Jueves, 2 de julio de 2009

Me despiertan las ganas de mear y el frío. Son las seis y media de la mañana y los cristales del autobús están totalmente empañados. Los froto un poco con los puños de mi sudadera, lo justo para hacer en el vaho un agujerito por el cual puedo apreciar una oscura mañana de cielo blanco. Circulamos por una carretera estrecha que se adentra en el desierto rodeada de dunas de veinte metros y salpicadas de blancas manchas de escarcha. Tengo los pies helados. La pequeña manta apenas llega a cubrirme desde la cintura a las rodillas, aunque se agradece cualquier cosa que aporte calor. Me cuesta teclear porque tengo los dedos entumecidos por el frío. No dejo de pensar en un tazón de chocolate calentito; es justo lo que necesito. Agarraría la taza envolviéndola con mis manos hasta notarlas ardiendo y luego lo bebería a pequeños y ruidosos sorbos para notar sembrarse en mi estómago semillas de calor. Estoy en un autobús VIP y confío en que alguien haya pensado en eso.

Cuando salí de Lima hacía calor, pero ahora estamos unos mil kilómetros más al sur, además de haber subido considerablemente la altitud. Ayer estuve hablando con mi madre que me dijo que mi tío Paquito le había comentado que en Córdoba hacía mucho frío. Afortunadamente traigo la ropa de abrigo que me prestó mi amigo Miguel Ángel. Hasta el día de hoy ha sido una carga inútil que ocupaba media mochila, pero ahora me alegro mucho de haberla traído conmigo. El frío es uno de los peores enemigos de un mochilero si no está bien preparado. Con calor, cualquier sitio es bueno para pasar la noche, pero con frío la cosa cambia. Estoy impaciente por llegar a Tacna y salir cuanto antes a Santiago. Una vez allí, en cuanto encuentre enlace con Córdoba, llamaré a mi familia que me vendrá a recoger a la estación. Pero por ahora seguiré disfrutando del espectáculo que me ofrece mi empañada ventanilla.

El desayuno consiste en un sándwich de jamón y queso, un pastelito de crema y un té. No hay chocolate, pero no está mal teniendo en cuenta que está incluido en el pasaje. El decorado de la ventana no cambia; dunas y dunas son suficientes para tenerme hipnotizado. Creo que podría pasarme días mirándolas y escuchando música, pero mi compañera de asiento me pide que eche las cortinas, que le molesta el sol del amanecer. La cierro y paso el resto del viaje viendo la película que han puesto. Se trata de una de mis series favoritas, del siglo pasado: The Storyteller1. Ponen Cenicienta.

Llegamos a Tacna sin novedad, a excepción de que el sol ha derretido cualquier atisbo de frío. Hablo con Heraldo para mantenernos juntos durante el paso de la frontera. Hay dos mujeres que también van para Arica, así que somos cuatro. Recogemos nuestras maletas y entramos en la terminal. Como era previsible, nos asaltan un montón de vendedores de transporte para Arica, la ciudad hermana al otro lado de la frontera. Yo dejo la iniciativa a Heraldo, que hace el viaje regularmente y ya debe de sabérselas todas.

Acuerda con uno de los vendedores un colectivo que nos llevará a la frontera, esperará que resolvamos el papeleo y finalmente nos llevará a la estación de Arica. Todo bien. Me relajo y me confío, cosa de la que me arrepentiré en unos minutos. Le pago mis quince soles al vendedor, más uno por no sé qué impuesto y relleno unos formularios. La sala está llena de gente, y aun rellenando los formularios hay vendedores que me ofrecen un colectivo. Todo es confuso, nadie me ha dado ni un recibo y solo me dicen que espere sentado. He perdido de vista a Heraldo y siento que me han engañado. La muela me duele mucho. Un dolor sordo que no me abandona y que se rebela con punzadas de vez en cuando, como diciendo «aquí estoy yo». He dado dieciséis soles a un tipo y no tengo ni un recibo. Heraldo y las dos mujeres han desaparecido y solo sé que un fulano me ha dicho que le espere sentado.

Pasan diez minutos y no sé qué hacer, ni siquiera recuerdo la cara de la persona que me dijo que esperara. Era tan común que podría ser cualquiera de los presentes. Pregunto en el mostrador donde rellené el formulario y me dicen que las personas que venían conmigo se han marchado, que necesitaban tres para completar un colectivo y que me han dejado fuera.

Por la cara.

No debí dejar la iniciativa a nadie, debí haberme buscado la vida solo. Aquí se matan por conseguir a gente para completar los colectivos. De no haber dado el dinero, podría subirme al que quisiera, incluso podría regatear porque estoy en posición ventajosa.

No creo que Heraldo me haya engañado, sencillamente se habrá dejado llevar por lo que le decía el vendedor y ha pasado de mí. Heraldo es un viejo de campo, estoy seguro de que sin maldad alguna. Es de esas personas que asiente mientras le estás hablando aunque no se esté enterando de nada. Creo que es eso lo que ha ocurrido: no se ha enterado de que éramos cuatro los que íbamos a tomar el colectivo. Ha pasado y punto, se ha subido al colectivo al que le han dicho que se suba y en paz. Horas más tarde, cuando coincidiera con él en la estación, me preguntaría por las otras mujeres.

