Miércoles, 15 de julio de 2009

Después de irme a la cama tan tarde, mi cuerpo se niega a despertarse antes de las siete. A esa hora la luz ya entra por todas las ventanas y la habitación está tan iluminada que puedo recoger mis cosas con facilidad. Tengo que darme una ducha porque el calor y la humedad, ya a estas horas, son insoportables. Bajo con un poco de cargo de conciencia por despertarme tan tarde y desaprovechar un par de horas de luz, pero no tardo en convencerme de que descansar es algo necesario sobre lo que no se admite ninguna discusión. Por fortuna, me permiten dejar la mochila grande en el hostel mientras voy a dar una vuelta a la ciudad. A estas alturas ya no puedo cargar con ella durante todo el día. El aumento de peso que sufrió en Córdoba, donde no pude decir que no a los libros que me regaló Paquito, junto con el descenso de mis energías hace que levantar la mochila y echármela sobre los hombros sea una tarea cada vez más complicada.

Tengo hambre, así que la primera parada que hago cuando salgo del hostel es en un supermercado, donde compro un litro de zumo de naranja exprimida y un par de plátanos. Aún tengo los Weetabix que compré en Australia; me siento en un escalón a comer y ver pasar a la gente. Sigo fascinado con la calle, con sus coloridos carteles en caracteres orientales y con las japonesas. Cuando llego a la estación es hora punta. En vez del caos que esperaba encontrarme, me hallo ante una perfecta organización digna de una coreografía de Fama. Los pasajeros esperan ordenadamente la llegada del tren, la salida de la gente que se apea y solo entonces comienzan a entrar rápidamente y en silencio. La operación dura segundos, al cabo de los cuales el tren vuelve a estar en marcha. Aun cuando parece que la gente no va a caber en el vagón, caben. En los casos más apurados, cuando hay gente fuera y las puertas van a cerrarse, unos operarios de blancos guantes ayudan empujando para hacer sitio. Nadie dice nada, todo se hace en silencio.

Como es habitual, cuando llego a la estación me dirijo a una oficina de turismo, donde siempre pido consejo y un mapa. Ante la falta de tiempo, la chica me ha recomendado el palacio Imperial, así que hacia allí me dirijo. Está accesible andando desde la estación, por eso he elegido ese destino en primer lugar, aunque el calor hace que parezca que está más lejos. El paseo ha sido en vano, o casi. El acceso al palacio está restringido y es necesaria una invitación para entrar. Al menos eso le entiendo al policía que trata de explicarme que tengo que largarme de allí, que tengo que conformarme con quedarme en los jardines de alrededor. Eso hago, pero al poco tiempo ya me he aburrido y estoy buscando nuevo destino en la guía que me dieron en la oficina de información al turista.

Los jardines están muy bien, pero cuando llego a una ciudad lo que me gusta ver son sus calles. Busco en la guía algún sitio bonito para callejear y me dejo llevar por el instinto a la hora de elegir. Pillo un metro y me planto allí en un rato. Son calles estrechas y llenas de tiendas. Por fortuna, a diferencia de lo que ocurría en los alrededores del palacio Imperial, allí no encuentro turistas. Pocos carteles traducidos al inglés y poca gente que habla el idioma, así que resulta complicado entenderse para preguntar cuánto vale esto o aquello. Sin embargo, es mejor así, le hace sentir a uno que esta conociendo el verdadero Tokio, los barrios donde la gente normal compra las lechugas para hacer sus ensaladas. El ruidoso gentío me lleva de un lado a otro hasta perderme. No quiero salir de allí porque me siento deslumbrado por todo lo que veo y oigo. Una locura de callejeo en que veo tantas cosas nuevas para mí que podría llenar un libro de sensaciones.

A medio día empiezo a tener hambre y decido comer en alguno de los muchos restaurantes que hay repartidos por las estrechas calles. No son restaurantes para turistas y, de entre todos, elijo uno que tiene aspecto de ser un comedor de menús para trabajadores. La carta se encuentra totalmente escrita en japonés y la camarera no tiene ni idea de inglés, así que me veo obligado a pedir al azar. El eventual menú consiste en una ensalada, una sopa de pasta con pescado ―que acaso sea aleta de tiburón― y un bol de arroz con algo que parecen tacos de pollo pero que resulta ser gelatinoso. Tofu quizás. El postre, que ha elegido la camarera, consiste en una especie de flan con sabor a fresas. Para beber no me ha dado opción: me ha puesto un vaso de té frío que me rellena cada vez que baja de la mitad. El calor es insoportable y los ventiladores del local, aunque ayudan, no tienen mucho que hacer.

