Martes, 28 de julio de 2009

El hostel incluye desayuno; es una de las razones por las que lo elegí. Mis criterios son sencillos: el más barato que incluya desayuno. Normalmente están bien situados, así que en ese aspecto no hay problema. Me conformo con que esté cerca de una parada de metro, con eso es suficiente. El acceso a Internet es una condición indispensable, pero hoy día lo tienen todos; es casi impensable un hostel sin wifi.

La comida no empezarán a servirla hasta las ocho, así que tengo un par de horas por delante para darle otra vuelta a la planificación del viaje. Anoche llegó un momento en el que me bloqueé y, a partir de ahí, no me cuadraba nada. Por la mañana las cosas suelen verse de forma diferente, pero en este caso hay poco que hacer. La combinación de trenes para bajar por los países del este es muy mala y eso es algo que no esperaba. Si bien de Moscú a Kiev hay un tren nocturno directo, de Kiev a Bucarest tarda más de un día, y de Bucarest a Sofía, que está al lado, tarda otro tanto. Eso por no decir que los horarios son realmente malos.

Lo mejor será dejar eso por ahora. Son las siete y el personal del hostel está desayunando en la cocina, así que me uno a ellos. Les cuento en broma que estoy realmente hambriento y que no puedo esperar a las ocho; no tardan en hacerme un hueco en la mesa. Son cinco en total, además del jefe, que siempre anda por allí. Me harto de tostadas con salami y queso, un par de cafés, un té y una tortilla de dos huevos. Anoche, antes de acostarme, hice cinco tortillas de dos huevos que iré racionando a lo largo del día. Tenía algo dejadas las proteínas, pero hoy no me van a faltar.

Cuando termino de desayunar, hablo con Robert, el dueño del hostel. Es un inglés afincado en Moscú que hace poco decidió abrir el negocio. Aún tiene partes que están en obras (casi toda la segunda planta), pero me comenta que cuando esté terminado va a quedar «de puta madre» (habla algo de español porque pasó algún tiempo viviendo en Tijuana). Le pido que me recomiende dónde puedo ir, indicándole que solo estaré un día. No me cuenta nada que no supiera: el Kremlin, la plaza Roja y las paradas de metro. No me va a dar tiempo a ver mucho más en un día. Acaso el teatro Nacional.

―De todas formas, aún es temprano. Estas cosas empiezan a funcionar a partir de las diez y no son ni las ocho ―me advierte.

―Aprovecharé para echar un vistazo a esa guía de Moscú que he visto por ahí ―le respondo mientras tomo una guía en francés de la mesita.

―Déjame ver. Te indicaré los puntos exactos.

No necesito que me diga dónde está el Kremlin, porque ya he hecho unas fotos a un mapa de la zona. Además, está a tan solo un par de manzanas del hostel. Me quita el libro de las manos y empieza a mirarlo con tranquilidad. Señala algunos sitios, pero me aburro y me levanto. Él sigue mirando el libro, absorto en su lectura. Ni siquiera se da cuenta de que me he levantado. Por lo visto ha sufrido un ataque de repentino interés por el turismo de la ciudad donde vive. En fin, creo que voy a conectarme. Tengo que hablar con Cayetano para volver a pedirle que me ayude con la publicación de las crónicas, porque desde Moscú también tengo algunos problemas de conectividad. Paso un rato agradable charlando con él y otros colegas del trabajo hasta las diez, momento en que recojo, me cuelgo la mochila comando y salgo a la calle.

Por suerte hace fresco. El cielo está nublado ―aunque no tiene pinta de que vaya a llover― y eso hace que la fresca se alargue hasta estas horas. Se está bien paseando sin los agobios de humedad de Pequín. Me voy directo al Kremlin. La plaza Roja está justo al lado, así que no tendré que moverme mucho. Está a tan solo unos minutos caminando, pero tener que cruzar una avenida con siete carriles de coches a toda velocidad me lleva media mañana (más tarde descubriría un estupendo y civilizado paso subterráneo). Por el camino me encuentro con una biblioteca. En la puerta hay una estatua que diría que es de Dostoievski, pero no entiendo un carajo. Intento entrar a echar un vistazo, pero no me dejan. Creo que sospechan que no pinto mucho en una biblioteca cuyos libros están escritos en cirílico. Hacen bien.

