Lunes, 3 de agosto de 2009

La llegada a Estambul la hacemos despacio. La entrada a la ciudad se adivina casi una hora antes de que nos detengamos finalmente. Es preciosa. El mar es precioso. Creo que si al paisaje de un vertedero le añades un mar de fondo, me parecería precioso. No digo que Estambul sea un vertedero, es una ciudad realmente hermosa, es solo un forma de hablar.

Bajo pronto del tren, así que tengo que esperar a Anika y Beatriz. Cuando ya estamos los tres, emprendemos la marcha. Hemos quedado en que lo primero que haremos será sacar mi billete a Adana, dejar mi mochila en la consigna y quedarme tranquilo para acompañar a Beatriz en la mudanza. Anika tiene sus propios planes, aunque en principio se viene con nosotros.

Para empezar, todo va mal. El tren a Adana está completo para hoy, mañana y pasado. No he seguido preguntando, porque cada «full»1 que me decía el tipo de la ventanilla (decía «fun» para ser exactos) era una torta en la cara. Es la primera vez en mi vida que me dicen que un tren está completo. Siempre he pensado que si un tren se llena, añaden otro vagón y listos, que es imposible llenar un tren porque siempre hay vagones dispuestos a unirse a la causa. Pero está claro que no. El tren de Estambul a Adana, el Anadolu Mavi, está «full».

Necesito unos minutos para recuperarme de los «fun» y saber qué hacer. Por lo pronto, el tren queda descartado. Durante mis horas de búsquedas en Internet llegué a la conclusión de que ese es el único tren que baja al sur de Turquía, así que este camino no tiene salida. La segunda opción es pillar un autobús, pero antes trataré de agotar un último cartucho. Un par de alemanes también se dirigen a Damasco y tenían pensado exactamente la misma ruta que yo. Ellos no se resignan a no poder subirse a ese tren. Opinan que el tipo puede estar equivocado o que puede que haya alguna cama por ahí, o quizá puedan subirse sin hacer reserva o qué se yo. El tren sale desde la estación de Haydarpasa, la mitad asiática de Estambul. La idea de estos dos alemanes es tomar un ferry que cruce al lado asiático, buscar la estación de tren y ver qué le dicen allí. Me animan a que vaya con ellos, pero debo declinar la oferta porque me he comprometido con Beatriz.

―Hagamos una cosa ―les propongo―. Dejadme un número de teléfono y dentro de un par de horas, cuando yo haya terminado, os llamo y me contáis qué tal os ha ido. ¿Qué os parece?

―Claro. Apunta.

―Si logramos subirnos a ese tren, os invito a un par de cervezas en Damasco.

―Genial.

―Genial.

Con el teléfono en el bolsillo, termino mis trámites y me pongo en manos de Beatriz. Anika también espera para despedirse. Es una chica realmente agradable y valiente; me ha encantado haber coincidido con ella y haber tenido la oportunidad de conocerla. Espero que venga a Málaga algún día (tengo su dirección de correo electrónico y ella la dirección de mi blog).

―Buena suerte en Pakistán.

―Buena suerte en tu viaje.

Beatriz ha decidido que lo mejor es tomar un taxi que nos deje en el lugar donde empezará a trabajar. Allí la esperan con las llaves del piso donde va a quedarse a vivir al menos unas cuantas semanas, mientras encuentra algo definitivo. Insiste tanto en que ella paga el taxi, que me veo obligado a desistir, aunque quedamos en que al café invito yo.

Estambul es una ciudad muy turística y los precios ya están al nivel de España. Dos cafés me han costado cinco euros, así que se terminó el chollo (veremos qué tal es Oriente Próximo). Desde luego, ha merecido la pena, porque el ratito que hemos estado en la cafetería esperando a que alguien recogiera a Beatriz ha sido realmente agradable. Cuando han venido a por ella he llegado a la conclusión de que yo no pintaba nada. Al fin y al cabo, mi idea era echarle una mano con las maletas y a buscar el piso para que se instalase mínimamente, pero ya está en mejores manos que en las mías. Me despido y me pongo a lo mío.

Lo primero que hago es llamar al alemán. Diseñaré el día en función de lo que me diga (con unas cosas y con otras ya son casi las dos de la tarde; el tiempo pasa aquí más rápido que en Sofía). En la cafetería hay conexión a Internet, así que uso el Skype.

―¿Diga? (o algo por el estilo, hablaba en alemán).

