Martes, 23 de junio de 2009

Una vez más me despierto antes de que suene el despertador. Los gemidos de una pareja follando atraviesan las paredes de la habitación. Son las tres de la mañana, tengo tiempo, así que decido esperar a que ella se corra, quiero escucharla. No conozco un sonido más bello que el que sale de la garganta de una mujer teniendo un orgasmo; acaso Mozart.

Cuando termina de gritar, me levanto y recojo la habitación cuidando de no olvidar nada. Como siempre que me alojo en un hotel, dejo abiertos los cajones para evitar la tentación de meter cosas que sin duda dejaría olvidadas. A las cuatro en punto bajo las escaleras que me llevan a la recepción. Demis, el recepcionista nocturno, duerme en un sofá, pero se levanta de un salto al oírme bajar.

―Demis, me tengo que ir ya. Salgo a la calle a pedir un taxi.

―Está bueno. Yo me quedaré aquí vigilando por si le pasa algo.

―De acuerdo. Te dejo aquí las maletas, luego las recojo.

―Está bueno.

Mientras hablamos, ha abierto las dos rejas que dan acceso a la calle. Salgo y ando unos pasos hasta llegar a la avenida principal, desierta y vagamente iluminada por unas tristes farolas que se encienden y apagan a su antojo. Un perro, tumbado en medio de la calle, me mira con desdén. Solo pasan unos minutos y algunos coches hasta que consigo parar un taxi.

―Buenas noches.

―Buenas noches, señor.

―Necesito que me lleve a la terminal de autobuses de King Quality. ¿Sabe dónde es?

―Sí, no hay problema.

―¿Cuánto? ―pregunto con tono firme.

―Cien lempiras.

―Solo tengo sesenta ―le respondo.

―Bueno, vale ―me dice sin tener que pensárselo demasiado.

―También le daré treinta céntimos de dólar.

―Las chapas no valen acá.

En cualquier, caso cerramos el trato y le pido que me espere mientras voy a recoger mis mochilas. El taxista me sigue sin que le diga nada y me espera en la puerta. Demis sigue vigilando.

―Bueno Demis, encantado de conocerte.

―Tanto gusto, señor. A la orden.

―Me lo he pasado muy bien aquí.

―Gracias señor ―me dice con una sonrisa de satisfacción―. Voy a darle mi teléfono por si me quiere llamar. Podemos ser amigos.

―Claro, apúntalo.

En un instante ha agarrado un trozo de papel y ha apuntado su nombre, apellidos, teléfonos y un inocente «¡arriba España!».

―Aquí tiene, señor. Y viva el Real Madrid.

―¡Hala Madrid!

En los pocos pocos minutos que dura la carrera ―las calles de Tegucigalpa, como las de cualquier ciudad, están desiertas a las cuatro y pico de la mañana― charlamos amigablemente. El taxista se llama Juan y es un hombre mayor. Lleva treinta y cinco años trabajando con su taxi aunque, según me cuenta, aún le queda mucho para la jubilación. Le pregunto sobre la seguridad en su trabajo.

―Está bien feo ―me dice serio.

―Imagino que tiene que ser muy peligroso.

―Aquí te pueden matar para quitarte el dinero, o simplemente para no pagarte.

―¿A usted le ha pasado algo alguna vez?

―No, gracias a Dios.

―Y esto… ¿ha sido siempre así?

―No. Con el gobierno militar era más seguro, pero desde que está el gobierno civil es mucho más peligroso. Con el gobierno militar todo el mundo tenía trabajo, pero ahora hay mucha gente parada.

Llegamos a la estación, me baja las mochilas y se despide. Antes de eso, agradece el dólar americano que le doy de propina. La terminal está desierta y oscura. Cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra, puedo distinguir al fondo la figura de un guardia de seguridad con una escopeta de cañones recortados colgada del hombro. Me acerco a él y charlamos durante un rato. Tiene cara de cansado, y me comenta que trabaja en turnos de veinticuatro horas, días alternos, y que ya lleva casi veintidós horas, así que casi ha terminado por hoy. Se marcha a las siete.