El Kremlin es un conjunto de edificios, monumentos y catedrales que se encuentran defendidos por unos muros que forman un recinto cerrado. Es una especie de ciudad medieval vigilada por una docena de torres. La entrada al recinto cuesta trescientos cincuenta rublos, además de otros cien que tengo que pagar en la consigna porque no permiten entrar con mochilas. Está lleno de turistas, muy lleno de turistas. Por todo el recinto se ven excursiones completas siguiendo al guía de turno. Españoles, italianos, japoneses, estadounidenses… las hay de todas las nacionalidades. También hay rusos, pero estos van por libre. El recorrido no tiene demasiado interés. Las catedrales están mal conservadas y no despiertan mi entusiasmo precisamente. Después de haber visto la catedral de Burgos, la de Viena o la de Toledo, estos modestos edificios pueden resultar un poco sosos a ojos de un neófito como yo. Los jardines sí me parecen extraordinarios y, de hecho, paso la mayor parte del tiempo paseando por ellos y haciendo algunas fotos. Cuando decido que ya he amortizado los diez pavos que me he gastado, me dirijo a la plaza Roja, que es realmente el lugar que quiero ver. En unos minutos estoy allí.

La primera impresión que me llevo al ver la plaza, o mejor dijera los alrededores de la misma, es una gran decepción. Nunca he sido un gran seguidor de la historia de la URSS, pero siempre he tenido un concepto romántico de la plaza Roja. Llegar allí y ver el famoso McDonald’s, ver gente vendiendo globos de colores y tener que aguantar los empujones de un montón de tipos con camisetas estrambóticas y gorras de bonitos colores hace que se me caiga el mito a los pies. En cualquier caso, trato de mantener el optimismo porque, al fin y al cabo, yo soy uno de ellos, aunque vestido de negro. Probablemente, detrás de mí vendrá algún tipo al que le resulte decepcionante ver la plaza Roja llena de gente con mochilas y chanclas. Trato de aislarme, de hacer como que no hay nadie más que yo por allí y me centro en disfrutar los magníficos edificios que rodean la plaza.

Después de guardar una inútil cola de casi una hora (la cola no era para entrar a la plaza como pensaba, sino para visitar el mausoleo de Lenin, donde no me dejaron entrar por llevar la cámara de fotos en el bolsillo, etcétera), al fin accedo al recinto. Al fondo, la catedral de San Basilio, probablemente la postal más típica de Moscú (el Tetris ha tenido mucho que ver en ello, al menos para cierta generación). Paseo un rato, aunque el cielo se ha despejado y el calor aprieta.

Tengo que volver a la consigna (tuve que dejar la mochila cuando estaba en la cola de la entrada al mausoleo) porque la cierran a las cuatro y lo que me hacía falta a mí es tener que quedarme un día más en Moscú para recoger la mochila. Con algunas horas por delante, un calor apreciable y los pies ya cansados, decido hacer un poco de turismo barato y subterráneo: me voy al metro. Mientras busco una parada, paseo por las calles de la ciudad. Me he salido de la zona turística y ahora estoy en una zona comercial. Anchas calles, muchas tiendas, buenos coches. Entro en un centro comercial con idea de refrescarme un rato. A falta de un idioma, una cultura o una forma de pensar (gracias al cielo), probablemente sean los centros comerciales los únicos elementos comunes a todos los países del mundo. Además de combatir el calor durante un rato, aprovecho para comprar unos pantalones que puedan darle un relevo a los que llevo desde que salí y que solo he podido lavar una vez desde entonces (al no tener recambio no puedo permitirme andar lavándolos cada semana porque tendría que salir a la calle en calzoncillos o vestido de mujer). Allí estoy yo, en la capital del mundo comunista, en un centro comercial comprando unos Levi’s. Cosas veredes.

