Lunes, 13 de julio de 2009

El avión que hace la primera escala del viaje a Tokio no me gusta. No me gusta que me haya tocado ventanilla ni que a mi izquierda tenga sentadas a dos personas más. Me estoy meando pero no quiero despertarlas. Desde luego, sin despertarlas me resulta imposible salir, así que me aguanto. Tampoco me gusta que hayamos salido con retraso, porque eso me quita tiempo para hacer el cambio de terminal.

El día es realmente claro. En Sidney estaba algo nublado, pero en unos minutos se ha aclarado y puede apreciarse el vasto territorio australiano. El sol pega fuerte y puedo irme despidiendo del invierno. En un panel que había en la sala de espera para embarcar anuncian que en Tokio están a treinta y tres grados. Mi paso por el hemisferio sur está a punto de concluir y apenas he necesitado la ropa de invierno. Tengo ganas de verano. Anoche, en el rato que pude dedicar a navegar por Internet, traté de hacer un itinerario para mi estancia en Japón. Aún no tengo decidido cuántos días me quedaré, así que por ahora me he limitado a reservar hostel en la capital. El aterrizaje está previsto para las siete de la tarde. Si tenemos en cuenta el papeleo de inmigración, la confusión inicial que estoy seguro que sufriré, el canje del Japan Rail Pass y la hora que tarda el tren en llevarme del aeropuerto a la ciudad, se tiene que llegaré bastante tarde, así que mejor contar con un cuartel general.

Los hostels en Japón son caros ―el mío me ha costado veintitrés euros―. Tiene la ventaja de ser céntrico, estar cerca de una estación de tren ―en la que me apearé cuando venga del aeropuerto― y sobre todo que incluye desayuno. Como siempre en estos casos, mi intención es desayunar hasta decir basta y aguantar con el desayuno la mayor parte del día.

El comandante avisa de que va a iniciar la maniobra de aterrizaje, así que eso que veo por la ventanilla debe de ser Cairns. No parece que sea una ciudad muy grande pero, desde luego, desde aquí arriba, el entorno donde se encuentra ubicada es magnífico. Una fina línea amarilla de playa marca el contorno de la costa, separando el verde océano de la verde y montañosa tierra. Puedo ver el puerto deportivo y la nube de barquitos blancos revoloteando alrededor. Mientras admiro las vistas me despisto y no me acuerdo de ponerme los auriculares (no me acordaría hasta haber tomado tierra). Parece que también estoy perdiendo el miedo a los aterrizajes.

Todo va según lo previsto y, en cuanto el aparato se detiene, aun antes de que las azafatas nos den permiso, ya me he levantado y tengo mis cosas en la mano. Hemos aterrizado con media hora de retraso con lo que solo tengo una hora y media para recoger mi mochila, cambiar de terminal y volver a facturarla. Pregunto a mis compañeros de asiento si se dirigen a Tokio pero no hay suerte. Lo haré solo.

Cuando abren las puertas salgo enseguida. Corro por los pasillos que llevan a la sala de recogida de equipajes, adelantando a viejas, niños y gente sin prisa. Mientras lo hago pienso que probablemente no sirva para nada, que los chicos que se encargan de recoger el equipaje se lo tomarán con calma y que lo único que conseguiré llegando el primero a la cinta de recogidas es tener que esperar más, pero no puedo hacer otra cosa, es lo que me demanda el cuerpo. Cuando llego a la sala la cinta aún no ha comenzado a moverse, aunque lo hará inmediatamente. Me voy directamente a la boca por donde van saliendo las maletas y me pongo a vigilar. Me queda poco más de una hora para que salga el vuelo y, aunque estoy convencido de que no van a despegar sin mí y que habrá mucha más gente en mi situación, sigo nervioso.

