Martes, 30 de junio de 2009

El día empieza a aclararse, dejándome ver, a través del trocito de ventanilla que tengo a mi derecha, un océano de bananeros. El sur de Ecuador abastece de plátanos a todo el mundo, y en cualquier mercado puedes encontrar tantos puestos de vendedores que el precio es irrisorio. Hace ya días que me alimento casi exclusivamente a base de plátanos. Bastan cincuenta centavos para comprar una docena, con la que tengo comida asegurada para dos o tres días. El resto de fruta no siempre es barata. De hecho, los cítricos o las manzanas pueden llegar a ser muy caras.

Si todo va bien, a las ocho llegaré a Huaquillas, y a partir de entonces tendré unas tres horas para cruzar la frontera. En el local donde me puse el pendiente estuvimos hablando con un tipo que nos explicó todos los pasos que tendría que dar. Según nos contó, él suele hacer ese trayecto, y me aconsejó todo lo que debo saber. Espero que salga bien.

Son las ocho y el autobús se detiene en mitad de la autovía. El conductor empieza a gritar que es la parada de inmigración de Huaquillas; nos mete prisa para que bajemos. Salgo del autobús como un amante que abandona la habitación de su querida cuando llega el marido: medio aturdido, con las zapatillas en una mano y mis bolsas y abrigo en la otra. Cuando estoy fuera, puedo ver como alguien saca mi mochila del maletero y la tira a la cuneta junto a otras. En cuestión de segundos, el autobús ya ha arrancado. Prácticamente nos hemos bajado en marcha. Estoy acompañado de tres mochileros americanos con los que he intentado en vano establecer contacto. No se han mostrado muy receptivos; han pasado de mí; paso de ellos.

Lo primero que tengo que hacer es cruzar la autovía, puesto que la caseta de inmigración de Ecuador está en el lado contrario. Afortunadamente no hay mucho tráfico, pero yo voy muy cargado y no puedo fiarme. Junto a nosotros ya tenemos a varios tipejos ofreciendo sus servicios de taxi o de lo que sea con tal de sacarte unos pavos. Los ignoro sistemáticamente y llego a la ventanilla. Detrás del cristal, un funcionario con cara de pánfilo escribe un SMS con su móvil. Me ha extendido su mano para que le dé el pasaporte, pero ni siquiera me mira, sigue pendiente de su teléfono. Desde mi posición no alcanzo a ponerle el pasaporte en la mano, así que la sigue agitando en el aire un buen rato.

Me muerdo la lengua.

Tengo prisa por quitarme los trámites de encima y llegar hasta la terminal de autobuses, quizá con un par de horas antes de que comience el viaje y así tener tiempo de escribir algo o, con suerte, poder conectarme a Internet.

El funcionario comienza a teclear en su ordenador y al cabo de unos instantes me dice algo que no entiendo. Está detrás de un cristal blindado que tiene una ventana del tamaño de una pelota de tenis, habla con mucho cuajo y sin mirarme y afuera hay mucho ruido de coches. Me repite lo que quiera que dijera, pero lo vuelve a decir sin levantar su puta cara de cuajado y no me entero de nada.

―Necesito que me hable más alto y más claro, señor. No le puedo escuchar porque hay mucho ruido ―le digo en el tono en que se le habla a un niño de tres años.

―Le digo que este sello de entrada a Ecuador es falso ―me dice mirándome al fin.

―¿Falso? ―respondo esperando que no confundiera el hecho de no entenderle antes con nervios―. No puede ser, yo mismo vi cómo lo ponían.

―¿Cuánto le han cobrado por este sello? ―me pregunta haciendo oídos sordos a lo que le acabo de contar.

―Nada, no me han cobrado nada.

―Hágase a un lado, por favor ―me dice con el puto móvil en la mano de nuevo.

«Maldito gilipollas de los cojones», pienso mientras me echo a un lado para dejar pasar a los americanos. «Si de verdad piensas que es falso, suelta el puto móvil y sal a detenerme, gilipollas».

