Miércoles, 29 de julio de 2009

Requiero más de media hora para recuperar el aliento necesario para levantarme. Estoy tirado en el suelo del tren, junto a la puerta de entrada del último vagón. Las mochilas están desparramadas de cualquier forma y la chica que me revisó el billete ya no me mira con cara de reproche, sino más bien con cara de lástima. En esa media hora que he pasado en el suelo el tren ya ha salido de la estación, ha alcanzado velocidad de crucero y ahora apenas se mueve. Creo que voy a intentar llegar a mi sitio, ocho vagones por delante.


El tren del silencio

Me levanto penosamente y me cuelgo las mochilas. Tengo la camiseta empapada en sudor y está fría, pero no tengo ganas de andar buscando una seca que ponerme. Vayamos por partes, y la primera parte es llegar a mi sitio y sentarme. Abro el par de puertas que me dan acceso a la zona de pasajeros del último vagón (primero de mi particular trayecto). La impresión que me llevo no la olvidaré fácilmente. El ambiente es espeso como una papilla de maicena y el olor a humedad es tan intenso que no puedo evitar tener arcadas. Frente a mí, un pasillo muy estrecho (tanto que no estoy seguro de poder pasar con la mochila a la espalda) a cuyos lados se hacinan docenas de personas. Apenas hay luz, de manera que ni siquiera puedo diferenciar sus caras; solo veo sombras, aunque es suficiente para notar que todas me miran en silencio. Es precisamente el silencio, el absoluto silencio que hay en el vagón y que se cuela por todas las rendijas, lo que me produce mayor impresión.

Hay seis personas por compartimento: cuatro a un lado del pasillo y dos al otro (o mejor dijera en el pasillo), repartidas en tres literas. Los catres superiores tienen colchonetas enrolladas de tal forma que parecen brazos de gitano gigantes. Nadie ha desplegado ninguno de ellos, y me pregunto por qué. A diferencia del tren en el que hice el viaje a Moscú, aquí no hay puertas, todos comparten el mismo espacio. Además de los rostros cenicienta que me miran en silencio, llama mi atención la gran cantidad de maletas, cajas y bultos que hay. Me pregunto cuánto tiempo han necesitado para colocar todo ese equipaje que me recuerda al ferry de Corea a China. Avanzo con lentitud, porque el pasillo es realmente estrecho y hay mucha gente. No quiero molestar a nadie con el enorme petate que cuelga de mi espalda y que apenas puedo mantener derecho.

Voy pasando de vagón en vagón y cada uno es exactamente igual al anterior. Los mismos rostros cenicienta, los mismos equipajes excesivos, las mismas colchonetas enrolladas y el mismo ambiente de papilla. Llevo el billete en la mano y de cuando en cuando se lo acerco a alguien para que me indique dónde está mi sitio. La falta de luz hace difícil poder leerlo, pero al final todos acaban señalando el pasillo que estoy siguiendo. He perdido la noción del tiempo y no sé cuánto ha transcurrido desde que empecé a caminar, aunque diría que llevo toda la vida.

Sea como sea, logro alcanzar mi vagón.

Me ha correspondido uno de los catres superiores, ocupado ahora por tres brazos de gitano. Sobre ellos, una estantería soporta el peso de algunas maletas. Trato de subir mi mochila pero a medio camino me quedo sin fuerzas y estoy a punto de caerme hacia atrás. Media hora sentado en el suelo de un tren dan para recuperar las energías justas para caminar un rato, no se puede uno permitir ciertos excesos. Por suerte, recibo la ayuda de uno de mis compañeros de compartimento, un tipo canijo y bajo que me sonríe con amabilidad. Tras colocar mis cosas en un lugar en que no estorban, me siento al fin a descansar.

