Miércoles, 24 de junio de 2009

―Rob? Gotta go1 ―susurro en la oscuridad de la habitación.

Still drunk?2 ―responde Rob dormido.

Yeah man. I am.3

Take care, boy.4

I will.5 Buena suerte amigo.

Mucha cuidado.

―Se dice «mucho cuidado».

Fucking Spanish!6

Keep sleeping. The key is on my bed.7 Hasta la vista… y no te emborraches demasiado.

Fuck you!8

Son las cinco y pico de la mañana. Acabo de levantarme y ni siquiera me he lavado la cara por no molestar a Rob, que duerme la mona. Después de despedirme de él me dirijo por las desiertas calles hacia el terminal de Ticabús, una de las empresas que hace el trayecto Managua San José de Costa Rica. A pesar de la hora que es, ya casi es de día, y desde luego hace calor.

La terminal de Ticabús está mucho más animada de lo que esperaba. Taxistas esperando en la puerta, una cola para sacar los billetes e incluso está abierta la tienda de souvenirs. Trato de comprar una postal, pero ni siquiera saben lo que es. No es la primera vez que me ocurre.

Tengo tiempo de sobra, así que aprovecho la red inalámbrica para conectarme, revisar el correo y saludar a algún colega por el Google Talk. Me he sentado cerca de la puerta porque quiero subir pronto al autobús; se supone que irá lleno y yo tengo un asiento de pasillo. Tengo que conseguir la ventanilla como sea. Tengo mucha sed y me palpitan las sienes. Es la factura por los excesos de ayer.

La resaca no me impide disfrutar del mejor momento del día: cuando arranca el autobús y me siento a mirar por la ventanilla ―que he logrado usurpar a su verdadero dueño― mientras escucho música. Es un momento de euforia en el que pienso que todo va a salir bien y que se extiende durante exactamente trece minutos y diez segundos, la duración de Anochece, el temazo de Nach.

Mientras salimos de la ciudad, veo muchísima gente en las calles. Son las seis de la mañana, pero las paradas de autobús están llenas y los ciclistas circulan ordenadamente por las aceras. Pienso en los motivos que pueden llevar a la pobreza a un país con tantos recursos naturales, como pasa con Guatemala y el resto de países hermanos. Termina la canción y vuelven la resaca y las dudas.

En mis conversaciones con Rob he llegado a la conclusión de que tal vez debería cambiar de táctica y dejar de visitar las capitales de los países. En la mayoría de las ocasiones, los lugares más bonitos están fuera de la capital. Sin ir más lejos, todo el mundo coincide en que San José no es un sitio bonito para visitar. Las capitales, además, suelen ser lugares más peligrosos e inseguros. Por otra parte, el problema es que la mayoría de las empresas de autobús operan principalmente entre capitales, por lo que me resulta más sencillo encontrar enlaces. Quizá cambie más adelante, pero hoy no quiero tomar ninguna decisión. Solo quiero que se me pase el mareo y las ganas de vomitar.

Tengo hambre, pero si pruebo cualquier cosa voy a estar vomitando lo que resta de día. El tipo de al lado, un negro de enormes manos callosas, lee la biblia. El sol me da directamente en los ojos. El autobús no deja de dar tumbos y delante de mí se ha sentado una familia de tres generaciones de pijos a los que estaría encantado de enviar, con un lacito, al séptimo anillo del infierno de Dante.

Las horas se arrastran con capas de plomo.

Llegamos a la frontera con Costa Rica. El personal del autobús nos ha pedido nuestros pasaportes, un par de formularios y cinco pavos. Eso debería agilizar el penoso trámite. Nos hacen bajar del autobús y cuando cruzo el umbral de la puerta casi sufro un desmayo. A duras penas consigo contener las náuseas y por un momento pienso que lo mejor sería dejar de resistirse y permitir que la naturaleza siga su curso.

Vomitar me hará libre.

