Lunes, 29 de junio de 2009

Solo con ver de nuevo la sonrisa de Valérie y su esbelto cuello, decido que ha merecido la pena la noche de perros que he pasado. Lleva ya un buen rato en el locutorio tratando de quedar con unos amigos, así que cuando yo llego ya está terminando. Trazamos un plan para pasar el día, donde lo primero de todo es sacar mi billete. Lo hacemos y nos vamos al centro a pasear. Solo llevamos unas horas, pero ya nos movemos como peces en el agua por las peligrosas calles de los alrededores de la terminal de autobuses; el centro no está lejos.

Es temprano y me siento bien. Las calles del centro histórico son mucho más seguras, bonitas y, desde luego, huelen mejor. Tomamos unos zumos y unos pasteles de chocolate, nos sentamos en un parque, hacemos unas fotos, esquivamos algunos limpiabotas y acabamos por llegar a la oficina de turismo. La chica que nos atiende es realmente guapa. Nos proporciona un mapa y nos recomienda algunos sitios para ir. También se encarga de señalar una parte del mapa y dibujar una enorme equis.

―Por esta zona no debéis ir nunca, que no hay gente buena ―nos advierte.

―Justamente ahí es donde tenemos el hotel ―respondemos entre risas.

Tenemos poco tiempo, así que vamos descartando destinos y ordenando las cosas que no nos queremos perder. El primer sitio donde queremos ir es a la ciudad de la mitad del mundo para hacernos una foto en la raya que separa el hemisferio norte del hemisferio sur. Para ir hasta allí debemos coger el trolebús. Es una especie de cruce entre un metro y un autobús. El funcionamiento es exactamente igual al de un metro pero, sin embargo, los vehículos son autobuses normales que van por las calles como cualquier otro. Los conductores van cantando las paradas a pulmón y el resultado es perfecto. Durante todo el día lo estaremos usando y nunca tendremos ningún problema. Me encantan las ciudades en las que el transporte público funciona tan bien y te facilita tanto la vida.

En la última parada del trolebús debemos bajarnos para tomar un autobús de línea normal que tiene como última parada «la mitad del mundo». Este autobús me resulta un tanto curioso. En primer lugar, nadie paga al entrar. El conductor nos invita a que entremos y tomemos asiento y nos insiste en que no nos preocupemos por el dinero. Más tarde, un tipo flacucho con la camisa abierta ―lo suficiente para enseñar su pecho―, pasará por los asientos cobrando a cada uno lo suyo. Lleva un fajo de billetes en una mano y una pila de monedas en la otra y es capaz de mantener la verticalidad en el autobús a pesar de los muchos tumbos que va dando.

Cada vez que llega una parada, el conductor se pone a cantarla usando un tono muy parecido al que usaban los vendedores de boletos del terminal. Al mismo tiempo, el cobrador del pecho descubierto se asoma a la puerta ―sacando medio cuerpo― y grita a la calle el destino del autobús.

―¡La mitad del mundo, la mitad del mundo! ―grita a la gente.

La puerta siempre permanece abierta, lo que hace que la gente se suba y baje en marcha, y permitiendo al cobrador sacar su cuerpo y ponerse a gritar siempre que quiera. Pienso para mí que, a pesar de no ser un sistema muy ortodoxo, lo cierto es que funciona.

En poco menos de una hora hemos llegado al norte, donde se encuentra la ciudad del fin del mundo. Quito es una ciudad alargada, y casi la hemos cruzado de punta a punta entre el trolebús y el autobús, pero al final estamos donde queríamos. El lugar no es nada del otro mundo, y nos sorprende la ausencia de turistas extranjeros. El recinto se encuentra casi desierto y las pocas personas con las que nos cruzamos tienen aspecto de ecuatorianas. Estamos a dos mil cuatrocientos metros de altitud y creo que es eso lo que me ha provocado el dolor de cabeza que me persigue desde hace un rato.