Los catres son tablas sin el menor acolchado. Ni siquiera están forradas; son tablas al natural, realmente incómodas para estar sentado. Trato de consolarme pensando en que las colchonetas y el agotamiento me ayudarán a reposar bien, aunque es casi media noche y nadie parece tener interés en dormir. Si tienen la intención de permanecer toda la noche sentados sobre una tabla de madera, que no cuenten conmigo. Llego incluso a pensar que las colchonetas no están ahí para nosotros o que, en el mejor de los casos, habrá que pagar para poder usarlas. Mis dudas quedan resueltas unos minutos después. El encargado de nuestro vagón llega y reparte un juego de sábanas a cada uno de nosotros. Vienen precintadas en una bolsa de lavandería y, además de las sábanas, el kit incluye una pequeña toalla. En un momento, y casi como si hubiera estado ensayado, todo el mundo se levanta y comienza a desplegar las colchonetas, vistiéndolas con las sábanas y dejándolas listas para ser usadas. Yo hago lo propio, aunque no subo a mi catre porque nadie lo ha hecho aún. Parece que antes de irse a dormir lo apropiado es hacer algo de vida social. Mientras mis compañeros charlan, yo les miro un tanto excluido. Además del canijo, viajo con una joven pareja de novios que parece que vienen de una boda. Ella tiene un vestido de color champán y un ramo de flores en la mano. Él lleva pantalones blancos y zapatos de pico. Frente a nosotros, un enorme cuerpo coronado con una cabeza calva de la que sale una voz profunda. A su lado, entre el mostrenco y el canijo, una mujer mayor que tiene la cabeza cubierta por un pañuelo horriblemente feo. Todos hablan menos ella, que tiene la mirada fija en la punta de sus pies.

Cuando casi es la una de la noche, empiezan los primeros bostezos y la gente comienza a meterse en las camas. Creo que ya resulta apropiado que yo haga lo mismo, así que me subo de un salto, me quito la ropa (aún mojada) y me acomodo lo mejor que puedo. Tengo la sospecha de que me ha tocado la peor plaza del vagón. En primer lugar, es la única que tiene una tabla a los pies de la cama. Eso, unido a los escasos ciento cincuenta centímetros que mide, hace que sea imposible estirarme por completo (creo que mis rodillas van a empezar a quejarse pronto). En segundo lugar, está pegada al baño, una letrina infecta que he tenido el gusto de conocer unos minutos antes. Solo me separa una tabla (calculo que del grosor de una hoja de papel de cebolla) del nauseabundo lugar. El olor me llega con tanta nitidez que podría recitar su composición química.

Cuando ya estoy acomodado, siento la necesidad irrefrenable de salir de allí y tomar el aire, así que me voy al espacio de separación entre vagones, zona de fumadores y gente de mal vivir. Allí puedo abrir una ventana y recibir una bocanada de fresco aire ruso que me da vida. También allí conozco a la niña, mujer con cara de adolescente y mirada ácida de ojos claros. Tiene una edad tan indeterminada, que la muchacha que la acompaña bien podría ser su madre, su hermana o su hija. Lo de conocer es un decir, porque no intercambio con ella nada más que miradas y sonrisas, aunque suficientes para notar la electricidad. Por supuesto, nada va a ocurrir, pero las tremendas miradas que me dedica me recuerdan que sigo estando vivo.

Cuando regreso al vagón, vuelvo a recibir la bofetada de aire cargado, pero tengo decidido subir a mi catre a dormir. Los auriculares vuelven a salvarme la vida una vez más y las azucaradas nanas de Violadores del verso me transportan a un sueño tan dulce, que solo será interrumpido por los inevitables trámites fronterizos, con sus formularios, sus miradas escrutadoras, sus aparatos de luz ultravioleta, sus carpetas llenas de listados, sus tipos serios y sus sellos de alegres colores.

El primer control, el de salida de Rusia, es a las cuatro de la madrugada y el segundo, el de entrada a Ucrania, una hora más tarde. Entre unas cosas y otras no puedo dormir, han dado las cinco y media y la luz entra por el enorme ventanal desprovisto de cortinas. Es un buen momento para vestirse y ponerse a escribir. Casi todo el vagón sigue durmiendo (lo seguirá haciendo hasta más de las nueve, cuando comience a desperezarse el tren) y somos pocos los que miramos cara a cara al nuevo día. Durante la noche, en algún lugar del camino, el tipo gordo que dormía debajo de mí se ha bajado y ha dejado libre el sitio, que heredo por decreto. El encargado del vagón, un chaval joven y simpático, me lee la mente y me ofrece un café caliente con muy poco azúcar. No se puede pedir más.