El billete cuesta exactamente veintidós rublos (unos cincuenta céntimos de euro) y me permite moverme por todas las estaciones de la capital. Por supuesto, no puedo ir a todas, son demasiadas. No tengo ni idea de cuáles son las más bonitas, así que tendré que elegir al azar. Por comodidad, decido hacer una línea completa, de la primera a la última. La candidata ideal es la línea marrón, la circular. Tiene unas doce paradas, suficientes para una tarde. Me voy bajando en cada una de ellas. El mecanismo siempre es el mismo: voy en el último vagón. Cuando llega a la estación me bajo y me hago un poco el sueco para la que gente se vaya dispersando. Luego, localizo al guardia que se encarga de evitar que se hagan fotos y espero a que esté de espaldas o, en definitiva, me tenga fuera de su vigilancia. Entonces saco la cámara, hago algunas fotos o grabo un trocito de vídeo. Me lleva tres paradas depurar el sistema, pero me sirve. Algunas paradas, las más grandes, tienen más de un guardia, así que soy cazado en alguna ocasión y me quedo sin fotos. De las doce, solo un par de ellas son realmente espectaculares. El resto son bonitas, pero a base de verlas pierden el factor sorpresa y, con él, la mayor parte del encanto. No obstante, en resumen, me alegro de haber hecho el tour, aun con la sospecha de que no he dado con las paradas realmente impresionantes. Probablemente pude haberlo consultado por Internet, pero entonces ya sería otro tipo de viaje, no sería el mío.

Son casi las siete de la tarde y doy por concluido mi paseo. Mi tren sale a las diez y media, pero quiero descansar un poco, darme una ducha y cenar algo. En realidad debí dejar el hostel a las doce, pero mi mochila sigue allí. Por lo general, ningún hostel tiene inconveniente en que sigas por allí el día del checkout. Se conforman con que dejes libre la cama para que puedan asignársela a otro huésped. Tengo que aprovechar que tengo una base de operaciones, porque en los días que vienen dormiré en tren. Cuando no tienes un sitio donde tomar un café, darte una ducha o dejar la mochila, los días se hacen muy largos. Mucha espera de tren, mucho cansancio acumulado.

Ceno temprano y a las nueve y media, casi una hora y media antes de que salga mi tren (finalmente lo hace a las once menos diez) salgo del hostel con mis mochilas como únicas compañeras de viaje. No tengo ni la menor sospecha de que estoy a punto de meter la gamba hasta el fondo.


Me picaron las abejas, pero me comí el panal

―Espera un segundo, por favor.

Estoy dentro del ascensor, a punto de bajar, cuando oigo esta frase en perfecto castellano. Es Juan, un catalán que carga con una enorme maleta. Se dirige al aeropuerto, así que hacemos juntos el trayecto hasta la parada de metro. Charlamos de viajes, de sitios que no podemos dejar de visitar y de lo bordes que son los rusos.

―No creas que es xenofobia, son bordes también entre ellos. De hecho, casi diría que son más bordes entre ellos que con los extranjeros.

Parece un buen tipo y es agradable charlar con él porque deja una pausa cuando terminas de hablar, como esperando por si quieres añadir algo antes de que él tome la palabra. Cuando llegamos a la parada, nos despedimos. Me pide la dirección del blog y la anota en su memoria.

Conozco bien la estación a la que tengo que ir, conozco bien el sentido que tengo que tomar y el número de paradas hasta el destino. Lo tengo todo controlado porque tengo tiempo de sobra. Por una vez voy relajado y me permito el lujo de silbar. Llego a la sala de espera de la estación con casi una hora de adelanto.

Echo un vistazo al panel de salidas y mi tren no aparece. Bueno, todavía falta casi una hora, es posible que aún no esté. Decido esperar un poco pero, para asegurarme, enseño mi billete al guardia de seguridad de la sala de espera. Asiente con la cabeza. Tras unos minutos en los que no acabo de estar convencido, me fijo en que en el panel aparecen trenes que salen más tarde que el que yo tengo que tomar, pero del mío, del veintiuno, nunca se supo. Se me ponen las orejas tiesas y decido pasar del guardia. Voy a salir a mirar los paneles de fuera, quizá encuentre algo. Tengo la tentación de dejar las mochilas allí, junto al guardia, pero no lo hago: algo me dice que no voy a volver a esa sala de espera.