―Hola Pedro, ¿al final han pasado las otras mujeres?

―Sí ―le responderé tratando de ver si se está quedando conmigo.

Sea como sea, allí sigo esperando con cara de tonto. Me jode la situación, no tanto por el dinero, sino porque he bajado la guardia y no me lo puedo permitir. Puede que aquí no haya pasado nada, pero no puedo dejar que me manipulen estos buscavidas, tengo que ser yo quien lleve la iniciativa siempre. Hasta ahora ha sido así y ha funcionado.

En estas estoy cuando llega el chófer que me dijo que me esperara y me dice que adelante, que vayamos al colectivo. Salimos por una puerta a un aparcamiento al aire libre lleno de coches. Nos dirigimos a un enorme y viejo Ford Taurus y dejo mis cosas en el maletero. Vuelve a pedirme que espere. Esta vez tengo la precaución de hacerle una foto para no volver a olvidar su común cara. Otra media hora esperando a que el tipo consiga tres personas más que completen el coche. Ya estoy más tranquilo porque tengo mis cosas en el maletero del coche, pero teniendo en cuenta la feroz competencia, no sé cuánto tardará en completar el viaje. La terminal es exclusivamente de colectivos. Decenas de coches están esperando a que sus vendedores les consigan grupos de cuatro personas a los que llevar a cruzar la frontera.

Por fortuna, no pasa mucho tiempo más antes de que lleguen mis compañeros de viaje. Es una familia boliviana, joven, con dos niños pequeños. Guardan sus cosas en el maletero y vemos cómo el chófer se vuelve a largar.

―¿Dónde va ahora? ―me pregunta.

―Imagino que irá a buscar al cuarto pasajero ―le respondo.

―Pero si yo ya pago tres boletos. Uno por mí, otro por mi mujer y otro por los dos niños.

―Es un listo.

Cinco minutos después vuelve con una mujer gorda, de aspecto chileno, así que ya estamos todos. Ella se sienta delante, conmigo; la familia boliviana al completo se sienta detrás. En total vamos siete personas en el coche.

Nos vemos obligados a empujar para arrancar el Ford Taurus porque no tiene batería, aunque el chófer nos asegura que hoy mismo va a ir a cambiarla. Durante el camino charlamos con el conductor que, después de todo, parece buena persona. No creo que haya actuado de mala fe, no creo que me haya engañado ―desde luego no más que cualquier comercial de una empresa de telefonía móvil española―. Sencillamente se busca la vida como puede, y si puede ganarse unos soles extra, estupendo. No me importa que me haya hecho esperar casi una hora, tengo tiempo y voy cómodo con la compañía que me ha tocado. Creo que al resto tampoco le importa.

La llegada al puesto fronterizo de salida de Perú me confirma que el conductor, Esteban, no es mala gente. Se encarga de rellenar los formularios de la pareja y los niños ―creo que no saben escribir―; se muestra muy atento en todo momento a las colas para evitar que nadie se nos adelante; nos lleva de una ventanilla a otra con diligencia y en pocos minutos hemos terminado los trámites y vamos camino de Arica. Tacna y Arica están separados por unos cuarenta kilómetros y la frontera está justo en medio. Ambos pueblos están enterrados en mitad del desierto de Atacama, aunque Arica cuenta con la ventaja de estar junto al Pacífico, por lo que se trata de un lugar mucho más turístico.

Cuando llegamos a la terminal nos despedimos cariñosamente. Durante el camino he repartido algunas empanadas ―siempre llevo comida encima porque los viajes son largos― y eso ha hecho que se rompiera el hielo. Hemos comido juntos y hemos charlado de Arica. Freddy, el padre de familia boliviano, me recomienda que contrate un taxi que me haga una gira por el pueblo, que es muy bonito. Le respondo que no tengo tiempo y me asegura que es una pena y que tengo que volver. Le prometo que lo haré. De la terminal de colectivos a la terminal de autobuses hay solo dos minutos andando. El día es realmente brillante y se nota que el peligro por estas zonas no tiene nada que ver con el de Centroamérica.

La terminal de autobuses es un sitio espacioso y bien iluminado, donde casi todas las agencias ofrecen los mismos destinos. Por la forma alargada y estrecha de Chile, todos los autobuses salen necesariamente hacia el sur, hacia Santiago, y por tanto la competencia entre agencias se centra en ofrecer servicios adicionales: autobuses más cómodos, horarios más flexibles, comida y cena a bordo, precios más ajustados… Después de preguntar en más de diez agencias, me quedo con la que mejor oferta tiene: veinticuatro mil pesos incluyendo desayuno, almuerzo y cena. El viaje es de veintiocho horas. Consigo embaucar a la chica que me vende el billete para que no venda el asiento de mi lado. El rollito soy un español aventurero funciona.

―Le pondré una equis al asiento de al lado para que nadie lo elija y solo lo venderé si es el último, aunque no creo que se llene ―me dice encantada.

―Gracias salá ―le respondo con una sonrisa real mientras le doy un bombón que aún conservo de Ecuador.

