Jueves, 18 de junio de 2009

La risa estridente de Adriana me despierta por la mañana. Tengo un descomunal dolor de cabeza y me cuesta un buen rato ser capaz de saber dónde estoy. Son las ocho en punto de la mañana, y por la ventana de la habitación entra la clara luz del día y el ruido de una amalgama de conversaciones matinales. Abajo, en el bar, la gente hace ya tiempo que está desayunando. Recuerdo que la noche antes había quedado con Adriana en ir con ella y las demás chicas a una excursión que organizaba el hostel.

Me visto dispuesto a bajar a decirle que no iré. Mientras bajo, con los ojos aún cerrados y sin siquiera haberme lavado la cara, me cruzo con Igor. Tiene un aspecto horrible.

―Anoche, cuando nos fuimos a la cama, Álex bajó a por unas cervezas y estuvimos bebiendo otro buen rato en la habitación ―me dice con voz ronca.

―Joder tío, yo no puedo tirar de mi alma, estoy molido.

Bajamos y le digo a Adriana que no iré con ellos. Reacciona como si ni siquiera supiera que habíamos quedado y me siento ridículo durante unos instantes, aunque inmediatamente lo olvido. Tengo un hambre voraz, así que sugiero que nos sentemos a desayunar. Me tomo cuatro tazones de cereales con leche, dos tazones de sandía con yogur y un par de tostadas con mermelada de fresa.

Durante el desayuno, Igor me comenta su intención de hacer una excursión a la ciudad de Teotihuacán. Teme no poder hacerla, puesto que le han dicho que se necesita un mínimo de cinco personas y hasta ahora solo él se ha apuntado. Mientras le escucho, me doy cuenta de que yo aún no tengo planes para ese día. El día anterior pasó todo tan rápido que no he tenido ni un minuto para preparar mi visita a una de las ciudades que más ganas tenía de ver.

En principio me muestro un poco reacio a la excursión, pero cambio de opinión y decido apuntarme, aunque aún debemos esperar a que se complete el grupo. Mientras tanto, subo a la habitación a asearme un poco.

Zaly es una mexicana de piel morena y ojos oscuros. Tan alta como yo, tan delgada como yo, de pelo larguísimo y ondulado. Tiene voz de chicle de fresa y una seductora sonrisa que nos regala a cada momento. Zaly será nuestra guía. El grupo de turistas lo componemos finalmente Igor y yo. En otras circunstancias, la excursión se habría suspendido, pero la situación económica es grave y hace ya varios días que Zaly no logra formar un grupo mínimo para salir, así que decide seguir adelante aunque ello le suponga perder dinero.

―Aunque hoy haya perdido dinero, al menos la gente puede ver que las excursiones siguen vivas. Además, espero que ustedes lo hayan pasado bien y lo cuenten a sus amigos ―nos confesaría Zaly al final del día.

Me pongo la gorra de turista, dejo la mochila y los prejuicios en la consigna del hostel y nos ponemos en marcha. Nos moveremos en un minibus que conduce Rodolfo, un mexicano serio, callado y cortés.

La primera parada es en la plaza de las Tres Culturas. Zaly nos ilustra con una interesantísima charla sobre la cultura prehispánica en su país. No hay más que verla para darse cuenta de que disfruta mucho de su trabajo. Visitamos ruinas, santuarios, iglesias y talleres con la banda sonora de Zaly pronunciando imposibles nombres de dioses.

El almuerzo consiste en una degustación de productos típicos de la zona, incluyendo algunos chupitos de diferentes tipos de tequila. Igor se saca de la chistera una bandeja de jamón de bellota de su tierra que comparte con Zaly y conmigo. Es la primera vez que Zaly prueba el jamón, por lo que casi podría decirse que asistimos a una ceremonia religiosa, a un bautismo.

La última parte de la excursión es la visita a las pirámides de la ciudad de Teotihuacán. Nos hacemos unas fotos, subimos a las pirámides de la Luna y el Sol y esquivamos a decenas de vendedores ambulantes. Fijamos una hora y un lugar de encuentro para tomar el minibus de vuelta a la ciudad.