Cuando termina con el tercer americano, me pide de nuevo el pasaporte y comienza a comparar los sellos. Por algún motivo, llega a la conclusión de que el mío es falso. Por cojones es falso. Me da los dos pasaportes, mientras el americano nos mira con cara de sorpresa.

―Compárelos y dígame usted mismo las diferencias ―me dice el cabrón.

Los comparo y la única diferencia que aprecio es el tamaño de la letra. El sello no es más que un texto estampado con una impresora matricial, como las que usan los bancos para las libretas de ahorro. Basta que se mueva un poco el papel durante la impresión para que la letra salga alargada o achatada. Por supuesto, no voy a intentar que el garrulo que tengo enfrente comprenda esto.

―Yo no veo ninguna diferencia, son iguales ―le digo convencido.

El americano está desconcertado. Sus dos colegas le están esperando en el taxi y él está ahí, viendo como un nota está comparando su pasaporte con el suyo. Trato de explicarle lo que pasa, pero eso a él le da igual, claro. Al final le doy su pasaporte y le digo que se puede ir. ¡Se lo digo yo! El gilipollas sigue jugando con su móvil de los cojones. Me siento como en una película de García Berlanga y no sé qué hacer.

―Sus datos no aparecen en el ordenador, señor ―me dice al fin.

―Puede ser algún problema informático, suele ocurrir, se lo digo yo que me dedico a eso ―improviso como un imbécil.

Lo que más me jode es que no hace nada. Si de verdad piensa que soy un ilegal o algo así, ¡qué coño hace!

―¿Puedo hablar con su jefe? ―me sale de la boca sin siquiera pensarlo.

―Claro señor, como quiera.

En unos segundos sale de la caseta un policía gordo y con cara de buena gente. Le explico lo mejor que puedo toda la situación y le doy un par de formas de comprobar que mi entrada al país fue legal. Me escucha con atención y me dice que pase a una sala. Allí me hace esperar mientras entra en la caseta de Mr. SMS. Después de una espera interminable de varios minutos, el jefe me devuelve el pasaporte y me pide que vuelva a la ventanilla. Eso hago.

―¿Me deja su pasaporte, por favor? ―me dice el pánfilo como si fuera la primera vez que me viera.

―Claro, aquí tiene ―le respondo siguiéndole el juego.

―Está bien, puede pasar ―me suelta.

―¿Algún problema? ―digo sin tener que decir.

―Antes no me aparecía en el ordenador. Alguien introdujo mal su nombre, y puso «Glán» en vez de «Galán». ¡Cómo quieren que encuentre su nombre si no lo teclean bien! Así no se puede trabajar.

Se me ocurren simultáneamente varias formas de sodomizarle hasta morir. Se me llena la boca de respuestas, pero me las trago todas. Creo que hoy no voy a necesitar almorzar. Ni cenar.

―Gracias señor.

―Gracias señor.

Me cuelgo la mochila y me largo de allí con un mosqueo de dos pares de narices. El policía gordo me vuelve a llamar.

―¿Ves a aquél hombre del sombrero? Se encarga de los taxis. Pídeselo a él, no le hagas caso a aquellos hombres. Son malos, son ladrones y te engañarán ―me advierte mientras señala a un grupo de hombres que charla con los americanos.

―Le agradezco su ayuda, es usted muy amable.

El hombre del sombrero me consigue un taxi a quien pido que me lleve al puesto de inmigración de Perú. Me dice que solo me puede llevar hasta el puente que hace de frontera entre los dos países, que no le permiten seguir más allá. Le entiendo y acepto.

El viaje solo dura unos minutos por autovía hasta llegar a escasos doscientos metros del puente fronterizo.

―Debo dejarle aquí, señor. El puente está al final de esta calle.

Delante de mi se extiende una larga calle flanqueada por puestos de venta de fruta. El piso es tierra y barro, por lo que el taxi no puede llevarme más lejos. Está llena de gente haciendo compras y trapicheando. Siento un escalofrío al pensar que tengo que quedarme allí solo y caminar durante un buen rato hasta llegar a cruzar el puente. Me he visto en situaciones parecidas en lo que llevo de viaje, pero hoy tengo miedo. Quizás influya el hecho de que me haya acostumbrado a viajar con Valérie.