La calle está llena de yonquis. Ya ha anochecido y, aunque hay bastante movimiento de gentes con maletas y mochilas, la mayoría son yonquis y borrachos. Miro en los tres paneles exteriores, pero todos ellos son reproducciones del mismo, que no es otro que el de la sala de espera. Creo que tengo un problema y empiezo a ponerme nervioso. No hace calor, pero comienzo a sudar mientras me dirijo a la ventanilla donde me vendieron el billete (ni se me ocurre ir a la ventanilla de información, regentada por una vieja que mira al infinito). En todas las ventanillas hay cola. No es gran cosa, pero al ritmo al que trabajan los rusos, una cola de tres personas puede traducirse en una semana de espera. Tengo que cambiar de plan, pero no tengo nada claro. Sé que tengo un problema, pero no acabo de poder formularlo y hasta que no lo haga no puedo empezar a buscar una solución.

Paro a algunos rusos al azar, preguntándoles si hablan inglés, pero no tengo suerte. No quiero que los yonquis noten que estoy más perdido que mis buenos tiempos, así que me cambio de sitio continuamente. Las mochilas pesan y el tiempo pasa rápidamente. Cambio de táctica y, en vez de buscar rusos, busco lo contrario, gente con pinta de extranjero.

―Hola, ¿hablas inglés?

―Un poco.

―A ver si puedes ayudarme. Tengo que tomar este tren.

―Sí, mira, es fácil. ¿Ves este número de aquí? El veintiuno es tu número de tren. Tienes que buscarlo en el panel. Cuando aparezca, te dirá el andén donde tienes que tomarlo.

―Sí, pero el problema es que no aparece y falta media hora para que salga; ya debería haber aparecido.

―Vaya, es raro… ¿Estás seguro de que sale de esta estación?

―Hace una hora estaba segurísimo. Hasta dos personas diferentes me han dicho que sí, pero si no está en el panel, no creo que salga de aquí. Por cierto, ¿de dónde eres?

―Soy español.

―Joder, yo soy de Málaga. Mejor hablamos en español si te parece.

―Genial. Yo soy de Barcelona. Pues lo que te decía. En Moscú hay muchas estaciones de tren, así que me parece que esta no es la tuya. Espera, mira.

Abre la guía Lonely Planet del transiberiano. Hay un pequeño plano donde aparece la estación de tren en la que estamos. Junto a ella, cruzando la calle, hay dos más.

―Mira, ahí enfrente hay otras dos, quizá alguna de ellas sea la tuya.

―No me queda más remedio que intentarlo. Apenas me queda tiempo para hacer otra cosa. Gracias tío ―le digo mientras echo a correr.

―De nada. Buena suerte ―me responde.

―¿Cómo te llamas? ―le grito desde lejos.

―Francesc.

―Yo soy Pedro. ¡Encantado y gracias!

Moscú es una ciudad en la que, si algo está cruzando la calle, está lejos. Las avenidas son muy anchas y no hay pasos de peatones. Tienes que buscarte un subterráneo o un semáforo, y Murphy dice que si necesitas alguna de esas cosas tendrás que ir a buscarla al otro extremo de la ciudad. Intento cruzar a lo frogger, pero no voy muy lejos antes de que me piten y tenga que volverme a mi orilla. El tiempo sigue pasando. Ni siquiera sé dónde tengo que ir, ya veré después de cruzar.

―Este plan hace aguas que te cagas ―pienso―. Voy a volver a preguntar a alguien.

Echo un vistazo y me decido por un padre con su hijo adolescente. Imagino que en el instituto estudiarán inglés.

Hi. Speak English?1

Yes, small.2

Le enseño el billete.

Which station?3

El muchacho mira el billete con atención. Creo que tiene que ser difícil de interpretar incluso para alguien que domine el ruso. Termina de leerlo y me mira con cara de espanto. Trata de hablarme, pero no encuentra las palabras. Es como si tuviera los labios cosidos con hilo invisible.

This station?4 ―le digo tratando de ayudarle.

No, no, no ―niega, niega y niega.

Those stations?5 ―le pregunto señalando al otro lado de la calle.

No stations6 ―me responde con cara de miedo.

Yes, stations. My station is one of those.7

No.