Después de comer me quedo un rato más callejeando. Compro otro pendiente (una pareja esta vez) y sigo paseando. Debo de llamar la atención entre tanto japonés, porque uno de ellos, cámara en mano, me pide que pose para una foto. Lo hago preguntándome para qué coño querrá el colega una foto mía, pero decido no seguir pensando en ello. Para la tarde he planeado acercarme a la zona del templo Sensoji, uno de los más antiguos de la ciudad. El metro me deja a solo unas manzanas, y cuando salgo a la superficie me llevo dos decepciones: la primera es que todo está lleno de turistas, aunque eso ya debí imaginarlo, y la segunda es que el templo está cubierto porque lo están reformando. Todo ello hace que esté por allí poco tiempo, aunque también influye mi cansancio.

Una merienda de cereales con zumo de manzana me da las fuerzas necesarias para completar la tercera fase, la de la zona de marcha. Ya ha anochecido y los letreros de neón brillan en el negro cielo. Todo está lleno de gente. El distrito Roponggi es el preferido de los visitantes no japoneses que viven en Tokio, así que por allí pueden verse caras blancas de ojos redondos. A pesar de no ser más de las siete, la gente ya llena los elegantes restaurantes. Visten sus mejores galas y sus mejores maquillajes. Me encantaría quedarme allí: cenar en algún restaurante caro y luego pasar la noche en algún club o karaoke viendo cómo se las gastan los japoneses de juerga, pero tengo que volver a por la mochila. Además, no estoy arreglado para una ocasión así. Después de estar pateando la ciudad durante todo el día bajo un sol de justicia, necesito dos duchas.

La vuelta es sencilla. Ya soy capaz de moverme tranquilamente tanto por el metro como por las estaciones de cercanías de Tokio. Soy uno más que espera el tren en la fila correspondiente y que se hace sitio a base de empujones sin hablar. Si tuviera una consola portátil o un móvil, nadie podría distinguirme del resto de pasajeros. Es curioso, pero las calles que me llevan al hostel, las mismas que recorrí cuando llegué la noche anterior, han perdido su magia. Después de todo un día paseando por Tokio y viendo carteles con caracteres japoneses, estos han dejado de interesarme. Unos días más y acabo vistiendo pantalón negro, camisa blanca y jugando en el metro al Mario Kart en una Nintendo DS.

Una vez en el hostel, aprovecho que llevo una hora de adelanto para cenar algo de pasta y fruta y darme una ducha de agua fría que me quite la sensación pegajosa que tengo. Me despido de los franceses que conocí el día antes y llego a la estación de Tokio en unos minutos, media hora antes de que salga el autobús. Mientras espero, pienso en lo absurdo de tomar un autobús para ir a Kioto, teniendo un bono que me permite usar el Shinkansen, el tren bala, uno de los trenes más veloces del mundo. Cambio un viaje en tren de dos horas por uno de ocho en autobús. El motivo es sencillo: viajar en autobús durante la noche me permite tener un sitio para dormir y me ahorra el tiempo, el esfuerzo y el dinero de tener que buscar un hostel en Kioto para una noche.

Sentado ya en el banco en el que espero, empiezo a dar cabezadas, así que en cuanto subo al autobús me quedo dormido. El sillón es confortable y no tengo compañero. Nos han dado una manta, una almohada y unas zapatillas de papel para que podamos quitarnos los zapatos sin problema. Todo parece indicar que el viaje va a ser cómodo. Demasiado tranquilo en realidad, pienso mientras me estoy durmiendo. Creo que echo de menos un poco de acción y emoción. Los días de turismo se me hacen largos y algo monótonos. Creo que el cuerpo me pide kilómetros, fronteras y búsqueda de soluciones a problemas desconocidos. Por suerte ya vuelvo a estar en la carretera. Tokio es una ciudad fascinante y tiene tanto que ver que estar un día es lo mismo que no estar, pero lo que realmente quiero es continuar con mi viaje alrededor del mundo.