―Hola, soy Pedro, el tipo al que has conocido en la estación.

―Hola Pedro.

(La conexión ha finalizado.)

―Joder, vaya mierda de conexión.

Vuelvo a intentarlo.

―Hola.

―Hola, soy Pedro, el tipo al que has conocido en la estación.

―Hola Pedro, nosotros vamos camino de la estación de autobuses. ¿Tú estás allí?

(La conexión ha finalizado.)

Puto Skype, puta conexión. Paso de volver a llamar. Me quedo con la única frase que he oído: «vamos camino de la estación de autobuses». Ha dicho eso, lo he podido oír y he podido entender perfectamente el inglés contundente que manejan los alemanes. Creo que la operación Haydarpasa ha fracasado rotundamente.

Vale, así las cosas, mi objetivo ahora es llegar a la estación de autobuses, enterarme de los horarios, comprar el billete y dedicar el tiempo que pueda a la ciudad. Me jode no tener ya el billete cerrado, porque le tenía muchas ganas a Estambul. El fútbol es así.

En la estación de tren había una oficina de información turística donde me han dado un plano, así que no tengo problemas para plantarme en una de las plazas más céntricas (que está a tan solo unos minutos de la cafetería). Allí pregunto cómo llegar a la estación y llego a la conclusión de que lo mejor es coger el tranvía. Para llegar a la primera parada tengo dos opciones: tomar el metro o andar media hora. Elijo la segunda opción, porque las calles por las que tengo que andar son céntricas, y al final se trata de eso, de ver la ciudad. En el momento de tomar la decisión no tuve en cuenta dos factores que serán determinantes a lo largo del día: el tremendo calor y el peso de las mochilas. El paseo de media hora se convierte en un auténtico calvario. No he comido nada (y en Sofía tampoco me maté a comer precisamente) y no dejo de beber (al menos el agua embotellada es barata). El resultado es que mis fuerzas desaparecen, que me muevo a medio kilómetro por hora y que tengo que parar en cada esquina a tomar aire. Bueno, no está mal, es una visita tranquila.

Las calles están llenas de gente, a pesar de ser lunes. Hay muchos turistas, pero la mayoría son nativos, o eso creo por la forma que tienen de vestir, de moverse, de andar sin mirar a los lados. Es una ciudad muy viva, con mucha luz, con mucho color. Mola estar aquí, aunque molaría más tener la puta mochila metida en una taquilla y tener un billete de autobús en el bolsillo.

―Un poco de paciencia, leche. Sigue avanzando y deja de quejarte, coño.

Dejo la zona comercial y me voy adentrando en calles de teterías, puestos de frutas y kebabs. No puedo evitar desviarme del camino, dar algunos rodeos, porque las calles me invitan a ello. Además, no sé si voy a tener la oportunidad de volver. El tiempo pasa y algo me dice que para cuando tenga el billete me va a faltar el tiempo o las fuerzas para volver. Antes de llegar a la estación del tranvía, hago una parada para comer. Son casi las cinco y no aguanto más sin meterme entre pecho y espalda uno de esos kebabs que llevo viendo (¡y oliendo!) desde que llegué. Acompaño con unos pimientos asados y una Efes. De postre, un cuarto de piña y un cafelito (querría fumar para pillarme un puro). A ver quien es el guapo que se levanta ahora de la terracita fresca en la que estoy, se echa al muerto en la espalda (no sé qué coño llevaré para que pese tanto, si solo la abro para cambiarme de camiseta y calzoncillos). Creo que paso, que le den a la vuelta al mundo, yo me quedo aquí echando otra Efes.

Llego a la estación, me subo en el atestado tranvía y en un periquete estoy en la parada que me indicó la chica de información al turista.

―Cerca de esta parada, concretamente en esta calle, tienes varias empresas de autobuses que tienen trayectos internacionales. Podrás tomar uno que te lleve directo a Damasco ―me dijo de mala gana.

―Gracias. Que tenga un buen día, que se le ve enfadada.

Grrrr ―me responde enseñándome el colmillo.

Pregunto por la calle y cada uno me dice una cosa.

―Ve al norte.

―Ve al sur.

―Ve al este.

―Ve al oeste.

