Miércoles, 1 de julio de 2009

Me he despertado cada hora, más o menos. Eso significa que he dormido, claro. Mal, pero he dormido, entre otras cosas para no tener que soportar ―al menos no conscientemente―, el hedor que sale del baño. A medida que han ido pasando las horas, el olor se ha ido instalando en el ambiente y de madrugada ya era casi inaguantable. La llegada está prevista para las seis, así que cuando me despierto a las seis y cuarto ya no quiero volver a dormirme. Me plancho un poco, me cepillo los dientes, bebo algo y ya estoy listo.

Me asomo a la ventana y veo una ciudad que madruga. Las calles están llenas de coches que pitan sin parar. Tengo la impresión de que usan el claxon en vez del intermitente. La mayoría de los coches son de transporte público, sobre todo pequeñas furgonetas con tres o cuatro filas de asientos o taxis colectivos. La competencia es brutal. A diferencia de la mayoría de las ciudades, donde el transporte urbano es cosa del propio ayuntamiento, aquí parece que está liberalizado. Los conductores de los minibuses no dejan de gritar los destinos, tratando de llamar la atención de los peatones que esperan en las paradas. Algunos incluso tienen el destino escrito en cartulinas de colores que agitan sacando por la ventana. Eso sí, no dejan de pitar. Eso nunca.

Grabo algunos vídeos de las afueras, algunas fotos y enseguida estamos en la terminal de Flores, la empresa del autobús. Si quiero estar el día siete en Montevideo para tomar mi avión a Nueva Zelanda, no puedo entretenerme, así que después de asearme un poco en el servicio público, me dirijo a preguntar los horarios, que no acaban de convencerme. O salgo inmediatamente ―en dos horas― o tengo que esperarme a bien entrada la tarde.

―¿Algún sitio donde pueda conectarme a Internet? ―le pregunto a la señorita.

―¿Cómo? ―responde con la nariz arrugada.

―¿Internet? ―resumo.

―Aquí no tenemos, pero ahí enfrente, en Civa, tienen.

Cruzo la calle y entro en Civa, que resulta ser la terminal de autobuses de la empresa de la competencia. Tienen wifi y enchufes. Perfecto; tenía todas las baterías secas. Ya que estoy aquí, pregunto los horarios. Tienen una salida perfecta, a la una y media. Son las siete de la mañana, así que tengo tiempo de subir algunas entradas al blog, responder algunos correos y darme un paseo por Lima. Saliendo a la una y media estaré en la frontera con Chile a eso de las nueve de la mañana del día siguiente, con tiempo suficiente para cruzar la frontera y tomar otro autobús que me deje en Santiago. El billete me cuesta algo más caro, porque la empresa tiene más caché, pero no me importa.

Compro mi billete y me lo guardo en el pecho; me pongo a revisar el blog y veo que las entradas que estaban programadas no se han publicado. Algo ha ocurrido. Las publico manualmente y subo algunas más. Para cubrirme las espaldas con posibles problemas en el futuro, doy a mi buen amigo Cayetano permisos para que pueda administrar y encargarse de publicarlas manualmente si fuera necesario. Me quedo más tranquilo; para mí es importante publicar el blog. Escribir es una parte trascendental en mi viaje.

Dejo las mochilas en consigna y me voy a pasear tranquilamente. Sin los bultos no tengo pinta de turista. Está claro que mi careto da el cante de forastero, pero no es lo mismo eso que turista. Pregunto a un policía y me recomienda un parque cercano, el parque de la Exposición. No es gran cosa, pero es bonito. Es miércoles por la mañana, así que está bastante tranquilo. Creo que es justo lo que necesitaba, un parque, fresco ―hace un día primaveral perfecto―, una sombra, un trocito de césped. Lo recorro en un breve paseo de media hora y me busco un buen sitio donde descansar. Sí, me paso horas sentado, hasta el punto de tener los tobillos totalmente deformados, pero necesito descansar. Necesito poner los pies en alto y desconectar. Sobre todo necesito desconectar, y eso hago. Alejo cualquier pensamiento. No hago ninguna excepción; absolutamente ninguna.