Entretanto, han abierto el mostrador de venta de billetes, así que me acerco y compro mi boleto. Por suerte, llevo dólares en metálico encima, porque no me permiten pagar con tarjeta. En unos minutos estoy subido al autobús y tengo montado mi campamento base. Por delante, ocho horas de carretera de montaña.

Tengo hambre, así que agradezco el aperitivo que nos dan en el autobús. Consiste en un trocito de tortilla con media rebanada de pan de molde, un poco de crema de frijoles con un par de totopos y dos rodajas de plátano frito. Por supuesto, esto no hace más que despertarme el apetito. He vuelto a ser descuidado con la comida y me limito a picotear a cualquier hora cualquier cosa en cualquier sitio y de cualquier forma. Espero que no me pase factura con el paso de las semanas, aún me queda mucho viaje hasta llegar a España. Trato de engatusar a la azafata para conseguir otra de esas bandejas de aperitivos, pero no funciona. Es seria, es borde, es guapísima.

El paisaje de montañas que me acompaña desde hace días se aprecia hoy con mayor claridad que nunca. No llueve y ni siquiera hay niebla. Es perfecto. Colinas y colinas amontonadas unas sobre otras, llenas de pinos y todo tipo de vegetación. Valles, ríos y arroyos. Algún poblado, alguna huerta, gente trabajando la tierra, vacas, caballos.


Rob, el irlandés

Paramos en una venta. Debemos hacer un trasbordo, porque el autobús en el que vamos se dirige a San Salvador. Solo nos bajamos dos personas: un muchacho joven y rapado y yo. Le pregunto si es de Managua y me dice que sí, pero solo lo hace porque no me ha entendido. No tardo en darme cuenta que es extranjero. Se llama Rob, irlandés, y lleva siete meses viajando por Centroamérica a base de couch surfing, que consiste en alojarte en casas de particulares. La cosa es sencilla: te das de alta en la página ofreciendo tu casa para que alguien pueda pasar algunas noches. Eso te da derecho a quedarte, a su vez, en las casas del resto de registrados. Mi colega Hugo fue el primero que me habló de esta movida. Rob me cuenta que está bien, porque la gente viene a recogerte a la estación e incluso te hacen de guía. Yo pienso que es un buen sistema, pero incompatible con mi viaje, cuyo espíritu es no saber dónde voy a pasar la siguiente noche. Le pregunto si tiene alojamiento en Managua y me dice que no. Es mal conversador y me doy cuenta que quiere que le deje en paz, así que me callo. Aun así, me acerca una guía Lonely Planet de Centroamérica y me dice que ahí puedo buscar alojamiento. Lo dice en un español rústico, pero suficiente.

Tomo algunas notas interesantes. La guía es muy completa, y me pregunto cómo no se me ocurrió a mí comprar una. Tengo que recordarme a mí mismo que parte del encanto de mi viaje es tener que buscarme la vida sobre la marcha, y que una guía Lonely Planet no encaja, a no ser que sea usada de forma circunstancial a raíz de un encuentro casual con un irlandés.

El viaje continúa en el nuevo autobús, que viene lleno de gente. Ignoro lo que me dice la azafata y paso del sitio que me corresponde. Busco uno en el que no tenga compañero y no tardo en encontrarlo en la última fila. Aquí estaré bien, creo que a partir de ahora siempre me sentaré en la última fila.

En poco tiempo llegamos a la frontera. Esto empieza a tener cierto grado de rutina. En esta ocasión, parte de las gestiones las hará la gente del autobús. Me piden el pasaporte y que rellene dos formularios. Me piden ocho dólares. A pesar de eso, debemos bajar y dar de nuevo todos los datos a un pareja de enfermeras gordas y con máscaras. Nos registran superficialmente el equipaje ―si algún día encuentran algo será de pura casualidad― y nos hacen esperar. Mientras lo hacemos, se me acerca un niño. Lleva un balón en la mano y se pone a mi lado sin decir nada. Le ofrezco una galleta de las que acabo de comprar. Le acerco la bolsa y mete las dos manos para cogerlas casi todas. Me deja dos y se lo agradezco con una sonrisa de burla; luego me alejo. No quiero darle la espalda porque no me fío ni un pelo y no quiero hablar con él por miedo a parecer sospechoso. Es una especie de guerra fría. Es duro. En estos países están especialmente sensibilizados con la pederastia y el secuestro de niños. Los europeos somos sospechosos.

