Jueves, 30 de julio de 2009

Un maldito mosquito hace que me despierte. Me ha estado jodiendo toda la noche, pero he tratado de ignorarlo ocultándome entre las sábanas. Son las seis de la mañana y el dormitorio está lleno de gente extraña, bultos inmóviles de respiraciones uniformes. No estaban ahí cuando yo me acosté, así que se han debido de incorporar durante la noche. Pensar que toda esa gente ha estado entrando en la habitación sin que yo me diera cuenta siempre me hace sentir inseguro, aunque últimamente se está convirtiendo en una costumbre.

Me levanto y me ducho. La casa está absolutamente desierta y en silencio. El desayuno no lo sirven hasta las nueve, así que tengo algunas horas por delante para hacer no se sabe bien qué. Empezaré por recoger la ropa que tendí anoche en la terraza. Está mojada y apesta a humo de tabaco. Alguien que tendió detrás de mí se tomo la libertad de usar la misma cuerda que yo y tuvo el detalle de comprimir toda mi ropa de forma que ocupara unos diez centímetros en total, así que ahora tengo mi pantalón y un montón de camisetas húmedas. Recoloco como puedo y me visto con la ropa mojada. Recojo el resto de la mochila, que anoche acabé desparramando por el suelo entre unas cosas y otras, etcétera, y me voy a la cocina.

Se está bien en la cocina. Es el único sitio de la casa donde puedes sentarte, porque el resto son dormitorios. Parece increíble que en un sitio tan pequeño quepan tantas cosas, incluso la lavadora, la tele, el DVD y una considerable colección de películas. Busco café, pero solo encuentro un bote vacío que vuelvo a dejar en su lugar. Me conformo con un té bien caliente y un par de manzanas de las que compré ayer. Me conecto a Internet y navego un rato (otro español ha vuelto a ganar el Tour de Francia; antes la gente salía a las calles cuando eso ocurría).

Un ruido me sobresalta. Es el crujido de la puerta de la cocina al abrirse lentamente. Quien quiera que sea es considerado, porque no quiere molestar. Cuando termina de abrirse la puerta, puedo ver que se trata de una chica, una belleza de ojos claros (una más) y sonrisa hermosa. Se sorprende de verme allí, sentado con mi té y mi ordenador, pero pasa. Me saluda en ucraniano y le respondo en inglés.

―¿De dónde eres?

―De España.

Empezamos a charlar. Se llama Olga y es de Ucrania, de un pueblo vecino a Kiev. Ha pasado toda la noche trabajando y acaba de llegar al hostel con ganas de meterse en la cama.

―Mi dormitorio está lleno. ¿Dónde te quedas a dormir?

―Suelo venir a este sitio; hasta tengo mi propia llave. Nunca sé cuándo voy a necesitar quedarme, así que nunca reservo. Solo me paso por aquí y busco algún sitio. ¿Puedo acostarme en tu cama? ―me pregunta en un bostezo.

―Claro ―le respondo―. Normalmente suelo invitar a cenar antes, pero contigo haré una excepción.

La risa le corta el bostezo.

―Vaya, pensaba que los del este no teníais sentido del humor.

Olga necesita un café, como yo, pero ya le he dicho que no hay, que tendrá que conformarse con un té y que, bien pensado, le vendrá mejor si lo que quiere es irse a la cama. Aunque, acordamos, lo que mejor le vendría sería una ducha de agua caliente. Antes de eso, seguimos charlando de esto y de aquello durante un rato. Le pido que me señale en un plano los puntos a los que ella iría si fuera turista (no le digo que no tengo mucho interés en la ciudad, eso estaría fuera de lugar) y tuviera dos horas. Me señala tres puntos y traza la ruta que tengo que hacer, saliendo del hostel y terminando en la estación de tren. Decido que haré exactamente eso, le daré otra oportunidad a Kiev.

―Voy a ducharme, ahora vuelvo.

Estoy tentado de hacer una broma con el asunto de la ducha, mi cama y todo lo demás, pero me corto, no quiero abusar de la capacidad de alguien del este de entender mi sentido del humor, así que me limito a sonreír. Mientras se ducha aprovecho para llamar a mi banco y preguntar sobre el asunto de la tarjeta. A ellos no les consta ningún problema, ni ha denegado ninguna operación, así que el problema debe de estar en la web a través de la cual se gestiona el pago. Me quedo tranquilo.

Entretanto, Olga ha vuelto solo para despedirse. Está loca por meterse en la cama, así que me regala tres besos y me desea suerte en mi viaje. Espera que me guste Kiev, aunque no es nada del otro mundo. Mientras se va, pienso que cualquier fraile estaría dispuesto a romper el voto de castidad si tuviera la oportunidad de conocer a Olga.

