Lunes, 10 de agosto de 2009

A pesar de que duermo en un cómodo colchón, a plena oscuridad del día y con aire acondicionado, no puedo evitar despertarme pronto. La casa está dormida aún, así que no me muevo de la cama. La calle es tranquila y no se oye ni un ruido; me quedo mirando el techo y pensando en lo diferentes que son los sitios que he visitado, sus gentes, sus costumbres, su cultura. Ocurre algo curioso, y es que al haber viajado por tierra, despacio, apenas te vas dando cuenta de los cambios que se van produciendo a medida que te mueves al oeste, pero cuando un día te sientas a pensarlo ves que la gente del sitio donde estás ahora no tiene nada que ver con la gente de donde estuviste hace tan solo unos días. Es como el pasatiempo en el que, a partir de una palabra, tienes que llegar a otra en cinco pasos, cambiando solo una letra en cada paso.

1. Chinos.

2. Los chinos son parecidos a los mongoles.

3. Los mongoles son parecidos a los rusos.

4. Los rusos son parecidos a los ucranianos.

5. Los ucranianos son parecidos a los rumanos.

6. Los rumanos son parecidos a los búlgaros.

7. Los búlgaros son parecidos a los turcos.

8. Los turcos son parecidos a los sirios.

9. Los sirios son parecidos a los jordanos.

10. Los jordanos son parecidos a los egipcios.

11. Los egipcios no tienen nada que ver con los chinos.

Después de dos horas, oigo a la casa desperezarse, se escuchan sonidos de vasos y platos en la cocina. Es Joseph, que prepara za’atar, una especie de salsa compuesta por varias especias.

―Es una mezcla libanesa. Se pone sobre un trozo de pan y es deliciosa ―me explica.

Mientras termina de prepararla, me doy una ducha y cuando me visto todo el mundo está listo para desayunar. Al igual que la cena de anoche, el desayuno ocupa toda la mesa. Cereales, mermeladas, zumos, leche, café brasileño, pan libanés, frutas israelitas y filipinas, chocolates suizos… Mientras charlamos de cómo voy a enfocar el día, desayuno por tres.

Mis planes son muy sencillos: visitar las pirámides de Giza, luego el museo egipcio y, finalmente, ver atardecer navegando en barca por el Nilo. Suena realmente bien. Philip me anota toda la información necesaria en una hoja de papel: paradas de metro, direcciones, precios de taxis, números de teléfono y otros consejos. Desde luego, se está tomando muchas molestias conmigo y no sé cómo voy a agradecérselo. Incluso quiere prestarme un móvil por si necesito llamarle. No lo acepto, ya es demasiado.

Con todo atado, agarro mi mochila y me dispongo a salir de la casa, pero Philip insiste en llevarme a la estación de metro. Está a solo quince minutos caminando, pero aun así me lleva. Incluso hace el recorrido dos veces para que memorice el camino.

―Ten cuidado, que volverás de noche y las calles pueden parecer diferentes. Presta atención ―me aconseja.

―Grabaré el recorrido en vídeo por si las moscas.

En pocos minutos ya estoy en el metro de El Cairo, probablemente el más viejo y demencial que haya visitado nunca. Todos los defectos de los metros en los que he estado están presentes aquí multiplicados por diez. Los vagones son auténticas reliquias del siglo pasado, con persianas de madera llenas de mugre, asientos desgastados y ventiladores en el techo que se afanan por refrescar el pesado ambiente. Los vagones están colmados de gente, la inmensa mayoría hombres (existe un vagón especial que es exclusivo para mujeres, aunque estas pueden subir donde quieran) que se apretujan para permitir que se cierren las puertas. Yo pensaba que ya estaba acostumbrado a la saturación de los metros y a la falta de espacio y oxígeno, pero el metro de El Cairo llega un paso más lejos.

Después de un trasbordo llego a la parada de Giza, que es la que me ha señalado Philip en el mapa. A partir de ahí debo continuar en taxi. Las calles de los alrededores de la estación, sin asfaltar, están llenas de gente que se mueve en todas direcciones y tiendas de todo tipo de artículos inútiles. Puestos de comida cuya falta de higiene hacen que, en comparación, Centroamérica sea un restaurante de cinco tenedores.

Conseguir parar un taxi me cuesta la vida. La carretera que pasa junto a la estación es la que lleva a las afueras de la ciudad y está totalmente colapsada de vehículos que se disponen de forma completamente anárquica. La circulación en El Cairo merecería una tesis completa, y aun así sería muy complicado poder explicar cómo funciona esta gente. No respetan la mayoría de las normas básicas (los semáforos ¡y los guardias de tráfico! son sistemáticamente ignorados), no dejan de tocar el claxon ¡todo el tiempo y por cualquier motivo! (al principio es impactante pero al cabo de unas horas ya ni siquiera los oyes), no tienen pasos de peatones (cruzar una calle es jugarte la vida, aunque es divertidísimo) y, sin embargo, salen adelante sin apenas incidentes serios.

