Lunes, 20 de julio de 2009

A las cuatro de la mañana ya estoy despierto y aprovecho que todo el mundo duerme para ponerme a escribir un rato. No hay mucho sitio y la postura es incómoda, por lo que no tardo en aburrirme y volver a tenderme a oír música. Está lloviendo a mares, lo que hace que el autobús se mueva despacio.

Llegamos a Pequín cuando todavía es de noche, media hora antes de lo previsto. La estación aún está cerrada, aunque hay mucha gente esperando en la puerta. Al bajar del autobús sufro el acoso de gente que me ofrece todo tipo de medios de transporte. Estoy acostumbrado a ellos, pero estos son realmente insistentes. Recojo mi mochila y me dirijo a la puerta. Allí conozco a Karen. Lleva una mochila enorme sobre su espalda y tiene los hombros y brazos visiblemente quemados por el sol. Es curioso que cuando te encuentras fuera de casa, en un país tan lejano y diferente como China, te alegres de ver a cualquier persona con rasgos occidentales. Si además lleva una mochila en la espalda, es casi como encontrarse a un viejo amigo.

Karen trabaja dando clases en una universidad de Seúl. Lleva allí dos años y hasta hoy no había estado en Pequín. Va a pasar un par de semanas de vacaciones en la ciudad.

―Hablo coreano, pero nada de chino, estoy igual que tú ―responde a mi pregunta.

―En España, cuando no se entiende algo se dice que suena a chino, así que te puedes hacer una idea.

La estación abre sus puertas a las seis en punto de la mañana y no tarda más que unos minutos en llenarse de gente y de vida. Es una pequeña estación al sur de la ciudad que se encuentra en un pésimo estado de conservación. Los baños están encharcados y el hedor nos llega desde que han abierto las puertas. Necesito asearme un poco, pero no estoy seguro de que sea buena idea. Me conformo con lavarme las manos y la cara. Está todo tan inundado que no tengo donde apoyar las cosas, así que paso. Además, la humedad es terrible. Tengo el pelo completamente mojado y la ropa pegada al cuerpo. La mochila está empapada y las gotas de sudor que resbalan por mi frente acaban cayendo al suelo. Karen ha entrado al baño con unas preciosas gafas cuadradas de pasta azul y vuelve con unas insípidas lentillas.

Nuestro objetivo común es llegar a una estación de metro y, a partir de ahí, separarnos. Ella buscará la estación central de autobuses y yo la estación de tren. La chica de información nos ha dicho que no queda lejos, así que nos ponemos en marcha. Andamos despacio porque tanto ella como yo llevamos mucho peso encima y el calor nos está absorbiendo las fuerzas. Las calles están muy activas. Cientos de coches y bicicletas pasan arriba y abajo. A nadie parece afectarle el calor.

Necesitamos casi una hora para llegar a la estación de metro, que se encuentra llena de gente. Mi parada, la estación de tren, pertenece a la misma línea de la parada que hemos abordado, así que solo tengo que bajarme unos minutos después de haber subido. Me despido de Karen deseándole un buen viaje y me voy directamente al mostrador de información.

Lo atiende una señora mayor, por lo que temo que no sepa inglés, y no me equivoco. Aun así, trato sin éxito de que me diga con quién puedo hablar. Otra señora, de aproximadamente la misma edad pero que habla algo de inglés, trata de ayudarme. Me cuesta entender lo que dice porque habla demasiado rápido. Le pido que me repita más lentamente, pero lo hace exactamente a la misma velocidad. Me dice algo de un hotel, de una tienda. Lo que sí le entiendo es que en esa estación no venden el billete que yo busco, que no es otro que el transiberiano hasta Moscú.

―Los billetes internacionales los venden en el CITS1 ―me dice―. Puedes encontrar una oficina en el hotel Beijing International. Para ir a Moscú también necesitarás el visado de Mongolia, porque el tren atraviesa el país. La embajada no está lejos del hotel, puedes ir andando.

Ya tengo algo por donde empezar. En primer lugar me gustaría ir a la embajada para saber cuándo pueden tener listo mi visado y, posteriormente, comprar el billete de tren. Sea como sea, es demasiado temprano para ambas cosas, así que me centro en buscar el hotel. El mejor sitio que se me ocurre para preguntar es otro hotel porque me asegura encontrar a alguien que hable inglés.

―Hola. Estoy buscando una oficina del CITS. Me han dicho que había una en este hotel ―le miento con picardía.

