Lunes, 15 de junio de 2009

Dormir en un tren es muy difícil. Lo es incluso en un coche cama. Pasar la noche en un asiento hace que descansar sea casi imposible. A pesar de todo, no puedo quejarme puesto que el tren que me lleva de Nueva York a Chicago cuenta con pares de asientos sin ningún brazo de por medio y con mucho espacio respecto a los asientos de delante. El hecho de que no haya brazos entre los dos asientos es un arma de doble filo: es perfecto si no tienes compañero ―puedes usar los dos sillones como si fuera uno―, pero muy jodido si tu compañero es un desconocido. Pasar la noche tan cerca de alguien con quien no tienes ninguna relación sin nada que te separe de él es incómodo de cojones. Por suerte, desde las dos de la mañana, hora en la que Liesse se bajó del tren, he estado solo.

Resulta divertido comprobar cómo el cuerpo es capaz de encontrar las posturas más inverosímiles cuando se trata de intentar dormir. Basta darse un paseo por cualquier vagón de tren a las tres de la mañana para poder admirar un auténtico derroche de creatividad a la hora de lograr encontrar una posición que permita dar una cabezadita. Gentes de todos los tamaños y formas, solos o en grupo, ensayan y ensayan posturas imposibles hasta dar con aquella en la que se consigue un equilibrio perfecto de peso y fuerzas externas. Yo tengo mucha dificultad para encontrar esa posición. Hace un año, durante un viaje de tres semanas en ferrocarril a través de Europa, descubrí la importancia de llevar un cojín o sucedáneo a la hora de descansar en un asiento de tren. En aquellas semanas, después de perder una pequeña almohada que fue mi compañera inseparable durante los primeros días, ideé la forma de fabricarme uno con una vieja chamarreta reversible. El truco consiste en cerrar la cremallera, darle la vuelta a las mangas, de forma que queden por dentro, y enrollarla como si fuera una alfombra. Para mantenerla enrollada basta con atar un trozo de cuerda de tender la ropa. El resultado es un polifacético cojín, que puede ser más duro o más blando en función de la fuerza con la que se enrolle sobre sí mismo.

Esta noche me ha acompañado mi vieja chamarreta transformada en cojín, aunque lo cierto es que he podido hacer bien poco para conciliar el sueño. Los trenes que estoy tomando para cruzar el país tienen un gran encanto ―atraviesan infinidad de pintorescos pueblos―, pero eso mismo se convierte en un problema: se utilizan vías secundarias por las que resulta casi imposible circular sin que los vagones se muevan de un lado a otro como si fueran flanes. Con todo, he logrado dormir unas cuatro horas a intervalos de treinta minutos. Conseguí perfeccionar dos posturas que iba cambiando cada media hora. No es que cronometrara el tiempo que correspondía, es, sencillamente, el tiempo que tardaban mis músculos en entumecerse y reclamar un cambio de posición.

La última vez que me desperté alertado por los calambres de mis dormidas extremidades eran las seis de la mañana. En ese momento decidí que ya era suficiente castigo; me incorporé, fui a asearme un poco ―más malabarismos― y volví dispuesto a ordenar un poco los textos y vídeos que circulan de forma anárquica entre la cámara, el portátil y el disco duro.

Un poco más tarde de las nueve y media llegamos a Chicago. Nada más bajar del tren me despido de Heraclio (me pregunta por Joel, aunque no tengo ni idea de cuándo se ha bajado el hondureño), le deseo suerte y me dispongo a tratar de aprovechar las pocas horas que tengo antes de coger el tren con destino a Houston.

En solo unos minutos ya he localizado la puerta de embarque que tendré que usar a las dos menos cuarto, he encontrado los servicios, la salida e incluso tres o cuatro redes inalámbricas gratuitas. Desde luego, la estación de ferrocarril de Chicago es una de las mejor organizadas de todas las que conozco. La salida de la estación es, sin duda, la más impresionante que he vivido nunca. Un grupo de rascacielos, colocados como si formaran el quinteto inicial de un equipo de baloncesto, me da la bienvenida.

Pregunto a un tipo cómo puedo llegar al lago Michigan y me indica que tan solo tengo que bajar por el bulevar Jackson y que iré a parar directamente al lago. Me dice que tardaré unos cuarenta y cinco minutos en llegar, aunque lo cierto es que lograré hacerlo en menos de media hora.

El bulevar Jackson es una de las calles principales del centro de la ciudad y está flanqueada por tantos rascacielos que el sol es incapaz de llegar a las aceras. Las enormes moles de cemento están tan bien alineadas y tienen las fachadas tan cuidadas que por momentos parece que, en vez de estar en una ciudad, he sido disminuido de tamaño y estoy dentro de la maqueta de la propia capital. Es como vivir dentro del SimCity1. Pero por encima de todos los demás, los edificios de los bancos destacan por su majestuosidad y elegancia. Enormes banderas y columnas colosales adornan a estos gigantes, otorgándoles una capacidad de intimidación que hace que me sienta insignificante como nunca antes lo había hecho.

