Miércoles, 22 de julio de 2009

Cuando suena la alarma del reloj hace ya tiempo que la estoy esperando despierto. De hecho, no he dormido ni un solo minuto; estoy demasiado nervioso y me aterra la posibilidad de quedarme dormido y llegar a perder el tren. Es absurdo porque nunca me ha ocurrido nada igual, pero no me fío. Es curioso, pero si trato de ponerme a escribir, enseguida me puede el cansancio y me invade el sueño, pero si trato de dar una cabezada de unas horas, es imposible. Creo que mi cuerpo me está diciendo que no haga nada, que me limite a prepararme para el viaje, que espere despierto sin que nada pueda despistarme y que él se encargará de todo lo demás.

Mis compañeros de habitación van llegando. En la cama de al lado, un joven chino lleva toda la tarde con su portátil. Desde que he llegado no le he visto cambiar de posición. No tengo ni idea de lo que está leyendo, pero debe de ser interesante si es capaz de tenerte horas sin modificar la postura. En la litera que tengo encima se han acostado la americana y otra chica. Están viendo una película en el ordenador. Estoy arropado porque tenemos puesto el aire acondicionado a tope. Las luces están apagadas, aunque las pantallas de los ordenadores iluminan lo suficiente como para poder ver las bragas de la americana colgadas desordenadamente al pie de mi cama.

Las horas pasan y sigo sin hacer nada más que mirar las manchas de la tabla que hace de somier y que tengo a dos cuartas de mis narices. Ni siquiera tengo ganas de escuchar música y mucho menos de leer. Me echaría un Tetris si pudiera. Debí haberme instalado algunos juegos en el ordenador, una buena partida de Tetris o Sokoban me vendrían bien, me distraerían.

Por fin, recojo mis cosas y bajo a la recepción. Son poco más de las cuatro de la mañana y quiero aprovechar un par de horas para tratar de saltarme la prohibición china y acceder al blog para colgar algunas entradas. Lo consigo, pero va tan lento que solo tengo tiempo de terminar una antes de que se me eche la hora encima. Tengo que estar en la estación a las siete por lo que quiero salir del hostel a las seis. Una hora es tiempo de sobra para llegar a la estación que está solo a tres paradas de metro (aunque la parada más cercana al hostel está a veinte minutos caminando).

Salgo a la calle y me recibe el mismo calor húmedo que me recibió hace ahora cuarenta y ocho horas. Vuelvo a tener las mochilas colgadas y no tardo en ponerme a sudar. Paso por delante del puesto de tortitas donde desayuné ayer y el chino me saluda de forma efusiva. Dos noches durmiendo en el mismo lugar y ya conozco al vecindario.

―Colega, tómate algo ¿no? ―me dice con gestos.

―Qué va tío, paso. Voy a tirarle ya para la estación, que no quiero llegar tarde y todavía me queda un rato de callejeo por tu pueblo.

―Venga ya hijo, no seas mala pipa. Una tortita rápida, cojones.

Ojú, no sé. Muy temprano ¿no?

―Anda ya, qué va a ser temprano. Venga, ¿cómo la quieres? ¿Le pongo una mijilla de miel?

―Venga anda, ponme un par de ellas, pero no me eches de miel, que está demasiado empalagosa y es muy temprano. Bueno anda sí, échale un poco.

―¡Claro hombre! Esto es lo mejor que te puedes tomar por la mañana, te da energía. Mano de santo, te lo digo yo que soy tu colega.

―Menos guasa, chino.

―Toma campeón. Son cuatro yuanes.

―Ayer me cobraste tres.

―Es por la miel, campeón.

―No tienes cara tú ni nada.

―No seas encogido, coño. Que para ti eso no son dineros. Estírate

―Toma anda.


