Jueves, 6 de agosto de 2009

Amanece y sigo en la azotea, solo. Se está bien. He cogido la posturita mirando al cielo y he podido ver cómo iban desapareciendo las estrellas a medida que aclaraba el día. Creo que bajaré a dormir un rato, exactamente dos horas. Cuando despierto tengo tantas cosas en la cabeza que creo que se me va a cortocircuitar. Tengo muchas cosas que hacer y no sé por dónde empezar.

―Darse una ducha sería un buen comienzo.

Mientras hablo conmigo mismo, suena la puerta. Son Paco y Laura, con sus mochilas colgadas. Han madrugado y se largan.

―Ostras tío, ¿ya os vais? Me hubiera gustado desayunar con vosotros para charlar un rato. Tengo la sensación de que tenemos la conversación a medias.

―Bueno, ya subirás por Madrid un día de estos.

Apretón de manos, besos y ducha que no me aclara las ideas.

―Prueba a desayunar, a ver si hay suerte.

―Eso es.

Huevo duro, pan de pita, queso, mantequilla, mermelada, café con leche y sigo dándole vueltas a la cabeza. Empecemos a priorizar, a ver si así sale algún plan. En primer lugar, tengo que ir a la embajada de Egipto a por el visado. Paco me ha comentado que normalmente no es necesario, pero en determinadas circunstancias sí lo es. Esas circunstancias son, precisamente, entrar al país por tierra y procedente de Israel. Bingo. Además del visado, tengo que ir a correos a enviar la insignia nazi a España. No quiero dejarla olvidada en el bolsillo. Hasta ahí las cosas que tengo que hacer, ahora las cosas que quiero hacer: ir a Petra. Para ello tengo que pillar un autobús que tarda unas cuatro horas. Ayer estuve intentando reservar hostel y no encontré nada libre, aunque Paco me dice que hay muchos hoteles. No sería la primera vez que llegara a una ciudad sin tener reservado. Ni mucho menos. Ni muchísimo menos. El último autobús sale de Ammán a las tres de la tarde.

―Ahora escribe todo esto y ya tendrás un plan para hoy.

Termino de desayunar y me conecto para buscar la dirección de la embajada de Egipto en Ammán. Es fácil de encontrar e incluso tengo un par de números de teléfono, aunque llamar no sirve de nada. Responde una tipa que habla en un idioma desconocido y qué se yo lo que me cuenta, pero imagino que me dirá algo así como que el teléfono no existe o está fuera de cobertura o vaya usted a saber. Anoto la dirección en un papel y le pido a Issa, el recepcionista, que me lo escriba en árabe. Bajo a la calle dispuesto a encontrar el sitio a base de enseñar el papelito y me encuentro con que las calles del centro están cortadas al tráfico y llenas de gente. Ha habido un incendio en un piso cercano y una docena de coches de bomberos se afanan en apagarlo. Salgo como puedo y pregunto a un policía por la dirección. Me recomienda tomar un taxi porque está fuera del casco viejo.

―¿Cuánto puede costarme?

―No más de tres dinares.

Necesito diez minutos para encontrar un taxi libre y acuerdo los tres dinares (me pedía seis), aunque cuando llegamos a la embajada el taxímetro marca dos con veinte. Joder, los taxis tienen taxímetro. Qué cosas. En la embajada trato de explicar que quiero un visado; no hablan inglés, por lo que no resulta fácil. Tengo que ponerme el traje de mimo, aunque finalmente consigo hacerme entender. El tipo me responde que no puede dármelo el mismo día (el jueves) y que, por lo tanto, tengo que esperarme al domingo (en los países árabes, el fin de semana es viernes y sábado).

―No puedo esperar al domingo. Por favor, lo necesito hoy. Salgo de la ciudad dentro de unas horas.

―Imposible. Hasta el domingo no hay nada que hacer.

―Por favor, tiene que haber alguna forma.

Mientras le lloro al tipo del mostrador, hay otro que se interesa por el tema y llama por teléfono. Habla con alguien en Egipto y me pasa el auricular.

―¿Hola?

―Hola, buenos días. Bienvenido a Egipto. ¿De dónde eres?

―De España.

―No necesitas sacar el visado, puedes obtenerlo en el aeropuerto.

―No viajo en avión, voy en autobús.

―Tampoco hay problema, puedes obtener el visado en Áqaba.

―Es que no voy a entrar al país por el sur, voy a entrar por…

Segundos de duda.

―…Israel ―completo casi en un susurro.

―No se preocupe, tampoco es necesario.

―¿No? Tenía entendido que sí lo era.

―No es necesario, no se preocupe. Puede obtenerlo en la frontera.