Mi letargo dura un par de horas y solo ha sido interrumpido por un niño de un par de años que tiene mucho interés en enseñarme el caracol que ha encontrado. Habla mucho, pero no le entiendo absolutamente nada, es como si hablara japonés. Tiene rasgos orientales y seguro que habla japonés. Me recuerda por eso al pequeño Miguel, el hijo de mi amiga Teresa. No me molesta en absoluto, al contrario.

―¿Tú le entiendes? ―le pregunto a la chica que está con el niño.

―Yo no ―me responde con risa tímida.

El peque sigue y sigue hasta hacer que no pueda parar de reír. Creo que se ha enfadado.

Me levanto y doy unas vueltas por la ciudad, por las calles llenas de gente y de tráfico, de vendedores, de tipos repartiendo publicidad, de pedigüeños, de listos, de policías, de colegialas, de figuras y de caras chinas. Compro algo para comer, unas latas de atún, un poco de pan y algo de fruta. Quiero comprar una postal, pero me es imposible encontrarla. Cada vez que pregunto por una tarjeta postal me ponen caras raras. Debería buscar el nombre con que las conocen aquí, pero hoy ya no tengo tiempo.

Vuelvo a la terminal con media hora de margen, así que me siento y me pongo a charlar con un viejo, Heraldo, cara dura como cuero, sombrero, rebeca a pesar del calor, bastón y sonrisa sana. Vamos a hacer el mismo viaje hasta Santiago.

Se trata de una conexión parecida a la que había entre Ecuador y Perú, es decir, primero tenemos que ir al último pueblo del país, en este caso Tacna. Una vez allí, tomar algún transporte a la frontera, arreglar papeles, y de ahí otro transporte a Arica, el primer pueblo de Chile, donde podremos tomar un autobús hasta Santiago. Siempre viene bien ir con alguien, te da seguridad, por no hablar de que compartir transporte siempre sale más barato.

Mientras charlamos escucho mi nombre por megafonía. Ni siquiera sé cómo lo he oído ―por norma general suelo ignorar las megafonías del mundo―. Quizás mi cerebro siempre ha estado ahí atento, de guardia, y nunca lo he sabido. Acudo a la ventanilla de información y me dicen que van a cambiarme de autobús, que van a pasarme a primera clase. Vaya, suena bien. Mi autobús se ha cancelado y por eso tienen que reubicarme. El problema es que ese autobús sale una hora más tarde, aunque llega a la misma hora, a costa de no hacer paradas. Eso ya me hace menos gracia, porque en las paradas está la esencia de lo que busco: la gente corriente; pero da igual, no es que se hayan secado los océanos ni nada de eso. Me piden que pase a la sala de espera VIP, que pasará a recogerme un taxi que me llevará a la terminal de la que sale mi nuevo bus. Sala de espera VIP: tele de plasma, sofá de piel, Pavarotti en el hilo musical, ratas con corbatas, niños con caras limpias, silencio. No tengo que esperar mucho hasta que llega el taxi. Somos cuatro pasajeros. Le doy palique al conductor, interesándome por la huelga de transportes que hubo el día anterior.

―¿Qué tal la huelga?

―Yo no me puedo permitir hacer huelga, así que trabajé. Llevé a gente a sitios donde nadie quería ir; incluso me apedrearon el coche. Mire ―me dice señalando la marca de un golpe en el parabrisas―. Fue un buen día, hice un buen dinero, yo tengo muchos gastos.

―¿Por qué es la huelga? ―pregunto.

―Porque quieren subir las papeletas. Como si no estuvieran ya bastante altas; quieren subirlas más.

―¿Qué son las papeletas? ―pregunto ignorante.

―Las multas de tráfico. Quieren subirlas para poder poner papeletas de trescientos dólares. Todo eso para robar, porque son todos unos ladrones.

―Hombre, todos no ―interrumpe una mujer.

Es inútil, el taxista se ha calentado y ya no le pararía ni Dios.

―Todos los políticos de este país vienen a robar ―afirma rotundo mientras enfatiza la frase con un movimiento de la mano que imita coger algo y guardarlo en el bolsillo de la camisa―. Desde Alan García, en su primer mandato, que se llevó todo el oro del país y le dejó con una deuda de no sé cuántos millones de dólares, todo el que ha venido detrás ha venido a robar.