El insólito transiberiano

Llego a la estación y ni siquiera tengo que preguntar, porque enseguida encuentro mi tren en el panel, el K3. Tengo tiempo de tomarme un café de supermercado mientras me conecto a Internet para enviar un par de correos antes de embarcar. Muy probablemente no tenga acceso a la red en los próximos seis días.

Para embarcar pasamos por varias puertas y un largo pasillo que desemboca en un túnel que cruzamos a oscuras. Al final del túnel, a la izquierda, una escalera que baja a los andenes. Allí esperan varios trenes, pero enseguida encuentro el mío. Su color verde oscuro, sus líneas amarillas y sus símbolos cirílicos lo delatan. He visto tantas fotos de este tren que podría reconocerlo entre un millón.

En cada puerta de cada vagón espera un revisor que, serio pero amable, me ayuda a encontrar mi compartimento. He comprado un billete de tercera clase, el más barato, pero el sitio no está mal. El verano pasado dormí en trenes cama mucho peores (recuerdo con especial horror el tren de Berlín a Amsterdam). Solo hay cuatro camas. Las dos de abajo, una de las cuales es la mía, hacen de asientos y las de arriba están plegadas. El vagón es alto, lo que hace que pueda estar sentado aun cuando las camas de arriba estén abiertas. Hace calor, en Pequín siempre hace calor. Un ventilador colgado de la pared tendrá que ser suficiente por ahora, aunque por suerte las ventanas pueden abrirse un buen trozo. Cuando estemos en marcha se aireará el habitáculo, cuyo ambiente está ciertamente cargado. La iluminación artificial se limita a una de las dos barras fluorescentes de la lámpara del techo. Sobre las cabeceras de las camas, unos pequeños focos que no funcionan.

Entre las camas, pegada a la ventana, una mesa se mantiene firme a la pared. Está cubierta por un mantel blanco, arrugado y llenos de manchas amarillentas que debió de vivir tiempos mejores. Tiene los bordes algo deshilachados y da la impresión de que podría romperse con solo hacer un pequeño esfuerzo con los dedos. Debajo de la mesa, un viejo y abollado termo de agua vacío soportará malamente los traqueteos del tren refugiado en un aro metálico conectado a una base pesada mediante cuatro finas barras de hierro. Tendrá una capacidad de unos cuatro litros y creo que es al termo al que se refería Valérie cuando me hablaba de que cada mañana reponían agua caliente. La tapa, que debía servir de vaso, ha sido usada como cenicero y tiene negras quemaduras de cigarros pasados. Bajo las literas inferiores, unos cajones hacen de maleteros, y sobre las superiores, un pequeño compartimento a modo de desván. La ventana cuenta con una raída persiana de color gris que podrá usarse cuando pegue el sol de Siberia y la parte inferior de los cristales está cubierta por un fino visillo que hace juego con el mantel. El hueco del suelo que queda entre las dos camas inferiores está cubierto por una gruesa alfombra del mismo azul de la tapicería de los catres y respaldos. Es demasiado grande para el poco espacio, así que queda arrugada en los extremos, creando una especie de cordillera con aspecto de haber vivido muchos y crudos inviernos. En la parte interior de la puerta corredera que da acceso al pasillo, un espejo.

Cuando el tren arranca, estoy solo en el compartimento, así que dejo mis cosas desparramadas por ahí. Paso las primeras horas de viaje asomado a la ventana del pasillo, sacando la cabeza y notando el aire fresco en la cara. Esto no se puede hacer en los modernos trenes de la Europa primermundista. Otro ejemplo de que la modernización acaba por joder más cosas de las que soluciona. En el pasillo conozco a Paul un tipo flaco y moreno, ecologista convencido, inglés de origen danés.

―Oye, ¿a ti te han dado tickets de comida? ―me pregunta en inglés.

―Sí, me han dado uno para comer y otro para cenar.

―Aquí dice que la comida se sirve de doce a una y media, y es la una y cuarto. ¿No piensas ir a comer?

