Lunes, 27 de julio de 2009

Después de exactamente ciento treinta y dos horas de viaje en tren (hemos llegado con dos minutos de adelanto según el reloj que hay en una de las farolas del andén), al fin estoy en la estación de ferrocarriles de Moscú. Atrás queda el transiberiano y por delante tengo un montón de trabajo. Casi seis días sin Internet han hecho que se acumulen algunos textos del blog que deben ser publicados. Además, tengo que trazar un plan para esta última fase del viaje, estas últimas tres semanas. La parte de Europa del este es fácil y ya está decidida, pero la parte árabe tiene aún muchas lagunas. África la dejo para el final, es demasiado pronto para planificarlo. Pero antes de todo eso, tengo que encontrar un sitio con Internet para enviar la solicitud de ingreso en la universidad. Justo antes de subirme al tren en Pequín, mi hermano me avisó de que el plazo de inscripción acababa el lunes a las dos de la tarde. Ahora mismo es lunes y son las tres de la tarde. Por fortuna, en Moscú llevamos dos horas de adelanto, así que tengo cincuenta y nueve minutos para buscar un sitio donde conectarme y rellenar la solicitud. Siempre igual, con la hora pegada al culo. Después de eso, buscaré el hostel que reservé hace una semana. Creo que dedicaré el resto del día a poner en orden el blog, leer los comentarios, responder a los correos, hacer alguna llamada telefónica y, en definitiva, volver a tomar contacto con la realidad. Seis días prácticamente incomunicado son demasiados.

Nada más llegar, sé que la cosa no va a ser fácil. Cuando en una estación de tren internacional no ves ni un solo letrero en inglés, sabes que la cosa se va a complicar. Pensaba que, después de haber pasado por Japón, Corea y China, estaba de vuelta de todo y que nada podría pararme (acaso el árabe, pero eso es el futuro lejano). No pensaba que Moscú fuese a suponer un problema, pero está claro que así es.

―Está bien, como dice la pequeña María, vayamos «potito a poto» ―me digo a mí mismo (la costumbre de hablar solo la he adquirido en el tren)―. Lo primero es encontrar Internet.

Encuentro la sala de espera por pura intuición, porque los hoscos letreros no están de humor; ni siquiera me dan una pequeña tregua en forma de icono. Ahí está, es realmente enorme. Cruzo los dedos y enciendo el ordenador. Encuentro una red abierta, aunque no llega con demasiada potencia. Eso no es un problema, porque puedo moverme con el portátil en la mano buscando la fuente, lo he hecho otras veces. Moscú no es una excepción y la gente se me queda mirando.

―¿Has visto al flipado ese de las barbas? ―parecen decir.

Bien, he conectado. Creo que tengo tiempo de enviar la solicitud. Juraría que tengo la dirección de la página de inscripción en el correo, veamos… ¡Zas!, en toda la boca, la red es de pago. Malditos rusos capitalistas, pronto han aprendido. A tomar por culo, si hay una red de pago, no merece la pena esforzarse en buscar una gratis. La página que me invita a introducir usuario y contraseña está en perfecto cirílico (lo de usuario y contraseña lo deduzco de las dos casillas que se muestran en el centro de la pantalla). Póngase usted ahora a meter los datos de la tarjeta de crédito en sabe Dios dónde. Vale, el año que viene no empezaré periodismo, otra vez será. Casi mejor, así tendré tiempo para otro par de proyectos que tengo en mente.

―¡Bah! ―dijo la zorra―. De todas formas las uvas estaban verdes.

Fracasado mi primer objetivo, me centro en el segundo: sacar el billete de tren a Kiev, la capital de Ucrania. Creo que esto será más fácil. Mientras buscaba la sala de espera he pasado por delante de las ventanillas de venta de tickets y ahora me dirijo a ellas. En cada ventanilla hay un rusa de mediana edad. Todas son rubias, todas van uniformadas, todas tienen el mismo tono (y corte) de pelo y todas se han pasado esta mañana con el maquillaje. Solo las diferencio por el grosor de sus mofletes. Busco directamente a la más gorda, me dan buen rollo las rusas gordas; no pregunten.

English? ―pregunto inocente.

