Miércoles, 17 de junio de 2009

No sé bien cómo ha sido, pero durante la noche hemos recuperado el tiempo perdido y ya no acumulamos ni un minuto de retraso. He dormido toda la noche casi de un tirón, y es que me las ingenié para tumbarme ocupando tres asientos del autobús. Mis piernas cruzaban el pasillo para apoyarse en la butaca del otro lado, formando una especie de puente de carne y hueso. También ayudaron las tres Biodramina que me tomé justo antes de comenzar el trayecto.

Cuando despierto, estamos a punto de llegar a Matehuala. Se trata de una vieja estación con poco movimiento. Bajo a estirar las piernas y me siento junto a un puesto ambulante de burritos. Son las ocho de la mañana y lo último que necesita mi estómago es un auténtico burrito mexicano, pero eso no impide que lo pida.

Pregunto a la chica si aceptan dólares americanos y me dice que sí, pero que me los compra a diez pesos el dólar (el cambio real es catorce pesos el dólar). Dado que no tengo pesos, me veo obligado a aceptar. También tengo que aceptar que soy un gringo en estas tierras, que mucha gente tratará de aprovecharse de mí lo que pueda. El burrito está realmente sabroso. Me lo como sin pestañear y nada más dar el último bocado se produce un intento de invasión de sentimiento de culpa pero, como estaba preparado para ello, la invasión es firmemente abortada. Mi estómago resiste bien. Volvemos a la carretera.

Las horas pasan lentas entre el calor asfixiante y el quejumbroso ruido del autobús. El paisaje monótono del desierto invita al sueño y el continuo sopor en el que estoy sumido da al viaje un aire de irrealidad. Pierdo la noción del tiempo y no tengo ganas de escribir. Ni siquiera tengo ganas de escuchar música. Solo quiero que vayan pasando los kilómetros y lleguemos pronto a la capital. Mi intención es buscar un alojamiento y pasar el resto de la tarde descansando, quizás leyendo o escribiendo.

Sumido en mis pensamientos no me fijo en que el autobús ha reducido la velocidad hasta casi pararse. Descorro las cortinas y puedo ver que hemos parado junto a una venta mexicana. Se trata de una terraza llena de mesas y sillas donde almuerzan un par de docenas de personas. Es un lugar muy pintoresco y colorido, presidido por una gran barbacoa donde un cocinero asa trozos de pollo embadurnados en una salsa naranja que les confiere un aspecto irresistible. Junto a él, dos muchachas de rasgos indios se afanan en cocinar tortitas de maíz. De una gran palangana azul sacan un trozo de masa, le dan forma esférica con unos movimientos de mano mecánicos, y lo aplastan con una prensa de madera. El resultado es una tortita pegajosa que ponen inmediatamente a dorar en la plancha. Sobre una encimera, cinco o seis cuencos llenos de diferentes rellenos para las tortitas: arroz, pollo, ensalada, picadillos, queso.

Hay moscas por todos lados.

De las columnas que sujetan el toldo que cubre la terraza cuelgan decenas de cráneos de vacas de largos cuernos, dando al lugar un aspecto de autenticidad irrefutable.

Una señora no ha dejado de ofrecerme comida desde que pisé el suelo de tierra del local. Me indica dónde está el baño, dando por hecho que necesito usarlo, aunque no es así. No obstante me acerco con la intención de lavarme las manos, pero descubro que el escusado es en realidad una pestilente letrina. Río al ver que, a pesar de todo, mantienen la diferencia entre el escusado masculino y el femenino. Decido no lavarme las manos porque lo único que hay es una palangana llena de agua sucia.

Vuelvo al lugar donde las muchachas preparan las tortitas y les pregunto si tienen quesadillas. Por supuesto que las tienen, qué tontería. Siempre me ha gustado mucho la comida mexicana, especialmente las quesadillas. Me recuerdan los años más felices de mi vida.

Sin tiempo a darme cuenta tengo delante un plato de corcho con una quesadilla recién hecha. A pesar de que el queso caliente me quema el paladar, la devoro en pocos bocados.

Me he sentado a la mesa con Duncan, que se ha pedido unas fajitas y me pide que le acompañe, que en otro tiempo habría dado cuenta de todas ellas, pero que ahora su estómago no se lo permitiría. Lo hago encantado porque la quesadilla no ha hecho otra cosa que despertarme el hambre. Pasamos media hora comiendo y charlando. Tiene una conversación agradable cuando consigue moderar sus insaciables ganas de hablar sin parar.

Antes de volver al autobús me doy un paseo por entre las tiendas de alrededor, donde se muestran piezas de cerámica con aspecto de haber sido hechas por las manos expertas de alguien dos siglos atrás. Tomo un zumo de naranja recién exprimido y no me resisto a la tentación de un enorme vaso de fresas con nata y canela. Seguramente no debería tomar nata de una venta en mitad del desierto de México.