Me pierdo un rato. Hace calor.

Estamos en Nicaragua. Para la gente de mi generación, los nacidos en los setenta, Nicaragua es sinónimo de guerra. Hemos crecido escuchando en los informativos las guerras de Centroamérica.

El paisaje no cambia demasiado, aunque incorpora chabolas que se funden con los árboles y se ocultan entre la vegetación. Solo los multicolores tendederos llaman la atención del viajero de paso. No hay pueblos en el camino, solo chabolas salpicadas por las colinas y animales flacos y llenos de costillas. La carretera ondulada y la velocidad justa del autobús hace que tenga la sensación de ir navegando por un océano verde. El sueño llama a mi puerta, pero paso de abrir. No quiero perderme esto, no puedo dejar de mirar por la ventana. Tengo la impresión de que no voy a ser capaz de asimilar todo lo que me está pasando y creo que necesito un par de sentidos más. Sí señor, necesito siete sentidos. Eso es.

En el autobús ponen una película gore. Sangre, dientes rotos y gritos. La han puesto con subtítulos para sordos, y me pregunto qué pensará un sordo cuando lee un subtítulo que le dice que la protagonista está susurrando, que el teléfono está sonando o que rechinan las ruedas de un coche. Imagino que pensará lo mismo que un ciego cuando le dicen que el cielo es azul, o rojo o qué más da, qué coño le importa. La gente duerme hastiada y yo no puedo pensar con claridad, hace demasiado calor y aquí atrás no llega el aire acondicionado. Puto King Quality.

Managua nos recibe con mucho calor y con negros vendiendo bolsas de fruta troceada en la mediana de la carretera de entrada a la ciudad. Según pude comprobar en un plano de la guía que me prestó Rob, cerca de la terminal donde nos apeamos hay varias casas de huéspedes. Por suerte, también está cerca la terminal de otra empresa de autobuses, así que tendré la oportunidad de cambiar. Al salir a la calle me encuentro a Rob. Lleva la mochila colgada y la guía Lonely Planet en la mano, así que no tardan en acercarse taxistas ofreciendo sus servicios. Yo también me acerco.

―¡Eh!, quieres que busquemos juntos un sitio donde dormir.

―Claro. Tengo aquí varios apuntados ―responde serio pero amable.

―Yo les puedo llevar a un sitio bien bonito ―dice un negro de barba descuidada, piel brillante, camiseta de tiras amarilla y gorra roja―. Es por aquí amigos. ¿Hablan inglés? ¿Hablan español? Yo soy profesor y os puedo dar una lección gratis. Yo soy de por aquí cerca.

Habla sin parar, alternativamente en inglés y español y no deja de moverse mientras Rob y yo tratamos de orientarnos con el plano, ignorándole. Da vueltas a nuestro alrededor y ha conseguido quitarse a todos los taxistas de encima. Somos suyos.

―¿Qué quieres hacer? ―me pregunta Rob.

―Parece un buen tipo, me fío de él. ¿Le dejamos que nos guíe? ―propongo.

―Está bien. Amigo, llévamos a un sitio donde dormir. Barato.

―Claro señor, seguro. George Lewis les llevará al mejor sitio de toda la ciudad. Un sitio barato. Por aquí. Un sitio limpio y de confianza, no hay problema. Me llamo como el boxeador, pero no soy el mismo.

Habla y habla y no deja de reír. Es como si pensara que si deja de hablar dejaremos de seguirle y nos largaremos. Usa su pico de oro para no darnos opción a cambiar de idea. Las calles por las que nos lleva tienen poco movimiento. Algún taxi que otro, pero nadie anda fuera a estas horas. El calor pega fuerte y la gente se refugia a la sombra de los árboles que flanquean las aceras, tumbados en hamacas, abanicándose y bebiendo en sus jardines. Se respira ambiente puramente caribeño. Colores, calor, humedad, negros, abanicos. Parece un anuncio de Coca-cola.

