Miércoles, 12 de agosto de 2009

Despierto y estoy tan cansado como la noche anterior. No me ha servido de nada dormir estas cuatro horas que han pasado desde que me fui a la cama. La habitación está aún a oscuras, señal de que es muy temprano, pero decido bajar a desayunar, tengo ganas de terminar la caja de cereales que me compré ayer. Acompaño con un café y algo de fruta. Espero tener las energías suficientes para no volver a desfallecer de esa manera.

La cocina del hostel es tan pequeña que apenas caben tres personas. Eso y que el desayuno no esté incluido en el precio hacen que siempre esté vacía, así que desayuno tranquilo mientras reviso correos y escribo algo. No tengo ganas de nada, estoy completamente apático, el calor puede conmigo, aunque no son más de las siete de la mañana. Pruebo a darme una ducha, pero no arregla gran cosa. Preparo la mochila y vuelvo a bajar a la cocina (el hostel no tiene ningún lugar de reunión).

―Joel, te invito a un café ―le digo al muchacho colombiano.

―Venga.

Tomamos el café, al que se incorpora Rico, el chico ruso. Charlamos un rato sobre el problema que ha tenido Joel, a quien robaron el bolso con todo su dinero y documentación.

―En Atenas no hay embajada de Colombia, así que me están ayudando desde la embajada española.

Lleva más de diez años en España, pero no se ha preocupado en sacarse la doble nacionalidad. Eso le hubiera facilitado mucho las cosas. Probablemente lo haga cuando vuelva.

Entre unas cosas y otras, llega la hora de irme. Mi tren sale a las once y me dejará en Patras a las dos, así que me cargo la mochila a la espalda, me despido de todos y hago a pie los doscientos metros que me separan de la estación. No son más de cinco minutos, pero suficientes para hacer que llegue arrastrando la lengua. Busco una sombra desesperadamente en el andén.

―¡Eh! ¿Tú eres el español no? ―me dice en inglés un tipo con gafas y barba de una semana.

Le escruto con la mirada unos segundos hasta que consigo reconocerlo.

―¡Tú eres el alemán de Estambul! ―le respondo mientras veo a su colega por encima de su hombro.

―¿Pudiste llegar a Damasco? ―me pregunta interesado.

―¡Sí! A pesar de que las llamadas se cortaban, pude oírte decir que ibas camino de la estación de autobuses, así que deduje que era imposible coger el tren.

―¡Menos mal!

Les explico el recorrido que he hecho hasta el momento para llegar a Atenas y ellos me explican que cuando llegaron a Damasco, volvieron por sus pasos y continuaron de Estambul a Atenas.

―Cuando volvimos a Estambul, te estuvimos buscando ―me dice entre risas.

―Ya te digo.

Haremos juntos el viaje hasta Patras. Dos viejos trenes que se mueven por paisajes que hacen que cualquiera diría que estamos en España. Cuando llegamos a Patras, sacamos los billetes del ferry y matamos las horas que quedan para la salida a base de cervezas.

―Os recuerdo que os dije que si llegaba a Damasco como lo tenía previsto, os pagaba una cerveza.

―Es cierto.

El único sitio que encontramos es una cafetería un tanto snob, con una terraza que se asoma al puerto y a los enormes barcos que allí esperan. Está ambientada con decoración de los sesenta y tiene camareros vestidos de riguroso blanco. No tienen cerveza del país, así que tenemos que recurrir a Bud y Coronas. A pesar de ser la tercera ciudad de Grecia, Patras no parece gran cosa.

Mientras tomamos las cervezas, me proponen hacerme una pequeña entrevista, nada serio, solo preguntarme mi nombre, de dónde soy y qué países he visitado hasta el momento. Están haciendo un documental de su viaje y parte del mismo es el cuestionario que hacen a viajeros con los que se cruzan. Acepto encantado.

―Cuando esté listo, te mandaremos el DVD a casa, si es que quieres. Hay gente que no quiere.

―Claro, será genial.

Falta una hora para que el ferry arranque, así que nos despedimos (ellos descansarán un día en Patras y tomarán el ferry del día siguiente). Está a solo unos metros de la cafetería, así que en diez minutos ya estoy dentro. El barco es más grande y lujoso que cualquiera de los que he tomado hasta el momento, aunque con el billete de Interrail solo tengo derecho a la plaza más barata, a la de cubierta. Eso significa que no tengo camarote (ni siquiera cama). Sólo puedo moverme por la cubierta exterior o por las zonas comunes interiores, comedores y salas de reunión lujosamente decoradas.

La cubierta está llena de mochileros, así que subo allí y me siento en una de las mesas de la cafetería. Sigo cansadísimo y además me duele la cabeza por las tres cervezas que nos hemos tomado. Decido tomarme un par de pastillas casi al azar (ni siquiera tengo el prospecto) y me pongo a escribir un rato.

Junto a mi mesa se han sentado una chica con aspecto de ser del norte de Europa, un italiano (se le nota el acento a la legua) y un joven argentino. Hablan en inglés de esto y de aquello y, a pesar de que no tengo muchas ganas de alternar, decido incorporarme (la noche puede ser muy larga y quizás me venga bien charlar un rato). Al poco tiempo viene un segundo argentino. Tienen algunos problemas con el inglés, así que acabamos hablando los tres en español, dando un poco de lado a la chica, que resultó ser finlandesa.

Son dos jóvenes de Buenos Aires que están dando una vuelta de algunas semanas por Europa. Federico es extrovertido, impulsivo y divertido. Apenas tiene idea de inglés, pero eso no le impide tratar de hablar con todo el que pasa por su lado. Se ayuda de gestos, de sonidos y de algunas palabras en inglés y en español para caer bien a todo el mundo. En su oreja izquierda cuelga un pendiente con un número: el diez.

―¿Es el diez de Maradona? ―le pregunto.

―¡Diego Armando! ―responde sonriendo.

Kevin es más serio, aunque igualmente me cae bien. Él lleva algunas semanas más de viaje, en las que visitó Israel. Ambos son judíos.

Van pasando las horas y la gente empieza a ir tomando posiciones para dormir. Muchos traen sacos y colchonetas, aunque la gran mayoría estamos allí de primeras, así que no tenemos otra cosa que nuestras mochilas. Empieza a refrescar, o eso me parece a mí, así que decido bajar a las zonas comunes a buscar un acople. La gente tiene ocupados todos los sillones, así que no resulta fácil encontrar un hueco. Quizás pequé de inocente yéndome arriba sin haber buscado antes un sitio para dormir. No importa, dormiré en el suelo. La sala donde proyectan películas, una especie de cine pero con pantallas individuales, tiene una moqueta muy mullida que, junto con la bolsa de mi ropa sucia (Dios, no tengo nada limpio, tengo que lavar con urgencia) haciendo de almohada, lo convierten en un lugar ideal para pasar la noche.

Sin embargo, apenas duermo. Tengo mucho frío y arroparme con la sudadera no sirve de mucho. Estoy sudando y me duelen los músculos. Sin duda tengo fiebre. La pájara de ayer no resultó ser un simple instante de falta de energía, creo que tengo algo más grave, probablemente del estómago. Me ha estado molestando, sin llegar a doler, y creo que es solo el principio de una gastroenteritis. Finalmente, después de dos meses y tras un amago en Ciudad de México, creo que mi estómago se ha rendido a los continuos ataques a los que ha sido sometido.

Me tomo otras dos pastillas y dejo que las horas vayan pasando, tumbado en el suelo de un cine de un barco que me lleva de Grecia a Bari, un poco por encima del tacón de la bota italiana.