―No, aquí no es. Es en el hotel Beijing International. Está aquí ¿ves? ―me responde señalando un plano que ha sacado de un cajón―. Sólo tiene que ir por esa calle, cruzar la avenida principal (es un subterráneo) y ya está. Pregunte allí.

―Gracias. ¿Puedo llevarme el plano?

―Claro, no hay problema. Bienvenido a Pequín.

A pesar de que en el plano parece que está cerca, tardo casi media hora. Son solo un par de manzanas, pero los edificios en Pequín son monstruosos. Todo es enorme en este país. Las calles tienen el ancho de estadios de fútbol y se tumban durante kilómetros. La calle principal tiene seis carriles en cada sentido. Está flanqueada por docenas de rascacielos que compiten en espectacularidad.

En el hotel me informan de que faltan casi dos horas para que abran la oficina del CITS y que la embajada de Mongolia abre aún más tarde. Es un hotel de lujo, donde chinos trajeados y con ridículos sombreros me abren la puerta para que pase. Decido irme a la primera planta de la recepción y esperar allí. Se está fresco, cómodo y tienen wifi. Me conecto para tratar de trazar el camino hasta la embajada y situar el hostel que tengo reservado. Tengo el plano que me dio la chica del hotel, el Google, direcciones y números de teléfono, pero me cuesta mucho orientarme. Que los nombres de los lugares estén en chino no ayuda, desde luego. Después de un buen rato, tengo los puntos localizados y las rutas dibujadas. Los puntos más importantes están relativamente cerca: estación de tren, oficina del CITS, embajada de Mongolia y hostel. La oficina está a punto de abrir, así que espero mientras termino de asearme. Esto ya es otra cosa: estoy en los baños de un hotel de cinco estrellas.

Comprar el billete para Moscú es simple. Lo venden directamente allí. No necesito reserva, solo soltar la pasta (en metálico, eso sí) y elegir el día. Salen trenes los miércoles y los sábados. Hoy es lunes, así que el miércoles está bien. Sale a las ocho menos cuarto de la mañana. Perfecto. Tengo dos días por delante para disfrutar de Pequín antes de tomar el tren. Durante semanas he buscado información en Internet acerca del billete del transiberiano. Todo ese tiempo y esas búsquedas no han servido de nada porque ni siquiera llegué a descubrir cuánto iba a costarme. La mayoría de las cosas que encontré eran agencias intermediarias que subían los precios hasta casi doblarlos (en algunos casos hasta triplicarlos por incorporar noches de hotel y otras actividades). Como tantas otras veces, la excesiva preparación no da más que dolores de cabeza. Lo más sencillo ha sido ir directamente a una oficina de ventas y preguntar. Ya tengo el trayecto, los lugares y horarios de las diferentes paradas, el precio y, en definitiva, todo lo que necesito. Decido no comprar el billete hasta asegurarme de que voy a tener el visado a tiempo, así que el siguiente punto es la embajada de Mongolia.

La delegación mongol está a media hora del hotel y ha resultado sorprendentemente fácil encontrarla. Todas las embajadas se encuentran en la misma zona. Es una especie de barrio residencial decorado con alambres de espino. Una pequeña cola me indica desde lejos el sitio al que tengo que ir. El trámite es sencillo: no hay más que rellenar un formulario, entregar una foto y el pasaporte. En el mismo momento deciden si te conceden el visado. Si es así, te dan una carta de pago con la que hay que ir al banco e ingresar el dinero correspondiente. En mi caso, al ser de urgencia, son unos trescientos cincuenta yuans. Mi visado estará listo para mañana martes a partir de las cuatro de la tarde. Perfecto. El banco donde hay que hacer el ingreso también está cerca, así que en media hora más ya tengo resueltos todos los trámites y no me queda más que esperar. He aprovechado para sacar el dinero del billete de tren y me dirijo a la oficina del CITS.

―Deme el billete más barato que tenga para ir a Moscú pasado mañana ―le pido al chico.

―¿Prefiere la litera superior o inferior?

―Inferior.