Aun así aguanto. Debo de tener un aspecto horrible y no tengo ganas de oír a nadie. Si por mí fuera, haría el resto del viaje metido dentro del maletero. Oscuridad y silencio es justo lo que necesito.

Cambio de idea en cuanto la veo. No es guapa, pero no puedo dejar de mirarla. Noto que tiene algo que la diferencia del resto de la gente que se mueve alrededor. Creo que es su serenidad en medio de la locura de la frontera. Está sentada en unas escaleras mientras come una chocolatina. Me acerco sin saber muy bien lo que quiero decirle. Me siento ligeramente intimidado por su presencia; hace mucho tiempo que no me ocurre nada parecido.

―¿Perdona, te importa hacerme una foto?

―No claro. ¿Vas a hacer una foto aquí? La frontera con Costa Rica no es precisamente el lugar más bonito de mi país.

―Bueno, me gusta hacerme fotos allá donde voy. No tienen que ser sitios bonitos necesariamente.

―Claro. ¿Qué prefieres que salga de fondo, el remolque oxidado o el aquel edificio en ruinas? ―responde con sarcasmo.

Me ofrece chocolate y comenzamos a charlar de Nicaragua, su país. No miento cuando le digo que el sitio que más me ha gustado hasta ahora es Managua, aunque apunto que tampoco tengo muchos elementos de juicio por la rapidez con la que me muevo. Habla despacio, eligiendo bien las palabras. En unos minutos ya soy capaz de diferenciar hasta tres formas que usa para decir las cosas: sarcástica, burlona y seria.

Me gustan sus réplicas. Son buenas y ágiles. Consigue tener siempre la última palabra, aunque el duelo dialéctico lo empiece yo, aunque sea yo quien lleve la iniciativa; siempre es ella quien le pone el lazo. No hablo con gente así muy a menudo, y trato de exprimir al máximo el rato que tendremos en la frontera. Cada vez que nos movemos para ir de una ventanilla a otra, o a la sala de maletas o a la cafetería o al autobús lo hacemos por separado. No vamos juntos. Me gusta porque eso provoca encuentros supuestamente casuales que comenzamos con alguna frase ingeniosa.

Lleva una camiseta verde, lo que hace que me resulte fácil localizarla entre la gente sin que note que la busco con la mirada. Nos reímos juntos leyendo los carteles de advertencia que explican los síntomas de la influenza porcina.

―Se han contado setenta casos de fiebre en Ciudad de México. Setenta casos en una población de veinticinco millones, y quieren alarmarnos con eso ―me dice indignada.

―Seguro que hay cincuenta causas que han provocado más muertes en este tiempo.

―Las liposucciones, por ejemplo ―dice usando su tono burlón.

―En ese caso estaríamos hablando de una buena noticia ¿no?

―Seguro que sí para sus maridos, pero no para sus amantes.

Se llama Eli y no tiene amante.

Antes, mientras hablábamos, ha venido un vendedor ambulante y, con la intención de venderme unos pendientes, me ha preguntado si tenía novia.

―¿Novia yo? ¿Me ha visto usted? ¿Quién iba a quererme a mí?

―Y usted, señorita… ¿tiene novio?

―Yo me encuentro exactamente en el mismo caso que el señor ―responde con una sonrisa un poco forzada.

―¿Qué señor? ―le digo bromeando.

―Uno que había aquí antes y que se fue justo en el momento en que me dijiste que eras español.

Cualquier otra se hubiera limitado a reírse de mi payasada, pero ella siempre tiene la última puya. Me gusta.

Mientras hablamos de conspiraciones, del gran hermano de Orwell o de los intereses ocultos de los corruptos gobiernos de Centroamérica, las colas se eternizan. Si estoy hablando con ella, no me importa esperar, pero en los ratos en los que nos separamos mi cabeza y mi seca lengua se encargan de interpretarme a dueto la canción de la resaca. Estamos a pleno sol de medio día, el aire corre caliente, el bochorno no permite que deje de sudar y empapa mi camiseta.