Por supuesto que no. Bueno, da igual. Tengo mi atlas de bolsillo y le muestro el mapa de Ucrania. Le señalo Kiev mientras trato de imaginar cómo se pronuncia en ruso. Parece entenderlo sin problemas; empieza a hablarme. Supongo que me estará preguntando que para cuando lo quiero, que si quiero ventanilla o pasillo, etcétera, pero claro, no me entero de nada. Me encojo de hombros y me alegro de que ese gesto sea universal, o que al menos se use en Rusia. Sé que es así porque lo hacía el muñequito ruso del Tetris cuando terminaba de bailar (creo que después de la quinta fase), y un largo bastón trataba de llevárselo del escenario sin éxito. El Diego, así bautizamos los chicos del instituto al bailarín ruso.

Mrs. Makeup lo ha captado, así que toma un papel y me escribe dos cifras que parecen horas: 22:30 y 23:23. Me pasa el papel, al que añado una fecha: 28/07/2009 (afortunadamente no hay posibilidad de que confunda los días con los meses). Trazo un círculo a la fecha que yo mismo he escrito y a las 22:30. No sé bien por qué lo he hecho, porque antes de salir de Pequín ya estuve buscando trenes en Moscú y decidí que la mejor hora era las 23:23, con llegada a Kiev a las ocho de la mañana. Por la noche comprobaré que me pasé de listo, pues el tren de las 22:30, a pesar de salir casi una hora antes, llega a Kiev a las once y media de la mañana. En fin, no pienso torturarme por eso.

Antes de que imprima el billete, hago una comprobación de rigor, y le enseño la tarjeta de crédito. Niega con la cabeza. No me jodas, solo aceptan efectivo y no tengo ni un solo rublo, por supuesto. Parece increíble que en la estación de tren internacional de la capital de Rusia (podría haber sido la capital del mundo si no llegan a tragarse que los americanos pisaron la Luna) no acepten la Visa. Eso sí, Internet lo cobran. Vale, no nos calentemos, mantengamos la cabeza fría, que estamos en Moscú (veinte grados, por cierto). Busquemos un cajero. Los bancos nunca fallan si pueden ganarse una comisión. Ahí están. Le digo a la rubia que vuelvo enseguida; de su gesto deduzco que, por lo que a ella respecta, puede picármela un pollo.

Introduzco la tarjeta y busco, con cierto desespero, lo confieso, un botón que ponga English, pero no aparece. Cirílico y más cirílico. Vaya, no es mi día, y no es cuestión de ponerse a teclear a lo loco con mi tarjeta de crédito dentro de la ranura. Quien sabe si acabo donando toda mi pasta al partido revolucionario bolchevique. Tengo que buscar ayuda, no me queda otra. Hago una rápida encuesta sobre el uso de un segundo idioma en la población moscovita. Mi universo es variado: mujeres, jóvenes, morenas, guapas. El resultado es desolador. De los primeros veinte intentos, ninguno de los presentes habla ni una palabra del idioma de Shakespeare. No puedo desesperarme porque no tengo otra opción. A veces viene bien no tener más que una opción, porque te centras en ella y no desperdicias tiempo ni energía pensando que quizás deberías probar otra. Sigo buscando hasta que obtengo mi recompensa. Una guapísima rusa, de pelo negro y ojos claros y gatunos, alta como el Empire State, habla «a little English». Le cuento mi problema en pocas, escogidas y pronunciadas muy lentamente palabras y me entiende.

―Si quieres sacar dinero de ahí, lo vas a tener difícil. Eso es una máquina expendedora de tickets del tren de cercanías ―me dice riendo.

―Ya lo sabía, solo quería comprobar que sabías ruso ―respondo con humor español mientras río con ella.

A unos metros de la máquina expendedora, un cajero de los de verdad, de los que sueltan pasta. Introduzco la tarjeta e invito a mi nueva amiga a que tome los mandos. Pulsa uno de los botones con su gracioso y larguísimo dedo, uñas moradas con purpurina. La siguiente pantalla me muestra un enorme botón de color verde gritón.

ENGLISH

―Vaya, ¡ese lo conozco! ―le digo más alegre que un niño―. ¿Por qué coño no ponen esta pantalla la primera, si puede saberse? ―le pregunto en español (desde que estoy en el extranjero digo muchos tacos, tengo que corregirme).

