Martes, 11 de agosto de 2009

El vuelo es incoloro, inodoro, insípido y prácticamente transparente. Del aeropuerto tomo un autobús que me deja en el centro, junto a una estación de metro. Es entrando al metro cuando noto la gran diferencia entre Europa y África. El metro de Atenas es tan pulcro que me parece mentira estar allí. Un metro a la española, donde la gente cede el paso, pide perdón y da las gracias. Hace unas horas estaba dando codazos para intentar sobrevivir en la locura de El Cairo y ahora estoy aquí, escuchando a Mozart en el hilo musical.

He encontrado muchas más diferencias entre Atenas y El Cairo, como que los coches circulan sin tener la necesidad de pitar todo el tiempo o que la gente usa los pasos de peatones. Pero hay algo distinto, muy distinto, que no sé lo que es, pero que está ahí. Es como cuando notas a alguien cambiado y no sabes si ha sido porque se ha cortado el pelo, porque lleva lentillas en vez de gafas o porque se ha maquillado. Tendrá que pasar medio día hasta que por fin descubra esa diferencia desconocida que me estaba dando vueltas en la cabeza: en Atenas puedes ver escotes.

Llego al hostel (que encuentro sin problema) a las nueve de la mañana, pero no me dejan inscribirme porque tengo que esperar a las once, momento en el que dejan libre mi cama. Mientras tanto, me siento en la cocina a buscar información sobre los siguientes pasos. Después de Grecia, toca Italia. Para llegar a Roma tengo que tomar un ferry que va desde Patras a Bari. Necesito saber cómo llegar de Atenas a Patras (de Bari a Roma ya lo tengo). Mi primera idea, por supuesto, es buscar en la página de la Bahn. Allí me dicen que no hay trenes entre estas dos ciudades. Empezamos mal.

Paso la mañana buscando la forma de llegar a la puta Patras, pero no hay forma. Empiezo a preguntarme si voy a tener que buscarme la vida para llegar allí en autobús o vete tú a saber.

―Algo estoy haciendo mal. Patras es la tercera ciudad más importante de Grecia, así que tiene que estar comunicada con Atenas de todas todas.

Le pregunto al recepcionista del hostel, quien amablemente me remite a una página web en griego. De ahí descargo un listado que trato de descifrar sin éxito. Paso un buen rato, pero me quiero largar ya a ver la Acrópolis.

―Oye, ¿la estación de tren está muy lejos?

―Está ahí al lado. Solo tienes que seguir por esta calle cincuenta metros. Son dos minutos.

Ya podía haberlo dicho antes. Me acerco allí y le pregunto a la chica de la ventanilla. Es un gran ejemplo de belleza griega, de grandes ojos de color marrón claro y nariz deliciosamente grande. Lleva el pelo negro y liso y su camisa tiene desabrochado un botón más que el resto de chicas.

―Hola. Necesito ir a Patras. Tengo un billete de Interrail, ¿tengo que hacer reserva?

―¿A qué hora quieres ir?

―Necesito estar allí a eso de las cuatro.

―Hay que tomar dos trenes: el Proastiakos hasta Kiato y desde allí tomar un Intercity a Patras. Tengo uno que sale a las once de aquí y llega a Patras a las dos y media más o menos. ¿Te vale?

―Sí, genial.

―Te hago la reserva.

―Por favor.

―Aquí tienes.

Cinco minutos han bastado para encontrar la información y para hacer la reserva. Mucho mejor que la locura de Internet. Además, lo ha hecho una griega con los ojos más marrones que haya visto jamás. Ojalá hubiera tardado más tiempo. Una hora. O dos.

Ya lo tengo todo controlado, así que puedo largarme a patear la Acrópolis y alrededores. Cometo el error de no comer nada y beber mucho, por lo que al cabo de unas horas de subir cuestas empinadas y admirar las viejas ruinas griegas, mi cuerpo dice basta. Sufro esa pájara que estaba temiendo desde hacía tiempo. Sabía que iba a terminar ocurriendo, pero aun así me ha pillado por sorpresa. Sol, humedad, falta de comida sólida y exceso de líquidos han sido la combinación perfecta para terminar con mis huesos en el suelo, cara blanca, sudor helado. No es la primera vez que me ocurre algo así, por lo tanto sé que no hay que ponerse nervioso. Lo mejor es esperar, sencillamente esperar. Dentro de unos minutos podré moverme lo suficiente como para ser capaz de ponerme en pie y caminar. Tengo que lograr bajar a la plaza a comprar fruta en los puestos del mercadillo; el azúcar me ayudará.

Necesito casi dos horas para llegar abajo y comprar un kilo de uvas y otro kilo de melocotones. Tomo las uvas de tres en tres, como el lazarillo de Tormes, sin siquiera enjuagarlas (no estoy para remilgos). Me siento un rato más para terminar de recuperarme y voy mejorando. A pesar de todo, tomo nota. Vuelvo a las ruinas y termino de verlas. He enseñado mi carné de estudiante para buscar un descuento y me he encontrado con la sorpresa de que la entrada es gratis para estudiantes de la Unión Europea. El caso es que puedo volver al recinto si quiero, y eso es lo que voy a hacer.

Termino lo que tenía pensado, pero nada más. No voy al mercado ni a ningún otro sitio. Es cierto que ya no estoy tirado en el suelo, pero apenas tengo energía y el trayecto al hostel es largo. Cuando llego a la recepción, pregunto al tipo por un supermercado y me acerco a comprar algo de pasta, atún, tomate, copos de maíz y leche. Preparo la pasta que como con poca gana y un tazón de cereales con leche. Estoy mejor, pero el cuerpo me pide una buena siesta. Son casi las ocho de la noche cuando subo a la habitación a descansar un ratito. Mi idea es darme un paseo por la ciudad más tarde.

En la habitación está Joel, un colombiano a quien conocí esta mañana, así que, después de ducharme, nos ponemos a charlar. A medida que avanza la tarde van llegando el resto de mochileros que duermen en nuestro mismo dormitorio: Rico, un ruso de San Petersburgo y una pareja de finlandeses (de cuyos nombres no puedo acordarme). La tertulia se alarga hasta tarde. Ninguno sale, así que poco a poco se van quedando dormidos. Cuando todos se han apagado, decido dar el paseo después de todo. Es más de media noche y doy uno de esos paseos que solía dar en Centroamérica, sin nada en los bolsillos, sin cámara de fotos, sin dinero. Solos la noche ateniense y yo.