Al fin llegamos al sitio, que no se diferencia mucho de las casas por las que hemos estado pasando. Nos recibe una mulata alta y gorda, cara rechoncha y delantal mojado. Nos invita a pasar y nos enseña las habitaciones que tiene libres. Nos decidimos por compartir una habitación con dos camas. Quince dólares. Dejamos las cosas y salimos donde nos espera Lewis. Un par de pavos de propina le convierten en el hombre más feliz de Centroamérica. Se ve a la legua que es un auténtico buscavidas que sería capaz de vendernos por una botella de ron, pero me sigue pareciendo buen tipo. Simpático, risueño y que se toma la vida con filosofía. Encaja perfectamente en el marco; es un auténtico caribeño.

Rob y yo vamos a comer algo. No hemos probado bocado desde el aperitivo del autobús y son casi las cuatro. Cerca hay varios sitios y nos decidimos por uno cualquiera. La zona es preciosa, por primera vez estoy en un sitio en el que no me importaría quedarme a vivir. Me gusta el ambiente, me recuerda a la calle donde vivo en Benalmádena. Durante la comida descubro que, después de todo, Rob no es tan mal conversador. Está aprendiendo español, pero se queja de que practica poco porque todo el mundo habla inglés.

―Si quieres podemos hablar en español, no me importa ―le digo en inglés.

―Da igual, no tengo ganas.

―Así no vas a aprender nunca ―le recrimino entre risas.

―Ya, pero es que la gente me habla en inglés, yo no tengo culpa. Incluso tú sigues hablando inglés ―se queja.

Durante el resto del día intentaré que hable español, pero no conseguiré que diga más de dos frases seguidas.

―Mi única oportunidad es ir a un lugar donde la gente hable español pero nadie sepa inglés ―sentencia.

―Complicado.

Rob es ingeniero informático. Tiene veintiséis años y hace casi tres que se largó a ver mundo. Hace meses que no habla con sus padres ni con su novia.

―No tengo claro que sigamos juntos después de este tiempo. Ella fue uno de los motivos por los que me largué. Es unos años mayor que yo y quería casarse, tener casa, formar una familia, ya sabes. Decidí que yo no quería eso. Además, estaba harto de mi trabajo de mierda, de cobrar ochocientos euros y de mi jefe. Un buen día les dije a todos que me iba.

―¿Y tus padres? ¿Qué te dicen?

―Mi padre solo me dio un consejo antes de salir: «no te emborraches demasiado».

―Me parece un consejo cojonudo.

―Lo es.

Visitamos algunos de los puntos principales de la ciudad acompañados de Howard, un taxista que nos hace de guía por tres dólares.

―Rob, en todo este tiempo ¿has tenido algún problema?

―Solo una vez, en Cuba. Fue una estupidez. Estaba completamente borracho y me metí solo por una zona peligrosa. Me atracaron cuatro tipos, aunque no pasó nada. Solo perdí unos cien pavos. No me hicieron daño. Otra vez estuve tres semanas enfermo por comer fruta sin lavar. Nada más.

―Centroamérica no es tan peligrosa como dicen ―respondo a modo de resumen.

Mientras paseamos, llegamos al parque central de Managua. Hay organizada una especie de verbena de barrio en honor al presidente que viene a dar un mitin. Hay todo tipo de puestos ambulantes de comida y chucherías. La policía está por todos sitios, lo que hace que pueda hacer fotos sin tener que tomar excesivas precauciones. Damos unas vueltas y comemos algo.

―Yo no me comería esos mangos. La mujer que los pela y trocea no se lava mucho las manos, la he estado observando ―me advierte Rob.

―A la mierda. Tengo ganas de fruta, no la pruebo desde que salí de España ―le respondo sonriendo―. Mi madre siempre me inculcó la costumbre de escuchar los consejos de la gente pero luego hacer lo que me salga de las narices.