―He perdido la noción del tiempo. La verdad es que no tengo ni idea de dónde está el restaurante. ¿Quieres que vayamos juntos?

―Claro. Espera.

Entra en el compartimento que está a mi lado y sale con una chica, su novia. Se llama Helen y es australiana, risueña, de bonita sonrisa. Tiene cara de abuela y de no haber roto un plato en su vida. Los tres nos dirigimos al último vagón, donde suponemos que se encuentra el restaurante. No nos equivocamos. Se trata de un pequeño vagón, con ocho mesas llenas de gente. Dos camareros se afanan en servir la comida a la clientela, aunque la mayoría de ellos ya han terminado y se encuentran tomando una copa de sobremesa. Cuando llegamos no hay sitio para sentarse, pero una pareja se levanta al vernos.

―Nosotros ya hemos terminado ―nos dicen.

―Gracias.

La comida consiste en una ensalada de col y lechuga, un bol de arroz y un par de albóndigas. Paul y Helen son vegetarianos, así que sustituyen la carne por un plato de huevo revuelto con tomate. Comemos bien, es agradable estar allí. Cada vez que lo pienso, me emociono. ¡Estoy almorzando en el transiberiano! Todo me parece especial allí, desde los manteles a las flores de plástico que adornan las mesas. Tomamos una cerveza china y charlamos un buen rato. Se nos une una pareja de irlandeses que come en la mesa de lado. Lo cierto es que en el vagón no hay más que occidentales.

Cuando terminamos, nos vamos al compartimento de Helen y Paul. Ellos también están solos, así que podemos usarlo a nuestro antojo. Me enseñan a jugar a las cartas, a un juego que resulta ser el chinchón. Ríen cuando les digo el nombre que usamos en España y piensan, con razón, que parece un nombre chino. Pasamos la tarde jugando, tomando cervezas y picoteando. Yo no he subido nada de comida al tren y, por el contrario, ellos tienen de todo un poco. Antes de llegar a Pequín estuvieron en el sur de Asia: Malasia, Vietnam, Laos… y tienen mucha fruta fresca de allí. Ellos se dirigen a Ulán Bator, la capital de Mongolia.

Anochece. Han pasado ya más de doce horas desde que empezó el viaje y ni siquiera me he enterado. Después de tantos días de estrés, subirme a este tren ha resultado una liberación. No tengo que preocuparme de buscar autobuses, trenes o ferries. No tengo la incertidumbre de dónde pasaré la noche o de si necesito un visado para cruzar una frontera.

Subir al transiberiano es como tener unas vacaciones dentro de las vacaciones.

Me limito a disfrutar de cada momento, a respirar la atmósfera del tren y a ver el paisaje discontinuo de túneles y montañas rocosas.

Después de una parada de veinte minutos que hicimos a medio día, la siguiente es Erlian, el último pueblo de China antes de la frontera con Mongolia. Nos han repartido los formularios de rigor y cuando llegamos empezamos con los trámites. Van subiendo al tren, uno por uno, los diferentes funcionarios que nos van pidiendo los papeles. Uno de ellos no parece estar muy conforme con el mío. Creo que piensa que el de la foto no soy yo, y no le culpo. Tengo la barba muy poblada y el pelo se me ha rizado por la humedad y por no usar acondicionador después de lavármelo con jabón.

Mientras esperamos a que nos devuelvan los pasaportes, bajo del tren. En la estación hay un supermercado que viene bien para hacer algunas compras. Mucha fruta, yogur, pasta, café y algunas conservas. La chica de la caja hace las cuentas de cabeza. Va cogiendo las cosas de mi cesta y poniéndolas en bolsas mientras murmura lo que supongo serán los precios y la suma total. Ninguno de los productos que he comprado tiene el precio, así que he de suponer que los conoce todos de memoria. Eso, o que se está quedando conmigo.