Ella se encoge de hombros y se retira discretamente. Ahora tengo el poder. Clic, clic, clic, clic. ¿Qué cantidad quiero sacar? D’oh! ¿A cuánto se cotiza el rublo? Haz memoria Pedro, seguro que lo sabes. En Japón consultaste Corea, China, Rusia y Ucrania. Vamos, tú puedes. No te dejes liar por los veinte países por los que has pasado, tú puedes. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, llego a la conclusión de que eran unos cincuenta rublos por euro, pero no estoy del todo seguro. Debí haber preguntado a Mrs. Makeup el precio del billete y sacar, por ejemplo, el doble. ¡Bah!, la suerte sonríe a los audaces. Sacaré cien euros, suficientes para el tren, el hostel y pasar un par de días. De sobra, espero. Cinco mil rublos. Conforme salen de la máquina recuerdo que tengo cuarenta euros en billetes mongoles (vaya usted a saber por qué los cambié). Tendré que cambiarlos a rublos, y ciento cuarenta euros es demasiado; debo andar con ojo y no gastarlo todo. Cuando te manejas con moneda extraña es fácil despilfarrar, pierde uno la noción del valor del dinero.

Vuelvo a las taquillas. Hay algunas libres, pero prefiero hacer cola para volver con mi querida y oronda rubia.

―Ya tengo la pasta. ¿Me harás más caso ahora? ―le digo sin abrir la boca, tan solo dándole forma a mi sonrisa.

Mil seiscientos rublos, unos treinta euros, no está mal. Es un viaje de ocho horas. Me pregunto si estará todo correcto, y confío en que así sea. Tengo en mis manos un papel impreso con un montón de símbolos extraños, con erres del revés y algunos pis. Confío en mi chica. Bien, ya estoy en disposición de irme al hostel. Tengo todo el tiempo del mundo. He decidido que hoy no voy a hacer nada, que me voy directo al hostel y que dedicaré la tarde a preparar un poco el viaje. Por suerte, desde el cajero pude ver, a través de la ventana, una enorme M roja que enseguida identifiqué como parada de metro. Me acerco y voilà.

Bajo las escaleras con paso firme y busco un mapa. ¡Olé!, está en cirílico pero subtitulado en alfabeto occidental. Es ruso, pero suficiente para poder buscar mi parada destino, que tengo debidamente anotada: arbatskaya. Ahí está. Ahora solo necesito saber dónde leches estoy. Paro a un par de personas, pero nadie sabe inglés. Da igual, será suficiente con gestos. Basta con señalar el suelo, luego señalar el mapa y concluir la actuación con un elegante encogimiento de hombros, como lo haría Diego, el bailarín. Vaya, no funciona. Dos intentos y nada. Joder, debería ser suficiente: señalo suelo, señalo mapa, me encojo de hombros: «¿dónde está esta estación en el mapa?».

Bueno, pasemos al plan B. Busco el nombre de la estación en la que estoy. En la pared que tengo frente a mí, encuentro un enorme cartel con un nombre en cirílico y decido que será ese el nombre de la estación. Ahora solo falta ponerme a comparar con todas las paradas del mapa; una a una, con la paciencia de una hormiguita. Un segundo, podemos optimizar el algoritmo buscando solo en las paradas de la línea roja (el cartel tiene fondo rojo). Veamos, termina en erre al revés y tiene una ene al revés. Creo que bastará. En unos minutos la tengo, aquí está, ¡justo al lado de una enorme flecha roja que la señala! Solo está a cinco paradas de mi estación, en línea recta. Bueno, en realidad la estación destino es una donde confluyen cuatro líneas, así que tendré que hacer un trasbordo, pero nada importante, me manejo bien en los metros, incluso en los rusos. Lo mío son los colores.

Entro en la estación y bajo unas escaleras que me llevan al infierno, directamente al lago helado de Dante. Esto me recuerda aquel par de días maravillosos en Praga con Gustavo y Jessi, aunque aquellas escaleras solo llegaban hasta el centro de la Tierra. Cuando llego abajo no puedo hacer otra cosa que quedarme parado embobado admirando el techo. Había olvidado las maravillosas paradas de metro moscovitas. Un día de Dios sabe cuándo, alguien me mandó un enlace a un álbum de fotos de paradas de metro de Moscú. Era algo alucinante y ahora estoy en una de ellas. Me apunto mentalmente que mañana debo dedicar un par de horas a pasearme por las paradas de forma aleatoria. Creo que tengo un dado en la mochila.

