Jueves, 25 de junio de 2009

―Despierte señor, tienen que bajar del autobús. No olviden llevar todas sus pertenencias ―dice una voz que me suena a ultratumba.

Hemos llegado al paso fronterizo entre Costa Rica y Panamá. Son las cinco menos cuarto de la mañana, lo cual quiere decir que he pasado durmiendo las casi seis horas del viaje. Necesito mucho cansancio acumulado para conseguir dormir seis horas en un autobús en el que viaje con compañera. Ni siquiera me desperté cuando el autobús redujo su marcha hasta pararse. Todo el mundo está confuso y algunos aún siguen durmiendo.

Bajamos en silencio cargando con nuestras mochilas y seguimos un camino que no se sabe bien quien marca; somos como ovejitas dormidas. En unos minutos ya hemos formado una cola de bostezos y desperezos. Alguien asegura que las taquillas de la aduana no las abren hasta las seis, así que tenemos por delante una larga hora para disfrutar del bonito paisaje de camiones aparcados, sucias casetas, barro y perros. Panamá exige que cada cual gestione su pase de forma individual, por lo que la empresa de autobuses no puede ayudarnos en esta ocasión.

Mientras espero le doy vueltas al asunto del cruce de la frontera de Panamá con Colombia: el tapón de Darién. Alcanzar Colombia por tierra es casi imposible, puesto que es necesario cruzar la selva. Por si fuera poco, esa zona está controlada por las guerrillas colombianas, por lo que la policía no puede garantizar la seguridad. Las otras opciones son cruzar directamente en avión hasta Bogotá o cruzar en barca a través del mar Caribe.

Sigo sin tener clara la estrategia a seguir y entretanto el tiempo pasa. Creo que confío demasiado en mi capacidad de improvisación. También estoy pensando en reducir gastos. No llevo un control muy exhaustivo ―de hecho no llevo ningún control―, pero creo que estoy gastando demasiado. Solo llevo veinticinco dólares americanos en el bolsillo y no hace tanto que saqué trescientos del cajero.

El autobús tiene más europeos que de costumbre. Hay dos puretas alemanes de pelo largo y canoso y un grupito de cinco o seis mochileros jóvenes. No parece que viajen juntos, creo que solo están juntos circunstancialmente. Probablemente yo debería estar ahí con ellos, pero hoy no tengo ganas de entablar ninguna conversación, así que sigo sentado en el suelo haciendo un nudo con las piernas y escuchando música. Aun así, me fijo en ellos.

Uno de los del grupo ha sacado de la mochila la guía Lonely Planet de Centroamérica, la misma que tenía Rob. Quizá puedan serme de ayuda para cruzar la frontera. Me acerco y le pregunto si me la presta durante unos minutos, explicándole lo que quiero hacer. El tipo me cuenta que ellos ―se refiere a él mismo y a un amigo― piensan coger un avión, que es la forma más sencilla y cara. Yo le respondo que no tengo claro lo que haré. Es entonces cuando me comenta que una de las chicas del grupo, que viaja sola, está más o menos en la misma situación que yo. Le doy las gracias y me acerco a ella.

―Hola. ¿Vas a Ciudad de Panamá?

―Sí, pero solo estoy de paso. Tengo pensado ir a Lima para quedarme allí un par de meses.

Se llama Valérie, es suiza, tiene veintidós años. Es atractiva, habla cien idiomas y estudia medicina. Ha pasado el último año en Managua haciendo prácticas. Me cuenta que se decidió por la medicina porque tiene claro que quiere conocer el mundo, no quiere quedarse toda la vida en el mismo sitio.

―Todo el mundo necesita un médico. En cualquier parte del mundo, donde quiera que vaya, van a necesitar un médico, así que ejerceré una profesión que me permitirá ir donde quiera y pagarme la estancia trabajando. Mi sueño es poder aprender y practicar algún día la medicina tradicional china. Es fascinante ―me cuenta con la cara iluminada de ilusión.