Cuando salgo del supermercado, el tren no está. Por fortuna, antes de que se me salga el corazón por la boca, encuentro a un grupo de gente que también hace el viaje y les pregunto. Me cuentan que el ancho de las vías cambia en Mongolia, así que tienen que adaptar las ruedas del tren. Tardarán un par de horas.

Esperamos sentados en los bancos del andén, pero hace fresco. Yo he bajado con manga corta y bañador, así que tengo que ponerme a andar para entrar en calor. Me pongo un poco de música y me doy algunas carreritas hasta que el tren vuelve a recogernos. Para entonces, el andén está lleno de gente que porta grandes maletas y cajas atadas con cuerdas. En un instante, el tren se encuentra abarrotado. No se puede andar por sus estrechos pasillos, así que dejo mis bolsas en el compartimento y vuelvo a bajar para dejar espacio a mis nuevos compañeros de viaje: un chaval chino, adicto a su iPhone y dos mochileras francesas. Una vez se han instalado, subo y coloco mi compra en el arcón que hay debajo de mi catre. Mientras lo hago empiezo a pensar que he comprado demasiado, aunque me justifico a mí mismo diciéndome que aún me quedan muchos días de viaje y me vendrá bien para volver a ganar algo del peso que he perdido, o al menos recuperar las fuerzas al cien por cien para el tramo final del trayecto.

La siguiente parada es el primer pueblo de Mongolia, así que volvemos a sufrir el papeleo. Las francesas tienen problemas. Al parecer les falta uno de los sellos de China, lo que motiva que tengan que vestirse y bajar del tren a toda prisa. Apenas les dan tiempo a ponerse unos pantalones y se ven obligadas a salir con los zapatos en la mano. El policía mongol me mira una y otra vez, comparándome con la foto del pasaporte, y no se convence. Tiene un ojo un poco trabado, así que no puedo evitar empezar a reírme pensando en la situación. Se ofusca y dice algo en mongol, pero nada puede evitar ya mi risa tonta. Más me gustaría a mí. Llama a uno de los compañeros que revisa pasaportes en otros compartimentos y se repite la historia. Miran alternativamente mi foto y a mí, y niegan con la cabeza. Tienen que pasar hasta cinco personas por la misma situación hasta que una policía se acerca tanto a mí que podría contar los pelos que tengo en las cejas. Me señala la nariz y dice algo. Los demás, que presencian la escena, parecen convencidos. Creo que me han reconocido por la ligera torcedura de mi tabique nasal. La situación es realmente cómica, aunque el único que ríe soy yo. Ni aun cuando se convencen de que el pasaporte es mío se permiten una mínima sonrisa, sencillamente me lo devuelven con gesto serio.

Entretanto, las francesas han vuelto. Me explican aliviadas que, por fortuna, el problema se ha podido resolver con una llamada telefónica. Con todo el lío nos han dado las dos de la mañana y el sueño aparece de forma inevitable. Antes de irme a la cama, hablo con el encargado de nuestro vagón para ver si puede conseguirme un enchufe donde cargar el portátil. A lo largo del tren hay enchufes, pero son de cuarenta y ocho voltios, un voltaje insuficiente. Antes, mientras iba camino del vagón restaurante, me he fijado que en los compartimentos de primera tienen enchufes de doscientos veinte voltios, así que espero que el hombre pueda ayudarme. Se muestra amable con el gesto, porque nos comunicamos con señas, y me abre una puerta que da acceso a un baño con enchufes. Dejo el ordenador y quedamos en que lo recogeré por la mañana. Ahora me voy directamente a mi catre porque el sueño está a punto de vencerme al fin. Ha sido un día relajado y creo que eso es justamente lo que necesitaba para que mi cerebro bajara de revoluciones y permitiera a mi cuerpo tomarse el descanso que se merece después de tantos días. Me tumbo y, mientras las francesitas leen y el chino recibe mensajes en su iPhone, me rindo al sueño.