―Perdone, pero mi inglés en muy básico y temo no haberlo entendido. Deje que se lo repita y me lo confirma. Para entrar a Egipto desde Ammán, en Jordania, no es necesario haber obtenido el visado previamente, es posible obtenerlo directamente en la frontera. ¿Es así?

―Así es señor.

―Muchas gracias.

―De nada.

Una cosa menos. Hubiera preferido, ya que estaba allí, haber obtenido el visado, pero ya que no he podido, al menos sé que no es necesario. O eso creo, porque la duda la tendré hasta que cruce.

La siguiente tarea es ir a correos. La oficina está cerca del hostel, así que tengo que tomar un taxi de vuelta al centro histórico. Esta vez pasa más de una hora hasta que uno se decide a parar. No es que no hayan pasado; de hecho, después de media hora de espera he empezado a contarlos y han pasado doscientos treinta y siete taxis antes de que el doscientos treinta y ocho haya parado. Muchos de ellos pasaban vacíos, pero me hacían un gesto con la mano para decirme que pasaban de parar.

Para volver, no acuerdo precio y confío en el taxímetro. El tiro casi me sale por la culata, porque las calles de acceso al centro están cerradas. La policía no deja entrar a nadie por la movida del incendio, así que el taxista tiene que dar una vuelta por las carreteras de circunvalación, atascadas.

―Cuando el taxímetro marque tres dinares, pare. No tengo más.

―No hay problema.

Ironías del destino, cuando el taxímetro llega a tres dinares estamos exactamente en el mismo sitio donde me dejó el taxista sirio el día anterior.

―Déjeme aquí mismo, ya sé llegar a mi hotel.

―No hay problema, le cobraré tres dinares igual, no se preocupe.

El taxista se enrolla y me acerca un trozo más, pero tiene que desistir cuando se vuelve a encontrar el acceso cortado. Me ha ahorrado media hora de caminata bajo el sol. El resto del camino no tiene más de veinticinco minutos, aunque me cruzo con el teatro romano y aprovecho para hacer algo de turismo express. Al fin llego al hostel dispuesto a comer algo, coger la mochila y largarme a la estación. Son las dos y media y el autobús sale a las tres.

Después de comer algo de lo que sobró anoche, voy a mear y mientras lo hago decido cambiar los planes.

―Hasta los huevos de ir corriendo a todos sitios. Con el follón que hay en el centro, seguro que no llego a tiempo a la estación, o llego a costa de mi salud. A tomar por culo, me tomo el resto del día libre.

Sólo he dormido dos horas y estoy cansado. La sala de televisión del hostel es fresca y está vacía. Solo se oye el ruidito de la fuente de la entrada. Me siento en uno de los sillones y me pongo a leer. Voy a descansar un buen rato y esta tarde haré un plan que me cubra algo más que unas pocas horas.

Después de estrujarme la cabeza y la página de la Bahn, llamar a tres países diferentes y hacer algunas reservas, ya tengo un plan maestro desde esa misma tarde hasta el lunes dieciocho de agosto, día en que volveré al trabajo. Por lo pronto, me quedo en el hostel dos noches más. Aun así, he logrado cuadrarlo todo de forma que puedo ir a Petra, Jerusalén, El Cairo, Atenas, Roma e incluso tener medio día para buscar el pueblo de la francesita. No ha sido fácil y está tan apretado que cualquier detalle puede hacer que todo estalle. Los puntos críticos del plan son el cruce de las fronteras de Israel y Egipto. A partir de ahí, volaré a ese jardín de infancia llamado Europa (ya tengo el billete comprado, carrera estresante a la vista). Pero para empezar, mañana madrugón para ir a Petra.

La pausa me ha venido bien. Finalmente no he descansado más que unas pocas horas, pero me han servido para aclararme un poco y poder escribir el plan, lo que a largo plazo se traducirá en descanso. Me estoy aburguesando, haciendo reservitas de hostel con dos días de antelación. Todo un señorito.

El resto de la noche la paso escribiendo y viendo de fondo El club de la lucha en la tele por cable.

La primera regla del club de la lucha es: nadie habla sobre el club de la lucha.

La segunda regla del club de la lucha es: ningún miembro habla sobre el club de la lucha.

La tercera regla del club de la lucha es: la pelea termina cuando uno de los contendientes grita «basta», desfallece o hace una señal.

La cuarta regla del club de la lucha es: solo dos hombres por pelea.

La quinta regla del club de la lucha es: solo una pelea cada vez.

La sexta regla del club de la lucha es: se peleará sin camisa y sin zapatos.

La séptima regla del club de la lucha es: cada pelea durará el tiempo que sea necesario.

La octava regla del club de la lucha es: si esta es tu primera noche en el club de la lucha… tendrás que pelear.