―Es admirable que con veintidós años tengas tan claro lo que quieres hacer. Yo a esa edad no tenía ni idea. Fue tanto así que dejé pasar los años sin decidir qué tipo de vida quería hacer. Cuando tú no tomas esas decisiones, alguien las toma por ti. Al final llega un día en que te preguntas si la vida que llevas la has elegido tú o no y lo que es peor, te planteas la pregunta de si es la vida que quieres llevar o no.

―¿A qué te dedicas?

―Soy ingeniero informático. Como tú dices, en todos sitios se necesita un médico pero… ¿quién necesita a un ingeniero informático?

Reímos.

Después de hablar de los planes de vida a largo plazo, tratamos de concretar un poco más. Valérie me comenta la idea que tiene para cruzar la frontera y me cuenta exactamente una de las opciones que yo mismo manejaba. Ella, como yo, no está interesada en quedarse en Panamá ni en Colombia. Lo único que quiere es llegar a Ecuador. Le propongo que pasemos esta pequeña aventura juntos y me responde que estará encantada.

―Yo también.

El plan viene a ser más o menos el siguiente. Llegamos a Ciudad de Panamá y buscamos la forma de llegar a un pequeño pueblecito que hay cerca de la frontera llamado Puerto Obaldía. Ahí debemos tomar una lancha que nos cruce la frontera y posteriormente un barco que nos lleve a Cartagena, en Colombia. De Cartagena ya podremos tomar un autobús a Bogotá y en Bogotá otro autobús a Lima. Ella se queda allí y yo sigo al sur. Suena bien, aunque ninguno de los dos tenemos claro si funcionará.

Para empezar, no sabemos llegar a Puerto Obaldía. La noche antes estuve buscando algo de información y no encontré ningún autobús que llegara. El pueblo está situado en una zona de muy difícil acceso, rodeado por el mar y la jungla. La forma más fácil es tomar un avión; por lo visto son bastante baratos, aunque no sabemos la frecuencia con la que salen los vuelos. A partir de ahí, buscar los barcos es pura improvisación.

Mientras hacemos estos planes hemos resuelto la primera parte del papeleo del cruce de la frontera. La parte de Costa Rica no supone ningún impedimento, cruzamos la frontera a pie y llegamos a la ventanilla de Panamá. El funcionario no tiene un buen día.

―Necesito que me enseñe su boleto de vuelta y seiscientos dólares.

―No tengo boleto de vuelta, solo estaré en Panamá de paso hacia Colombia.

―Pues entonces debe enseñarme la reserva del avión a Colombia.

―No tengo ninguna reserva, aún no sé cómo iré a Colombia.

―Pues si no tiene eso no puede pasar, señor.

Trato de razonar con él un rato más, pero la gente de la cola empieza a impacientarse y lo dejo. Le cuento todo a Valérie y le pido su opinión. Ella no sabe qué hacer.

―Ven, busquemos a los tipos de Ticabús, seguro que tienen que conocer una forma de hacerlo.

Encontramos al chófer del autobús y le contamos la situación. Me dice que lo único que se lo ocurre es vendernos un billete de vuelta. Sería pagar treinta y cinco dólares por un billete que nunca usaremos. No nos gusta la idea, claro. Nos dice que podemos pagar el billete y posteriormente, al llegar a Panamá, devolverlo en las oficinas de Ticabús. Nos reembolsarían el cincuenta por ciento del valor del billete. Siguen siendo dieciocho dólares. Estamos un buen rato explicándole que no necesitamos el billete y que no tenemos dinero y cien cosas más. La mayor parte del tiempo hablo yo puesto que a Valérie, a pesar de hablar correctamente español, le cuesta un poco entender el acento panameño del conductor. Después de mucho insistir, el tipo de Ticabús cambia de opinión y decide ayudarnos.

―¿Ven a ese hombre de la camisa naranja? Es el jefe de aquí y es amigo mío ―nos dice con susurros de espía.

Le llama discretamente y le habla con tanto disimulo que podría pensarse que están planeando matar al presidente. Le cuenta nuestra situación. El hombre de la camisa naranja asiente y nos pregunta. Volvemos a contarle la película, pero no parece quedar totalmente satisfecho. Se debate en un quiero pero no puedo. Nos pide los pasaportes ―todo el mundo quiere ver mi pasaporte― y nos pide que le enseñemos quinientos dólares. Afortunadamente le sirven las tarjetas de crédito. Tiene nuestros pasaportes en la mano y se da golpecitos en la barbilla con ellos mientras piensa qué hacer. El aire de misterio y clandestinidad me pone nervioso. Por un momento pienso que está esperando un soborno y le pregunto a Valérie en silencio:

―¿Crees que está esperando una propina?