Desesperado con mi búsqueda de taxis, lo intento incluso con los que están ocupados (costumbre árabe), pero ni aun así. Pasa más de media hora hasta que logro encontrar uno y me dispongo a pelear por el precio (he preguntado en el metro y me han dicho que no pague más de veinticinco libras egipcias).

―¿Cuánto a las pirámides de Giza? ―pregunto a voces.

El tipo no tiene ni idea de inglés. Es un egipcio joven, horriblemente feo, de dientes deformados y sonrisa desagradable, aunque es simpático. Le enseño mi mapa y le señalo las pirámides.

―¿Giza? ―pregunta.

―Sí. ¿Cuánto? ―le enseño un billete de cinco a modo de ejemplo.

Gesticula diciendo que es poco, que quiere más, así que añado un par de libras más, hasta que queda satisfecho. Vaya, solo va a costarme siete libras y además me ha regalado su Mirinda. El trayecto es largo y con tanto tráfico nos lleva casi media hora. Cuando ya estamos cerca (nos hemos salido de la carretera principal y andamos por calles con apenas tráfico rodado), un tipo para el taxi poniéndose en mitad de la carretera y agitando los brazos. Se me ponen los huevos de corbata porque el barrio donde estamos no es precisamente el barrio de Salamanca. El taxi se detiene (no tiene otra opción) e inmediatamente se suben dos tipos en la parte de atrás (yo voy delante). Son dos gorilas de piel negra.

Uno de ellos me pide disculpas en inglés (me conformo con que no me mates o me robes el disco duro, no necesito las disculpas) e iniciamos una conversación. Trato de aparentar normalidad, aunque estoy realmente asustado. El otro tipo no habla, solo me mira, y el taxista continúa su marcha. Me hace las típicas preguntas que se hacen al turista y poco a poco la conversación va derivando hacia las excursiones en caballo y camello por la arena del desierto. Enseguida lo calo: no es un ladrón (por suerte), es un listo, un comercial que quiere que le contrate un camello para moverme por las pirámides.

Aliviado, le respondo que no, que no tengo un duro y que no soy un turista, sino un periodista que está trabajando y bla, bla, bla. El tipo coge un buen rebote, porque mientras pensaba que iba a robarme, le seguí el juego y llegó a pensar que me tenía convencido. Le dice al taxista algo en árabe y este detiene el vehículo.

―Bájate ―me dice el gorila. Está realmente enfadado.

―No me voy a bajar hasta que lleguemos a las pirámides.

―Están ahí al lado. Bájate y págale.

―Ya le he pagado.

Se encarga de comprobarlo preguntando al taxista.

―Siete libras es demasiado poco. Págale más.

―Le he pagado lo que me ha pedido.

Mis respuestas no hacen más que enfadarle más. Protesta a gritos y finalmente le dice algo al taxista, que reemprende la marcha. Dos minutos más tarde estoy en la puerta del recinto de las pirámides de Giza, una de las siete maravillas del mundo antiguo.

En el recinto paso un par de horas dando vueltas. La esfinge, las tres grandes pirámides, las pequeñas, la arena del desierto, el calor, ya se sabe. Cuando decido que ya tengo suficiente, vuelvo a la entrada. Quiero ir al museo nacional egipcio y tengo entendido que cierra a las seis de la tarde. Son más de las dos y no sé cuánto me llevará llegar, así que emprendo la vuelta. En la puerta del recinto hay taxis de sobra, pero algo ha cambiado: todos piden veinticinco libras para volver a la parada de metro. Trato de regatear utilizando el viaje de ida, de solo siete libras, pero es inútil, nadie baja de veinte, se apoyan unos a otros. En realidad, son menos de tres euros, pero el juego de regatear engancha y estoy dispuesto a andar unas calles hasta encontrar un sitio donde pasen más taxis. Al fin logro parar uno y regateo hasta quince. Aunque sea más del doble de lo que pagué en la ida, es imposible bajar de ahí. Cuando ya estamos en marcha, le confieso al tipo que eso que le comenté sobre que pagué siete libras en el viaje de ida es verdad, no una estrategia de regateo. El tipo me abre los ojos.

―¿Se subió alguien al taxi cuando estabas llegando a las pirámides?

―Sí, un par de tipos.