Llevo encima las dos mochilas que me abrazan en cálida orgía. Permanecemos cerca del autobús que no deja de escupir humo caliente y blanco. Siento que puedo desmayarme en cualquier momento. Tengo las rodillas de un burro falso y casi no siento los pies. Pienso en que sería buena idea quitarme las zapatillas y ponerme las chanclas, pero solo de pensar el esfuerzo que requiere hacer eso, lo descarto sin titubear. No quiero hacer nada, solo esperar y nada más.

La sala donde deben registrarnos las maletas me recuerda a una de esas prisiones moras que salen en las películas americanas. Luz pegajosa, paredes de suciedad eterna, funcionarios gordos y de húmedas axilas, gente abanicándose, niños llorando, viejas quejándose. Cada dos por tres alguien nos pide el pasaporte. Ya he perdido la cuenta de las veces que lo he tenido que dar. También he perdido la cuenta de los formularios que he rellenado.

Trato de permanecer alejado del resto de la gente porque necesito aire, así que cuando llega mi turno de revisión ya no queda nadie detrás de mí. El funcionario me dice que adelante, que puedo largarme. Creo que él tiene las mismas ganas que yo de estar ahí. Ha debido de verme cara de legal, porque me sonríe mientras me indica que me vaya de una vez. Creo que quiere disfrutar de unos minutos de tranquilidad antes de la llegada del siguiente autobús. Quizás incluso tenga tiempo de fumarse un cigarro.

Nos largamos camino de San José. En el autobús se está fresco; ha estado más de dos horas con el motor en marcha para mantenerse así. Dudo si sentarme junto a Eli, pero decido que no es buena idea. Me siento junto a mi ventanilla robada y me sumerjo en un sopor blando y viscoso. Trato de dormir y lo consigo a ratos. Comienza a llover a mares y lo sigue haciendo cuando llegamos a San José (aún seguirá lloviendo cuando tome el autobús con destino a Panamá unas horas más tarde).

Mi estancia en San José dura exactamente seis horas, que es el tiempo que pasa desde que llega el autobús de Managua hasta que parte el de Ciudad de Panamá. En todo ese tiempo no deja de diluviar en ningún momento, aunque no es esa la razón por la cual no me quedo más rato en Costa Rica. La razón es que no tengo tiempo. No sé cómo he hecho los cálculos para llegar a Montevideo el día siete de julio, pero en todo caso voy mal de tiempo. Recorrer Centroamérica es lento y pesado. Son muchos países pequeños, por lo que no se recorren largas distancias pero se gastan días. Un vistazo al calendario es suficiente para ver que tengo que aumentar el ritmo o no llegaré.

La primera víctima de todo esto es San José. Nada más llegar a la terminal, antes incluso de recoger la mochila, me voy directo a la ventanilla de tickets. El vendedor no me hace caso, está comentando algo con uno de los chóferes del autobús que me acaba de dejar. Me acerco lo suficiente para oírles y compruebo que el tema de la conversación es una altísima y morena chica, quince centímetros de tacón, ochenta centímetros de pelo, camisa ceñida, falda por las rodillas, último asiento de la fila derecha del autobús, ventanilla.

Resulta ser Miss Honduras, y la expectación que ha levantado en el personal de Ticabús no tiene precedente conocido. Les interrumpo con un gruñido y consigo mantener la atención del taquillero el tiempo justo para que me informe de los horarios de las salidas con destino a Ciudad de Panamá. El siguiente sale a las once de la noche. Son cinco horas de espera que emplearé en comer malamente, leer malamente y soñar malamente.

1 ¿Rob? Tengo que irme.

2 ¿Sigues borracho?

3 Ya te digo, tío.

4 Cuídate chaval.

5 Lo haré.

6 ¡Puto español!

7 Sigue durmiendo. Te dejo la llave encima de mi cama.

8 ¡Que te den!