Mira al padre con impotencia. Este le pregunta y puede desahogarse hablando en ruso. Es como si guardara un secreto y no pudiera soportar más tiempo sin revelarlo o reventará. Se muerde el labio. Yo insisto en las estaciones del otro lado de la calle, o lo que coño quiera que sean aquellos edificios con relojes. Quiero que me diga de una vez que tengo que ir allí. Joder, le he preguntado para que me dijera que solo tenía que cruzar la calle.

―Are those buildings stations?8

Yes, but not your station.9

Parece que se ha arrancado, y de que manera. Me acaba de joder vivo. Vuelve a hablar con su padre. No entiendo ni una palabra. Bueno sí, entiendo una: «taxi». Joder, me quedan veinticinco minutos exactos y la única palabra que entiendo es «taxi».

Taxi? ―repito para que sepan que sigo allí.

Yes, taxi to station. No time.10

Vale, creo que lo capto. No tengo tiempo que perder, así que les doy las spasivas11 y me giro a la enorme avenida llena de carriles y de coches. Por supuesto, ni un taxi. Ni siquiera sé cómo son, lo que hace que en mi primer intento trate de parar a un coche de la policía. Menos mal que ha pasado de largo, aunque bien pensado tampoco sería una mala solución.

Pasan los minutos y creo que veo a uno. Levanto la mano, y al instante tres coches, tres, se paran y me gritan por la ventana. Solo uno de ellos es un taxi, o al menos tiene aspecto de serlo; los otros dos son piratas. Me voy directo al taxi, le pido que abra la ventanilla y le enseño el billete, le señalo la parte donde dice la hora en la que sale el tren y le señalo el reloj del salpicadero. Lo pilla al instante y se pone tieso en el asiento. Oigo como su cerebro trabaja a toda máquina mientras mueve el dedo índice de su mano como un director de orquesta: está calculando la ruta. Tras unos instantes de duda, en los que mira el reloj y el billete, se pronuncia:

―No da tiempo. A esta hora hay demasiado tráfico ―me dice con señas―. Metro ―concluye en perfecto ruso.

Un tipo honrado, no cabe duda. Le doy las gracias con pena y salgo pitando. Mientras calculaba la ruta, yo utilizaba alfileres para sujetar un plan B (¿hubo un plan A?). Me dirijo a las taquillas para tratar de cambiar mi billete por uno que sale cuarenta minutos más tarde. No es mucho, pero menos da una piedra. Corro por calles oscuras, mojadas y con olor a meados. Los yonquis ya pasan de mí, tengo una pinta que debe de dar miedo. Sudo como un cerdo y tengo la frente y la barba empapadas. El sonido de las chanclas al correr hace que levanten la cabeza y me miren como diciendo: «gentuza».

Llego a las taquillas y las colas de tres personas siguen allí. Juraría que son las mismas. Me pongo en la primera que pillo y decido resignarme. El corazón me late a doscientos y parar de correr ha hecho que aún sude más. Las mochilas empiezan a pasarme factura. Correr con estos muertos encima es realmente agotador e incómodo. Las sienes van a estallarme de un momento a otro y lo van a llenar todo de sangre, sudor y hasta lágrimas. Me he situado detrás de una chica que se ha reído cuando me he quejado entre dientes. Por algún motivo, aunque no me entiendan, hablo en inglés. Es decir, para decirle a alguien que lo siento, pero que no tengo ni idea de ruso, lo hago en inglés en vez de español. Es algo que no había pensado hasta ese momento. El caso es que cuando me he quejado de mi suerte, he dicho «shit12» en voz alta. Eso le ha hecho gracia a la rubia.

English?

Yes.

Ha dicho «yes». Nada de «a little», «small», «so so» o mierdas por el estilo. Ha dicho «yes». Le hago un resumen de mi situación, incluyendo la hora, el billete y todo lo demás. Vuelve a reír, pero lo hace de una manera que no me molesta, como correspondería. Está bien que ría, yo también lo hago para acompañarla.

―Tu única oportunidad es tomar el metro y rezar. Mira, esta es la parada de tu estación. Ahora estamos aquí.

Ha sacado un plano del metro de su bolsillo. La parada de mi estación está en la línea circular, aquella en la que me he estado paseando toda la tarde. Concretamente, está a seis paradas de donde estoy ahora. No tengo que hacer trasbordo. Ella ha dicho que tengo una oportunidad, y lo ha dicho con una graciosa risa. Debo de tenerla. Vuelvo a la carrera.

