Lunes, 22 de junio de 2009

El sonido del ventilador no me ha dejado pegar ojo, pero no podía permitirme el lujo de pararlo porque necesito secar la ropa. Meter ropa húmeda en una mochila es firmar su sentencia de muerte. Recojo, me visto y salgo camino de la estación. Son las cinco de la mañana y me encuentro las puertas de la estación cerradas. Tras el susto inicial y dar un pequeño rodeo, logro acceder por un sitio diferente al que usé para salir el día anterior, una puerta de atrás.

La compañía de autobuses se llama King Quality y, al parecer, es una de las mejores de toda Centroamérica. Primera clase, usada por la flor y nata del lugar. Desde un punto de vista frío y objetivo, es mucho mejor que las líneas que he estado tomando hasta ahora, pero no tiene ni de lejos el encanto de los viejos autobuses en los que me he movido. King Quality no está al alcance de la mayoría de la gente corriente, lo que hace que me esté moviendo en una atmósfera impregnada de cierto elitismo: jerséis Tommy Hilfiger, bellas azafatas de largo pelo, apuestos azafatos engominados y atentos, gente leyendo en silencio, hilo musical, mucho espacio, buen olor, aperitivos, asientos con revistas de edición propia, aire acondicionado con filtros en las rejillas, cojines, mantas, toldos para acceder al autobús, puntualidad, caras gris cenicienta. Como dice su eslogan: «la excelencia real del avión terrestre». Personalmente, prefiero los autobuses corrientes, con sus ruidos, con su mal olor, con su desorganización, su gente conversadora, sus retrasos, sus vendedores ambulantes. Sin embargo, no tengo muchas opciones; cada empresa tiene su propia terminal de carga, y me resulta muy complicado llegar a una ciudad desconocida, buscar la empresa alternativa a King Quality, encontrar su terminal, llegar hasta ella y sacar el billete. Sería gastar demasiado tiempo, y me veo obligado a ser práctico. Como dice mi amigo Sergio: si el tiempo es oro, yo soy pobre.

La terminal de King Quality en San Salvador está en una zona muy occidentalizada, rodeada de un gran centro comercial y su feliz familia de franquicias. Paso lista y están todas excepto Starbucks. Viendo esto, no tengo claro si El Salvador está más desarrollada que Guatemala o es al contrario.

Mientras subo al bus, cuento mentalmente las veces que me piden el pasaporte; cinco en total. Desde la chica de la ventanilla de billetes hasta el mozo que carga con los equipaje.

El viaje transcurre tranquilo hasta llegar al país vecino. Esta frontera es la más tranquila de todas las que he cruzado hasta ahora. Ni siquiera tenemos que bajarnos del autobús, son los funcionarios los que suben. En primer lugar, un enfermera enmascarada me pregunta si voy a extender la epidemia de influenza que está acabando con el mundo. Más tarde, la policía antinarcóticos. Son dos hombres altos, negros, con gorra y gafas de sol. Comienzan a pedir documentación, cada uno desde un extremo del autobús. Yo estoy sentado en la parte media, así que cuando llega mi turno soy atendido por los dos. No dicen ni una palabra, ni siquiera tienen que pedirme el pasaporte porque ya hace rato que lo tengo en la mano. Se manejan con movimientos tan lentos y calmados que dan la sensación de ser ficticios. Una especie de sobreactuación del papel de The quiet man1. Pienso que si llevara algo de droga encima no podría soportar los nervios de estar delante de semejantes sujetos que se toman su trabajo con tanta calma. Quizás lo hacen precisamente por eso.

Durante todo el viaje me he estado fijando en una chica que se sienta junto a la ventanilla contraria a la mía. Ha pasado la primera mitad del trayecto buscando, entre quejas sordas, una postura que le permitiera dormir un rato. Es nativa, sus rasgos la delatan, aunque su forma de vestir indica que pertenece a la clase acomodada. Menuda, morena, sexy, seductora, joven, amable, despierta, alegre, vivaracha, voz lubricada. Lleva el pelo recogido en una improvisada trenza que le cae por encima de su hombro izquierdo.