Tengo mi resguardo del banco, mi billete de tren y todo el cansancio del mundo. Quiero irme al hostel a regalarme un par de horas en la cama, en el bar o donde sea, pero quiero descansar. La caminata hasta allí se alarga más de lo previsto. El plano vuelve a engañarme y multiplica por cinco mis previsiones de tiempo. Tardo más de dos horas en llegar y dos horas con dos mochilas a cuestas, un día caluroso y húmedo de Pequín, son muy duras. Me arden los pies a pesar de llevar chanclas. Pese a todo, no puedo dejar de admirar los edificios que me voy encontrando. Cada uno es mejor que el anterior y cada cinco minutos me paro a hacer algunas fotos. Al fin llego a la recepción del hostel.


Solo quiero descansar

Por una vez tengo cerrada mi reserva e incluso he adelantado algo de dinero para que no haya dudas. No quiero ni una sorpresa, solo quiero sentarme un rato y, por qué no, tomarme una cerveza helada. El sitio me gusta, tiene una cafetería muy bien decorada y provista de varios sofás que están pidiéndome a gritos que me siente. Es casi la una de la tarde, así que el sitio está lleno de gente comiendo.

―Hola, tengo una reserva a nombre de Pedro. Creo que son dos noches ―le digo a la recepcionista mientras me desembarazo de las mochilas y respiro tranquilo.

―Déjeme ver. Sí, aquí lo tengo. Para hoy y mañana ¿verdad?

―Exacto.

―¿Me deja su pasaporte, por favor?

El corazón me da un vuelco.

―No lo llevo encima. Acabo de dejarlo en la embajada de Mongolia. Puedo darle el documento de identificación de mi país ―le cuento, aunque por la expresión de su cara sé que no sirve de nada.

―Lo siento señor, necesito el pasaporte.

―Pues no lo tengo.

―Sin el pasaporte no puedo admitirle.

La mañana había ido demasiado bien. La cosa se empieza a complicar.

―¿Qué alternativas tenemos? ―le pregunto con poca esperanza.

―Bueno, me valdría una fotocopia. ¿Tiene una?

―No tengo fotocopia, pero tengo el documento escaneado en el ordenador. Te lo puedo dejar y lo imprimes ¿te parece?

―Aquí no tengo impresora.

―¿Algún sitio donde pueda imprimirlo?

―Aquí cerca hay un café donde tienen Internet. Solo tienes que bajar la calle y girar a la derecha en el primer cruce.

―Estupendo. Ahora vuelvo entonces.

Por un momento me he visto buscando hostel, pero parece que todo se arregla. Doy gracias al cielo por la idea de escanear los documentos antes de comenzar el viaje. Una hora después, estoy de vuelta en la recepción (el concepto «cerca» es muy relativo y en Pequín es ciertamente diferente a cualquier otro sitio).

―Aquí tienes ―le digo mientras me dejo caer en el taburete sin poder tenerme en pie.

―Veamos. Necesito otra hoja. Aquí tengo la hoja con sus datos y la hoja del visado. Necesito la hoja con el sello de entrada al país.

―¿Cómo dice?

―El visado es válido durante treinta días a partir de la fecha de entrada. Necesito conocer la fecha de entrada para ver si está dentro del plazo.

―Llegué ayer.

―Estoy segura de eso, pero necesito la fotocopia de esa página.

―No la tengo. Los documentos los escaneé mientras estaba en España. Por entonces, obviamente, no tenía el sello de entrada a China.

―Sin ese documento no puedo dejar que se aloje.

Estoy tan cansado que no tengo fuerzas ni para enfadarme, aunque me gustaría hacerlo. Barajo las diferentes opciones, pero no puedo pensar con tranquilidad. Necesito una hora de descanso que no puedo concederme. Lo haré cuando encuentre alojamiento.

―No tendré el pasaporte hasta mañana por la tarde, así que necesito un sitio donde alojarme esta noche. Mañana me quedaré aquí. Espero no perder el dinero de la reserva.

―No se preocupe por eso, le respetaremos el dinero de la reserva. Respecto a lo de pasar la noche en otro sitio, aquí cerca hay otro hostel, pero no creo que le dejen alojarse sin el pasaporte. Las autoridades Chinas son muy estrictas en este tema.

―No me queda más remedio que intentarlo ―le respondo, ahora sí, con cierto enfado―. ¿Dónde queda?

―Está aquí cerca.

―Ya.

Otra media hora de caminata al sol y estoy en el hostel. Ni siquiera quieren hablar conmigo cuando les digo que no tengo pasaporte. Ni embajada de Mongolia ni leches, lárgate de aquí, indocumentado. Vuelvo a mi hostel, donde he dejado las mochilas. Ya son las cuatro de la tarde. Ni siquiera he desayunado y apenas me he hidratado.

