Martes, 16 de junio de 2009

Despierto a las siete de la mañana y me aseo lo mejor que puedo en el minúsculo restroom del tren. Necesito más de media hora, pero el resultado es satisfactorio; ahora huelo bien y visto ropa limpia. Mantenerse limpio en el transcurso de un viaje en el que no sabes dónde pasarás la noche no es tan fácil como podría imaginarse, pero el caso es que estoy listo para enfrentarme al primer día realmente incierto de lo que llevo de periplo.

He pasado la noche muy bien. Ya estoy plenamente adaptado al horario norteamericano: almuerzo a las doce, ceno a las siete de la tarde y anoche decidí dormirme a las diez. Como este tren tiene los mismos sillones que aquel que me llevó a Chicago, me ha sido muy fácil acoplarme. Solo he tenido que repetir las mismas posturas. La suerte ha vuelto a dedicarme una sonrisilla y no he tenido compañero de viaje. Esta vez, el tiempo que tardaban mis músculos en quejarse y exigir un nueva posición ha incrementado hasta casi una hora lo que ha hecho que todo fuera mucho más sencillo, permitiéndome pulverizar todos los récords existentes al lograr dormir siete horas. A las cinco me he despertado sobresaltado por un grupo de chavales que acababan de incorporarse al tren. Como estaba a punto de amanecer, me ha parecido un buen momento para despertarme definitivamente. Aun así, me he quedado dormitando un rato más hasta que finalmente he decidido coger el neceser y bajar al baño.

No sé cuántos kilómetros hemos hecho durante la noche, pero creo que no han sido muchos. Recuerdo haber estado parados en una estación al menos un par de horas. Desconozco si esa parada estaba programa o, por el contrario, fue inesperada, en cuyo caso ahora iríamos con retraso. Tengo que preguntar a alguno de los muchos revisores que no dejan de pasar por aquí. A pesar de que el viaje de Chicago a Houston pasa por cinco estados (Illinois, Indiana, Missouri, Arkansas y Texas) el paisaje no cambia demasiado, al menos a ojos de un europeo.

Sigo preocupado por la imposibilidad de conectarme a Internet y lo que eso puede complicarme el viaje. Más que preocupado por el hecho en sí, estoy preocupado al extrapolar los problemas que estoy teniendo en EE.UU. e imaginar los que puedo tener en otros países donde el acceso a Internet sea, directamente, imposible. En todo caso, sigue siendo una preocupación estimulante. Hasta ahora ha salido todo según lo previsto, es decir, tenía un plan bien definido. A partir de ahora el plan no es más que un borrador de gruesas líneas. Llegaremos a Houston alrededor de las dos de la tarde y a partir de ahí debo encontrar la manera de alcanzar México. No tengo claro a qué pueblo debo dirigirme, aunque recuerdo que Matamoros era una de las posibilidades para cruzar la frontera. Hablando con Heraclio me comentó que desde Houston a la frontera había unas seis horas por carretera. Lo ideal sería encontrar un autobús nocturno, lo que me ahorraría buscar alojamiento, me permitiría pasar el día en la ciudad y, sobre todo, me dejaría en la frontera por la mañana, con todo el día por delante para preparar el siguiente asalto. La hora de llegada a los lugares se ha convertido en algo clave. Nunca le había dado demasiada importancia, pero a raíz de la experiencia de perderse de noche en Harlem, me he dado cuenta de que no tiene nada que ver llegar a un sitio por la mañana temprano que llegar a última hora de la tarde. La capacidad de reacción e improvisación en este último caso se reduce mucho. Por otra parte, esa dificultad añadida afila el ingenio y hace que todo sea mucho más interesante, excitante y divertido.