El autobús continúa su camino, pero a medida que avanzamos ya puede verse un cambio en el paisaje. El desierto ha quedado atrás dejando sitio a un decorado de polígonos industriales y fábricas de chimeneas humeantes. Estamos cerca de la estación de San Luis de Potosí, donde haremos una parada. Esta vez ni siquiera me bajo del autobús; no tengo ganas de estirar las piernas. Vuelvo a tener hambre, quiero que nos vayamos. Salimos. Dos horas más y volvemos a parar, estamos en Querétaro. Por fortuna, la siguiente parada es Ciudad de México.

Ciudad de México tiene veinticinco millones de habitantes. Es una de las más grande del mundo, así que uno puede hacerse una idea de la extensión que puede tener. O quizás no se pueda. Desde que empezaron a verse las primeras chabolas del cinturón exterior de la ciudad hasta llegar al centro ha pasado más de una hora de autopista.

Cualquier aspecto de cualquier ciudad se multiplica por mil en Ciudad de México. Las favelas se extienden por las faldas de las montañas que rodean la ciudad. La autopista tiene cada vez más coches y pronto podré comprobar si la leyenda sobre el caos circulatorio es cierta. La autopista tiene seis carriles tan estrechos que cuando nos adelanta un camión podría tocarlo con mi mano.

Al final de una recta observo como el carril derecho está ocupado por media docena de grandes camiones detenidos. A medida que nos acercamos se pueden ver a varias mujeres que suben y bajan de los camiones. Son putas. Un sector del carril derecho de la autopista de entrada a Ciudad de México por el norte se usa para que los camioneros vayan de putas.

Me llaman la atención que los carteles de los negocios se hacen usando pintura directamente sobre la pared. Prescinden de neones o carteles luminosos. Algunos de ellos son auténticas obras de arte, aunque la mayoría sean cochambrosos mensajes desconchados. Días más tarde, alguien me los definirá como «contaminación visual».


Bienvenido a Ciudad de México

Llegamos al fin a la gigantesca estación del norte. Bajo el primero del autobús y voy directo a por mi mochila. Estoy como loco por salir de allí y llegar al centro, conseguir una cama y dormir.

Tengo que pelearme con el conductor porque se mueve tan lento que creo que va a provocar que pierda los papeles. Me alegro de no tener un bate de baseball cerca. Con toda la calma del mundo, comprueba que la etiqueta del equipaje coincide con la del billete que le he dado. No queda satisfecho y me pide una muestra de saliva para hacer un análisis de ADN. No puedo evitar meterle prisa y se enfada. Me disculpo, me cuelgo mi mochila y me largo tratando de pensar en otro cosa.

Tras una breve parada en la oficina de información turística ―donde un espíritu celeste me cuenta algunas de las cosas que debo saber de la ciudad― decido sacar el billete de autobús a Guatemala ―mi próximo destino― para, de esa forma, poder desentenderme del asunto. Mientras espero en la cola, saco la cámara de vídeo para grabar algunas tomas de la estación.

―¿Qué está haciendo con esa cámara, señor? Aquí no se puede grabar.

―Lo siento mucho, no sabía nada ―me disculpo mientras la apago y la guardo.

No me ha oído porque antes de que empezara a hablar ya estaba dando aviso por el walkie talkie. Cuando termina de dar el chivatazo se larga sin mirarme siquiera. En unos segundos, dos policías vestidos de negro se acercan. Uno de ellos debe de medir casi dos metros y el otro apenas supera el metro y medio. Me recuerdan al dúo Sacapuntas, y pienso que sus compañeros de la comisaría deben de llevar años mofándose sin piedad.

―¿Qué estaba haciendo, señor? ―me pregunta el Pulga.

―Me estaba grabando. Estoy haciendo un documental ―respondo mientras pienso la forma en la que torturaría hasta morir a la maldita hija de puta chivata que les ha avisado sin siquiera darme la posibilidad de explicarme.

―¿Tiene usted permiso?

―Acabo de llegar, no sabía que hacía falta permiso. En cuanto me lo ha pedido la señorita, he dejado de grabar inmediatamente.

―Aquí no se puede grabar sin permiso.

―Lo siento, no sabía nada.

Se van sin decir nada, aunque ni siquiera tengo tiempo de tomar aire cuando vuelven.

―¿Me enseña lo que ha grabado, señor? ―inquiere el Pulga. El Linterna ni siquiera me mira; se limita a ejercer un descomunal poder de intimidación.

―Claro. Han sido solo unos segundos, mire.

―¿Lo borra por favor? ―me ordena sin mirar.