Tengo tres horas antes de que salga el autobús, pero alguien me dice que tengo que cambiar la hora, así que el tiempo se queda reducido a dos. Busco un enchufe donde cargar las baterías y me siento en un banco. Hay suerte y se pilla una wifi abierta. A mi lado, una negra muy atractiva.

―Oye, ¿puedo enchufar mi cargador? ―me pregunta―. No me había fijado en ese enchufe hasta que tú has llegado.

―Claro, no te preocupes. Tengo un multiplicador y se pueden enchufar hasta tres cosas al mismo tiempo. Yo solo necesito dos, para el ordenador y para el cargador de la cámara de vídeo ―le respondo mientras pienso que ya cargaré la cámara de fotos más adelante.

Junto a la negra, una mulata de cara simpática. Se llaman Angie y Sylbie. La una es de Ecuador y la otra de Perú. Angie es una auténtica sudamericana caliente. Es la caricatura de una cubana. Ante mis modales tímidos y corteses, ella trata de vacilarme a base de insinuaciones. Cree que me avergonzará, pero le sigo el juego y empezamos a tontear de forma cada vez más explícita. Comenzamos a hablar de novios, para pasar a la función del bello púbico en el sexo oral o la forma en que el pendiente en la lengua puede mejorar una felación. Tiene una risa estridente y algo ordinaria. Tiene más carne en los labios que arena tiene el desierto de ahí fuera.

―Esta noche voy a quemar Chile. Voy a tener muchos novios. Bailaré con ellos y al que me guste le daré un besito. Luego pasaré a otro y así estaré toda la noche.

No deja de insinuarse, aunque lo único que busca es escandalizarme. Por supuesto, no lo consigue.

―¿Te gustan las negras?

―Prefiero las japonesas.

―¿Has estado alguna vez con una negra? ―me pregunta mordiéndose el labio.

―No ―le miento.

―El día que pruebes una te vas a acordar de mí ―me augura con picardía.

―Lo haré, aunque espero no gritar tu nombre.

―¿Y alguna japonesa?

―Aún no, pero es cuestión de tiempo. Dentro de dos semanas estaré en Japón.

―Las japonesas son muy flacas, niño, mejor las negras.

―Me gusta oír cómo gritan.

―¡Míralo! ¡Estás muy seguro de que vas a hacer que griten!

―Sería la primera que no gritara ―le suelto con cara de atrévete a dar un paso adelante y liamos la de Dios.

No da el paso, se raja. Me alegro de que lo haga, porque creo que el juego ya ha llegado a su final. Es suficiente. He de irme.

―He de irme, mi autobús sale en quince minutos ―anuncio.

―Gracias Pedro, no sé cómo pagarte que me dejaras revisar mi correo y que compartieras tu lata de atún.

―Bastarán dos besos, uno en cada mejilla; así se hace en España.

(Muac, muac.)

―Aunque bien pensado, en Francia dan tres ―digo bromeando mientras me cuelgo la mochila.

―Tú lo que quieres es el tercero ―responde.

(Muac, muac, mmmmmuuuuuuuuaaaaaaaaaaaacccccccccccccc.)

Su saliva sabe a atún.

El autobús arranca y no tengo compañero. Angie me ha advertido de que en Santiago están a cero grados. Cuando baje de aquí ya será invierno, así que he subido el anorak. Ya es jueves por la tarde y no tengo claro que consiga llegar a Montevideo el martes porque las comunicaciones de Santiago con Córdoba y Buenos Aires no son buenas. Me da igual, apoyo la cabeza en el cristal y, mientras escucho mi canción, me quedo mirando los valles de dunas hasta que anochece. El cielo es rojo y vuelvo a pensar en Sergio y en sus fotos. Me apetece escribir.

A las diez de la noche nos sirven la cena. Tal y como prometían en los enormes carteles que exhibían en la terminal de Arica, es comida caliente, nada de snacks. Pollo asado con patatas fritas y arroz cocido. No está mal y es suficiente en todo caso. He vuelto a confundirme y he comprado una botella de agua con gas. No falla; cada vez que voy a un país donde venden agua con gas, ahí estoy yo para comprar una. La agito y abro el tapón con la idea de que se pierda el gas, pero no hay nada que hacer; habrá que bebérsela, no tengo más.

Todo invita a dormir. Afuera hace frío, no hay más que tocar el cristal con la frente para saberlo. Dentro han puesto la calefacción y se está bien. Antes, cuando hemos parado en la aduana donde han revisado las maletas ―la mía no, como de costumbre―, he aprovechado para coger la camiseta interior y me la he puesto. En las pantallas del autobús, desde que salimos, una orgía de puñetazos y tiros protagonizada por el Steven Seagal de papada y camisa por fuera ―aun así da buena cuenta de chinos fibrosos y flexibles como juncos―. En la negrura de la noche pueden distinguirse pueblos, grupos de luces incrustados en los Andes. Esa misma negrura de afuera me permite verme reflejado en el cristal como si se tratara de un espejo; tengo un aspecto horrible, por supuesto. Todo invita a dormir.

1 El cuentacuentos.