Me presento preguntándole si es de Tegucigalpa, el destino del viaje, y si es tan amable de echarme una mano, que ando algo perdido. Lo es. Se llama Michelle.

Salvamos charlando el resto del trayecto. Pasamos de los casi mecánicos temas de conversación entre un forastero y una nativa, a temas propios de colegas de siempre, para acabar contándonos la forma en la que conocimos a nuestros amores y la forma en la que los perdimos. Mientras hablamos, no deja de gesticular con las manos, con la cara, con su cuerpo. Sus movimientos, involuntarios, resultan tremendamente seductores. La forma en la que se lleva la cara externa de la mano a la boca para disimular un bostezo tiene tanta carga sensual que resulta casi obscena. Estoy encantado con ella y, por lo que a mí respecta, el autobús podría seguir hasta llegar al último callejón de la última lengua de tierra del sur de Chile. Es estudiante de arquitectura y tiene veintitrés años. Parece algo decepcionada cuando me pide que calcule su edad y doy en el clavo.

―Nadie piensa que tengo esa edad. La gente me echa dieciocho como mucho ―me dice mientras se arrepiente de haberme dicho que ella me echaba a mi veintiséis.

―No los aparentas, desde luego. Yo he dicho veintitrés por decir algo.

Llegamos a la estación y Michelle me acompaña a la terminal para tratar de ayudarme a encontrar el autobús que debe llevarme a Nicaragua. Me recomienda unas comidas que no puedo dejar de tomar, me enseña algo de jerga local, me regala un billete del país y me pide que tenga cuidado. Antes, durante los primeros minutos de nuestra larga conversación me advirtió de que debía tener cuidado porque Tegucigalpa puede ser peligrosa para alguien extranjero. Ahora, después de varias horas de charla, no me lo advierte, me lo ruega. Y lo hace de una manera que me conmueve.

―No te preocupes, estaré bien.

―Está bueno. Te guía una buena estrella.

Nos despedimos con un abrazo flaco.

Después de mucho preguntar y dar algunas vueltas, llego a la conclusión de que lo mejor es llegar al centro de la ciudad ―la terminal está muy alejada―, encontrar alojamiento y pasar la tarde paseando. El bus con destino a Managua sale a las cinco de la mañana del día siguiente.

Para llegar al centro, la forma más barata es mediante un colectivo. Se trata, en pocas palabras, de un taxi compartido. Existen unas paradas ―hay una justo frente a la estación― donde la gente se va subiendo. Cuando se completan todas las plazas, el taxista sigue una ruta fija. Por supuesto tiene parada en el centro. Durante el trayecto, mis tres improvisados compañeros pagan al conductor sin abrir la boca. Pregunto al señor que se sienta mi lado ―y que ha acomodado su codo en mis riñones― por el precio y me responde que un dólar. Imito a mis colegas y le acerco el dólar sin decir ni pío. Me sorprendo cuando veo que el conductor se gira y me devuelve cambio en moneda local. Ni siquiera lo cuento.

La zona centro y alrededores está atestada de gente. Vuelvo a tener la impresión de estar en un gran mercadillo, donde las calles de la ciudad son los pasillos llenos de puestos a uno y otro lado. Me apeo en la plaza de la catedral, probablemente el lugar más concurrido de la ciudad. Se sitúa a las puertas de la catedral y está abarrotada de hombres adultos de caras largas, probablemente desempleados. Un pastor lee la biblia en voz alta ante la desatenta apatía de la gente. Una fila de dos docenas de limpiabotas en perfecta formación trabajan a destajo. El día es soleado y fresco. Noto mis sentidos tan agudizados como lo estarían si me hubiese picado una araña radiactiva. Noto los olores de los puestos ambulantes de comida, el sonido de vida de la plaza, el frescor húmedo del día, el colorido de las casas, los coches, la gente. Por un instante me siento como si se me hubieran pasado los efectos de una anestesia que me duraba ya toda la vida, me siento como se sentiría alguien que nunca ha probado nada dulce y lame por primera vez un helado de chicle. Trato de alargar cuanto puedo este instante de fugaz euforia, pero poco tarda en desvanecerse, como un orgasmo de entre semana.