Pasan los kilómetros y el tren me deja en Longview, Texas. Se trata de un pequeño apeadero como tantos otros que hemos pasado a lo largo de estos dos días de viaje. Allí tomaremos un autobús que nos llevará directamente a Houston ―este traslado por carretera está incluido en el billete de tren que compré en Nueva York―. Hace un día radiante, aunque algo fresco. Desciendo del vagón y estiro las piernas en un corto paseo hasta el aparcamiento donde aguarda el autobús. Subo el primero y me acomodo en la segunda fila. Detrás de mí viene una mujer de aspecto típicamente norteamericano: cuarenta y tantos, rubia, realmente atractiva. Se sienta justo en la fila de delante, me pregunta si soy francés (de alguna manera ha llegado a esa conclusión fijándose en mi mochila), y así iniciamos una conversación banal que cerramos cuando el vehículo se pone en marcha.

En total no vamos más que cinco personas en este autobús. El conductor tiene un gesto que me inspira confianza, cosa que no me suele ocurrir con los conductores en general. Nada más arrancar, la rubia de la primera fila comienza a coquetear con el conductor, que le sigue el juego. Se pasan todo el trayecto tonteando. Incluso llega a parar el autobús en mitad de la autopista para cambiar la película porque la rubia le ha dicho que se está aburriendo.

―Esta película es muy pesada. Me aburro.

Yo ando metido en mis propios pensamientos. Es interesante viajar en autobús porque me permite echar un vistazo al corazón de las ciudades. Por todos sitios hay banderas de EE.UU. y del estado de Texas. Nos desplazamos por una especie de autopista de dos carriles con poco tráfico y pronto entramos en Houston. Al igual que pasó con Chicago, a medida que nos adentramos en las calles llenas de rascacielos tengo la sensación de que no son más que maquetas de tamaño gigantesco.

Después de callejear un buen rato, el autobús nos deja en un descampado junto a una oficina de Amtrak. El conductor me desea que disfrute de mi estancia de Houston estrechándome la mano. No quiero decirle que solo estoy de paso, así que sencillamente respondo que lo haré. Hace un calor de mil demonios. Es como un día de terral malagueño en pleno mes de julio, así que me apresuro a entrar en la oficina donde se está mucho mejor. Dejo las mochilas en el suelo y me siento unos segundos para tratar de trazar un plan.


La vieja de las latas de refresco

La oficina tiene varios bancos de madera con pinta de ser muy incómodos. Uno de ellos está ocupado por la única persona que parece haber allí. Se trata de una mujer vieja y gorda rodeada de bolsas. Junto a ella se encuentra aparcado un carrito de la compra lleno de latas de refresco. Tiene el pelo horriblemente sucio y gris, las piernas hinchadas y sus descalzos pies están completamente deformados. Aun a varios metros me llega el hedor que despide.

Tras un instante de duda, me acerco a la ventanilla de atención al cliente y grito preguntando si hay alguien ahí. A mi llamada acude una señora, tan baja que tiene que subirse a una escalera de dos peldaños para llegar a la altura del mostrador. Le explico que estoy buscando la estación de autobuses porque quiero llegar a México. Me recomienda la estación de la empresa Greyhound y me indica cómo llegar.

―Puedes tomar el tranvía. Hay una parada a un par de calles de aquí.

―Creo que iré caminando.

―Hace mucho calor, no deberías ir andando con tanto peso encima.

―No se preocupe, estaré bien.

Le doy las gracias y vuelvo a por las mochilas. En ese momento la vagabunda se dirige a mi:

―Perdone señor, puede llenar esta botella en ese grifo de agua fresca ―me pide mientras coge una botella de plástico de una de sus bolsas.

―Claro, enseguida.

El grifo es un surtidor del que sale un fino chorrito de agua. Tardo un buen rato en llenar la botella, que ha quedado empapada de agua por mor de mi mal pulso. Antes de devolvérsela a la mujer, busco en mi mochila un paquete de pañuelos de papel y los uso para secarla bien. Cuando la tengo lista, se la doy. Ella se queda mirando extrañada.

―El agua es para ti ―me dice con un gesto con la mano―. Vas a necesitarla para refrescarte; hace mucho calor y la estación está lejos.

Ha estado oyendo la conversación y ha querido echarme una mano.

―Muchas gracias, es muy amable de su parte.