La ropa que llevo puesta se ha secado, así que me quito la camiseta, la doblo con esmero y cojo otra del tendedero. Sigue estando tan húmeda como hace un rato, pero tras ponérmela, en cuestión de minutos está seca. Repito la operación con otra camiseta. Acabo de descubrir que tengo superpoderes secando la ropa. Debe de ser que el calor de mi cuerpo ayuda a las moléculas de agua a evaporarse más rápidamente. Soy Dryerman (después de terminar el desayuno ya tendría toda mi ropa seca).

Casi son las nueve y en la casa no se oye ni una mosca. Antes, cuando Olga se ha ido a la cama, he pensado que sería buena idea salir a dar un paseo por el barrio, pero no he podido porque la puerta está cerrada con llave. Tengo hambre, así que empiezo a pasear por la casa haciendo ruidos como el que no quiere la cosa. El plan funciona y, en unos minutos, veo a Iri en el pasillo. Va prácticamente desnuda; solo viste un pequeño tanga y una camiseta semitransparente que me deja ver su ombligo. Tiene el pelo alborotado y los ojos cerrados. Bosteza y se despereza mientras me da los buenos días.

―¿Has desayunado ya? ―me pregunta.

―No. Estoy esperando. Tengo un hambre que te cagas.

―Espera, me visto y te lo preparo enseguida.

―No hace falta, yo mismo me lo haré. Solo dime dónde están las cosas.

―No digas tonterías, solo tardo un minuto.

Se mete en el baño y yo me voy a la cocina obediente. En unos minutos, entra vestida, con la cara radiante y se pone inmediatamente a hacerme unos crêpes de jamón y queso.

―¿Quieres casarte conmigo? ―le pregunto con la boca llena.

Al olor de los crêpes y las tostadas empieza a despertarse la gente. Seguiría comiendo crêpes durante toda la mañana, pero tengo que dejar sitio al resto, así que me cuelgo la mochila pequeña y me largo a seguir el itinerario que me ha marcado Olga.

Dos horas son suficientes, y el paseo no modifica demasiado la imagen que tenía de la ciudad. Ni siquiera me han dejado entrar en el estadio del Dínamo de Kiev a hacerme unas fotos en la cuna de uno de los jugadores que más goles me ha dado en la historia del Pro evolution soccer: Andriv Shevchenko.

Vuelvo al hostel, recojo mis cosas y me despido de Iri.

―Me gustan tus pulseras ―me dice señalando mis pulseras.

―Gracias. Te regalo una, la que quieras. ¿Cuál te gusta?

―No, no podría aceptarlas. Además, me gustan así, tal cual están ahora, todas revueltas en tu muñeca.

―Ya nos veremos.

―Claro.

Llego a la estación con una hora de adelanto. Mi tren sale del andén dos, eso dice el panel. Llegará dentro de quince minutos, estará parado durante tres cuartos de hora y luego saldrá conmigo dentro. Aprovecho la espera para acercarme a un supermercado y comprar quinientos gramos de jamón york, que me servirán para hacer exactamente cinco tomas de cien gramos cada una: almuerzo, merienda, cena, desayuno y almuerzo. Para la cena de mañana ya estaré en Bucarest. También compro un par de litros de zumo de uva y manzana y algo de fruta. Estoy listo para salir.

El tren llega desde Moscú y acabará en Sofía, así que cuando me subo ya está lleno de gente que lleva horas viajando. Me acomodo en mi litera (me ha vuelto a tocar una de las superiores) a escuchar música. Debajo, una señora mayor, un hombre y un chaval charlan en ruso. Yo me he limitado a sonreír en forma de saludo porque no puedo aspirar a incorporarme a la conversación, que en realidad es un monólogo. La mujer no para de hablar y hablar. Le cronometro hasta ochenta minutos de discurso ininterrumpido. Creo que los dos pobres chavales deben de estar durmiendo o muertos, no puede ser que soporten tanta charla sin perder la razón. Como es lógico, no me entero absolutamente de nada, pero por algún motivo tengo la idea de que está hablando de política.

―Con Stalin, estos piojosos como el que está aquí arriba no pisaban la madre patria ―me parece entenderle.

Por suerte, no viene hasta Bucarest, se baja unas paradas más adelante. Es un alivio, porque su voz empezaba a ser molesta y no tengo ganas de seguir llevando puestos los auriculares. Me apetece leer a Cortázar, y eso haré el resto de la tarde y parte de la noche hasta caer dormido gozando del silencio que dejó la vieja.

No se puede querer lo que quiero, y en la forma en que lo quiero, y de yapa compartir la vida con otros. Había que saber estar solo y que tanto querer hiciera su obra, me salvara o me matara (…).