Martes, 7 de julio de 2009

Me despierta el olor a café y lo primero que hago es mirar el reloj. Son las diez de la mañana, una hora perfecta para despertarse. He dormido bien, pero al mismo tiempo he conseguido no levantarme demasiado tarde (no está bien si eres un invitado). Nati me recibe en la cocina con los buenos días y me cuenta que he hablado en sueños. No me extraña; a saber las que he armado en autobuses o habitaciones de mala muerte sin que nadie me haya dicho nada. Vuelvo a darme un atracón desayunando y, tras una ducha sin chanclas, nos vamos a hacer turismo al centro de Córdoba. Paquito no tiene coche, así que tomamos el autobús. La expedición la formamos Paquito, Adrián, Eduardo y yo.

El centro de Córdoba no tiene nada que ver con el barrio por el que nos hemos movido hasta el momento. El centro ya indica que se trata de una ciudad grande, llena de tráfico, de tiendas y de gente abrigada. Paramos a tomar algo en una agradable cafetería. Paquito no me permite pagar nada y no deja de prestarme atenciones. Sigue contándome todo tipo de anécdotas, historias, leyendas y datos.

―Suelo decirles a mis alumnos de sociología que la percepción de la información no te garantiza la obtención de la verdad. Si yo me siento en esta mesa y veo que, día tras día, un tipo gordo se pide un café con sacarina y un tipo flaco se lo pide con azúcar, puedo llegar a la conclusión errónea de que la sacarina engorda más que el azúcar ―me explica.

―Cierto.

―Por eso, yo siempre digo a mis alumnas que si algún día ven a su marido agarrado del brazo de otra, no se precipiten en sus conclusiones, porque la observación del hecho no te garantiza el conocimiento de la verdad ―concluye con sorna.

Después del café, damos un paseo por la zona de la catedral, calles llenas de mercadillos y galerías comerciales. Cuando decidimos que tenemos hambre nos vamos a una empanadería que conoce Paquito. Se trata de una especie de bar de tapas de barrio, con ambiente universitario, que llama la atención por tener las paredes llenas de papeles con frases o mensajes. Los hay de todo tipo y nadie sabe muy bien el origen. La comunidad universitaria que forma la clientela del local se encarga de mantener vivas las paredes forradas de ideas. Comemos locro, una especie de estofado parecido a los callos españoles. Regamos con una botella de cerveza y otra de vino tinto, de la Rioja argentina. Durante toda la comida, Paquito ha seguido haciendo gala de sus atenciones y de su generosidad. Si tuviera que elegir una palabra que definiera a este buen hombre, elegiría generosidad. Conmigo y con cualquiera que se cruce en su camino, desde un tipo que pide limosna a un niño que vende periódicos.

―Si fuese yo quien manejara la plata en casa en vez de mi mujer, el sueldo del mes no me duraba ni una semana ―me dice con risa satisfecha.

El tiempo se nos ha echado encima y debemos volver. Tengo que preparar la mochila, despedirme y salir hacia la estación así que, para evitar problemas, Paquito decide que volvamos en taxi. Ya en la casa, me despido de Adrián y Eduardo. Paquito y las chicas quieren venir a la estación a decirme adiós, aunque para ello haya que tomar dos taxis. Llegamos con quince minutos de adelanto por lo que tenemos tiempo de despedirnos tranquilamente. Paquito aprovecha esos últimos minutos para hacer una fotocopia del manuscrito en el que está trabajando, regalo que acepto con mucho gusto y aun con honor.

Muchos abrazos y besos, muchos buenos deseos y planes de visitas futuras y me subo al autobús.

Salimos.

El paisaje es bonito, aunque solo tendré un par de horas antes de que anochezca. Largas rectas, llanos infinitos y muchas vacas que con el atardecer se tumbarán a dormir el sueño de los justos. Voy camino de Montevideo con la sensación de estar mucho más cerca de mi familia que dos días atrás. Me gustan los García.