―Ahí lo tienes. Es un negocio. Te cobra menos, pero sube a los dos tipos que te hablan de alquilar un camello o un caballo. Facilitamos que el turista llegue a las pirámides, pero el regreso es diferente.

Ahora lo entiendo todo. Les interesa que vayamos a las pirámides, pero les da igual donde vayamos después. Tiene sentido. El resto del trayecto, el taxista no deja de rajar de Mubarak: que si les mata a impuestos, que si Egipto debería ser una potencia mundial, que si esto que si aquello. Para cuando llegamos a la parada del metro, tengo la cabeza como un bombo. Decido pagarle veinte pavos.

―Muchas gracias.

Cinco minutos de claustrofóbico metro y estoy en la parada correspondiente al museo. El problema es que he perdido el ticket. No entiendo cómo ha sido, porque guardo con celo todos los tickets y papeles (aún tengo algunos de países que abandoné), pero el caso es que ha ocurrido. Para salir del metro, necesitas el ticket. Hablo con el tipo.

―Hola. He perdido el ticket.

―Sin el ticket no puede salir, señor.

―Lo sé, lo siento, no sé cómo ha ocurrido. No me importa comprar otro.

―Eso no es posible, señor. Tendrá que darme cien libras o bien llamar a la policía.

―¿Cómo dice?

―Tiene dos opciones: pagarme cien libras o llamaré a la policía.

No tengo claro si lo que está haciendo es chantaje o extorsión, pero tengo claro que no me gusta. El Cairo es una ciudad extremadamente segura para el turista. Hay policías en todas las esquinas, así que los pequeños chorizos se lo piensan antes de hacerle algo al extranjero. En cierta manera, se podría decir que están del lado del turista, protegiendo un importante aspecto de su economía. Trato de aprovecharme de esto.

―Podemos hacer las dos cosas. Primero te pago y luego vamos a la policía.

Mi respuesta no la esperaba. Se queda callado buscando qué decir. Al cabo de unos segundos, hace una señal con su cabeza y un compañero viene con un ticket maestro que utiliza para abrir el torno.

Shukran.

Cruzo un par de calles y me encuentro en las puertas del museo de arte egipcio. Vaya usted a saber por qué, pero por primera vez en el viaje decido usar el carné de estudiante para sacar la entrada, aunque no tengo mucha fe. Cuela y solo tengo que pagar la mitad. No es que haya entrado en muchos sitios que tuvieran descuentos para estudiantes, pero algunas perras podría haberme ahorrado, que para eso me llevé el carné. El museo es magnífico, aunque un tanto desordenado y pequeño para tantísimo material como tienen allí. La momia de Ramsés II, la máscara de Tutankamon y hasta gatos disecados. Realmente interesante, pero estoy muy cansado. Me quedo hasta que me echan, así que deben de ser las seis y media.

Lo último que falta para cumplir el plan es dar un paseo por el Nilo en barca. Me gustaría pasear por la ciudad, pero es imposible. Es demasiado caótica para hacerlo. Cruzar una calle es una odisea. Además, es demasiado ruidosa, mejor me voy al Nilo. Hay dos tipos de paseos en barca por el río: los tranquilos y los ambientados. Yo hubiera preferido uno tranquilo, pero fue después de volver del paseo cuando descubrí que existían. Los primeros, los tranquilos, se hacen en veleros tomando té y escuchando música chill-out egipcia. Los segundos son barcos a motor llenos de luces de colores con música pastillera egipcia y fulanas bailando. En uno de estos me meto, sin saber muy bien lo que hago.

Me sientan junto a una pandilla de adolescentes egipcias, muy vestidas pero realmente atractivas.

―Ten cuidado con las menores, Pedro. No la cagues de verdad ―me digo.

Se dirigen a mí en árabe, intentando hablar. No sé bien cómo (ellas no saben inglés y yo no tengo ni idea de árabe), logramos comunicarnos, al menos para las cuatro chorradas que se dicen en estos casos. El tipo del barco está esperando a llenarlo para salir y, mientras tanto, ahí estoy yo de palique. Poco a poco va entrando gente aunque, para mi sorpresa, no son turistas, sino chavales egipcios, impecablemente vestidos y sonrientes. Al cabo de unos minutos, coincidiendo con la puesta de sol, salimos.

A mi lado se ha sentado un tipo con pinta de turista egipcio. No es un chaval, debe de tener mi edad. Su iPod y su cámara de fotos me dicen que es turista, y su cara me dice que es árabe.

―¿De dónde eres? ―me pregunta.

―De España.

―Yo soy de origen iraquí ―me dice―, aunque con pasaporte inglés. Vivo en Londres ―se apresura a añadir.