El siguiente punto del plan pasa por encontrar dónde pasar la noche (es un decir; el autobús sale a las cinco, así que tendré que levantarme a las tres y media como muy tarde). Después de dar algunas vueltas y preguntar en un par de sitios, me decido por un cochambroso hotel, a doce pavos la noche. Es algo caro tratándose de Tegucigalpa, pero no quiero perder más tiempo. Además, el recepcionista me cae bien. Se llama Franklin y se ha quedado prendado de mi pasaporte.

―En España tienen calidad hasta los pasaportes. Acá son más malos.

No tiene cambio, así que quedo en pagarle más tarde. No hay problema, está encantado. Me vuelvo al centro, cambio dinero ―para lo cual tengo que cumplir más trámites que para solicitar una beca― y entro en la catedral. Lo cierto es que no es más que una iglesia de barrio en la que no deja de entrar y salir gente. Hay misa y prefiero quedarme fuera para no molestar. Me pongo a charlar con un tipo que está en la puerta y saluda a todo el mundo que pasa. Se dedica a vender periódicos y boletos de una especie de lotería. Tengo curiosidad pero no le pregunto porque tengo la sensación de que lo hace de extranjis.

Cuando me dice que se llama Franklin me pregunto para mí cuáles son las probabilidades de que conozcas el mismo día a dos personas que se llamen Franklin. La conversación gira en torno a mi viaje. Pregunta sediento por cada uno de los pasos que he dado y que me quedan por dar hasta llegar a España. Me pide que le repita una y otra vez cuántos estados he cruzado en Estados Unidos y cómo son las americanas. Terminamos hablando de España, de la paella y de la tortilla. Todo el que pasa saluda a Franklin, y Franklin anuncia que soy español a todo el que pasa.

―Oye Pedro, dime una cosa ―-dice con solemnidad mientras se sujeta el mentón con los dedos―. ¿Es cierto eso que dicen sobre que en España todos los pueblos, por pequeños que sean, tienen buenas condiciones?

―¿A qué te refieres con buenas condiciones? ―me intereso.

―Me refiero a si tienen agua corriente, electricidad, calles asfaltadas. Ese tipo de cosas.

―Sí, es cierto. Cualquier pueblo de España tiene de todo.

―Es increíble ―dice casi en un suspiro de admiración.

Durante la conversación, se ha acercado una vieja decrépita, arrugada y encogida vendiendo collares adornados con cruces de madera. Insiste tanto que tengo que comprarle uno que guardo mecánicamente en el bolsillo.

―No te lo guardes, tienes que ponértelo. Te protegerá.

Le hago caso y me lo pongo. Lo llevaré puesto hasta Japón.

En pocos minutos, Franklin vuelve a pedirme que le cuente mi viaje, así que me invento alguna excusa para largarme. Paso el resto de la tarde paseando, admirando las tiendas enrejadas y vigiladas por hombres armados y detectores de metales. Entro en un restaurante típico, me tomo una cerveza del lugar y tomo algunas fotos. Me pierdo. Pasan las horas y cuando empieza a oscurecer, la gente comienza a recogerse poco a poco. Vuelvo a la plaza de la catedral, lugar que me sirve de referencia para alcanzar el hotel. Franklin sigue allí, así que me acerco a despedirme ―la forma en que me fui antes me ha dejado mal sabor― y a comprarle un periódico. Rezará por mí, pedirá a su dios que me ayude en mi viaje. Le doy un abrazo.

Llego al hotel, liquido mis cuentas con Franklin y charlamos un rato de fútbol. Enseguida montamos una tertulia de cinco personas en la recepción del hotel donde se habla de fútbol exclusivamente. Se está jugando la copa confederaciones y todos van con la selección española. España es la madre patria.

Subo a la habitación, cansado y con la intención de dormir algo. Una hora de ejercicio, una ducha fría ―ni me he molestado en preguntar si tienen agua caliente― y a la cama. Son las diez de la noche. Dentro de unas horas continuará mi viaje, pero ahora solo quiero sumergirme en un merecido sueño. Es imposible: el sonido del televisor de la recepción llega demasiado claramente. Están dando las noticias. Alguien ha muerto víctima de la influenza.

1 El hombre tranquilo.