―¿En serio no hay ningún sitio donde pueda alojarme sin el sello de entrada?

―Me temo que no va a encontrar ninguno.

―Eso significa que voy a tener que dormir en la calle esta noche.

La chica me mira sin responder.

―¿No podría quedarme aquí, en la recepción? Está abierta veinticuatro horas ¿no?

―Durante el día puede quedarse todo el tiempo que quiera, pero durante la noche no.

―¡¿Dónde puedo ir?! ―respondo subiendo el tono sin querer.

―Aquí cerca hay un McDonald’s que no cierra. Quizás pueda quedarse allí.

Estoy tan agotado que pasar una noche en el McDonald’s me parece una idea estupenda. Me la quedo. Voy a inspeccionar el terreno y, de nuevo, el «aquí cerca» se convierte en una caminata de treinta minutos de ida y treinta de vuelta. Ahora sí es el momento de sentarme un rato a descansar. Según mi plan, a estas horas debería estar listo para salir a dar una vuelta por Pequín, después de haber dormido un par de horas, comido y dado una buena ducha, pero estoy sudando como nunca antes lo he hecho, sin haber probado bocado y exhausto. Me siento en uno de los sofás del bar y me pido una cerveza china. Antes de que el camarero me la traiga ya estoy dormido.

Me despierto al cabo de unos minutos con una idea en la cabeza. Han bastado unos instantes de relajación para que mi cerebro haya recargado las pilas y haya vuelto a funcionar haciendo otra cosa que no sea ordenar moverse a mis pies. Llamo a la embajada de Mongolia usando el Skype. La navaja de Occam.

―Hola. Verá, tengo un problema y necesito que me presten mi visado durante un par de horas.

Le explico con detalle mi problema a tres sujetos diferentes con la sospecha de que los dos primeros no entendieron ni una palabra. El tercero es el jefe de visados y me dice que no puede dejarme el pasaporte. Si lo quiero, puedo recogerlo, pero entonces no tendré el visado mañana. Me dejo derrotar por esa frase y me quedo callado. Había puesto todas mis esperanzas en esa idea que tuve mientras dormía, pero no voy a poder ponerla en práctica.

―Podemos hacer una cosa. Dile a la chica de la recepción que puede llamarme y le confirmo que tengo tu pasaporte y que el sello indica que entraste en China ayer. Quizás con eso y una fotocopia sea suficiente.

―¿Puede hacerme una fotocopia? ―le pregunto ignorando la opción de que Miss Intachable se salte el procedimiento para hacer la llamada.

―Sí, por eso no hay problema. Puedes pasarte a recogerla cuando quieras. Estamos hasta las seis.

―Estupendo, estaré allí en veinte minutos.

No me queda otra opción. Eso de poder recogerlo cuando quieras suena a broma, porque falta media hora para que den las seis. Hablo con la chica de la recepción para que me confirme que le basta con la fotocopia de la página del sello. Tengo luz verde. Sólo tengo que llegar a la embajada en veinticinco minutos y estaré salvado.

Llego en veinte minutos, pero a costa de alcanzar el límite de mis fuerzas y de destrozarme los dedos de los pies con las chanclas. Un hombre con una barriga desproporcionada me abre la puerta y me reconoce enseguida.

―Tú eres el español ¿verdad?

―Sí.

―Aquí tienes tus copias.

―Necesito otra más, la de la página del sello de entrada.

―Vaya, pues tendrás que esperarte. La chica que hace las fotocopias ha salido. Volverá en media hora. Siéntate, pareces cansado.

La media hora se duplica, pero una hora después tengo mi fotocopia.

Lo logré.

Por supuesto, decido anular el paseo por Pequín de esta tarde. He determinado darme un homenaje, por lo que me dirijo directamente a un Pizza Hut que he visto en una de mis caminatas. Pido una pizza de piña, cebolla, pollo y salsa barbacoa de tamaño grande, suficiente para seis personas. Quiero la masa cuyo borde está relleno de salchichas y queso. Paso otra media hora esperando, pero cuando la huelo llegar sé que ha merecido la pena. La he pedido para llevar porque quiero registrarme en el hostel cuando antes (la sombra de la duda todavía circula por mi cabeza). Me encamino hacia allí. Solo cuarenta minutos me separan de una enorme pizza y un glorioso descanso, aunque no pasan más de dos antes de que vuelvan a cambiar mis planes. En la puerta del restaurante espera un viejo vagabundo. La cara de desesperación con la que me pide un trozo de pizza hace que no pueda hacer otra cosa que entregarle la bolsa. La recibe con júbilo y palabras de agradecimiento. Me imagino que, para llegar a la situación en la que se encuentra, sus últimos sabe Dios cuántos años han sido una especie de repetición de un mal día, uno detrás de otro y cada uno peor que el anterior. En mi agotamiento mental y físico me imagino cómo sería tener que vivir este día una y otra vez y siento un escalofrío que me pone la piel de gallina.