―No lo sé.

Yo dudo, pero decido no hacer nada. Tratar de sobornar a un funcionario de aduanas tiene que ser un delito grave y paso de arriesgarme por ahorrarme veinte dólares. Finalmente, acepta. Le pasa nuestros pasaportes al chico de la ventanilla y le dice algo al oído. El chico asiente, los sella y nos los devuelve. Ya son nuestros.

―Creo que lo hemos hecho muy bien ―me dice Valérie.

―Estoy de acuerdo. Yo creo no lo hubiéramos conseguido si no es por ti.

―¿Por qué lo dices? ¿Porque soy una chica o algo así? ―me recrimina algo ofendida.

―No, no es eso. Lo que quiero decir es que si yo hubiese estado solo, probablemente hubiera pagado los treinta y cinco pavos. Pero al tener a alguien a mi lado, intento buscar otra solución, no sé. En parte por mí y en parte por la otra persona. No sé.

―Sí, creo que te entiendo ―me sonríe mientras desaparece de su cara el leve gesto de enfado.

Buscamos al tipo de Ticabús que nos presentó al jefe de la camisa naranja y le damos las gracias.

―Señor, muchas gracias por su ayuda.

―¿Han conseguido sellar sus pasaportes?

―Sí, y ha sido gracias a su ayuda.

―No es justo que tengan que comprar un boleto de regreso si no piensan regresar.

―Es cierto, no es justo, pero eso no parecía importarle demasiado al señor de la ventanilla. Gracias de nuevo.

―A la orden.

―¿Cómo se llama? ―le pregunto mientras le ofrezco mi mano.

―Rogelio Romero para servirle ―responde dándome un apretón.

―Pedro Galán. Encantado de conocerle.

Ya solo nos queda que nos registren las maletas. Nos llevan a una habitación redonda de paredes amarillentas que algún día fueron blancas y llena de gente cansada. La atmósfera está cargada y dos ventiladores tratan en vano de refrescar el ambiente. Le digo a Valérie que nos hagamos los remolones y esperemos al final. Eso hacemos y funciona. Cuando nos toca el turno, el funcionario ya se ha hartado de revisar maletas y mochilas y nos dice que adelante, que todo está bien. Le sonrío a Valérie y ella me responde con un guiño. Subimos al bus; Valérie se va a su sitio y yo al mío. Me doy cuenta de que he perdido la vieja chamarreta que me hacía de cojín. La echaré mucho en falta. Ya estamos en Panamá.

Aún debemos cruzar medio país para llegar a la capital, Ciudad de Panamá. No tardaremos mucho puesto que son buenas carreteras, anchas y rectas. Puedo permitirme dar unas cabezadas mientras oigo música, aunque en una de estas noto que el autobús se para en una cuneta. El azafato nos comenta que es una avería sin importancia, que se soluciona en media hora.

Aprovechamos para bajar a estirar las piernas y a charlar con él. Nos cuenta que hace mucho que se dedica a esta profesión y calculamos la cantidad de kilómetros que tiene que hacer al cabo del año. Es joven y se interesa por nuestros viajes. Es agradable hablar con él.

No tardamos en volver a estar en marcha. El paisaje es el mismo desde que entramos en Nicaragua: colinas llenas de vegetación espectacular. Llegamos a Ciudad de Panamá a las seis de la tarde. Estamos en una enorme estación de autobuses llena de tiendas. No tiene nada que ver con los apeaderos por los que me he estado moviendo en los últimos días. Tomamos un taxi al aeropuerto ―acordando antes el precio― porque nos han dicho que es la mejor forma de llegar allí.