Después de veinte minutos y de haber visto pasar una raqueta de tenis al menos cinco veces, deduzco que han perdido mi mochila. Es como si estuviera presagiando que algo iba a ocurrir, como si tuviera un mal presentimiento. Llegar a esa conclusión no hace que baje la guardia, por supuesto. La raqueta pasará aún dos veces más antes de que aparezca mi mochila. La agarro y me la cuelgo en un solo gesto, salgo por la puerta y echo a correr. Pregunto por la terminal internacional al primer tipo que veo, mientras pienso que ya podría haber preguntado antes, cuando esperaba. Las noticias son buenas: está a cinco minutos andando. Me señala el camino, que está ocupado por una fila de pasajeros que avanzan pesadamente cargados de maletas. Ya podría relajarme pero no lo hago hasta que llego al mostrador de facturación y me encuentro una cola. Falta media hora para que salga el vuelo, así que ya vamos con retraso. Llega mi turno.

―Me muestra su pasaporte, ¿por favor? ―me dice la rubia.

―Claro, aquí tiene.

―¿Tiene su itinerario de vuelo?

―Aquí tiene.

―Necesito su reserva de vuelo de salida de Japón.

―¿Cómo dice?

―Necesito un papel con los datos del vuelo de vuelta.

―No tengo vuelo de vuelta, solo ida.

―En inmigración le van a pedir información sobre el vuelo que le saque del país.

―No saldré volando, tengo pensado salir en ferry.

―Pues la reserva del ferry entonces.

―No tengo esa reserva, ni siquiera sé el día que saldré.

―Espere aquí.

La rubia consulta con su guapísima y estiradísima jefa, que le responde de mala gana.

―Lo siento señor, no puede embarcar sin ese documento. Le ruego que me espere ahí ―dice señalando un asiento de la sala de espera―. Enseguida estoy con usted.

Me voy donde me indica sin decir nada. Una parte de mi cerebro trata de asimilar la información mientras la otra ya está trabajando en la forma de solucionar el problema. Estoy aturdido y, una vez más, haber pasado una noche sin dormir no me ayuda. Si lo que necesita es un papel con una reserva, podría conectarme a Internet y buscar alguna de las empresas de ferry que hacen el recorrido entre Japón y Corea.

Le propongo a la señorita un trato: si me proporciona Internet, tendrá su papel en diez minutos (antes he comprobado que no existe ninguna wifi gratis). La chica me responde que espere allí. Está agobiada con el retraso que ya acumula el vuelo y lo último que quiere es a un tipo dando por culo. Tendré que buscarme la vida. Salgo corriendo escaleras arriba con el ordenador encendido buscando el milagro de una wifi abierta y gratis. No lo encuentro, aunque doy por casualidad con una cafetería que tiene varios ordenadores para conectarse a Internet. Solo tengo tres dólares y la hora cuesta diez.

―¿Cuánto tiempo puedo estar con tres dólares?

―Diez minutos.

Tengo diez minutos para conseguir ese papel y cuento con un viejo ordenador con un teclado destrozado y una conexión de mierda. Aun así, encuentro una empresa que opera on line y hago la reserva. Elijo cualquier día como salida, introduzco los datos de mi tarjeta (ya veré luego cómo anulo el pago) y lo tengo. El navegador me muestra la confirmación de la reserva. Me quedan tres minutos para imprimirla cuando descubro que no tiene impresora. Tengo que copiar esa página al pendrive y quizás puedan imprimirla en el mostrador de facturación. Queda un minuto cuando alguien me llama por detrás.

―Disculpe señor. ¿Son suyas las cosas que hay abajo?

―Un segundo, por favor ―respondo sin mirar siquiera.

―No puede dejar sus cosas abajo, señor ―me dice la misma voz, pero esta vez siento cómo me agarra el hombro con fuerza.

Me doy la vuelta y compruebo que es la policía.

―Solo necesito unos segundos, necesito copiar una cosa, es importante.

―Acompáñeme, por favor ―me dice mientras me levanta literalmente del brazo.