Tengo en la mano dos bolsitas llenas de mango troceado y me dispongo a hincarles el diente cuando una niña menudísima de sucia cara de ángel me pide un «cachitito». Le doy una bolsa que empieza a comerse de inmediato. Yo doy cuenta de la mía para descubrir que me la han colado, y me ha metido dos enormes huesos de mango que han llenado media bolsa. Mientras busco donde tirarlos, vuelvo a ver a la niña que me vuelve a pedir.

―Ya no queda, esto solo son huesos que voy a tirar. ¿Sabes dónde está la basura? ―le pregunto en cuclillas para ponerme a la altura de su mirada.

Sin decir nada y con expresión de enfado, me quita la bolsa de las manos y comienza a mordisquear uno de los huesos.

―Esto no es basura, señor. Es comida ―dice mientras se da la vuelta y se pierde entre la muchedumbre con los graciosos andares de una princesita de cara sucia.


El diablo es Dios borracho

Let’s drink rum!1

Amen.

Yo estoy sentado en el ordenador de la casa de huéspedes escribiendo algunos correos y he respondido a la proposición de Rob sin siquiera levantar la mirada. Cuatro palabras han sido suficientes para planear una salida y solo tenemos que cruzar la calle para ejecutarla. Acaba de empezar a diluviar después de diez minutos de relámpagos ininterrumpidos, así que aprovecho para darme una ducha tropical vestido en mitad de la calle. Siempre quise hacer algo así.

Estamos sentados en una mesa de un garito, mitad discoteca mitad chiringuito de verano. Tiene una terraza cubierta por un toldo lleno de goteras que aguanta milagrosamente las arremetidas de la tormenta tropical.

―No queremos nada de comer, no se moleste. Solo queremos beber.

Pedimos al camarero que nos recomiende un ron. «Flor de caña», gran reserva, envejecido de forma natural durante siete años. Cien córdobas, incluye la liga. Rob y yo ni siquiera tenemos que mirarnos para saber que estamos de acuerdo. Traiga una de esas botellas.

En un minuto tenemos sobre la mesa una pequeña botella de medio litro, una botella de Coca-cola, un cuenquito de sal, una bandeja con trocitos de limón, una cubitera llena de hielo, dos vasos de chupito y dos vasos grandes. Nos servimos la primera copa y brindamos por Nicaragua.

El local está casi vacío. Solo hay ocupada otra mesa, donde dos tipos beben cerveza a litros. Tienen toda la mesa llena de botellas vacías, pero no parecen borrachos. De fondo, música pachanguera demasiado alta. Desde la barra se proyectan sobre la pared videoclips donde tremendas mulatas mueven el culo de forma imposible. Dos camareras de cansadas caras nos atienden con mucha amabilidad. Pedimos unos nachos con queso para acompañar a nuestra flor de caña y la charla fluye sola. Rob me cuenta infinidad de anécdotas que ha vivido durante su aventura por Centroamérica. México, Guatemala, Honduras, Colombia…

―¿Cuánto tiempo estarás en Nicaragua?

―No lo sé. Por lo pronto voy a pasar una semana en Managua, y luego ya veré. Nunca sé cuánto tiempo voy a quedarme en un sitio. Tu viaje es una puta locura ―me dice con tono algo paternalista.

―Cada día estoy más convencido de que así es ―respondo mientras apuro la segunda o quizás la tercera copa.

―No creo que te dé tiempo a llegar a Montevideo el siete de julio. La parte de Bolivia es muy jodida. Las carreteras son malas, mucha montaña y los autobuses no circulan de noche por miedo a los secuestros. Creo que vas a tener que tomar algún avión.

―Espero que no. Ya veremos. Lo que está claro es que tengo que estar el día siete en Montevideo, porque debo coger allí el avión que me lleve a Nueva Zelanda.

―¿Has decidido ya cómo pasarás el tapón de Darién?

―No lo sé. Sigo pensando que me gustaría hacerlo por tierra. Dicen que hay gente que lo ha pasado en todoterreno o en moto.

