Lunes, 6 de julio de 2009

Por primera vez en todo el viaje hay alguien que me espera en la estación. A los pies de la escalera me encuentro con mi tío Paquito, hermano de mi madre, y con Nati, su mujer. Es la segunda vez que los veo en mi vida. La primera fue en España, unos diez años atrás. A pesar de ello, no tenemos ningún problema para reconocernos. Diez años no son nada.

La vergüenza de llevar días sin ducharme y cambiarme de ropa y de oler mal desaparece en el instante en que me reciben con un abrazo sincero. Aún es de noche y lo seguirá siendo un rato más. Tomamos un taxi y vamos directos a su casa, donde puedo tomar una ducha, cambiarme de ropa y desayunar mucho y bien. Paquito me recomienda dormir unas horas para descansar, pero me niego a hacerlo. Estaré poco tiempo y no puedo andar perdiéndolo en siestas.

Durante el desayuno se han ido despertando mis primos, que se han ido incorporando a la mesa. Rocío, Belén y Adrián (a Eduardo le conocería más tarde). Termino y nos ponemos en marcha, tenemos muchas cosas que ver.

Bajamos para encontrarnos con Rojo, un amigo de la familia, taxista retirado, pelo blanco y largo, raya en medio, bien cuidado, gafas sin montura. Nos espera apoyado en un coche amarillo, su viejo taxi, con el que nos moveremos durante todo el día.

―¿Le estás haciendo una foto a mi coche? ―me pregunta sorprendido.

―Sí, es que me gusta mucho ―le respondo sin saber si he metido la pata.

―Está bien, pero has de saber que este coche no se lava desde el diez de octubre de 2007.

Intuyo que es la fecha de su último día de taxista.

Lo primero que hacemos es resolver temas triviales, como confirmar mi vuelo ―que definitivamente es para el miércoles por la tarde―, llevar la ropa a la lavandería y comprar mi billete a Montevideo. Durante todo el trayecto Paquito no deja de contarme cosas sobre la ciudad. Se convierte en un guía excelente, lleno de conocimientos, lleno de cultura. Me bastaron dos días a su lado para llegar a la conclusión de que Paquito es sabio. Domina cualquier tema y su memoria privilegiada le permite absorber todo lo que vive o lee, le permite clasificar los conocimientos e indizarlos por fechas, personajes, lugares. Me habla de las calles de Málaga que visitó hace una década, situándolas con exactitud. Siempre sonríe mientras habla y la mayoría de los comentarios, sean de la índole que sean, los acaba con una coletilla jocosa. Tiene un aspecto sencillo, pelo negro con trazas grises, barba descuidada, camisa de cuadros con el último botón desabrochado, pantalones oscuros y zapatillas de deporte. Salta a la vista que su aspecto no le preocupa lo más mínimo.

―Mi madre me compraba la ropa por kilos.

Mientras visitamos la que fue casa de su padre, mi abuelo, me cuenta historias de la familia; historias que no conocía, historias que, por mi forma de ser, despegada, siempre me han resultado lejanas y ajenas.

Visitamos el cementerio Parque de la Paz, un sitio que hace honor a su nombre, donde se encuentra enterrado mi abuelo junto con parte de su familia.

La mañana avanza y debemos volver a casa donde nos esperan para comer un asado. Antes, una parada obligada en un bar para tomar unas cervezas. Me lamento de que no tengan Quilmes y tengo que conformarme con una Schneider. En Argentina es habitual servir botellas de un litro, así que nos bebemos dos botellas mientras miramos el reloj conscientes de que llegaremos tarde y de que las chicas se enfadarán.

―Les diremos que hemos estado en misa ―sugiere Paquito con picardía.

―No hay duda de que nos creerán.

Del asado se encargará Paquito. Nada más llegar a casa mete fuego a una pila de carbón, ignorando las advertencias de Rojo sobre si la cantidad es suficiente o no.

―Lo peor que le puede pasar a un asado es quedarse corto de brasas.

Una bandeja llena de enormes trozos de carne de diferentes tipos, coronadas por dos ristras de chorizos, espera pacientemente junto al fuego. Mientras tanto, las chicas han montado una larga mesa que se presenta llena de bebidas y platos entrantes. Estamos en el patio de la casa, debajo de un toldo de tela que refresca la sala. Las paredes son blancas y están llenas de maceteros sin macetas. Por encima de nuestras cabezas, cuerdas de tender pellizcadas por decenas de pinzas de la ropa. La carne es excelente, lo que me obliga a comer como un cerdo, sin medida. Lo pruebo todo y repito. Bebo cerveza (Quilmes, ahora sí) y me siento tan bien que no quiero que acabe. Tengo sentados delante de mí a toda mi familia argentina y a Rojo, y la conversación y las risas abundan. Me alegro mucho de haber venido y doy gracias a la buena estrella que está dirigiendo este viaje perfecto.