Alfredo no es analfabeto

Igor y yo llegamos pronto y nos sentamos a esperar. Media docena de vendedores tratan de ganarse la vida con pequeñas figuras de obsidiana y otras piezas de artesanía local.

―¿No quieren una figura? Es bien bonita y muy barata.

―No gracias.

―¿Son españoles? Si son españoles se las dejo más baratas.

―No gracias.

―Te cambio tu reloj por esta figura ―me dice señalándome.

―No puedo; necesito el reloj para saber la hora.

―¿Y por tus zapatos? ―pregunta a Igor.

―¿Y cómo se supone que me vuelvo? ¿Descalzo?

Las ofertas de trueque las hace un vendedor alto, de pelo gris, grandes y peludas patillas, camisa blanca y gesto de embustero. Tiene un palillo en la boca que no deja de mover de un lado a otro con habilidad. Incluso consigue dejarlo pegado a su labio inferior mientras habla para rescatarlo después con un rápido movimiento de la lengua.

―¿No les gustan estas figuras para sus casas? ―insiste un joven.

―No se trata de eso. Son muy bonitas, pero no podemos comprar nada porque acabamos de empezar el viaje y no podemos cargar con el peso durante los meses que nos quedan.

―Siempre dicen lo mismo; si no es porque es el principio del viaje es porque es el final de viaje, pero el caso es que nunca compran ―se queja el joven.

El resto de vendedores se ha dado por vencido y se alejan en busca de nuevos turistas a quienes ofrecer sus preciosos artículos. El joven se queda. Se llama Alfredo y trata de ganarse la vida y mantener a su familia vendiendo artículos de artesanía desde hace años. Vive malos tiempos.

―Antes yo vivía bien de la venta. Tengo mujer e hijo, y de aquí sacaba lo suficiente para mantenerlos bien. Incluso a veces podía permitirme algunos pequeños caprichos, como dejar de trabajar un día para ir a pasear. Una vez incluso fuimos al cine.

Siento un puñetazo en la boca del estómago.

―Seguramente para ustedes eso sea normal, pero aquí no. Y menos ahora. Ahora no conseguimos vender casi nada. Yo hace cuatro días que no vendo ni una sola pieza. Si no vendo, no puedo comer. La culpa la tienen los talleres de alrededor. Son todos del mismo dueño. Eso es un monopolio ¿no? ―pregunta inseguro y algo aturrullado.

―Sí.

―¿Venís con guía?

―Sí, hemos quedado aquí con ella.

―Seguro que os ha llevado a un taller. Se ponen de acuerdo para llevar a los turistas allí. Luego se llevan una comisión de lo que venden. Cuando llegan aquí, la mayoría ya ha comprado.

―Pero eso es algo normal ¿no?

―A nosotros nos está dejando sin trabajo. Van diciendo por ahí que los vendedores ambulantes les vamos a engañar o les vamos a robar. Los asustan y nosotros no podemos hacer nada, no podemos defendernos. Sobre todo con los extranjeros. Yo soy analfabeto, no sé idiomas. Ninguno de nosotros sabe idiomas, entonces ¿cómo se supone que podemos defendernos? ¿Cómo podemos explicarle a un turista extranjero que lo que le han dicho de nosotros es mentira? No podemos, no tenemos forma de defendernos de sus calumnias.

―A nosotros no nos han dicho nada de que nos fuesen a robar.

―Puede que no, pero siempre lo hacen.

―Imagino que también habréis notado el asunto de la epidemia de gripe ¿no?

―La gripe es un engaño. Yo no conozco a nadie que haya enfermado, ni conozco a nadie que conozca a alguien que haya enfermado. En las noticias hablan mucho de la enfermedad, pero aún no ha salido nadie que esté enfermo. Con lo fácil que sería irse un día a un hospital y decir: estos son fulano y mengano y tienen la fiebre porcina. Es todo mentira, es solo una forma de asustar a la gente.

―Pero ¿a quién puede beneficiar ese engaño? Imagino que estará perjudicando mucho a todo México.

―A los vendedores de mascarillas ―dice entre risas el tipo del palillo, que hace un rato se ha incorporado a la conversación.