―Encantado.

―Ten cuidado con las niñas. No están ahí por casualidad, están trabajando.

―No jodas. ¿Putas egipcias?

―No son putas, al menos no en el sentido occidental. Son una especie de relaciones públicas que tratan de engatusarte para que las invites o las saques a bailar. Si lo haces, el dueño querrá cobrarte.

―Putas, vamos.

―Algo así. El problema es que tú no puedes saber cuándo has cruzado la línea tras la cual tienes que pagar. Basta con que hables con ellas para que el tipo del barco te diga que tienes que darle dinero.

―Joder.

Derun es kurdo y en el rato que dura el trayecto me cuenta de qué va esto del barco. Mientras lo hace, las fulanas han salido a bailar. Lo hacen por turnos, al ritmo de música discotequera egipcia. Viéndolas moverse, según la manera tradicional pero con el punto de pimienta que solo una joven de diecinueve años puede darle, uno piensa que el baile es la válvula de escape de la mujer árabe para soportar la tremenda represión a la que se encuentran sometidas. Bailando liberan todo lo que tienen dentro, sensualidad comprimida que estalla a golpe de cadera y miradas.

―¿Ves a estos muchachos? Están aquí porque es una de las pocas oportunidades que tienen de ver a una chica atractiva bailando. Nosotros no podemos entender esta forma de pensar. Para nosotros es normal ver chicas desnudas o semidesnudas en anuncios, revistas, televisión o Internet. Para ellos es mucho más difícil. Tienen que venir aquí a ver a las chicas bailando. Lo peor es que no pueden hacer nada más, porque tienen prohibido hablar con ellas. Si el dueño los ve hablando, puede echarlos. Las chicas bailan para todos, pero solo hablarán con nosotros, los turistas.

Escuchar a Derun hace que cambie mi manera de ver a los chavales y al propio barco, me hace reflexionar sobre las enormes diferencias entre Egipto y cualquier país europeo. Es curioso que esté a menos de dos horas de Grecia y, sin embargo, esté en otro mundo.

Cuando termina el paseo, decido que es hora de volver. Ya hace un rato que es de noche y todavía me queda un buen trayecto para llegar a casa de Philip. Tomo el metro, tan lleno que llego a temer por mi vida.

―De esta no salgo. Moriré asfixiado sin haber logrado dar la vuelta al mundo.

Por suerte, me equivoco y llego sano y salvo al destino. A partir de ahí, veinticinco minutos de paseo nocturno, shawarma en mano (no he comido nada desde el desayuno) a ritmo de claxon.

Cuando estoy llegando a la zona residencial donde está la casa, alguien me toca el hombro. Me doy la vuelta y, por la forma en la que se dirige a mí, deduzco que me ha llamado un par de veces pero no le he respondido: Limp Bizkit suena alto en mi mp3.

―Lo siento, no le he oído ―le explico con señas.

El tipo debe de ser policía, porque lleva una pistola en la cintura. Viste con traje, aunque no lleva la chaqueta puesta, hace demasiado calor. Sólo sabe hablar árabe, así que trata de comunicarse con gestos.

―¿Adónde se dirige? ―me pregunta encogiendo sus hombros.

―Voy a casa de unos amigos ―le respondo en inglés mientras busco el papel que me dio Philip con su dirección.

La conversación dura unos minutos y al final se convence de que no soy peligroso. Lo cierto es que parezco árabe, cada vez más. Al llegar a casa le contaré la anécdota a Philip y me dirá que eran agentes de seguridad del presidente.

―No saber hablar árabe te ha salvado. De esa forma han sabido que eras un turista.

Cuando llego, tienen la cena preparada. Vuelve a ser una cena copiosa. Desconozco si estos tipos siempre cenan igual o lo hacen así porque tienen un invitado pero, en cualquier caso, agradezco muchísimo el trato. Alargamos la sobremesa más de dos horas (mi vuelo a Atenas sale a las cuatro de la mañana, así que tengo tiempo y ellos, a excepción de Cristian, no trabajan al día siguiente).

―Os agradezco mucho vuestro trato, en serio. Todo lo que diga es poco. La única forma que se me ocurre de agradecéroslo es haciendo lo mismo por vosotros, así que estáis invitados a mi casa cuando queráis.

―Para nosotros, conocerte también ha sido una experiencia muy interesante. No te preocupes.

―Bueno, creo que voy a ir pidiendo un taxi.

―No hace falta, yo te llevo. El aeropuerto está aquí al lado. Son diez minutos.

―No sé qué decir.

En un abrir y cerrar de ojos estoy dando cabezadas en el moderno avión que me llevará de vuelta a la vieja Europa.