Spasiva! Spasiva! Spasiva very much!

Más risas. Juraría que la parada del metro estaba por aquí… joder, estaba aquí hace unos instantes. ¡¿Dónde coño se ha metido?! Corro como un pollo sin cabeza. Un pollo cargado con veinte kilos y al borde del agotamiento físico. Al fin doy con las puertas del metro, pero desafortunadamente son las de salida.

―Al carajo. Para tecnicismos estoy yo ahora ―me digo.

Salto unas tímidas vallas, abro las puertas y sigo corriendo. Al fondo veo los tornos de salida, que pienso capear sin ningún pudor. Un grupo de cinco policías me baja los humos. Me acerco a ellos a la carrera; ya de lejos uno me está diciendo algo.

―¿Dónde coño vas, chaval? Date la vuelta anda, que por aquí no se puede entrar.

No le hago ni caso y sigo corriendo hacia ellos agitando el billete de tren. Cuando llego a la altura del grupo, me dirijo a uno de ellos, pasando de los gritos del borde. Le enseño el billete y el reloj y pongo cara de perro perdido (y sudoroso). Con un gesto magnánimo me abre el torno y me guiña. El otro capullo sigue ladrando.

―Que te den por culo, gilipollas. Aprende de tu colega. Spasiva.

Quedan quince minutos para que salga el tren. Mientras bajo la escalera mecánica (tengo que esperar porque en Moscú no se lleva lo de ponerse a la derecha para dejar pasar a los desesperados que pierden trenes) hago un sencillo cálculo. Seis paradas son cinco trayectos. A dos minutos el trayecto son diez minutos. Otros dos minutos por el tiempo que estemos detenidos. Eso me da tres minutos para salir de la parada, encontrar la estación, buscar el panel, encontrar mi tren, dirigirme al andén y subirme. Con dos cojones. Todo controlado.

Llego al andén del metro justo al mismo tiempo que el tren y me subo de un salto. ¡Arrancamos!

―Un momento… ¿he cogido el tren en el sentido adecuado? Es la línea circular, lo que quiere decir que los dos sentidos llegan a la estación. La diferencia es el tiempo. Si no he tomado el sentido adecuado, bye bye Lenin. La solución, en la próxima parada. Pasa un minuto de seis mil segundos mientras espero, algo resignado y veo como mi sudor encharca el suelo del tren. Aquí está la parada, y la respuesta es… ¡correcta! Seguimos en juego. Ahora, a esperar y tratar de calmarse.

Las paradas se van sucediendo, cumpliendo de forma increíble con los tiempos que calculé en la escalera (mi tarde de paseos por el metro me ha convertido en todo un experto). La siguiente es la mía, así que me levanto y me pongo en la puerta. Si a alguien se le ocurre ponerse por medio, va a salir rebotado. Parezco un miura esperando que abran la puerta de chiqueros, dispuesto a llevarse por delante al torero que ose provocarle. Se abren las puertas y echo a correr. Mi cuerpo es, en ese momento, autónomo de mi cerebro. Mientras uno se dedica a correr (usando las últimas gotas de gasolina que quedan en el depósito), el otro se dedica a mirar carteles y tratar de decidir por qué puerta hay que salir. A igualdad de condiciones (por pura ignorancia) elijo la primera opción que tengo. Una especie de recorrido en profundidad desesperado. Ya estoy en las escaleras de subida, y aquí no me puedo permitir esperar. Grito como un cerdo al que están abriendo en canal y la gente se va apartando mientras me clavan sus miradas rusas. Delante de mí puedo ver a dos tipos, mochileros, que también andan con algo de prisa al parecer. Creo que voy bien.

―¡Eh! ¿Vais a la estación de tren? ―les pregunto sin dejar de correr.

―Sí, aunque vamos un poco tarde ―me responden sin dejar de correr.

Gracias a Dios.

―¿Os parece si vamos juntos?

―Claro.

―¿Sabéis dónde está? ―pregunto mientras sigo corriendo a punto de cogerles.

―Ni puta idea.