Tengo un neceser lleno de pastillas, cremas y otros ungüentos; tengo vendas y hasta condones, pero no tengo un maldito comprimido de paracetamol. Damos unas vueltas, hacemos unas fotos, compramos unas postales y nos volvemos al centro tomando de nuevo el fantástico transporte urbano.

Estamos buscando asiento en el trolebús cuando se nos acercan dos niñas pequeñas que parecen hermanas. Van vestidas con andrajos y tienen las caritas sucias y los pelos enredados. Cada una de ellas tiene una bolsa de caramelos que venden a cinco centavos. Nadie les hace caso y yo me pregunto qué nivel de dureza debe tener un corazón para ignorar a dos niñas que venden caramelitos. Solo de imaginar a la pequeña María, la hija de mi gran amigo Sergio, vendiendo caramelitos en un metro se me cae el alma a los pies.

En todo Centroamérica, y ahora en el sur, es bastante habitual encontrar a niños vendiendo cosas absurdas o limpiando botas, pero la mayoría de las veces no me afecta tanto como me afectaron las dos hermanitas vendiendo golosinas. Me pregunto por qué ocurre así, por qué a veces soy capaz de ignorarlos y otras no. Me pregunto, además, cuál es la situación que prefiero. Sea como sea, mi obligación, como la de ellos y la de cualquiera, es seguir adelante. The show must go on.1

Después de las dudas, hago lo necesario para pasar el trago, y a otra cosa mariposa: les compro unos cuantos caramelos y les regalo uno a cada una. Me aseguro de abrir el envoltorio para obligarlas a comérselo y que no los vuelvan a revender. Aceptan los caramelos pero ni siquiera sonríen o muestran el más mínimo gesto de agradecimiento. Tan solo agarran el caramelo y se largan sin mirarme. El resto del trayecto lo haremos en silencio.

El día transcurre y seguimos visitando sitios y comiendo en los baratísimos puestos de fruta. Conocemos a unas australianas con las que compartimos taxi, hablamos con la gente del lugar, subimos al mirador y pateamos el centro de la ciudad. Tenemos pendiente buscar hostel a Valérie, que se quedará en Quito al menos unos días más y, por supuesto, no tiene la más mínima intención de seguir en los caminos del sol. Ha buscado por Internet uno que parece cool, como le gusta decir, pero debemos encontrarlo y comprobar si tienen alguna cama libre.


Dos promesas

Pero antes, en una de las calles más comerciales del centro, nos topamos con un local que se dedica a vender pendientes y hacer tatuajes. Entramos para preguntar cuánto tiempo se necesita para poner un pendiente y me dicen que es inmediato, que solo son dos minutos. Decido ponérmelo para cumplir con la tradición de los marineros que cruzan por primera vez el ecuador. Según Cameron, el capitán del velero que conocimos en Panamá, aquel marinero que cruza el ecuador por primera vez tiene dos opciones: ponerse un pendiente o raparse la cabeza. Me gusta más la primera opción, así que le digo al tipo que adelante.

―¿Qué oreja prefiere?

―No sé, me da igual ―respondo―. ¿Cuál prefieres tú, Valérie?

―No sé.

―Yo lo tengo en el izquierdo ―me dice el muchacho que se va a encargar de la operación.

―Vale, pues el izquierdo entonces ―respondo mientras trato de recordar algo que me dijo una vez mi tía Ana acerca de que los hombres con pendiente en la oreja derecha son maricones; aunque quizás fuera la izquierda.

(¡Clac!)

El muchacho ha accionado una especie de pistola cargada con un pendiente que yo mismo he elegido, y listo. No he sangrado nada, no me ha dolido y no se me ha hinchado. Me recomienda que me lo lave con asiduidad y que lo mueva de vez en cuando, al menos durante cinco días. Luego ya podré ponerme el que quiera. Calculo inconscientemente dónde estaré yo dentro de cinco días, pero no llego a ninguna conclusión. Salgo del lugar y me doy cuenta de que ni siquiera me he mirado a un espejo. Aún pasarían algunas horas antes de que me llevara la sorpresa de verme con un pendiente en la oreja.