En una de las pocas (pero largas) paradas que hace el tren, me despierta de mi sopor un ruido de gentes. Me asomo a la ventana y veo que el andén se ha convertido en un mercadillo ambulante, flanqueado por un tren a cada lado. Es una especie de mercadillo al revés, donde los clientes se encuentran quietos en sus vagones, asomados a las ventanas, y las puestos se mueven de arriba a abajo, ofreciendo sus mercancías. Bajo a estirar las piernas, a respirar un rato y a curiosear. En la puerta está el simpático encargado de mi vagón pelando la pava con la encargada del vagón vecino. Hacen buena pareja, ambos son de trato agradable. Charlamos entre gestos y palabras sueltas en inglés. Me cuentan que son muy típicas en toda Rusia las estaciones como esta, llenas de vendedores. En el ratito que llevo, me he fijado en que venden casi de todo: enormes pescados con aspecto de frescos, mariscos en bolsas de plástico, bocadillos, quesos, pasteles, frutas y verduras de todos los colores, etcétera; pero los que más me llaman la atención son los numerosos vendedores de peluches. Todo tipo de enormes animales de colores que corren de un lado a otro en manada al reclamo de alguien que se asoma a la ventana. Es realmente curioso ver las carreras que se dan cuando alguien baja el cristal o hace ademán de estar interesado en algo. Yo compro una bolsa de melocotones.


En Kiev es mejor ser paciente

El viaje se reanuda y llegamos a Kiev a la hora prevista (por un momento pensé que íbamos retrasados, pero luego caí en la cuenta de que en Ucrania tienen una hora menos; parece mentira que ya casi comparta hora con España). La estación es grande y moderna, me gusta. No tiene nada que ver con aquella rusa en la que me dejó el transiberiano. Lo primero que hago al bajarme del tren es dejar la mochila en la consigna. Tengo un vago plan en la cabeza y quiero darle forma. Mi idea es pasar el día en Kiev y tomar un tren nocturno que me lleve a Bucarest, en Rumanía. Para concretar, necesito conectarme a Internet y buscar los horarios de salida (he tratado de preguntar en información, pero saben muy poco inglés y eso puede llevarme a confusiones fatales). Libre de la carga y con el portátil en la mano, busco una wifi en la estación, pero no hay suerte. Aún es pronto, así que salgo y me voy a dar una vuelta por la ciudad (donde espero acabar encontrando algún McDonald’s). No tengo ni mapa ni idea de por dónde ir, pero las estaciones suelen estar en lugares céntricos y me dejo llevar por mi instinto. Ahora esta avenida, ahora esta otra y esa calle tiene buena pinta. En media hora estoy en pleno centro, en lo que parece ser la calle más comercial de la ciudad (la descomunal tienda Zara así lo atestigua).

Por lo visto hasta ahora, la cuidad no tiene demasiado interés. He preguntado a una chica y le he pedido que me recomendara lugares que visitar durante un día, y la mayoría de las cosas que me ha recomendado son iglesias y catedrales ortodoxas, de aspecto muy similar a las rusas, y por tanto acojo las sugerencias con cierta desilusión. No obstante, el día es soleado y fresco, así que pasear por las calles y parques me parece un ejercicio excelente.

Al fin encuentro un enorme McDonald’s y consigo conectarme a Internet. Según la página de la Bahn, la compañía alemana de ferrocarriles y biblia de cualquiera que viaje en tren por Europa, hay un tren que sale a las cinco y media y que llega a Bucarest unas veintiséis horas más tarde. Ya que la ciudad no parece ofrecerme nada del otro mundo y viendo la hora que es (acaban de dar las tres), me parece que volver a la estación es una buena idea. La vuelta la hago en metro, para comprobar que las paradas de Kiev son muy parecidas a las de Moscú.