Estamos en Argentina y la sobremesa se alarga hasta las diez de la noche. Paquito y Rojo llevan el peso de la conversación. El uno sigue contando cosas de la historia de Argentina, dando fechas, lugares y nombres con exactitud, y el otro le replica cada vez que tiene oportunidad, tomando la palabra y usándola con frases largas, lentas y bien construidas, llenas de semántica. Ha pasado apenas un día, pero ya me he familiarizado con el tono y la jerga argentinas.

Tomamos hierba de mate y me cuentan la liturgia que rodea al asunto. Todos compartimos el mismo mate, que es el recipiente donde se mezcla la yerba con el agua, y la misma bombilla, el tubo por donde se chupa la infusión. Bebemos por turnos que se establecen según la posición en la mesa, siguiendo el sentido contrario a las agujas del reloj. Rocío se encarga de cebar. Cada vez que uno ha bebido unos cuantos sorbos, devuelve el mate a la cebadora, que se encarga de añadir un poco de yerba, un chorrito de agua caliente de un termo y algo de azúcar al gusto. El mate ya cebado se pasa al siguiente. A alguien se le ocurre remover la hierba con el agua y Rojo, un purista del mate, se queja.

―¡Por qué movés el mate! ¡No hay que mover el mate, limitate a chupar! ―se lamenta con buen humor.

Varias rondas son suficientes para mí. No estoy acostumbrado a un sabor tan amargo y pedirles que usen azúcar es casi firmar mi sentencia de muerte, así que me retiro. Durante ese día y el siguiente me fijaría en hasta qué punto el mate es una costumbre arraigada en el país. Cualquier lugar es adecuado para tomar mate: la oficina de correos, el museo nacional, la tienda de la esquina, las terrazas de los bares; gente por las calles con su termo de agua caliente, carteles en el autobús prohibiendo tomar mate por el riesgo de quemar al compañero de asiento…

―Dice la tradición que el mate frío significa desamor. Si sirves a alguien un mate frío le estás diciendo que ya no le quieres ―me cuenta Paquito―. Hace poco un tipo mató a su mujer porque le sirvió un mate frío. La mató a golpes.

El almuerzo termina definitivamente con una copa de fernet. Se trata de un licor italiano muy amargo, poco conocido pero muy extendido en Córdoba. Es la bebida preferida de Paquito.

―Aquí en Córdoba se consume el setenta por ciento de la producción de fernet de todo el país.

Servimos varias copas de fernet con hielo y brindamos. Es una bebida agridulce de casi cincuenta grados que no tarda en hacerme efecto.

―Cuando estuve en España, solo encontré un sitio donde me sirvieran fernet. Pregunté en todas las ciudades que visité, pero solo hubo un camarero que me lo trajo sin inmutarse. Fue en Campanillas― relata Paquito.

El fernet despierta las ganas de cantar de Paquito y Rojo, así que a Nati le parece el momento perfecto de retirarse a empezar a servir la cena. Tiene preparadas dos bandejas de auténticas empanadas argentinas, lo que sigue obligándome a no dejar de comer y beber sin importarme nada. Tengo que aprovechar los buenos momentos del viaje, porque no se sabe cuándo llegarán los malos, los bajones.

Después de cenar, Paquito y yo nos vamos al salón. Me invita a echar un vistazo a su biblioteca y me pide una y otra vez que me lleve los libros que quiera. Hablamos de literatura, de autores americanos, de filosofía, recitamos algunos poemas y entre una cosa y otra sigue dando muestras de su vasta cultura en todos los aspectos, sigue recitando fechas, nombres, lugares. Llega a enfadarse por no recordar un nombre y deja de hablarme para emplear toda su concentración en tratar de hallar ese dato dentro del archivo de su cabeza. No para hasta lograrlo.

―Tomás Borges, se llamaba Tomás Borges. Como te decía, era ministro de Nicaragua, muy amigo de Julio Cortázar. Siempre tuvo la pena de llegar dos horas tarde al entierro del escritor. Ya ves, todo un ministro, con aviones a su disposición, y no fue capaz de llegar a tiempo al entierro de su amigo. Son cosas que pasan.

Hablar con Paquito es tener la sensación de que cuando uno vive, lo que está haciendo en realidad es perdiéndose mucho. Es exactamente la misma sensación que tengo día a día a medida que viajo, la sensación de que todo es tan grande, de que por mucho que avance no voy a disfrutar más que de un porcentaje mínimo. Puede llegar a ser frustrante si le das vueltas, así que lo mejor es evitar pensar en eso. Después de mucho discutir, y negarme en vano, acepto llevarme varios de los libros que me ofrece, incluyendo uno del cual es autor. Harán conmigo el resto del viaje.

Cuando dejamos de hablar, me doy cuenta de que no puedo más. Después de una semana durmiendo de cualquier manera en autobuses y tugurios, voy a tener el gusto de disfrutar de una cama blanda, limpia, seductora y segura solo para mí. La quiero ahora. Me tumbo, me arropo y descubro hasta qué punto necesitaba ese descanso. Ni siquiera tengo tiempo de escuchar los primeros acordes de Waiting.