―Una vez cruce el puente, deberá tomar una moto-taxi que le lleve hasta el puesto fronterizo de la entrada a Perú ―me dice el taxista cuando ya me he bajado del vehículo―. Suerte amigo.


Once fronteras

Respiro hondo, escondo la cámara de vídeo y cruzo la calle sin levantar la vista, y quitándome de encima a todos los buscavidas que tratan de darme por mi blanquito culo. Estoy hasta los cojones de tener que regatear cada puto taxi, cada cambio de moneda o cada botellín de agua. Estoy hasta los cojones de que traten de engañarme, tengo un mal día. El Sr. Puto SMS me ha jodido el día. Guardo la cortesía en el bolsillo de los dos candados y me trago la llave. Que os den a todos.

No tardo en encontrar una moto-taxi. Por una vez, el taxista es simpático y no trata de engañarme; me pide dos soles, que es exactamente lo que me dijo el policía que me pedirían. Aún no tengo soles, así que le ofrezco un dólar ―casi tres soles― que acepta. El trayecto es divertido; son unos cinco minutos por una carretera por donde solo permiten circular a moto-taxis. Son ciclomotores que tiran de una pequeña cabina con un asiento para tres plazas. En Perú están por todas partes.

La gestión del papeleo en el lado de Perú es sencilla, aunque me atienda una señorita a un móvil pegada, un móvil superlativo, que hace que me aparezca el tic del ojo. Cambio algo de dinero y ya casi estoy. Solo me queda encontrar un colectivo que me lleve a Tumbes. Según salgo de las oficinas de inmigración, me asalta otro tipejo que trata de asustarme con una huelga de transportistas.

―Las carreteras están cortadas, yo te puedo llevar si quieres, no cojas un taxi porque no te dejarán pasar ―me dice insistente―. Cinco dólares.

Ni siquiera lo sabe, pero está usando el terror para tratar de lograr su miserable objetivo, y eso tiene un nombre: terrorismo. Me da asco, auténtico asco y tengo ganas de sacarle los dientes con unos alicates y hacérselos tragar uno a uno. Por suerte para todos, me limito a ignorarle y a no decir absolutamente nada. Ni esta boca es mía. Me acerco al único taxista que veo y le pido que me lleve a Tumbes.

―Cuatro dólares.

―No pienso darle más de uno cincuenta.

―Por ese dinero tendrás que esperar a que venga más gente, no puedo llevarte solo.

―Me parece bien.

Esto es un regateo formal. Él tiene sus razones para pedir más y yo las mías para pagar menos. Llegamos a un acuerdo. Después de diez minutos, y justo cuando empiezo a ponerme nervioso, aparece mi taxista ―que se había ido a buscar clientes― con dos hombres y una mujer. Nos subimos en el taxi; tengo que andarme listo para que uno de los hombres no me quite el asiento de delante. Tiene que ser la mujer la que le pida que se siente detrás, con ella. Resulta que dos de ellos son policías y el tercer hombre es un delincuente a quien llevan detenido a los juzgados. El hijo de puta quería sentarse delante y dejarme a mí y la muchacha solos con el preso en el asiento de atrás. Malditos ineptos.

Creo que hoy me molesta todo.

Arrancamos. Es un trayecto de veinte minutos hasta la terminal de autobuses de Flores, el transporte más barato que he podido encontrar. Cuando ya casi estamos llegando nos encontramos la carretera cortada por un piquete. La huelga de transportistas va en serio y no nos dejan pasar. El taxista trata de negociar con la turba, pero es gracias al policía que podemos cruzar.

―Somos de la policía. Llevamos a un preso a los juzgados. Debemos pasar.

Tengo suerte de compartir el taxi con ellos. Tengo suerte de llegar a la terminal con una hora de adelanto.

La terminal es realmente cutre, pero me da igual. El billete me cuesta veinte soles, la mitad que con una empresa de más nivel. Le pregunto a la muchacha si me permite usar un enchufe para cargar el ordenador y me mira con cara de mala hostia para decirme que no, que «no está autorizada» a hacer «eso».