Ni siquiera tengo tiempo para cagarme en mi suerte. Sigo subiendo las escaleras, aunque ya no puedo más. Levantar el pie lo suficiente como para alcanzar el siguiente escalón es cada vez más difícil. La mochila pesa demasiado y subir escaleras mecánicas siempre me ha cansado más de normal, nunca entendí porqué.

―Creo que voy a abandonar, no puedo más. El corazón me va a estallar ―me digo a mí mismo.

―¿Estás de coña? ―me respondo.

―Está bien, un poco más.

Salgo de la estación de metro justo cuando queda un minuto para la salida del tren. Pregunto a la primera persona que veo, un calvo con un traje impecable. Incluso en medio de la situación pienso que no me importaría vestir con traje si me sentara igual de bien que a él. Le queda clavado al cabrón.

Train station? ―le espeto, interrumpiendo la conversación que mantenía con una chica.

―Hum… déjame pensar. Ah sí, verás…

No time ―vuelvo a interrumpirle enseñándole mi reloj mientras le doy golpecitos con el dedo índice de mi mano izquierda.

Lo pilla al vuelo. Un tipo que gasta un traje como ese tiene que pillarlas al vuelo, y así ha sido.

―Acompáñame ―me dice echando a correr.

―¡No jodas tío, cómo vas a sudar esa camisa!

Parece Silvio Martinello lanzando al sprint a Mario Cipollini, un Cipollini con dos mochilas que le están matando. La estación está a solo veinte metros (lo cual me tranquiliza porque de esa forma el calvo no tendrá que llevar el traje al tinte) y por suerte en la misma acera. Si hubiese tenido que cruzar la calle, una de dos: o me rindo o muero atropellado por algún ruso borde.

Spasiva! Y por cierto, ¡bonito traje!

Miro el panel y veo mi número de tren. Está el primero, por supuesto. Sigue faltando un minuto para que salga; mi reloj adelanta un minuto. Andén cuatro. Sin dejar de correr, sin aliento, veo la flecha que me lleva a los andenes del uno al seis. Allá voy. Andén uno, dos, tres… ahí está. Más escaleras que me hacen tropezar y casi caer, pero no pienso caerme ahora, no señor. Ahí está el tren. Lo tengo, lo tengo, lo tengo. Subo de un salto, ya estoy dentro. Trato de recuperar algo del aire que necesito para no desmayarme mientras oigo a un tipo que me grita. Viene hacia aquí.

―No puedes subirte ―parece decirme.

―Chaval, tengo mi billete. Ahí lo llevas.

―Gilipollas, este no es el tren. Este es el andén cinco. El cuatro está ahí enfrente. Enterao.

La sensación de ridículo y el vuelco del corazón sirven para que mi cuerpo vuelva a ponerse en marcha sin necesidad de oxígeno. Creo que me he convertido en un mutante o algo así. Diría que mi corazón y mis pulmones han dejado de funcionar, ya no los necesito. Bajo del tren y corro hacia el otro. Agito mi billete y trato de gritar, aunque de mi boca no sale ningún sonido. En la puerta del primer vagón que me encuentro, el de cola, una tipa me mira con mala cara. Son exactamente las once menos diez y, aunque no es mi vagón, subo. Ya cambiaré luego.

Unos segundos después de subir, noto el tirón. El tren se ha puesto en marcha. Calculo que me han sobrado diez segundos y pienso que quizás los podría haber empleado en hacerme una última foto con la chica de la risa graciosa. Mentalmente, doy las gracias a Francesc, al niño que vomitaba small English, al taxista honrado, a la rubia de la cola de la taquilla, al policía del bigote y al calvo de Armani. También me cago en la puta madre que parió al guardia de seguridad de la sala de espera. La euforia es lo único que hace que no me desmaye.

1 Hola. ¿Hablas inglés?

2 Sí, un pequeño.

3 ¿Qué estación?

4 ¿Esta estación?

5 ¿Esas estaciones?

6 Estaciones no.

7 Estaciones sí. Mi estación es una de esas.

8 ¿Esos edificios son estaciones?

9 Sí, pero no la tuya.

10 Sí, taxi a la estación. No hay tiempo.

11 Gracias.

12 Mierda.