Llego a la estación y busco la ventanilla de venta de billetes internacionales. Hay una pequeña cola de dos personas (lagarto, lagarto). Delante de mí, un inglés de piel morena y un tipo con un gran bigote que recuerda a Trotsky. Espero mientras atienden a una familia de blanquitos y pelirrojos, probablemente irlandeses. La cosa va despacio y en la sala hace calor. Pasa más de media hora y la cola no ha avanzado ni un solo puesto. Parece haber problemas con qué se yo de los papeles de los colorados, no es normal. La mujer de la ventanilla (un clon de las taquilleras de Moscú) no deja de hablar por teléfono y anotar cosas. Se maneja con maneras tranquilas, como si la cosa no fuera con ella. El resto de la cola no deja de resoplar. Empiezo a ponerme nervioso, porque el tiempo vuela y no quiero ni pensar en tener que ponerme a correr detrás de un tren otra vez. Dan las cinco y al fin se han largado los irlandeses y comienzan a atender a Trotsky.

―Como tarde lo mismo, me va a dar el sol ―pienso.

Por suerte, la consulta de Trotsky es respondida con un gesto que indica que no está en la ventanilla correcta. El pobre hombre se ha pasado dos horas esperando para nada. C’est la vie. El inglés quiere tres billetes a Moscú. La tipa emplea más de cinco minutos en preparar cada uno de ellos, que rellena a bolígrafo con el esmero de un escriba de la Edad Media. Las impresoras soportan el peso de unas preciosas macetas de gitanillas. Cuando llega al fin mi turno, estoy de los nervios. Tratar de mantener la calma en una cola de tres personas en la que llevas más de dos horas desgasta al más paciente del mundo. Quedan quince minutos para que salga mi tren, pero ya estoy y nada puede pasar.

English?

Little.

―Quiero un billete a Bucarest.

―¿Para mañana?

―No, para ahora mismo.

―Imposible, es demasiado tarde.

La madre que me parió.

―No es demasiado tarde, aún quedan unos minutos. ¿Qué problema hay?

―Es demasiado tarde. Tendrá que salir mañana.

Le señalo mi reloj como un poseso, no puedo creer lo que está diciendo.

―El tren salió hace más de tres horas señor.

―Pero hay uno ahora a las cinco y media.

―No señor. A Bucarest solo hay un tren al día y sale las dos.

―Pero yo he visto en Internet que hay uno ahora mismo.

―No señor, solo uno al día.

No puedo creer lo que acaba de ocurrir. Más allá de que no pueda tomar el tren hoy (no deja de ser algo con lo que podía llegar a contar), lo realmente grave de este asunto es el hecho de que la página alemana de los trenes haya fallado. El año pasado fue la piedra angular de mi viaje por Europa y ahora que vuelvo al viejo continente tenía puestas todas mis esperanzas en ella. No puede ser que esté equivocada. Antes de reconocer eso, prefiero pensar que la tipa de la ventanilla se está quedando conmigo (unos segundos de reflexión me sacan de esta absurda idea, claro).

―Entonces… ¿quiere el billete para mañana?

―¡Qué remedio! ¿Puedo pagar con tarjeta de crédito?

―No. Solo efectivo.

―Saco dinero del cajero y vuelvo.

―¿Va a comprar el billete o no?

―Sí, pero necesito dinero del cajero, ahora vuelvo.

―No puedo esperarle, cuando vuelva le preparo el billete.

Que te den, bruja. Me salgo de la cola y voy a sacar dinero, aunque antes decido buscar alojamiento, consecuencia directa del pequeño tropiezo que acabo de tener. He encontrado una cafetería dentro de la estación, lo que me ahorra tener que volver al McDonald’s del centro. Hago una búsqueda rápida y veo que no hay muchas opciones, así que me quedo con el primero de la lista (ordenada por precio). No está lejos del centro, dan desayuno e incluso puedo usar su lavadora. Trato de hacer la reserva, pero algo falla con mi tarjeta de crédito. Según el mensaje, mi banco ha denegado la operación (el adelanto de la reserva es la ridícula cifra de un euro). Trato de pagar con Paypal, pero mi cuenta está a cero (la tengo asociada a otra tarjeta del mismo banco). No puedo hacer la reserva, lo cual no me preocupa demasiado porque puedo acercarme al lugar directamente. Lo que es realmente preocupante es el hecho de que no hayan aceptado la operación con las tarjetas. Intento llamar a mi banco (aún tengo cuatro euros de saldo en Skype), pero solo tengo auriculares y no micrófono, así que el robot de ING se aburre de esperar mis respuestas y me cuelga.