Paseo encantado por el bulevar cuyas aceras, limpias como espejos, bien podrían servir como pistas de patinaje. Compro unas postales, hago algunas fotos y camino siempre en la dirección donde sé que me espera el impresionante lago. Al plantarse delante de la descomunal balsa de agua, alguien que no sepa que Chicago se encuentra a cientos de kilómetros de la costa podría pensar que se halla ante el océano Atlántico. La línea del horizonte se dibuja entre el cielo y el azul claro de las aguas del lago y decenas de pequeños veleros navegan en un día brillante.

Camino durante un rato por el paseo hasta que, cansado por el peso de las mochilas, decido sentarme en un banco a leer un rato. Es como estar en la última escena de Gran Torino. No me importaría pasar aquí todo el día; no hay casi nadie, lo que confiere a la zona una tranquilidad que es justo lo que necesito en este momento. Necesito paz y descanso. Este sitio es perfecto.

Aunque, como digo, me hubiese quedado un buen rato, decido adelantar la vuelta para aprovechar el tiempo y conectarme un momento a alguna de las redes inalámbricas abiertas que he visto al bajar del tren. Por el camino de vuelta caigo en la cuenta de que no he comido, y que necesito comprar algo que llevarme a la boca por la noche. Me decido por un restaurante chino donde trato en vano de entenderme con la camarera, que habla inglés aún peor que yo (no quiero ni pensar la forma en la que voy a entenderme con una camarera china en Pequín cuando tengo problemas para hacerlo en Chicago). El caso es que, después de mucho bregar, determino que lo mejor es dejar de intentarlo, así que le digo por gestos que decida ella por mí. Eso sí parece entenderlo, porque coge un recipiente de corcho y añade arroz y pollo con champiñones a partes iguales. Corona el plato con un rollito de primavera y lo acompaña todo con un gran vaso de Pepsi lleno de hielo. En total me cobra cinco dólares y pico. Me pongo a comer allí mismo, aunque después de llevar un rato y comprobar que aún me queda más de la mitad para acabar, resuelvo llevarme al tren la comida sobrante. Recojo mis cosas y me dirijo a la estación, aunque justo antes de llegar hago una última parada. El lugar, una especie de jardín donde se dispersan dos docenas de cómodas hamacas. Está lleno de jóvenes que toman el sol mientras almuerzan, escriben, leen o, sencillamente, disfrutan del día sin tener que buscarse una excusa. Como antes, pienso que aquel sería un buen sitio para pasar una tarde descansando pero como antes, la realidad me recuerda que tengo que volver a la estación.

Al fin logro llegar, con una hora de antelación, a la puerta de embarque. Quiero aprovechar para conectarme a Internet, leer el correo, subir algunos artículos al blog y, sobre todo, ir preparando la forma de llegar desde Houston a la frontera con México, de allí a Ciudad de México y finalmente reservar hostel en la capital de la república. Cuando más falta me hace, no soy capaz de conectarme a la red porque tengo un montón de problemas con el ordenador. Espero que no sea nada importante.

Sea como sea, voy a llegar a Houston sin saber qué hacer. Tengo dos opciones: quedarme una noche o coger un tren o autobús con dirección a la frontera. No me gusta nada esta situación; me siento indefenso. En Internet tengo gran cantidad de datos con los que cuento (documentación, reservas de avión, horarios…). Si persiste el problema y no puedo usar mi portátil para conectarme a la red puedo tener problemas. Sin ir más lejos, necesito ir consultando mis cuentas bancarias para, en caso de necesidad, ir aumentando la capacidad de la tarjeta de crédito. Preciso una tarde para dedicarla a estos menesteres. Lástima que no pueda usar mi conexión móvil aquí; no depender de redes gratuitas me dejaría mucho más tranquilo.

Después de un rato, en cuanto tengo la oportunidad, me subo al tren con resignación. Tengo que quitarme las zapatillas y ponerme las chanclas porque me ha salido una pequeña herida en la planta del pie izquierdo. Espero que no vaya a más.

Pasadas un par de horas, estoy sentado en mi asiento, escribiendo después de haber dado buena cuenta del resto de la comida china. Tengo los pies descalzos con la esperanza de que la herida se cure por sí sola. No quiero ni pensar en las consecuencias fatales que puede traerme una puta herida en la planta del pie. Pero mejor no adelantar acontecimientos.

Esta noche quiero dormir. Cruzo los dedos para que no se suba nadie y se siente a mi lado, aunque sospecho que no va a haber suerte. El revisor me he hecho quitar la mochila del sillón porque dice que está asignado a alguien. Confío en que sea una excusa, aunque lo cierto es que sería una gilipollez que le molestase que tenga la mochila en un asiento desocupado. Son las nueve de la noche y me pregunto cuántas paradas quedarán hasta que lleguemos. Creo que voy a ponerme a ver una película. Será Clerks.

1 Videojuego en el que el jugador debe encargarse de construir y gestionar una ciudad.