Quedan veinte segundos y, mientras me alejo del ordenador, puedo ver cómo Windows reconoce mi pendrive y cómo la pantalla se apaga cuando la cuenta llega a cero.

Cuando comprueba que no opongo resistencia, el policía afloja la garra con la que me sujeta y finalmente me suelta. Me explica que no puede haber equipajes sin vigilancia en el aeropuerto, y le entiendo. Además de la posibilidad de que me lo roben, está la paranoia terrorista. Cuando llegamos al sitio donde dejé mis mochilas, el policía me da los buenos días y se marcha. Al menos no me ha echado un sermón.

La cola de mis compañeros de viaje se reduce ya a un par de chinos. En dos minutos está liquidada y es entonces cuando la rubia se acerca a mí.

―Disculpe la espera, señor. No ha sido posible embarcarle en este vuelo, las normas de inmigración japonesas son muy estrictas. Le he reservado plaza para mañana, en un vuelo que sale un poco más tarde y que llega a Tokio a las ocho de la tarde. Por supuesto, esto no le supone ningún coste adicional.

―OK ―respondo sin saber muy bien qué decir.

―Le veo mañana.

Necesito sentarme a asimilar lo que ha pasado y las posibles consecuencias. La rabia, que pronto deriva en furia asesina, no me ayuda. Tengo ganas de ponerme a gritar y de putear a la rubia, a su jefa y al presidente de Australia, pero soy lo suficientemente racional como para saber que yo soy tan culpable de la situación como el que más y en el fondo sé que todo esto no va a suponer ningún problema, que no es más que un ligero retraso y que al fin y al cabo solo son unas vacaciones. De la furia paso a la frustración y de ahí a la resignación cuando compruebo que el aeropuerto se ha quedado completamente desierto. Hay que ponerse en marcha.

Salgo a la calle y me encuentro con un día magnífico. A pesar de estar en invierno, el clima del norte de Australia es excelente en estas fechas. Luce un sol brillante y la temperatura es muy agradable. Los pajarillos cantan y las nubes hace tiempo que se levantaron.

El aeropuerto es pequeño y con poco movimiento, tanto que no hay nadie en la calle; ni un miserable taxista. Por fortuna, en Cairns tienen el mismo sistema de búsqueda de alojamiento que tenían en Sidney, así que con un par de llamadas ya tengo a un tipo recogiéndome en el aeropuerto. Este ha venido expresamente a por mí. Se llama Bob y tiene pinta de surfista. No suele venir personalmente a recoger a la gente, de eso se encargar el shuttle que tienen contratado; lo ha hecho porque se ha puesto en mi lugar y entiende que ando algo perdido. Es un favor personal.

Aunque Bob no ha sabido decirme cuántos habitantes tiene, Cairns parece una ciudad pequeña. Las calles recuerdan a las calles del Paper boy, el viejo juego de ordenador. Largas filas de pequeñas casas, idénticas entre sí, rodeadas de árboles y plantas y con el buzón en la puerta. Apenas hay coches en la carretera, así que llegamos en menos de diez minutos.

El lugar es una especie de conjunto residencial pequeño. Tiene una entrada que deriva en un patio interior, lleno de flores y plantas, rodeado por casas de dos pisos con terrazas de madera pintadas de azul. En el patio, una barbacoa y algunas mesas de picnic al abrigo de enormes sombrillas. En la calle hace calor, pero dentro del patio se está fresco. La sombra de las casas y la vegetación hace que sea un sitio muy agradable. Creo que he acertado eligiendo.

Después de instalarme, lo primero que hago es pedirle a Bob que me ayude a salir de allí. Necesito una conexión a Internet y una impresora. No hay problema. En unos minutos tengo mi reserva de ferry impresa. La rubia ya tiene su papelito. Son las dos de la tarde y ya tengo los deberes hechos, así que solo me queda relajarme.

―Creo que te vendrá bien relajarte, Pedro ―me dice Bob, que no necesita conocerme para notar que estoy exhausto.