Salgo de la cafetería con los nervios de punta y pensando en lo frágil de mi situación en el extranjero. Basta un pequeño problema con el banco y me veo solo y sin pasta; la prueba de fuego la pasaré en el cajero (con un precioso menú en inglés). Tecleo mi número secreto, selecciono un par de opciones, marco la cifra y voilà, la máquina empieza a escupir pasta. Un alivio.

Necesito otra hora de cola, pero ya tengo mi billete. También tengo las señas del hostel, así que me dirijo allí. Al contrario de lo que ocurría con el hostel de Moscú, las indicaciones para llegar a este son un infierno. O bien las he copiado mal, o bien están completamente equivocadas. Necesito dos horas para dar con el sitio, y aun cuando encuentro el edificio, tiene que pasar otra hora hasta que consigo entrar gracias a que un par de mochileros regresan del súper (¿qué fue de los porteros electrónicos y de los timbres?).

La primera impresión que me llevo del lugar es la sensación de haber llegado en un mal momento. El sitio, más que un hostel, es un piso compartido con huéspedes de quita y pon, y cuando entro nadie me hace caso. Todo tipo de gente anda por los pasillos y no puedo distinguir entre los que se alojan y los que se encargan de llevar el garito. Dos discuten a gritos, uno toca la guitarra, otro habla por el móvil, dos ven vídeos de YouTube en un portátil, alguien canta en la ducha. Parece que estoy dentro de Esta casa es una ruina. No sé bien lo que hacer, pero lo que tengo claro es que no voy a quedarme ahí de pie con la mochila colgada de los hombros, así que entro y busco un dormitorio con alguna cama libre. Encuentro uno al fondo del pasillo, dejo la mochila en el suelo y me tumbo sobre el colchón desnudo a esperar que se calme el ambiente. El sueño me puede y me quedo dormido.

Me despierta una preciosa y pálida cara de labios gruesos y sonrientes, ojos grises, casi blancos. Se disculpa por el descontrol mientras refunfuña. Es una de las chicas que discutía cuando llegué. Después de arreglar el tema de la pasta (ni siquiera me hacen ficha y mucho menos me piden el pasaporte; viva la Pepa) les pido permiso para usar la cocina. Quiero bajar al súper a comprar algo para comer, estoy hambriento.

―Nosotras estamos a punto de cenar algo. ¿Te apuntas?

―Claro.

La cocina es tan pequeña que apenas caben cuatro personas de pie; la mitad está ocupada por un banco en forma de L y una mesa. Me siento junto a la chica de los ojos grises, Iri, y a su hermana, una delgadísima chica de pelo negro y liso, Tanja. En unos momentos han hecho media docena de sandwiches de salchichas con queso y salsa de tomate. También han sacado un pastel, bebidas y algo de fruta. Estoy más hambriento que impresionado, así que empiezo a comer. Las dos hermanas apenas comen algunas migas, pero parece que disfrutan viéndome comer a mí. No permiten que mi plato esté vacío siquiera unos instantes, y apenas he acabado con un sándwich cuando me han puesto otro; o me han rellenado el vaso de cerveza o me han cortado una tajada de sandía. Quiero casarme con ambas.

Durante la comida se han incorporado a la cocina dos franceses, dos alemanes y un australiano (no me explico cómo conseguimos caber todos). Comiéndolo y bebiéndolo, hemos montado allí una fiesta en homenaje a los hermanos Marx, donde la cerveza ha sustituido definitivamente a las salchichas y al pan de molde. Pasamos allí toda la tarde y gran parte de la noche. Todos bebemos y tonteamos con las dos hermanas, que se dejan querer. Cuando la cosa empieza a decaer (los teléfonos de las sisters no dejan de sonar; ¡qué daño han hecho los móviles a las fiestas!) me voy a mi dormitorio. Por una vez, alguien se ha encargado de prepararme las sábanas y no voy a tener que dormir sobre el colchón (no tenía la menor intención de ponerme a vestirla ahora, por supuesto). Probablemente haya sido alguna de las serviciales hermanas, Iri y Tanja, Tanja e Iri.

Me tumbo y, mientras huelo el fresco aroma a limpio de la almohada, comienzo mi viaje con destino al sueño. Pero un momento… ¡diablos, tengo la ropa en la lavadora!