―De Internet ni hablamos ¿no? ―le suelto en un tono borde del que no me arrepiento.

La hora de espera la dedico a dar un paseo por un mercadillo de fruta que hay próximo. He dejado las maletas a cargo de los americanos, que llegaron unos minutos después que yo. Después de todo, no les atracaron, y es que todos los caminos conducen a Roma. Compro más plátanos, algunas chucherías y me siento a dejar pasar el tiempo. Definitivamente he dejado de leer Rayuela. Una sola línea más y no vuelvo a escribir en todo lo que me queda de viaje. Maldito genio.

El autobús es el peor que he probado hasta el momento. Los asientos son tan estrechos que no puedo estirar las piernas, es imposible. Por su puesto, no lleva aire acondicionado, aunque nos apañamos bien con las ventanillas abiertas. Hará cien paradas a lo largo del camino, una en cada uno de los pueblos o aldeas que nos vamos encontrando. Esto, en mi caso, es una ventaja porque me permite ver pueblos y gentes que de otra manera sería imposible. Cada parada es algo nuevo que ver, desde una vendedora de cocos a un perro tumbado al sol «lamiéndose la breva». Hace mucho calor y estoy deseando que arranque para notar el fresco de la ventanilla abierta. Los americanos deciden tomar el autobús de las tres. A pesar de salir cuatro horas más tarde que el mío, llega al mismo tiempo porque no hace paradas. Eso explica que el conductor se extrañara cuando intenté subirme al autobús.

―Creo que el suyo sale a las tres, señor.

―No, me dijeron a las once.

―Déjeme ver su boleto, por favor.

―Claro.

―Está bien, pase ―me dice definitivamente con cara de extrañado.

Creo que piensa que vengo con los americanos. Incluso entre mochileros hay clases. Soy el único forastero en el autobús. Arrancamos al fin, pero antes el encargado de la seguridad se ha subido al vehículo con una Sony Handycam y nos ha grabado las caras uno por uno. Imagino que serán medidas de seguridad del país, porque al día siguiente, en el autobús que me sacará de Lima, me ocurrirá lo mismo.

El paisaje ya no tiene nada que ver con el que teníamos en Colombia y Ecuador. Ahora es mucho más árido y marrón. Apenas se aprecian árboles. Tras unos minutos, aparece de golpe el glorioso Pacífico. Después de no sé cuántos días, al fin tomamos una carretera que se pega a la costa, aunque solo disfrutaré de las vistas de playas de arenas blancas y palmeras durante unos minutos antes de que el autobús inicie una subida que le llevará al larguísimo desierto costero del Perú, que nos acompañará hasta Lima.

Nunca en mi vida he visto tanta pobreza. Centenares de chabolas y casas construidas con cañas se alinean a la carretera, única señal de vida en kilómetros a la redonda. En ocasiones pueden verse algunos secos huertos, intentos vanos de sacar algo de provecho de una tierra totalmente estéril. La mayor parte del tiempo, solo escombros, casuchas, basura y gentes apagadas. Huele a pobreza.

La carretera discurre recta, por lo que el viaje es cómodo a pesar de las estrecheces. Este autobús tiene la política de no permitir subir a los vendedores ambulantes, así que estos tienen que aprovechar para, en los pasos de peaje, mientras el autobús reduce la marcha, ofrecer sus productos colgados en palos que suben hasta la altura de la ventanilla. Es un espectáculo esperpéntico. Un puñado de niños y algunas viejas corren junto al autobús con cañas de cuyo extremo cuelgan bolsas con plátano frito, manzanas o bebidas de naranja. Algunos pasajeros compran con la mayor naturalidad, pero yo me he quedado tan asombrado que no reacciono. Imagino que la economía de esta zona está marcada por el paso del peaje. Dentro de la más absoluta miseria, los habitantes de esta parte tienen suerte de poder acceder a unos soles a costa de viajeros sedientos o hambrientos. Cuando vives en el desierto, cualquier brizna de hierba puede arreglarte el día.

El desierto se hará cada vez más árido hasta convertirse en una enorme playa viuda de un mar azul.