―Ahora mismo.

No tengo ni puta idea de cómo se borra un vídeo. La cámara la compré unas semanas antes y las pocas veces que he borrado lo he hecho conectando el aparato al ordenador. Navego por los menús buscando la opción de borrar. Me tiemblan las piernas y creo que balbuceo al tratar de explicarle que estoy haciendo un viaje y que estoy grabando en todos los sitios donde voy y algunas gilipolleces más. Noto cómo el Pulga empieza a ponerse nervioso. Mira alternativamente a la cámara y a mí. No hay más que ver su cara para saber que no ha manejado una cámara digital en su vida y que se encuentra casi tan incómodo como yo. Decido aprovechar esa circunstancia para tirarme un farol.

―Ya están borrados todos los vídeos―le digo resoplando―. Estas cámaras modernas son cada vez más complicadas ―añado mientras pienso que no debí haber añadido nada.

―Está bien señor. No vuelva a grabar sin permiso.

―No lo haré.

Se van.

Creo que la cabeza me va a estallar. Mientras estaba con el dúo Sacapuntas la gente se ha ido colando, y ahora tengo tres personas delante. Me gustaría quitarlas de ahí a guantazos. Estoy seguro de que la cabeza me va a estallar.

Después de cinco minutos ya solo me queda una persona a la que están a punto de terminar de atender. Justo cuando llega mi turno oigo una voz en mi espalda que casi hace que me dé un infarto.

―Disculpe señor, necesito que me diga su nombre.

Esta vez está solo el Pulga, que me mira fijamente. Está nervioso, como yo.

―Pedro ―respondo.

Pasan dos segundos de silencio durante los cuales me digo a mí mismo que soy gilipollas, que si me ha preguntado el nombre es porque quería saber mis datos, y voy yo y le digo que me llamo Pedro. ¡Hay que ser estúpido! ¡Pedro! ¿Pensabas que quería saber tu nombre para ser colegas? La has cagado pero bien, chaval. ¿Se puede ser más mentecato?

―Está bien, señor.

Se va. El Pulga, que no anda sobrado de luces, se ha largado. Esta vez no me atrevo a respirar y le sigo con la mirada. Se encuentra con el Linterna, cruzan un par de palabras y se marchan. Se piran, se pierden, se abren, se quitan del medio, se largan.

Es mi turno. Saco mi billete y huyo literalmente de la estación. En la puerta hay una boca de metro en la que me introduzco bajando las escaleras sin tocarlas. El espíritu celeste me ha señalado las paradas donde tengo que bajarme, así que voy directo a la taquilla, saco mi boleto (aun con los nervios tengo tiempo para sorprenderme de que solo valga dos pesos, unos once céntimos de euro al cambio) y vuelo por los pasillos. Las señalizaciones están tan claras que me muevo tan rápido como el nativo más experto. Por aquí, por allí, bajo escaleras, tuerzo, giro, avanzo y llego al andén. El tren llega enseguida y me abre sus brazos. Entro.

El metro de Ciudad de México es un hormiguero. Las estaciones son enormes y los vagones están atestados de gente. No pasa un minuto sin que entre al vagón algún vendedor de discos de música o un pedigüeño. Como en cualquier gran ciudad, son ignorados sin ningún pudor.

El corazón me late muy rápido, en parte por el miedo a la policía y en parte por la carrera que me he dado con una mochila de una tonelada sobre mi espalda. Me busco un rincón, me descuelgo la mochila (que pongo entre mis piernas) y arrugo la cara para asegurarme de que no la tengo de pardillo.

Alguien me toca por la espalda con el dedo. Es como si hubiera hecho doble clic en mi hombro. Me giro y veo a un niño de pelo negro que, sin decir nada, me señala el reloj.

―Son las siete y media ―le respondo con más educación de la que hubiese querido.

―Deme el reloj, jefe ―me dice en un tono que hace que me cueste distinguir si me lo está pidiendo o me lo está exigiendo.

―No puedo, lo necesito para saber la hora.

―Démelo pues.

―No puedo.

Es mi última palabra. Giro la cabeza y le doy la espalda.

―Veremos ―oigo muy cerca de mi oreja.

Trato de disimular el escalofrío que siento y no hago nada. Le ignoro completamente. La mezcla de miedo, enfado y cansancio hacen que piense: «a tomar por culo, que le den».

Al fin llegamos a mi parada, en la que me bajo rápidamente, sin siquiera colgarme la mochila a la espalda. Me paro en el andén, que está lleno de gente, y espero a que la masa empiece a subir las escaleras para comprobar si el niño me sigue. No lo hace, claro, aunque durante el resto del día tendré la absurda sensación de estar siendo vigilado.