―Busquemos tu hostel.

―Si no quieres, no es necesario, ya lo buscaré yo cuando tú te vayas.

―De eso nada; prefiero irme dejándote instalada. No me gusta que te quedes sola en nuestro pútrido hostal.

Vamos a recoger nuestras mochilas, que durante todo el día han tenido la amabilidad de guardarnos en los caminos del sol y, mapa en mano, nos encaminamos a buscar The Secret Garden2, el hostel que Valérie ha encontrado por Internet. Después de un rato en trolebús y otro tanto pateando empinadas calles de barrio con olor a pan, a fruta fresca y a incienso, llegamos al sitio.

Es realmente cool. Está decorado con un estilo hippie muy divertido. Es limpio y fresco. Tenemos que subir tres pisos por estrechas escaleras para llegar a la azotea, que es donde tienen la recepción. Allí tienen una terraza donde varios mochileros toman copas escuchando música reggae. Las vistas de la ciudad son magníficas. El sitio es perfecto, aunque tiene el inconveniente de no contar con ninguna cama libre.

Me alegro entonces de haber venido a acompañar a Valérie, porque si hay que buscar donde pasar la noche, siempre viene bien algo de compañía. La chica del hostel nos recomienda un hostal que hay cruzando la calle. Si bien no es tan alegre como el primero, también está muy bien. Tiene una habitación individual, tiene Internet, sala de televisión, buen ambiente, es limpio y, lo que es más importante, tiene cocina.

―No puedes irte sin cumplir tu promesa ―me dice con tono gracioso.

Le prometí que le haría una tortilla de patatas y es el momento perfecto para cumplir mi palabra. Son más de las cuatro de la tarde y aún no hemos almorzado. Mi autobús sale a las ocho, así que tenemos tiempo de sobra, y el barrio está lleno de tiendas de comestibles.

―Te vas a enterar, colega ―le digo.

Bajamos y hacemos la compra en un santiamén: una patata enorme, tres cebollas, cuatro huevos, una botella de aceite y una bolsita de sal. La cocina está situada en la azotea del edificio, que tiene tan buenas vistas como las de The Secret Garden, aunque sin música reggae.

Cocino la tortilla y me sale rica, aunque se me pega un poco por culpa de la sartén vieja y abollada. Disfrutamos de un último ratito juntos sentados a la mesa, en una azotea de Quito con excelentes vistas, comiendo una sabrosa tortilla de patatas con unos plátanos de postre. Me va a dar mucha pena tener que despedirme, pero no me queda otro remedio, así que decido adelantarlo e irme un rato antes para evitar la noche.

Los días que he pasado al lado de Valérie han sido los mejores del viaje, y así se lo digo. Creo que los planes de quedar en el futuro, en la pequeña Europa, que se recorre en un día, son ciertos, no son dichos por decir. Creo que volveré a verla pero, por si acaso me llevo un último beso.

El camino de vuelta a la estación lo hago sin problemas, y en media hora ya estoy de vuelta en el nauseabundo inframundo de la terminal de autobuses. Antes, me he pasado por el hostal para recoger mi mochila. En agradecimiento al trato recibido, le digo a la chica que le regalo uno de los escudos de la mochila.

―Son ciudades que he visitado. Escoge el que más te guste ―le digo.

―Este ―me responde señalando el escudo de Praga.

Lo arranco de un tirón y se lo pongo en la mano. Creo que le ha hecho ilusión.

Llego con casi dos horas de adelanto, pero no me importa porque las puedo dedicar a leer o escuchar música. Pago veinte centavos de impuestos para poder acceder a la zona de andenes y allí me busco acomodo en un banco. Se supone que esta zona está limitada a gente que ya tiene su billete, pero sigue llena de tipos cantando destinos, vendedores y yonquis.