―Gracias a ti por tomarte la molestia de llenar y secar la botella pensando que era para mí.

Me despido con una sonrisa y con ganas de quedarme a charlar con ella un rato. Me gustaría pedirle que me cuente su vida, que me relate los hechos que la han llevado a estar en esta terminal de Amtrak rodeada de latas de refresco vacías. Siempre he sentido mucha curiosidad por los vagabundos. Siempre me los imagino de niños siendo felices, jugando con amigos, llenos de sueños y ajenos al futuro que les espera. Siempre pienso en que muchos de ellos habrán vestido elegantes trajes blancos en el día de su primera comunión, en que habrán sido protagonistas por un día. Me imagino el transcurso de su vida, la escuela, el primer novio, la primera frustración, los primeros palos. Una decisión mal tomada que hace que todo se complique, un poco de mala suerte en un momento inadecuado, y en un instante están en la calle. Cuando estás en la calle ya no sales. No importa que seas un tipo con talento. No importa nada de tu pasado, si fuiste rico o siempre has sido pobre, si tocaste la cima del mundo o si te arrastrabas por las cloacas. No importa nada de tu pasado. Cuando estás en la calle has perdido todas tus oportunidades. Nadie va a ayudarte. A veces, ni siquiera tú mismo quieres ayudarte.

Ella responde a mi sonrisa con una sonora carcajada, como si me estuviera leyendo el pensamiento y quisiera demostrarme que, después de todo, está feliz con la vida que le ha tocado. Que, después de todo, quizá no tomó ninguna decisión errónea, que todas fueron acertadas. Su caritativo gesto conmigo y su risa estridente hacen que me ratifique en el convencimiento de que no es necesario seguir un camino trazado para alcanzar la felicidad, que existen mil maneras de hacerlo y que cada uno tiene que atreverse a buscar la suya, por más miedo que esto pueda provocar.


Rumbo al seco sur

Llegar a la estación de autobuses me lleva más de una hora caminando. Las indicaciones de la mujer del mostrador fueron certeras y no tengo problemas para encontrarla. Una vez localizada, vuelvo sobre mis pasos para sentarme en una cafetería a tomarme una cerveza fresca y bien merecida. Tienen red inalámbrica, así que aprovecho para leer el correo y subir algunos textos al blog (gracias a Dios he vuelto a poder conectarme). Si la cerveza helada me sienta bien, la lectura de los mensajes recibidos en el blog me sienta mucho mejor. Me siento arropado por gente que se encuentra a miles de kilómetros de distancia.

Al cabo de un rato decido volver a la estación. De camino paro en un supermercado para comprar fruta, aunque resulta complicado encontrar algo decente. Debo conformarme con algunas latas. De nuevo en la estación, pregunto cómo podría llegar a Ciudad de México. La chica me plantea un itinerario, que pasa por San Antonio, Laredo y algunos pueblos más. El autobús sale en cuarenta y cinco minutos, y llegaré a mi destino en unas veinticuatro horas.

Me lo quedo.

Recuerdo que estuve una noche buscando en Internet información sobre ese mismo viaje y después de horas y horas no encontré nada concreto. Está claro que a veces es mejor no molestarse en preparar las cosas y dejar que surjan solas.

En poco tiempo estoy saliendo de Houston, dejando atrás los rascacielos de cartón piedra rumbo al sur.

Al llegar a San Antonio me sorprendo al comprobar que la estación es mucho más pequeña de lo que me imaginaba. Tengo que pasar allí dos horas esperando el autobús a Laredo, así que aprovecho para cargar las baterías del portátil, comer algo y hacer un poco de ejercicio. El tiempo pasa rápido y ya estoy en la cola de acceso al autobús, rodeado de tipos de sombreros con enormes alas. A pesar de que San Antonio aún está lejos de la frontera, todo el mundo allí es mexicano; no hay ni un solo gringo. Ya no necesito el inglés, puesto que todo se habla en español. Se nota el aporte de caos que los mexicanos le dan al viaje y, así, la cola no tarda en convertirse en una masa de gente que se queja y que quiere subirse al autobús cueste lo que cueste. Los maleteros están llenos con los equipajes de los pasajeros que vienen en el autobús, así que no caben los petates de los que nos incorporamos ahora. Nos piden que los subamos con nosotros, así que me echo la mochila a la espalda y subo la escalera.