Salgo a la superficie y me encuentro con un día gris en una enorme plaza. A un lado está la catedral y al otro el Palacio Nacional. Está llena de gente que se mueve sin parar; todo es muy ruidoso. Me paso una hora dando vueltas buscando un sitio donde dormir. Pregunto en algunos hoteles, pero basta con que alguien me abra la puerta de entrada y me dé las buenas tardes para que lo descarte.

Al final logro dar con lo que busco: un sitio de mochileros. El ambiente es joven y sano, tienen Internet, desayuno y cena incluidos y solo cuesta unos nueve euros al cambio. El problema es que solo pueden darme una noche y yo necesito dos. Pero eso ahora da igual, necesito descansar. Unos minutos de papeleo, subo mis cosas a la habitación y subo a la azotea a cenar.


Hoy le brindo a mi dolor

La azotea del edificio tiene un chiringuito con una gran terraza. Tiene vistas a la Plaza de la Constitución y la catedral, que luce preciosa iluminada en la oscuridad. Mientras pico algo típico mexicano conozco a Igor, Alejandro y Carlos.

Igor es un chico de mi quinta, vasco, despierto, inquieto. Tiene un bonito proyecto de viaje por Centroamérica. Espera que dure unos cuatro meses, aunque no tiene fecha de caducidad. Vive una situación que le permite poder alargar la aventura si quiere. Bastan unos minutos de charla para darme cuenta de que se trata de alguien que tiene una forma de pensar muy cercana a la mía. Creo que los motivos que nos impulsan a viajar son básicamente los mismos.

Después de la cena tengo que ir a buscar un sitio donde dormir mañana, pero al cabo de un par de horas vuelvo a la azotea. Los chicos están en una mesa bebiendo. Me alegro de verles y no me ha dado tiempo a sentarme cuando Alejandro ya me ha puesto un tequila. Tienen al menos dos botellas, unos cuantos vasos y un cuenco lleno de cubitos de hielo.

―¿Cómo te gusta el tequila?

―Me da igual, como lo estéis tomando vosotros.

―Te preparo dos, por si acaso.

―Genial.

Por un lado me llena un chupito de tequila añejo y por otro me prepara una copa con tequila blanco, agua con gas y un chorrito de refresco de limón. Me explica que la única manera de evitar la resaca al día siguiente es no mezclar el tequila con bebidas dulces.

―El tequila te lo tomas solo o, como mucho, lo mezclas con agua y limón. Nada de colas, naranjas ni chingadas.

Alejandro es un joven de la zona de Chiapas, al sur del país. Según mis cálculos, sus hombros medirán, más o menos, lo mismo que la distancia que he recorrido en los últimos tres días. Tiene la cabeza rapada al cero, los brazos de He-Man y una sonrisa de dientes claros y brillantes. Se dedica a trabajar como guardia de seguridad y su sueño es llegar a ser policía federal. Durante toda la noche está pendiente de que a nadie le falte bebida. Si tu vaso empieza a quedarse vacío, Álex te lo rellena y brinda contigo.

La juerga continúa, tequila tras tequila, conversación tras conversación. Hablamos de Chiapas, de España, de viajes, de mujeres. Durante toda la noche va y viene gente que se sienta con nosotros: Jonathan, un inglés pureta con la riñonera llena de libretas con notas del libro que quiere escribir; Daniel, el australiano; My, la sueca de belleza espectacular; un grupo de chicas de Guadalajara, guapas y tímidas. Todos bebemos, brindamos, nos reímos, nos hacemos fotos, intercambiamos correos y promesas de visitas en el futuro. La noche es perfecta y cualquiera que llega es calurosamente invitado a la mesa.

Bebo hasta emborracharme y caigo en la cuenta de que al final no he descansado. Después de un viaje de tres días no hay nada como una juerga de tequilas en una azotea del distrito federal de Ciudad de México, rodeado de desconocidos con los que te sientes conectado de alguna forma.

La noche avanza y la gente se retira. El toque de queda del hostel es a las dos de la mañana pero hace ya un buen rato que hemos pasado esa hora. Al final quedamos Igor, Álex y yo. Apuramos las botellas y tranquilizamos al personal de seguridad que viene a echarnos.

―Ya nos vamos, jefe.

Son más de las tres de la mañana y estoy borracho de tequila, de gente, de sensaciones, de cansancio. Se me ha pasado el miedo; la policía mexicana y el chorizo del metro me suenan tan lejanos como el día de mi primera comunión.

Bajo a la habitación, escalo la litera y doy una patada a las sábanas que se encuentran perfectamente dobladas al pie de la cama. Caigo redondo. Es la primera noche en meses en que mi último pensamiento antes de dormir no tiene que ver con ella. I’m coming home.