―Olvídate de eso tío. Es muy peligroso. Toma un avión de Ciudad de Panamá a Bogotá.

―Paso de aviones. En todo caso tomo el barco hasta Cartagena; pero bueno, ya veré una vez esté allí.

Mientras charlamos, en la mesa de al lado se ha sentado un muchacho que se aloja en la misma pensión que nosotros. Le pregunto si está solo y le pido que nos acompañe. Lo hace encantando. Se llama Henry, es noruego y negro. Se parece al negro de CSI Las Vegas. Cuando se lo comento no sabe de qué le hablo, pero Rob sí y se ríe a carcajadas. Ya casi hemos apurado la botella de ron y preguntamos a Henry si quiere acompañarnos.

―No tomo ―responde en español.

Rob y yo decidimos que tenemos tiempo para tomarnos otra botellita antes de que cierren el garito a medianoche, así que se la pedimos a la sacrificada camarera. Mientras seguimos bebiendo, Henry ha pedido algo de comer y nos cuenta su historia. Viene de Colombia. Ha pasado un año en Medellín tratando de aprender a hablar español pero, al igual que Rob, siempre acaba hablando en inglés. Ahora se dirige a Ciudad de México por tiempo indefinido. Mientras Rob le habla de su experiencia de cuatro meses por el país, desconecto de la conversación ―me cuesta entenderles cuando hablan entre ellos― y solo pienso en que envidio a estos tíos.

Los veo como auténticos viajeros, mientras yo me veo como una farsa. Ellos han tenido el valor de dar el paso que yo no me atrevo a dar. Ahora ya voy con el pie cambiado. Para mí, este viaje es un recreo que terminará cuando me vuelva a sentar delante del monitor a las siete y media de la mañana del día diecisiete de agosto. Ellos ni siquiera saben dónde estarán dentro de un mes.

El ron está empezando a afectarme, aunque no me doy cuenta hasta que me levanto para ir al baño. El dueño del garito, un tipo engominado vestido de blanco, se interesa por nosotros.

―¿Lo están pasando bien los señores? ¿Necesitan algo más? Si desean algo estaremos encantados de atenderles.

Por un momento pienso que nos está ofreciendo droga o putas. O ambas cosas.

―Todo perfecto, gracias ―respondo en nombre de todos―. Estamos recibiendo un trato realmente excelente. Inmejorable.

Queda satisfecho. Remarco las palabras y exagero; adorno las frases en exceso porque, por alguna razón, pienso que es apropiado en este lugar. A estas alturas ya estoy bastante borracho y creo que es la primera vez que me siento como un cliente VIP. Estoy acostumbrado a que traten así a mi padre, pero desde luego no a mí.

Acabamos con la segunda botella unos minutos después de la medianoche y pedimos la cuenta para alivio de las camareras, que hace tiempo que nos matan a base de miradas. Con diez dólares cada uno es suficiente para cubrir la cuenta y dejar una buena propina. Cuando nos vamos, ponen una canción de Isabel Pantoja.

―¿Lo oyes? Es una cantante española muy famosa ―le digo a Rob.

Pretty shit!2 ―responde.

Ha dejado de llover. Llegamos a la pensión, donde nos reciben con el cariño con el que recibe una mujer a su marido que vuelve borracho de una parranda. Yo trato de parecer sereno y empleo la misma táctica de frases exageradas y recargadas que usé con el dueño del garito.

―Buenas noches señora. ¿Sería tan amable de darnos la llave de nuestra habitación? Nos gustaría retirarnos a descansar porque mañana nos espera un día duro.

Son poco más de las doce, pero la señora tiene cara de llevar mucho tiempo durmiendo. Nos da la llave sin abrir la boca ni los ojos.

―Muy amable señora. Con todo respeto, nos retiramos. Permiso.

Llegamos a la habitación y nos tiramos vestidos sobre nuestras respectivas camas.

―Mañana no te vayas sin avisarme ―me pide Rob en algo parecido al español.

Ni siquiera tengo tiempo de responder antes de oírle roncar como un borracho.

1 ¡Vámonos a beber ron!

2 ¡Menuda mierda!