Me fijo en uno de ellos por tener un aspecto singular. Es pequeño y encorvado, lleva una chaqueta que le queda tan grande que las manos no le asoman por las mangas. Arrastra los bajos del pantalón y lleva los brazos colgando de los hombros. Da la impresión de que es un hombre que ha sido reducido dentro de la ropa. Tiene un bigote largo, que sobrepasa un poco la comisura de sus labios y su labio inferior se sitúa por encima del superior, confiriéndole un gesto de hombre peligroso. Sin embargo, por su forma de andar arrastrando los pies, puede verse que es un pobre diablo.

Susurra los nombres de los destinos con la misma fe que un ateo, y pienso que seguramente viviera otros tiempos, y que seguramente a veces se preguntará cómo llegó hasta donde está ahora.

Aprovecho el rato que me queda para hacer balance de la situación del viaje. Aunque las cuentas que hicimos Valérie y yo parece que cuadran, no las tengo todas conmigo. Sobre todo me preocupa el viaje entre Lima y Santiago de Chile. No tengo claro que ese viaje pueda hacerse en tan solo dos días y más allá de eso, temo que me fallen los enlaces. Hasta ahora he tenido mucha suerte y siempre he tomado el autobús adecuado en el momento adecuado. Incluso hoy, con lo que ha llovido, voy a coger el autobús que más me interesaba, que es el que viaja de noche.

Lo que no tiene marcha atrás es la renuncia a visitar Bolivia, un lugar que tenía mucho interés en ver. También tendré que renunciar al Machu Picchu y al lago Titicaca. Ni siquiera sé cuánto tiempo podré pasar en Lima. No quiero sacrificar tiempo de estancia en la Córdoba argentina con mis tíos, porque creo que merecen al menos una visita de dos días.

Hace ya un buen rato que es noche cerrada. Sigo esperando mientras contemplo el caos de autobuses que tratan de salir del terminal a costa de los demás. Son los propios vendedores de destinos los que organizan y desorganizan el tráfico.

Es la ley de la jungla.

Acudo a la ventanilla para preguntar si saldremos a tiempo y me encuentro ante el mismísimo Michael Jackson en persona. No puedo ocultar mi cara de sorpresa y posterior vergüenza. Lleva un gorro negro por debajo del cual sobresale un mechón de pelo que le cae por la frente y por encima de unas enormes gafas de espejo. Tiene la cara blanca a base de maquillaje y un esparadrapo le sujeta la nariz para mantenerla respingona y afilada. Tiene los labios pintados. Es el puto Michael Jackson de cuerpo presente. Ni siquiera puedo preguntarle nada; sencillamente me vuelvo a mi sitio.

Al poco tiempo llega el autobús y me incorporo a los pasajeros que ya había. Desde que decidí viajar en clase económica me encuentro con auténticos engendros de autobuses. Este es uno de ellos. No tiene aire acondicionado y los asientos son tan estrechos que apenas me cabe el portátil sobre las rodillas. Me siento junto a la ventanilla y, a mi lado, hace lo propio un tipo con bigote. Cruzando el pasillo están su mujer y su hijo. Viajan a ver a su madre, según me cuenta. Mientras charlamos y un vendedor ambulante trata de hacernos creer que necesitamos un DVD con el reggaetón del chavo del ocho, llega una señora que quiere ocupar el asiento del señor del bigote. Utiliza ademanes un tanto bruscos para hacerle ver que ese sitio le corresponde a ella, que tiene el boleto para demostrarlo. El pobre diablo no sabe qué hacer. Le ofrece el asiento que le corresponde a él, el número cuatro, pero ella se niega: quiere su sitio. Intercedo ofreciéndole el mío y, tras pensarlo como si la vida le fuera en la decisión, acepta. Me largo al asiento número cuatro, en la primera fila. Delante de mí, un cristal opaco está pegado a mis rodillas. A mi izquierda, dos monjas. A mi derecha, una monja. En el horizonte, doce horas de curvas.

―Hoy por ti, mañana por mí ―pienso mientras busco acomodo.

1 El espectáculo debe continuar.

2 El jardín secreto.