Me despierta de mi éxtasis un moscovita con prisa que me atropella (¡quita coño!). Vale, el objetivo es el hostel, ya admiraremos las paradas mañana. Ahora me conformo con admirar la belleza de las rusas. Son aún más preciosas que las japonesas, no puedo creerlo. Podría cruzarme con Anna Kournikova y eso no garantizaría que la siguiera con la mirada. Estoy rodeado de annas kournikovas, de sharapovas y de irinas shaykhlislamovas. Parezco un chino mirándolas mientras babeo.

Las indicaciones de la web para llegar al hostel son certeras. Está algo escondido, pero acierto a la primera. Es un enorme piso, un dúplex, cuyas ventanas dan a dos calles distintas. Tiene cinco o seis dormitorios, cocina, áreas comunes, Internet. Es acogedor, todo es nuevo, todo Ikea. Me reciben bien, me llaman por mi nombre, me ofrecen café y me invitan a bajar al bar, que justo iban a tomar una cerveza. Me hubiera gustado bajar, entre otras cosas porque el ofrecimiento viene de dos rusas de metro noventa, morenas como Dios. Declino la oferta, necesito la tarde para planificar, ¡no puedo liarme! Santo cielo, lo he hecho, he dicho que no. ¡No puedo creerlo!

Acepto el café, eso sí. Me lo tomo sin siquiera sentarme y me sirvo otro. Solo hace unas semanas que soy adicto al café y ya me comporto como Lloyd Bridges en Aterriza como puedas. Me acomodo frente a una ventana que da a la calle principal, a Novy Arbat. Es muy movida y colorida, me gusta. Estoy en un quinto y la vista es agradable. Hago algunas llamadas, chateo un rato con los amigos y entonces caigo en la cuenta de que apenas he comido en los últimos tres días. Hoy, concretamente, medio melocotón en almíbar. Son las siete de la tarde, así que creo que merezco un bocado. Bajo a un supermercado y compro algunas cosas (arroz tres delicias, unos muslos de pollo y una decena de huevos. Sí, una decena. Si usamos el sistema decimal, lo usamos con todas las consecuencias ¿no? ¿Nadie se ha preguntado por qué los huevos se miden en sistema duodecimal? En Rusia sí, y parece que la respuesta no les ha parecido convincente).

Subo y preparo el desayuno-almuerzo-cena, la devoro y me pongo a preparar el viaje. Termino, hastiado, a las tres de la mañana. Nada me cuadra. Después de cinco horas, nada me cuadra. Incluso hago un amago de tirarme por la ventana, pero me agarran a tiempo. Tengo que tomar decisiones que van a cambiar de forma sustancial la parte final de mi viaje. Es la única forma de tener una posibilidad de llegar a casa el dieciséis de agosto, aunque tampoco me la asegura. De hecho, creo que lo tengo bastante crudo. Oriente Próximo es una putada, ya lo sabía y lo ignoré. Metí el problema debajo de la alfombra y aquí está. No hablemos ya de África. En los foros comentan que un tipo que quiso cruzar el norte de África en moto pasó ocho semanas en Egipto esperando un visado de tránsito para Libia. No tengo ocho semanas. Aun cuando llegara a Egipto, no tendría ni ocho días. Acaso ocho horas.

Me voy a la cama abatido. No estoy cansado, no tengo sueño, pero debo descansar, mañana será un día duro. Tengo que planificar una nueva estrategia, pero ninguna me parece buena.

―Lo tienes crudo chaval. Que te follen, hijo de puta ―murmura Pier.

―Muérete.

Entro en mi dormitorio. Alguien ocupa mi cama, estupendo. Trepo a la litera superior, donde me espera un colchón pelado y un nórdico sin funda, todo Ikea. Ni rastro de sábanas. Ni siquiera me planteo la posibilidad de bajarme e ir a la recepción a pedirlas. Me tumbo y trato de dormir, pero es inútil, pasarán tres horas antes de que decida levantarme. No he pegado ojo. Hoy será otro día.