Mientras habla, va subiendo el tono cada vez más, al tiempo que conduce como un demente. No deja de pitar y no deja de recibir pitidos. Interrumpe su discurso de vez en cuando para insultar a quien se tercie.

―Esta obra debería haber estado terminada hace dos años, pero la empresa que la empezó se quitó de en medio después de llevarse el dinero. ¡Quita de ahí! ¿Qué quieres? Paso todos los días por aquí y ese muro no cambia desde hace un mes. Nos roban en nuestra cara.

―Pero… ¿Alan García? ¿No fue reelegido años después? ―pregunto con miedo a meter la pata.

―Eso es por la ignorancia. En Perú todos somos unos ignorantes ―dice con tono resignado.

―Hombre, todos no ―interrumpe la misma mujer que antes.

―¡Todos, señora! ¡Todos!

Se llama Luis Alberto y se despacha a gusto durante el resto de viaje, mientras los demás cruzamos los dedos para no tener un accidente.

―Así que multas de trescientos dólares ¿Cuánto gana un taxista al mes en Lima?

―Hombre, depende del día y de la época del año, pero como media unos sesenta soles en una jornada normal.

―Eso son veinte dólares, o sea, unos seiscientos dólares al mes ¿no?.

―Eso si no se descansa nunca. Si se descansa un día a la semana, se queda en quinientos. Y luego están los gastos. Yo tengo nueve soles fijos todos los días, entre desayuno, agua, caramelos y lavar el coche, porque lo lavo todos los días. No me dirán ustedes que no está limpio ―nos reta mientras nos muestra su salpicadero impoluto―. Lo peor de todo es que los guardias urbanos aquí van a comisión, así que no paran de poner multas. Las peores son, y perdone señora, las mujeres.

Llegamos a la terminal y enseguida nos subimos al autobús. Nunca había visto un autobús parecido. Tiene dos plantas y la de abajo es la verdadera primera clase. Los asientos son mucho más anchos de lo normal, hasta el punto de que solo hay tres filas en vez de cuatro. Son auténticos sillones relax, tan separados del de delante que puedes estar tumbado sin problema. Auténticos ciento ochenta grados, según venden. Solo cuatro filas de asientos, doce sillones en total. Más tele de plasma, más Pavarotti, más ratas con corbata, botón rojo para llamar a la azafata, auténtico bombón, tacones, escote, sombra de ojos. Creo que los tres que venimos en el taxi damos un poco el cante: Heraldo, su mujer y yo. Tres vaciaos en zona VIP. Como cada vez que empiezo un viaje, me quito los zapatos.

―¿Nos dejarán quitarnos los zapatos? ―me pregunta la mujer de Heraldo tímidamente.

―Claro. Yo ya me los he quitado ―le respondo invitándola a hacer lo mismo.

―Es que me duelen un poco, y el viaje es tan largo… ―se justifica buscando un último empujón.

―Claro mujer, usted quíteselos ―me reafirmo.

―Yo me los voy a quitar.

―Diga usted que sí. Va a Santiago ¿verdad? Creo que vamos a hacer el viaje juntos.

―Muy bien.

Arrancamos.

En un enorme panel ponen la velocidad que llevamos. No pasaremos de noventa km/h. En la tele de plasma, otra vez el pobre Benjamin Button. Incluso eso se nota en esta línea de lujo; mientras que las otras ponen películas tailandesas de artes marciales descargadas de Internet, aquí ponen éxitos de Hollywood en DVD, en versión original y con subtítulos en castellano. Ha oscurecido pronto y no puedo ver el paisaje. Al menos nos han dado de cenar un poco de arroz con pollo y unas patatas. Gelatina con frutas de postre. Aprovecho la comodidad de los sillones VIP para dormir temprano.

Bruscos movimientos del autobús me despiertan en mitad de la noche. No sé qué hora es, pero calculo que deben de ser las dos o las tres. Los movimientos se deben a las cerradas curvas de la carretera. Puedo advertir, por el panel de la velocidad, que vamos muy despacio, así que deduzco que estamos subiendo una carretera de montaña. Mis queridos Andes. Empieza a hacer frío y tengo que arroparme con la pequeña manta naranja que encontré sobre el sillón cuando me subí al autobús. Poco después tendré que ponerme la sudadera. El frío es cada vez más intenso, estamos llegando al invierno austral.