―No lo sabes tú bien. Voy a ponerme el bañador y a probar esa piscina que he visto al entrar.

En la parte frontal de la casa hay una pequeña piscina de piedra, adornada con enormes rocas y plantas emulando una piscina natural. Está rodeada de hamacas, sillas y mesas, y desde que entré estoy deseando probarla. El agua está helada, pero no importa, tengo muchas ganas de darme ese baño y tumbarme al sol, aunque sea por unos minutos. No creo que me desintegre si estoy unos minutos al sol, solo hasta secarme.

Empiezo a quedarme dormido y es entonces cuando recuerdo que la noche anterior no pegué ojo. Dios, esto es perfecto. Solo oigo pájaros cantar, el sol me calienta la cara y he logrado poner mi cerebro en modo hibernación. Voy a pegarme una siesta como nunca se vio otra, una siesta a la australiana. Va por ti, rubia.

Casi dos horas después me despierto sin saber dónde coño estoy. Una ducha, me arreglo y me voy a pasear. El hostel está a cinco minutos del paseo marítimo. Cuando llego me sorprendo al comprobar que no hay playa. En vez de eso, me encuentro con una ciénaga, una llanura de tierra negra, que se adentra unos cincuenta metros en el océano, repleta de todo tipo de fauna. Mi baño en el Pacífico vuelve a quedar pospuesto.

El paseo es realmente hermoso. El suelo es de madera y está rodeado de césped y vegetación. Mientras camino, me cruzo con gente jugando al beach volley, gente corriendo, pistas de skate, bikers, rollers, tipos tirándose frisbees, tipos pasándose una pelota de fútbol australiano, dando patadas a una bolsita de agua, tomando el sol, leyendo, jugando con el perro; me siento como si estuviera dentro del California Games, como si estuviera en un anuncio del ministerio de turismo australiano. Todo el mundo es guapo, está moreno y viste poca ropa. Al final del paseo, una enorme piscina rodeada de césped y arena de playa hace las veces de mar a tres metros del océano. Estoy en la zona más turística, rodeado de tiendas, cervecerías, pubs y discotecas. Creo que Cairns sería un buen sitio para unas vacaciones de sol y juerga.

He pasado una tarde agradable y el mosqueo de no poder subir al avión queda atrás. Decido volver cuando llevo un buen rato arrastrando los pies de cansancio y he tropezado varias veces con las grietas del asfalto. Antes de irme saco algo de dinero del cajero para pagar el autobús de vuelta al aeropuerto y comprar algo de comida en el supermercado. En el hostel me han dado un ticket que vale por una cena en un steaks & ribs que tiene muy buena pinta, pero hay demasiada gente y no tengo ganas de esperar. Me vuelvo al hostel y ceno fruta. Son las siete de la tarde y ya estoy metido en la cama, medio muerto. Steve, uno de mis compañeros de habitación, no puede creerlo.

―Pensé que los españoles os acostabais después de medianoche ―me suelta el cachondo.

―Estoy muerto, tío.

Steve es de Londres, pero su madre vive en Torrevieja. Él lleva seis meses viajando por Australia. Pongo el despertador a las ocho y media, aunque ni yo me creo que vaya a necesitarlo. El shuttle que me lleva al aeropuerto pasará a recogerme a las once y cuarto, así que tengo todo el tiempo del mundo para descansar. Pongo los ventiladores del techo y abro las ventanas, permitiendo que la brisa mueva las cortinas. Fuera no hay ni un solo ruido, el silencio es total. Hago las cuentas de cabeza, pero creo que el día de hoy es exactamente el ecuador de mi viaje, contando con volver a España un día antes de incorporarme al trabajo. «Hace un siglo que estaba en Nueva York» es mi último pensamiento antes de caer dormido mientras Steve toca la guitarra y un tipo rubio con la cara llena de pendientes hojea una revista porno tirado en su cama.