Accedo penosamente al interior ―las dos horas han sido largas, porque me he mantenido en una constante tensión durante todo el rato― y me encuentro con un autobús atestado de gente y equipajes. Es justo lo contrario que el primer tren que tomé. Hay mucho ruido, y el pasillo está lleno de gente que no avanza porque no hay sitio para poner los equipajes. Los que están sentados se quejan y los que están de pie también. Yo avanzo y avanzo hasta llegar el fondo del autobús. Allí encuentro un sitio libre, el último. Está ocupado por la maleta de un viejo mexicano de largo bigote y raído jersey rojo oscuro.

―Disculpe señor, le importa si me siento a su lado.

―Como usted guste, joven ―me dice con amabilidad.

―Dejo su maleta aquí en el pasillo.

―Como a usted le resulta más cómodo ―me responde con más habilidad todavía.

Al fin logro acomodarme. El pasillo está intransitable, lleno de maletas por todos sitios. Comienzo a charlar con mi compañero de viaje mientras arrancamos, pero la cosa se retrasa. Es lógico, porque yo me senté en la última plaza libre y detrás de mí venía más gente. Tenemos overbooking.

Dos hombres se han ido al fondo de autobús y se han buscado un sitio de pie. No se quejan y piden al conductor que arranque, que no se preocupe, aunque el conductor se niega. Ya encontrará la manera de solucionarlo, no debemos preocuparnos. Yo asisto al espectáculo con una sonrisa en los labios. Al contrario que la mayoría, no tengo nada de prisa, así que disfruto del caos y pienso en todas las bromas que mis amigos me hicieron antes del viaje al respecto de los autobuses mexicanos.

Finalmente, el gallinero empieza a calmarse. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se ha solucionado el problema, pero parece ser que han hecho bajar a los dos chóferes suplentes, que tendrán que buscarse el medio de acudir a los puntos de relevo.

Entretanto, entablo conversación con Duncan, un canadiense que viaja desde Ontario a Ciudad de México para acudir a una boda. Hablamos en español, porque es un gran amante de la cultura mexicana y domina perfectamente el idioma. En un momento me recomienda un montón de sitios a los que ir cuando llegue a la capital. Parece un poco decepcionado cuando le digo que solo estaré uno o dos días a lo sumo.

―Tengo algo de prisa y solo puedo quedarme un par de noches ―le explico.

―Todo el mundo tiene prisa siempre ―me responde con tono de enfado.

Duncan es un tipo culto, delgado, pelo blanco, pantalón corto y calcetines negros subidos hasta cerca de la rodilla. Trabaja de bibliotecario y le gusta escucharse a sí mismo. Habla y habla sin parar. A pesar de que su charla resulta interesante, tengo unas ganas enormes de mandarle callar. Después de varios intentos, aprovecho un hueco en su exposición para indicarle que voy a dormir un rato, que estoy cansado. La treta funciona y se calla.

El autobús arranca con media hora de retraso. En dos cabezadas estamos en Laredo.


El semáforo

El autobús de Laredo es una vieja chatarra pero por suerte hay mucha menos gente, así que mi mochila tiene espacio de sobra en el maletero. Esta vez ando más despierto y subo rápido al autobús para coger la primera fila. Como me temía, está ocupada por un par de maletas, seguramente del conductor, así que tengo que conformarme con la segunda. Me quito los zapatos, abro la mochila y me hago el dormido. La farsa surte efecto y cuando nos ponemos en marcha ya puedo asegurar que tendré los dos asientos para mi solo, al menos para el trayecto a Matehuala, el más largo de todos.

El autobús sale con más de una hora de retraso. Según el itinerario, debimos haber salido a las once y cincuenta y cinco p.m. (puntualidad mexicana). Es la una y cuarto a.m.