La chica de la ventanilla nos informa de que el aeropuerto de Puerto Obaldía está en obras y que, por lo tanto, los vuelos están suspendidos indefinidamente. La única opción que tenemos es tomar un avión a Tubualá, un pueblo vecino, y llegar hasta Puerto Obaldía en lancha. El siguiente vuelo a Tubualá saldrá al día siguiente por la mañana, a las diez. No tenemos muchas opciones, así que sacamos los billetes.

En la ventanilla de información nos ayudan a buscar un hostel donde pasar la noche. Encontramos uno que está cerca del aeropuerto y no es demasiado caro, así que nos lo quedamos.

El taxi nos deja en una zona residencial. Filas de enormes casas con jardín dibujan calles anchas y semidesiertas. Es un sitio tranquilo. Nos alojamos en un dormitorio de siete camas, aunque estamos solos Valérie y yo. Tiene aire acondicionado y ducha, que es justo lo que necesito.

Me aseo un poco y salgo a dar un paseo por el hostel. En la parte de atrás de la casa descubro un bonito jardín con vallas de cañas de bambú y sombra de grandes árboles. Hay una zona techada que cubre una cocina y una terraza con algunas mesas y sillas. Hay un futbolín y unos bancos de piedra. El lugar es precioso y fresco. Como siempre, lamento no tener más tiempo para quedarme a disfrutarlo.

En la terraza está sentada Valérie con una Pepsi en la mano y charlando con otros huéspedes. Me presento y ellos hacen lo propio. Son Gabriela y Mane, una pareja de brasileños (espectacular ella) y Cameron, un rubio americano con pinta de surfista.

Les invito a una cerveza y me uno a la charla. Los tres están haciendo un viaje en velero a lo largo de toda América, desde México. Cameron es el capitán del barco. Llevan siete meses y aún no saben ni cuándo ni dónde terminarán. Por lo pronto, su siguiente punto será Perú, hasta donde bajarán por la costa del Pacífico. Llevan ya una semana en Panamá y se les ve con ganas de volver a echarse a la mar. Basta hablar con ellos para saber que son gente de dinero. La conversación gira en torno a todos los viajes que han hecho unos y otros. Cameron, como capitán de barco, ha viajado por todo el mundo y escuchándole hablar me siento muy pequeño. Me preguntan sobre mi viaje y reímos al coincidir en reconocer que es una locura.

―¡Pero tío! Quieres hacer el viaje en veinte días menos que Phileas Fogg. ¿Cómo va a ser eso? ―me dice Mane entre risas.

―Por lo pronto, mi objetivo es llegar a Montevideo el día siete de julio, no miro más allá.

―¿Has cruzado alguna vez el ecuador? ―me pregunta Cameron.

―Nunca.

―Entre los marineros hay una vieja costumbre ―nos explica―. Cuando uno cruza el ecuador por primera vez tiene que raparse la cabeza o ponerse un pendiente.

―Vaya, suena bien ―respondo.

Se va haciendo tarde y empezamos a pensar en la cena. Valérie propone ir al supermercado y preparar algo de pasta y yo estoy de acuerdo. Los marineros prefieren pedir pizza, así que cenan mientras ella y yo estamos cocinando. Nada espectacular, tan solo un par de ensaladas de lechuga, tomate y cebolla y unos espaguetis con salsa de tomate y atún. Hacemos suficiente comida como para cenar y guardar algo para comer al día siguiente. Cocina Valérie y yo hago de pinche.

Cenamos y seguimos charlando y tomando cervezas. El jardín es un sitio muy agradable y tranquilo. Siguen las anécdotas entre el sonido de los grillos. Mane, que ha pasado todo el tiempo conectado a Internet con su portátil nos anuncia que ha muerto Michael Jackson.

Michael Jackson is dead, man!1 ―repite una y otra vez-. I can’t believe it, man!2

Pienso que, en adelante, recordaré que el día en que murió Michael Jackson yo estaba tomando unas cervezas en Panamá con una suiza, dos brasileños y un estadounidense mientras guardaba armas para cruzar la frontera con Colombia.

Valérie se marcha a la cama, pero yo no puedo dormir. Me quedo un rato más pensando en el día siguiente y escribiendo para tratar de calmarme. Son cerca de las tres cuando me meto en la cama.

1 ¡Michael Jackson ha muerto, tío!

2 ¡No me lo puedo creer, tío!