Antes de darle la bolsa, no obstante, me quedo con un trozo. No pienso quedarme con las ganas de darle un bocado a esa pizza, creo que me la merezco. Me doy la vuelta despidiéndome del viejo y, antes de que pueda pensar siquiera en llevarme la pizza a la boca, me encuentro a un niño sin camiseta delante de mí. Tendrá unos cinco años y no es la primera vez que lo veo. Me he cruzado con él varias veces a lo largo del día (he hecho cien veces el mismo camino) y cada vez que he pasado a su lado me ha pedido dinero enseñándome un vaso de plástico vacío. Señala mi pizza. Le ofrezco dinero, pero no quiere aceptarlo. No quiere mi maldito dinero, lo que quiere es comer. Ese gesto tan sincero, tan animal, no admite otra respuesta que no sea darle el trozo. Antes de hacerlo estoy tentado de darle un bocado al pico de la porción, pero eso sería una falta de respecto inaceptable.

Libre ya de tentaciones, de mochilas y preocupaciones, vuelo hacia el hostel. Pienso en tomar el metro, pero no me atrevo. En Tokio, la policía me paró hasta tres veces en el metro. Si me paran aquí y no tengo pasaporte (probablemente no sería capaz de explicarles mis motivos), tendré serios problemas. Es curiosa la forma en la que un problema puede afectarte o no dependiendo de lo consciente que eres de que lo tienes. Llevo toda la mañana paseando sin pasaporte y no me ha supuesto la más mínima preocupación, pero ahora que tengo conciencia de que soy un indocumentado en un país extranjero, no soy capaz de entrar en el metro por miedo a problemas. Es este el principio por el que se regirá mi vida en adelante: muchos de los problemas que tenemos desaparecen cuando pierdes la noción de tenerlos.

Finalmente llego al hostel. Allí consigo ser aceptado de una vez e inmediatamente subo a mi habitación. Tengo la marca de las chanclas tatuada en la planta del pie. Ya que voy a pasar dos noches en el mismo lugar, puedo darme el lujo de desempaquetar la mochila y airearla un poco, aunque quizás lo haga más tarde, ahora no es el momento. Lo único que quiero ahora es tumbarme en la cama y dormir unas horas, nada más. Meto la mochila en la taquilla y me desnudo. Tengo los pantalones llenos de cosas: la cámara de fotos, la de vídeo, el dinero, el mp3… así que los guardo directamente en la taquilla, no tengo cuerpo para ordenar nada. Me quito el reloj, los colgantes, todo aquello que no cumpla una función que me ayude a dormir, todo a la taquilla. Me quedo semidesnudo, vestido solo con los calzoncillos y me meto, al fin, en la cama. No pasa ni un segundo cuando caigo en la cuenta de que la llave que abre el candado con el que he bloqueado la puerta de la taquilla está dentro, junto a mis pantalones, mi mochila y el resto de mis cosas. Estupendo.

En la habitación solo hay una chica con la que apenas he intercambiado el saludo. Es china y no sabe inglés, así que ni he intentado comunicarme con ella. Trato de olvidar el asunto de la llave y dejarlo para más tarde, pero es imposible, no puedo dejar de darle vueltas. Al cabo de un buen rato alguien más entra en el dormitorio. Es una chica alta y extremadamente delgada y pija. Viste vaqueros desgastados y camiseta. Es muy atractiva y salta a la vista que lo sabe.

―Hola. ¿De dónde eres? ―me pregunta―. Yo soy de América ―añade sin darme tiempo a responder.

―¿De qué país? ―le respondo un poco borde, sabiendo perfectamente que se refiere a Estados Unidos.

―De Estados Unidos ―me asegura sin haber captado mi tono borde.

―Necesito tu ayuda ―le pido―. Tengo todas mis cosas en esa taquilla y la llave del candado está dentro.