Laredo es un pueblo que tiene una mitad en cada país. Visto de otra forma, podría decirse que existen dos Laredos: Laredo Texas y Laredo México.

En medio de ambos, la frontera.

Según nos comenta el chófer, a los autobuses nunca los paran, a no ser que sospechen de alguien en particular. Nosotros debemos de llevar algún sospechoso porque, nada más pasar, el semáforo verde que hay situado en la misma frontera se torna rojo. Un soldado con un arma indica al conductor que debe detenerse. El conductor nos advierte de que tengamos preparados los permisos, pero yo no sé nada de permisos. Imagino que la cosa no irá conmigo. No obstante, estoy buscando el pasaporte cuando un policía sube al autobús y pregunta si alguien va a pedir un permiso de inmigración. Nadie responde.

―Abajo todos ―grita el policía con voz soberbia―. Agarren todas sus cosas.

Bajamos en orden, aunque se nota el nerviosismo en casi todos los pasajeros. Salta a la vista que son gente humilde, que harán lo que les digan, sea lo que sea. Yo hago exactamente lo mismo que todos los demás, quiero pasar desapercibido. Cogemos el equipaje del maletero del autobús y, siguiendo las indicaciones de un soldado, entramos en una pequeña habitación, una especie de garita minúscula. La mitad del espacio está ocupado por una mesa donde un soldado empieza a expedir permisos siguiendo rigurosamente el orden de llegada. Cuando me toca a mí, me pregunta el porqué de mi viaje a México y mi lugar de origen. Rellena el formulario con letra ilegible y lo sella.

―Van a ser veinte dólares americanos.

Por suerte aún tengo algunos dólares. Ni siquiera he tenido la oportunidad de cambiarlos.

Solucionado el asunto del permiso, nos pasan a una amplia habitación donde hay una cinta de rayos X. Dos soldados, apostados cada uno a un lado nos indican que pongamos el equipaje sobre la cinta. Mientras lo estoy haciendo, se acerca un policía y comienza a cachearme. Nota debajo de mi camiseta algo extraño, lo que le pone inmediatamente en alerta. Se trata de la pequeña mochila donde guardo la documentación, tarjetas de crédito, libro de vacunas y el resto de papeles importantes. Se ajusta con unas cintas al pecho de forma que queda oculta debajo de la camiseta. Nunca me la quito, ni siquiera para dormir. El policía me pide que me desnude, así que me quito la camiseta. Queda satisfecho.

Me pide que avance mientras señala un semáforo apagado. Hay un botón negro y me hace un gesto para que lo pulse. No le entiendo y le pregunto que qué quiere que haga, que si quiere que pulse el botón. Claro, eso es justo lo que quiere que haga. Aprieto el botón, que hace que se encienda la luz verde del semáforo. Está bien, puedo irme. Buenas noches. (Dos días más tarde, hablando con Igor, me comentaría que ese semáforo se pone verde o rojo de forma aleatoria. Si cuando pulsas el botón se enciende la luz roja, la has cagado. Te hacen sacar todo lo que llevas en la mochila. Si se te ha ocurrido pasar por la puerta de «nada que declarar» y te encuentran cualquier cosa, entonces tienes problemas. Pueden echarte encima toda la mierda que quieran.) Me alegro de que se encendiera la luz verde. Me alegro de que el funcionario haya olvidado sellarme el pasaporte.

Finalmente, salimos a la calle donde tenemos que esperar. Junto a nosotros, en una jaula, permanece tumbado un pastor alemán que nos mira con aburrimiento mientras bosteza y estira sus patas delanteras, cansado ya de ver siempre los mismos gestos de nerviosismo y terror. Acumulamos ya dos horas de retraso cuando nos volvemos a poner en marcha. Me acomodo en mi sillón lo mejor que puedo pensando en que, al lado de esto, la butaca del tren es la suite nupcial de un hotel de cinco estrellas. Por delante, ocho horas de viaje a través del desierto mexicano hasta Matehuala.