Creo que la gente no me entiende y responde lo que le sale de los cojones con tal de no reconocer que no me han entendido. Total, lo único que digo es «bus Damasco». Cuando me miran con esa cara de palo, hago algunas combinaciones con «bus», «bas», «autobus», «Damasco» y «Damascus». Creo que alguna de esas combinaciones tiene que ser la buena. Por fin llego a una zona donde hay autobuses y pregunto al guardia. Sabe inglés y me explica que si quiero ir a Damasco me tengo que ir a la estación central de autobuses (¿dónde coño estoy entonces?). Tengo que volverme, tomar el metro y bajarme en la parada Otogar. El tipo confunde mi expresión de me cago en Alá con no me entero abuelo, así que me lo apunta todo en un papelito. Puedo distinguir los nombres de las paradas de metro (la más cercana y la de destino) y «Siria». Luego algunas palabras ininteligibles (más tarde me comentarían que la parte ininteligible decía algo así como «por favor, ayúdeme a llegar aquí. Gracias»). El abuelo es un puto crack.

Salgo a buscar la parada de metro con la impresión de haber caído en la calavera del juego de la oca. En la plaza Central, donde empecé el calvario, había una parada de metro, subterránea y fresquita. Si Miss Mal Día me hubiera indicado bien, me habría ahorrado algunas horas. Sin embargo, dadas las circunstancias, ya me conformo con llegar a comprar el billete, aunque tenga que hacerlo cinco minutos antes de que salga el autobús.

―Vamos camino de la estación de autobuses ―dijo el alemán.

A estas alturas ya deben de estar llegando a Damasco.

Llego a la parada de la estación. Un tipo me dice que solo tengo que bajar unas escaleras y ya estoy allí. Lo dice mientras, con su mano, hace el gesto de subir escaleras. Creo que es disléxico o que tiene más problemas con el inglés que yo. Subo las escaleras (claro, vengo en metro) y me encuentro una estación. Es del estilo de las de Sudamérica, con un montón de oficinas con enormes carteles y comerciales captando viajeros. A mí me capta rápidamente un tipo con cara de turco. Me da la mano cortésmente y me pregunta dónde voy. Le doy el papel.

―Sígueme.

No me fío. Le arranco el papel de la mano y me tomo un minuto mirando carteles. El turco espera y me dice tímidamente que si quiero ir a Siria solo tengo que seguirle. ¡Qué coño! Vamos allá. Total, no debe de medir más de uno sesenta. Me lleva a una de las oficinas, donde me reciben como si fuera el majarahá de Kapurthala. Son las siete de la tarde y el autobús sale a las nueve y media. Estaremos en Damasco a las nueve de la noche del día siguiente, veintitrés horas y media después. Mientras tanto, tengo dos horas para visitar la ciudad y estoy en el culo de Estambul (ni siquiera salimos en el mapa que me dio Miss Mal Día. Quizás por eso prefirió mandarme a otro sitio.

Me tomo un tiempo muerto y concluyo que paso de patear más, que la ciudad es preciosa y apenas he visto nada, pero eso no voy a poder cambiarlo en dos horas (solo podría cambiarlo volviendo, cosa que pienso hacer algún día), así que voy a buscar un barrio chungo, dentro del barrio encontraré una tetería y voy a tomarme un té moruno ardiendo. Ese es el plan.

La ejecución no puede ser más certera: consigo todo lo anterior y además añado una puesta de sol en el mar de Mármara. El calor ha empezado su tregua diaria y de buena gana me quedaría aquí. Ahora, cuando el sol se está poniendo y la tarde viene fresca, cuando mejor se está, tengo que largarme. Porca miseria. En otras ciudades haciendo tiempo y aquí deshaciéndolo. Resignación.

Llego al autobús con diez minutos de adelanto y me acomodo. Está prácticamente vacío ―solo hay tres tipos más―, pero me ha correspondido un asiento al lado de uno de ellos. Y de pasillo. Le pido al revisor que me cambie, pero estamos ante el gilipollas de la semana y no hace otra cosa que señalar mi sitio. Hago memoria y veo que ha sido un día en el que solo me ha faltado montar a caballo: llegué en tren, tomé un taxi, caminé, tomé el tranvía, tomé el metro y me voy en autobús.

Arrancamos cuando ya casi es de noche. Nos sirven un café y descubro una costumbre del lugar. Cuando terminamos de tomar el café y el tipo ha recogido los vasos, viene por el pasillo con un gran bote de colonia. La gente le ofrece sus manos y él echa un generoso chorro. Todos se frotan las manos y alguno el cuello. Yo hago lo propio, quiero integrarme.

Pero ahora, lo que quiero es escribir. O mejor dormir. Sí, mejor dormir.

1 Completo.