―¿Y cómo puedo ayudarte? ―se adelanta.

―¿Puedes bajar a la recepción a avisar? Yo no tengo ropa que ponerme.

―¡Estas desnudo! ―dice mientras se ríe. Debe de tener mucha gracia―. ¡Qué guay!

Paris Hilton es siniestra al lado de esta tipa.

―¿Lo harás?

―Claro, no te preocupes.

Baja y vuelve a subir al cabo de unos instantes. Me cuenta que la gente de la recepción está muy ocupada y no han podido atenderla, pero que irá más tarde. Se ha tomado la molestia de decidir por mí que no tengo prisa, que no voy a ir a ningún sitio. Se cambia de ropa allí mismo (tanga con los colores brasileños), poniéndose un bonito y corto vestido que ha recogido del suelo, y se larga. Ha venido a recogerla un tipo enorme, con pinta de portero de club exclusivo de Nueva York, con un traje impecable, un peinado impecable, maneras de galán de película y que además domina el chino. Ha intercambiado algunas palabras con nuestra compañera y se han largado. Yo no existo, claro; estoy desnudo en la cama.

Las horas siguen pasando y yo no consigo pegar ojo. Quiero resolver el asunto por mi cuenta; no creo que sea buena idea dejarlo en manos de Barbie y Ken. Decido bajar a la recepción. Son las cuatro de la mañana y la china ya se ha despertado y está leyendo en la cama. Tengo dos opciones: bajar en calzoncillos o buscar algo que ponerme entre las ropas de la pija, que inundan el suelo. En circunstancias normales, en España, no me hubiera importado bajar en calzoncillos porque nadie se hubiera escandalizado más de la cuenta, pero estamos en China. No conozco esta cultura y no quiero arriesgarme a ofender la moral del lugar, así que prefiero vestirme con ropa de mujer (!). Prefiero que me tomen por un excéntrico o un trucha antes que por un pervertido o algo así. Las mentes chinas son un misterio.

Lo mejor que encuentro son los vaqueros que vestía la pija hace un rato y una camiseta de tirantes. El pantalón no me abrocha, pero al menos me ha entrado el culo (no esta mal si se tiene en cuenta que debe de ser una talla treinta). La camiseta es estrecha, pero mi pecho también lo es. Hace semanas que perdí la poca masa muscular que había acumulado como una hormiguita después de seis meses de gimnasio. Mi aspecto debe de ser patético, así que prefiero no mirarme al espejo. Antes de bajar, me lo pienso una vez más, pero no tengo muchas más opciones. Además, tampoco es para tanto. A la hora que es no habrá nadie abajo, aparte del recepcionista. Abro la puerta y me lanzo por el pasillo desierto. Llego al mostrador y me encuentro a Michael, el recepcionista que tiene el turno de noche ese día. Me alegro de que sea un chico porque así tengo más posibilidades de que sepa manejarse con herramientas. Discute con tres chicas de aspecto hindú. Hablan en chino, así que no me entero de nada, pero el problema parece ser económico. Los cuatro me ignoran completamente; después de diez minutos empiezo a impacientarme. Tengo ganas de callarlos a todos y decirles que tengo un problema urgente, que yo pago lo que sea, pero que dejen de discutir. Pasa otro rato y finalmente las hindúes se largan.

―¿Puedo ayudarte?

―Sí, por favor. Necesito que me abras la taquilla. He dejado las llaves del candado dentro.

―El candado es tuyo o nuestro.

―Mío.

―Tendré que romperlo.

―No hay problema. ¿Puedes hacerlo ahora?

―¿Hay alguien más en la habitación?

―Sí, una chica, pero está despierta.

―Vamos.

Sube armado con un destornillador y me pregunto si será suficiente. El candado es uno de los que compré para usar en los bolsillos de la mochila, así que no es gran cosa. Mediante un habilidoso gesto de palanca, el candado está roto.

―Muchas gracias, te debo la vida.

―No hay de qué.

Son más de las cuatro de la mañana cuando finalmente doy el día por terminado. Todo está bien ahora, todo ha salido bien después de todo, aunque he tardado un poco más de la cuenta. No me importa. Aún tengo una hora antes de que amanezca y ni la luz que usa la china para leer ni todas las luces del mundo podrán impedir que la pase durmiendo. Pero antes voy a quitarme la ropa que llevo puesta, que parezco una pija.

1 China International Travel Service (servicio de viajes internacionales de China).