―Miren ―continúa Alfredo―, yo soy analfabeto. Todos estos también lo son. En México hay muy poca gente que estudie, la mayoría no sabemos nada. Si el gobierno se inventa una cosa así, en los noticieros no se habla de otro asunto, pero mientras tanto pueden hacer cosas sin que la gente se fije. Resulta que durante estos meses se va aprobar una ley que permite la posesión de droga siempre que sea en una cantidad pequeña, para consumo propio.

―Pero aquí en México es ilegal la posesión.

―Hasta ahora era así, pero la ley ya está lista. Ha sido aprobada por el parlamento y la cámara. Solo hace falta la firma del presidente. De eso no se ha hablado nada. Se aprovechan de que el pueblo no sabe nada.

―No creo que seas analfabeto. Tú mismo demuestras que te has dado cuenta, que no te has asustado, que no te han engañado.

―Pero no puedo hacer nada. Solo soy un pobre diablo.

―Me parece que lo que dices es muy interesante. Me gustaría grabarlo con la cámara, ¿te parece bien?

Alfredo activa todas las alarmas. Da un paso atrás y hace amago de irse a vender. Vuelvo a guardar la cámara en la mochila.

―Mejor seguir así ¿no? ―me pide tímidamente.

―Por supuesto.

La conversación sigue durante un rato más hasta que llega Zaly. Nos levantamos y nos disponemos a irnos. Alfredo se aleja sin decir nada.

―¡Eh! ―le grito―. ¿Cómo te llamas, amigo?

―Alfredo ―responde dándose la vuelta.

―Mucho gusto de poder estrechar la mano de una persona como tú ―le digo mientras me acerco y le tiendo mi mano.

Alfredo no responde. Baja la mirada y aprieta mi mano con fuerza. Me gusta que lo haga porque no puedo soportar a los hombres de manos blandas.

De regreso al hostel podemos comprobar cómo está el tráfico de una ciudad de veinticinco millones de habitantes en hora punta. Como cada tarde, llueve. Pasamos todo el atasco charlando Igor, Zaly y yo. Rodolfo permanece en silencio. Tocamos temas de conversación totalmente ajenos al trabajo de Zaly como guía y tengo la sensación de que está a gusto. Yo estoy encantado con ella, con su simpatía, su voz, sus vastos conocimientos de la historia de su país, con su pasión por lo que hace.

―¿Sabéis que desde la ciudad se pueden ver las pirámides?

―¿A cuántos kilómetros están?

―A cuarenta y ocho. Solo hay un par de días al año que pueden verse, porque tienen que darse una serie de circunstancias. En primer lugar, solo se puede hacer desde la torre Iberoamericana, una de las más altas de la ciudad. Luego tiene que ser un día claro y por último ha de ser en Semana Santa. La ciudad se queda medio vacía en Semana Santa, así que el nivel de contaminación baja lo suficiente como para que se puedan ver. Hay que usar un telescopio, por supuesto, pero yo tuve la oportunidad de verlas un día. Fue durante el amanecer.

Llegamos al hostel y nos despedimos. Me alegro mucho de haber ido a la excursión.

―Ha sido un bonito día. Me alegro de haber ido y haber conocido un poco más de la historia de tu país.

―La cultura prehispánica es muy bonita. El resto es otro cantar.

―También me gusta haber conocido a una bonita persona. Con otro guía, la excursión no hubiese sido tan divertida.

Zaly ríe.

Es hora de cambiar de hostel. Suerte que ayer tuve la prudencia de reservar en uno que está a solo unas manzanas de aquí, porque estoy tan cansado que no podría ponerme a dar vueltas en busca de un lugar donde dormir. Agarro mi mochila, camino durante unos minutos, me registro y me voy directamente a la habitación.

Apenas he comido nada en todo el día (me mantengo gracias a los cereales del desayuno), pero no tengo hambre. Tampoco tengo sueño a pesar del cansancio, así que cojo el ordenador y me busco un sitio donde ponerme a escribir un rato. Un rato que me lleva hasta bien entrada la madrugada.