, que al final lo único que necesitaba eran una camiseta cada par de días y poco más.

―Después de pasar por tantos sitios, no tengo ni un solo souvenir ―le digo a Laura.

―A mí me gusta coger trocitos de piedra de algunos sitios a los que voy. Tengo una piedra de Petra.

―¡Sí! Yo también llevo un trozo de la muralla que rodea a la Ciudad Prohibida de Pequín, pero no es para mí, es para un colega. Lo llevo en bolsillo, mira, echa un vistazo.

Saco de mi bolsillo el papel donde llevo envuelto el trocito de pared y lo abro. En ese mismo paquete llevo la insignia nazi que compré en el mercadillo de antigüedades de Sofía.

―¿Qué es eso? ―me pregunta Paco.

―Es una insignia que llevaban los soldados nazis en la Segunda Guerra Mundial ―le respondo.

Se trata de un águila posada sobre el signo de la esvástica.

―Tío, tú estás loco. ¿Con eso piensas entrar en Israel? Estás loco.

―¡Coño! ¡No había caído!

―Tío, como te pillen eso te van a crujir. Vas a flipar.

―¡Hostias! ¡Hostias! ¡Hostias! ¡Hostias! ¡Qué cagada tío!

―Con esas barbas y viniendo de Jordania y Siria. Tío, tú estás loco. Esconde bien eso, que como te lo pillen vas a tener problemas.

―¡Dios! ¡Dios! Menos mal que lo has comentado, porque no había caído. Iba a meter la gamba hasta el fondo. Joder.

―No te preocupes, al final uno cae en estas cosas. Seguro que hubieras caído, aunque hubiera sido en la cola del detector de metales. Seguro que tu cabeza te hubiera avisado y hubieras tirado el paquete en alguna papelera.

No quiero ni ponerme a pensar en lo que hubiera pasado si, al cruzar el detector, me hacen vaciar los bolsillos, abren el paquete y ven la esvástica. No es que hubiera terminado en el fondo del río con unos zapatos de hormigón, pero un par de hostias y una noche en el calabozo me llevo fijo. Sabe Dios.

―Gracias tío. No quiero ni pensar en la que hubiera formado en la frontera con la puta esvástica.

―Bueno… ¿y tu colega es que es facha o qué? ―me dice sonriendo para que me relaje un poco.

―¡No, coño! No es eso. Le gusta mucho la arqueología, la historia y tal. Es coleccionista. Tendrías que ver su casa, es como un museo. Le prometí un trozo de la muralla China, pero como no pudo ser, le estoy llevando otras cosas.

A las tantas nos despedimos. Al día siguiente tienen que madrugar para seguir con su viaje y están cansados. Quedamos para vernos en el desayuno, aunque finalmente no coincidiremos.

Mientras estábamos charlando, la dueña del hostel vino y nos comentó que estaban en la azotea comiendo y fumando, que estábamos invitados, así que cuando Paco y Laura se van a la cama decido subir. Mi mochila sigue tirada en el suelo de la recepción, donde la dejé al entrar. La azotea está en obras y, de hecho, está cerrada a los huéspedes. En una pequeña mesita se acumulan platos de comida árabe y la caja de una pizza. Junto a la mesa, una cachimba y, rodeándola, varios sillones. Tomo asiento y me presento al resto: la dueña, su novio y un tipo clavado a Philip Seymour Hoffman. Charlamos durante un rato, el suficiente para darme cuenta de que Philip está representando su papel de Truman Capote: tiene exactamente el mismo humor cínico que el escritor americano. Es increíble. Me pregunto si lo hará aposta, como los colgados que imitan a Michael Jackson, o le saldrá natural. Me pregunto si sabrá hasta qué punto se parece.

―Estoy hambriento ―digo al resto.

―Debiste haber subido antes, teníamos mucha comida ―me responde la dueña sonriendo.

―Ya, pero estaba tan excitado que no tenía hambre. La tengo ahora que estoy más relajado.

―Si quieres puedo enseñarte un par de sitios donde comprar comida ―se ofrece Philip Seymour Hoffman.

―¿A estás horas? ―pregunto comprobando en mi reloj que son casi las dos de la mañana.

―Sí. A estas horas hay muchos sitios abiertos. Durante el día hace demasiado calor, así que abren por las noches. Además, están de ramadán, así que la gente come tarde. Vamos, te acompaño, me apetece estirar las piernas.

Damos un largo paseo por las calles casi desiertas de Ammán. El tipo me enseña varios sitios donde comer, un baño turco, algunos lugares de interés turístico, un par de supermercados, la comisaría de policía, la oficina de correos y todo lo que puedo necesitar para estar por allí.

―Los DVD de las tiendas son todos falsos. No pagues más de un dinar ―me aconseja.

Acabamos en un restaurante que está lleno de gente. Huele muy bien a comida y cada vez tengo más hambre.

―¿Prefieres comer aquí o te pido para llevar?

―¿Tú cenas conmigo?

―No, yo ya he cenado.

―Vale, entonces para llevar mejor. Eso sí, no tengo ni idea. Pide tú por mí.

―No sé, ¿qué te gusta?

―Da igual, tú pide cosas típicas.

―¿Realmente tienes mucha hambre?

―Sí señor.

Philip Seymour Hoffman pide comida para cuatro (de hecho, estaré los siguientes días comiendo de lo que compré ahí, y aún tuve que tirar algunas cosas). Dos enormes tortas de pan del tamaño de una sombrilla de playa, tres tipos de cremas diferentes (solo conozco el hummus) y faláfel, unas bolas de carne de vacuno, rebozadas, fritas y recubiertas con semillas de sésamo. La pinta es excelente y estoy deseando llegar al hostel para ponerme a cenar.

De regreso, damos otro rodeo en el que me muestra más sitios de interés; finalmente llegamos a la azotea. La dueña y el novio siguen allí, tirados sobre los sillones, colocados. Yo paso de todo y me pongo a devorar la comida. Está todo realmente exquisito, así que me pongo ciego de comer.

―Hidratos de carbono de madrugada, ¡a mí!

Cuando ya no puedo más, aún tengo los tres botes de crema casi intactos y estoy solo en la azotea. El cielo está lleno de estrellas, hay luna llena y de fondo se oye un cántico de ramadán, una especie de saeta árabe que puede escucharse cada tanto. Estoy en Ammán.

La cachimba sigue teniendo brasas.

1 Gracias.